Capítulo noveno — La cuenta #2
A las ocho de la tarde, mi madre llamó desde Málaga. Parte diario. La muñeca, los exámenes, el pescado. Y al final:
—¿Tú estás bien? Tienes la voz rara.
—Cansada —dije.
—Dani —dijo mi madre—. Yo también sé contar. Llevas cuatro días con la voz de las semanas difíciles. ¿Es el trabajo?
—No.
—¿Es el hockey?
—No.
—¿Es el chico?
Silencio. El silencio es una respuesta, y mi madre lleva once años leyéndome por teléfono.
—Ya —dijo—. Bueno. Cuando quieras hablar, hablas. Y que no se suba a tu piso.
Colgó. Me quedé mirando el teléfono. Marisa Roque, desde Málaga, con una muñeca ajena enyesada y un radar intacto.
El sábado veinticuatro de marzo, la Pista Norte batió su récord: mil cincuenta personas. El cuarto partido. La final a una victoria.
Aquella mañana no fui a ningún lado. Era sábado, no había turno, y la casa amaneció con esa calma de las jornadas grandes: él en la pista desde las siete, concentración del equipo, y yo con la cocina para mí sola y demasiado tiempo para pensar.
Hice la compra de la semana. Puse una lavadora. Miré la pizarra cuarenta veces.
El interrogante seguía en su casilla. Nadie lo había tocado. Yo no lo tocaba. Él no lo borraba. Era ya un mueble más de la cocina, como el flamenco: un signo de interrogación conviviendo con la lista de la compra, preguntando todos los días a las horas de las comidas.
A mediodía me escribió Yessi: «Estoy tan nerviosa que he limpiado el baño.
» Le contesté: «Yo he ordenado las conservas por fecha de caducidad.
» Ella: «Estamos enfermas.» Yo: «Es la semifinal.
» Ella: «¿La semifinal?» Y yo no contesté, porque ella tenía razón: no era la semifinal.
Era todo lo demás, acampado en mi pecho con tiendas de campaña.
A las cuatro dormí la siesta. A las cinco me duché y me puse la bufanda azul.
Y al cerrar la puerta de casa, miré la ventana del desván, y deseé una cosa que no estaba en ninguna casilla: que ganaran, que pasaran, y que el mundo se detuviera una semana en la casilla del treinta y uno, antes de la verdad.
Yessi vino a por mí a las seis, con las pipas y una tregua firmada: ni una palabra del jueves. «Hoy solo hockey», dijo. «El resto, cuando tú digas.» La abracé en la puerta y casi lloro, que es lo que pasa cuando alguien te da exactamente lo que necesitas sin pedirte explicaciones.
El partido fue una guerra bonita. Los Titanes salieron a salvar la temporada y nosotros a hacer historia, y durante dos periodos la historia estuvo cara.
Cero a cero al descanso. Uno a uno en el tercero, con gol nuestro de Brett —rebote, por supuesto, su casa— y empate de ellos en una superioridad que el pabellón pitó con justicia y con miedo.
El primer periodo fue de los que se sufren de pie.
Los Titanes salieron a morir: presión alta, golpes a cada pase, y su grada —doscientos desplazados en la esquina— haciendo un ruido impropio para su tamaño.
Él paró nueve tiros en veinte minutos. Nueve.
Yo empecé a contarlos sin querer, como cuento las sillas vacías: oficio.
El quinto fue una barbaridad de las suyas, un uno contra cero que frenó con la pierna abierta y el orgullo, y la Grada Norte empezó el cántico que ya era suyo: «¡portero, portero!
» A mi lado, el abuelo de la bufanda vieja me gritó por encima del tambor: «¡Este chico nos va a dar la copa, niña!
» Niña. Le sonreí. En la grada, todos somos familia política.
El segundo periodo se atascó. Los Titanes cerraron el medio, y el partido se convirtió en un atasco de los míos: todo el mundo mirando el mismo carril, nadie encontrando el desvío. Cero a cero al descanso, y en la cola del baño la gente hablaba bajito, como en la sala de espera de un hospital.
