Capítulo noveno — La cuenta
El jueves por la noche aprendí que hay puertas que deberían estar cerradas y no lo están.
El entrenamiento había ido bien. Era uno de los últimos del curso: Lourdes nos había avisado de que en abril bajaríamos a una sesión semanal, y se notaba en el ambiente esa melancolía de final de temporada que tienen los equipos que se quieren.
Las nuevas hicieron bromas. Yessi marcó dos goles de bandera.
Yo jugué con la cabeza fría y las piernas calientes, que es como mejor juego, y durante dos horas no pensé en nada que no fuera disco.
Después, en la ducha, hablamos del partido del sábado.
Todo el mundo en la Pista Norte hablaba ya solo del sábado.
Las chicas iban todas: «Hay que llenar eso», decía la portera, Bea, «que los del club nos ceden la pista y hay que devolver favores.
» Lourdes, al salir, nos dijo: «El sábado, bufandas azules en la grada.
Las Auroras también somos esta casa.» Y lo dijo con orgullo, y yo sentí el orgullo pinchado por dentro, porque yo sabía que en esa casa, en algún despacho, se estaba decidiendo qué mueble sobraba.
Las Auroras entrenábamos de ocho a diez, turno de noche por el partido del sábado.
A las diez y cuarto, duchadas y recogidas, salimos al pasillo que lleva a la salida de jugadores.
Yessi se había olvidado la sudadera en el banco y volvió corriendo a por ella.
Yo la esperé junto a la sala de material, sola, con la bolsa al hombro.
El pasillo de la Pista Norte es un tubo largo que dobla una esquina antes de llegar a los despachos. El despacho de JR está en la curva. Y aquella noche, en la curva, había luz y voces, y la puerta estaba abierta un palmo.
Yo no escucho conversaciones ajenas. Es un principio.
Tengo pocos principios, pero los buenos los tengo claros: no escucho en puertas, no miro móviles ajenos, no pregunto lo que no me compete.
Aquella noche rompí el primero sin moverme un centímetro, porque las voces salían al pasillo y una de ellas dijo un nombre que me dejó pegada al suelo.
—Halme renueva por tres. Eso está hablado con JR y hablado con el chico.
Era Balaguer. Voz de oficina, voz de balance, la voz con la que se firman las cosas.
—Los números los tengo aquí —siguió—. Escucha cómo queda.
Plazas de extranjero: tres. Pol vuelve en septiembre, y Pol no se toca, que la clínica lo tiene en el contrato de la manga como jugador imagen y no es negociable.
Brett, intocable: es la mitad de los goles y el noventa por ciento de la taquilla que se ríe. Y Halme. Tres de tres. Cerrado.
Una pausa. La otra voz era JR, más baja, más cansada.
—Y Kuba.
—Kuba acaba contrato en junio —dijo Balaguer—. No se renueva. Ya lo hablasteis en enero. Es un buen chico, Ramón, nadie dice lo contrario, pero tiene treinta y cuatro años y juega veinticinco minutos por partido. La plaza vale más que el sentimiento. Lo siento, pero es así.
—Lo sé —dijo JR, y en ese «lo sé» había veinte años de despedidas.
—Y hay más —dijo Balaguer—. El sueldo nuevo de Halme hay que pagarlo de algún sitio.
He repasado la estructura. Hay una partida que está duplicada: el fisio compartido con las chicas.
El convenio con Valdemoro lo firmamos cuando no teníamos ni para hielo.
Ahora nos cuesta cuarenta mil al año. La mitad, lo siento, se corta.
Se renegocia a la baja o se comparte con el personal propio.
Ellas tienen liga propia, que se lo pague su federación.
—La federación no paga ni los desplazamientos —dijo JR.
—Pues que lo miren —dijo Balaguer—. Ramón, yo no soy el malo. Soy el que cuadra. Si quieres, no lo cortamos. Y entonces el sueldo del chico sale de la cantera, o del mantenimiento de la pista, o de la propuesta de la grada alta. Elige tu veneno. Los números no tienen opinión. Solo suman.
Hubo un silencio. Largo. Y luego JR dijo algo que me dolió más que todo lo anterior, porque sonaba a rendición honesta:
—El fisio, corta. Pero no toques la cantera. La cantera es la casa de los que vienen.
—Apuntado —dijo Balaguer, y oí el bolígrafo sobre el papel, esa escritura tranquila de las decisiones.
Me quedé en el pasillo con la bolsa al hombro y el corazón haciendo ruido de carga.
El fisio compartido. Nuestro fisio. El de las Auroras.
El que nos trata las rodillas, nos pone los vendajes, nos pasa los horarios de hielo y consiguió el desván de mi madre para un portero finlandés que no conocía a nadie.
Cuarenta mil euros. La mitad, cortados. Para pagar la renovación de tres años del chico que me dejaba la luz encendida.
Y Kuba. Kuba Novotný, el checo que llevaba desde la segunda división, el que le enseñaba español a los extranjeros nuevos en el autobús, el que se quedaba a recoger los discos cuando todos se habían ido. Fuera. En junio. Con una conversación en enero que él ya conocía y el resto del mundo no.
—El sábado hay que ganar —dijo JR, cambiando de tono—. Con la final, los números de junio son otros. La taquilla sube. El patrocinador respira.