En el tercero, Brett adelantó al equipo en el minuto seis. Rebote, claro. El disco quedó muerto en la frontal y él llegó antes que todos porque Brett siempre llega antes que todos a los discos muertos. Uno a cero. La explosión de la grada me dejó sorda un minuto.
El empate de ellos llegó en una superioridad discutida: falta de Kuba —una carga limpia que el árbitro no quiso ver así— y el tiro desde la frontal entrando por el único hueco de la noche.
Uno a uno. Kuba se fue al banquillo maldiciendo en checo, y yo lo miré desde la grada con un nudo nuevo: aquel hombre defendía con la rabia de siempre un escudo que en junio ya no era suyo, y nadie en el pabellón lo sabía excepto yo.
Y entonces, a seis del final, en otra superioridad, esta nuestra, pasó lo que el barrio contará durante años.
El disco estaba en la línea azul. El tiempo se acababa.
La jugada estaba rota, muerta, con dos defensas encima.
Y el disco llegó al punto débil, y allí estaba Raúl Cuesta, el abuelo, el de la rodilla de alquiler, el que había vuelto de tres cruzados y una convalecencia por la que nadie apostaba.
Recibió de espaldas, protegió el disco con el cuerpo, y en la devolución desde la línea azul —el pase de vuelta, el que ensayan mil veces y nunca sale— soltó un tiro raso, bajito, de los de artesano, que entró pegado al poste.
Lo vi entrar como se ven las cosas importantes: a cámara lenta.
El disco saliendo del palo de un hombre de treinta y seis años con la rodilla rehecha tres veces.
El portero rival estirándose hacia el lado equivocado.
La red moviéndose, poquísimo, casi con educación.
Y después el ruido. El ruido no se puede describir, pero lo intento igual: fue como si mil cincuenta personas hubieran estado conteniendo la respiración desde septiembre y la soltaran toda de golpe.
Dos a uno. Mil cincuenta personas de pie. Raúl de rodillas en el hielo, sin poder levantarse del abrazo de los demás, llorando con el casco quitado mientras la grada gritaba su nombre y la canción y todo lo que tenía.
Después supe los detalles, porque el barrio los repitió toda la semana como una letanía.
Que Raúl había pedido el cambio un minuto antes y Vicho no lo cambió.
Que el pase de vuelta lo ensayaban desde enero, en los entrenamientos sin público.
Que la rodilla le dolía desde el segundo periodo y no dijo nada.
Los barrios necesitan héroes con detalles, y Raúl daba detalles como un santuario da milagros.
Yo grité y lloré a la vez, con Yessi colgada de mi cuello. En la banda de prensa, Sara estaba de pie con las manos en la cabeza. En su palco, JR abrazaba a Balaguer. Hasta Sebas, junto a su manguera, se secaba la cara con la manga del mono.
La final. Los Árticos de Madrid, en la final. Tres años desde un polígono y una idea, y ahora la final, en casa, contra La Cerdanya, el rival de siempre, el de la montaña, el de todas las cuentas pendientes.
En la salida, la gente cantaba en la calle. Los coches pitaban. Eugenia lloraba agarrada a la cámara. Era imposible no contagiarse de aquella felicidad colectiva, y yo me contagié, la bebí entera, la necesitaba.
Tardamos una hora en salir del pabellón.
Nadie quería irse. La Grada Norte siguió cantando en la explanada, con los tambores ya desafinados y las voces rotas, y la gente se hacía fotos delante del cartel de Eugenia que ya habían cambiado: «FINAL.
Del 26 al 31 de marzo. Esta casa os espera.
» Del veintiséis al treinta y uno. Cinco partidos en seis días, si hacían falta. La Cerdanya. El rival de siempre.
Yessi me zarandeó por los hombros.
—¡La final, Dani! ¡En casa! ¿Te das cuenta? ¡Estos tíos van a llenar el pabellón!
—Van a llenarlo —dije, y lo dije con una certeza extraña, como si lo hubiera leído en un parte.
—¿Tú crees? Mil doscientas personas es mucha gente.
—Esta temporada, con esta historia, contra La Cerdanya —dije—. Se llena. Apúntalo.
Yessi me miró con respeto logístico, que es el único respeto que de verdad me conmueve.