—El sábado se gana —dijo Balaguer—. Y el lunes hablamos con la Cerdanya de fechas. Escucha, Ramón. Sé lo que es Kuba para ti. Pero mira la foto grande: el portero tiene veinte años. Es la próxima década. Los clubs se hacen con décadas, no con despedidas bonitas.
Oí una silla. Pasos hacia la puerta. Y yo hice lo que no se hace: me pegué a la pared de la sala de material, conteniendo la respiración, con la bolsa apretada contra el pecho, mientras Balaguer salía al pasillo y se alejaba hacia la salida principal, silbando bajito, tan tranquilo, con su carpeta de números correctos.
Yessi volvió dos minutos después, con la sudadera y una sonrisa que se le murió al verme.
—¿Qué pasa? Has visto un fantasma.
—He visto la contabilidad —dije.
No le conté nada en el coche. No le conté nada porque no sabía por dónde empezaba el secreto y dónde acababa yo. Ella me miraba de reojo en cada semáforo, y al llegar a casa dijo solamente:
—Lo que sea, Dani, no lo cargues sola. Tú no eres un muelle. Tú no tienes por qué descargar todos los tráilers del mundo.
Entré en casa a las once. Arriba no se oía nada. La luz amarilla apagada. La encendí. Costumbre. Y entonces vi la pizarra.
En la casilla del viernes, que estaba vacía, había un signo de interrogación. Lápiz. Su letra de planos. Pequeño y limpio y perfectamente centrado en la casilla, como si lo hubiera medido.
Un interrogante. Él nunca preguntaba nada. Él respondía: puntos, tazas de té, cazuelas. Y ahora, en la casilla vacía, había abierto una pregunta con la única herramienta que compartíamos, y la pregunta era tan grande que no cabía en ninguna respuesta de lápiz.
Saqué el lápiz de su sitio. Lo tuve en la mano. Lo volví a dejar. Lo saqué otra vez.
¿Qué iba a escribir? ¿«Tu renovación cuesta el puesto de Kuba y la mitad de nuestro fisio»? ¿Eso, en una pizarra de cocina, con rotulador? ¿O la otra verdad, la pequeña, la que de verdad preguntaba ese interrogante: qué somos, qué hacemos, qué pasa cuando se acabe la temporada?
No escribí nada. Subí a mi cuarto con el móvil en la mano y las palabras de Balaguer repitiéndose como una mala frecuencia de radio: la plaza vale más que el sentimiento. Los clubs se hacen con décadas, no con despedidas bonitas.
Me acosté sin quitarme la sudadera. A la una y media volví a oír pasos arriba.
Luego abajo. La nevera. La pausa junto a la pizarra.
La pausa larga, larguísima, la más larga de todas, y yo en la cama con los ojos cerrados y el corazón en la garganta, esperando que subiera, esperando no subir, no bajar, no existir.
Subió. Sin respuesta escrita. El interrogante se quedó solo en su casilla.
El viernes fue el día más largo de mi vida laboral. Doce tráilers, tres incidencias, y yo funcionando en modo automático, moviendo rectángulos de colores mientras mi cabeza hacía la única cuenta que importaba.
A media mañana pasó una cosa pequeña que se quedó grande.
El fisio —nuestro fisio, el de las Auroras, el del convenio— pasó por el polígono a recoger unos papeles de la mutua y paró a saludar.
Se llamaba Andrés, cuarenta y pocos, manos de carpintero y paciencia de santo.
Llevaba nueve años tratando a las Auroras: nos conocía las rodillas mejor que nosotras mismas.
Me preguntó por el hombro de Yessi, me recordó que me quedaban dos sesiones de descarga, y se fue silbando por el muelle como quien pasa por su barrio.
Yo lo miré irse y pensé: dentro de tres meses, este hombre cobra la mitad o deja de venir los martes.
Y lo decidieron ayer, en un despacho con la puerta abierta, y nadie se lo ha dicho todavía.
Ni a él. Ni a las Auroras. Ni a Lourdes.
La noticia viajaba ya, con su ETA marcada, y yo era la única que la veía en la pantalla.
Eso es lo peor de los secretos ajenos: te convierten en torre de control de un accidente que todavía no ha pasado.
La cuenta era esta, y la hice unas cincuenta veces: si se lo digo, sabe que su renovación mata el puesto de Kuba y el fisio de mi equipo.
Si lo sabe, puede no firmar. Lo conocía ya lo suficiente para saberlo: era capaz de no firmar.
De decir «mi precio no es ese» y largarse a Finlandia con la misma tranquilidad con la que paraba tiros imposibles.
Si no firma, se va. Y si se va, lo pierdo —perdón: lo pierde el club, el equipo, la portería, todo eso— y me quedo con la conciencia limpia y la casa vacía.
Y si no se lo digo, firmo yo por él. Decido yo qué puede saber y qué no.
Me convierto en la persona que custodia un secreto que le pertenece, «por su bien», que es como las personas terribles justifican todo lo terrible.
Y mientras tanto, Kuba se despide de su última temporada, y mi equipo se queda cojo de fisio, y yo miro para otro lado con la excusa de una fecha en el calendario.
Las dos opciones eran malas. La diferencia era quién pagaba.