Capítulo octavo — El precio de quedarse #2
En los tiros del final, Kuba se puso delante de mí para las pantallas.
Trabajo sucio. Nadie lo pide. Él lo hace siempre: se planta entre el tirador y yo, con las manos a la espalda, y me deja elegir el lado.
«Elige, portero», dice. «Te tapo el que quieras.
» Es una confianza que no se puede comprar.
Doce años de oficio tapando ángulos para porteros que pasaban y se iban.
A la salida, Iván me esperaba en la puerta del vestuario con dos botellas de agua.
—¿Hablamos? —dijo.
Nos sentamos en la grada vacía. Iván y yo hablamos poco, pero bien. Entre porteros no hay que explicar las cosas.
—He oído lo del contrato —dijo—. No me preguntes cómo. Este pabellón tiene paredes de papel. Enhorabuena.
—Gracias —dije.
—Tres años —dijo Iván—. Yo acabo contrato en junio también. ¿Lo sabías?
No lo sabía. Me miró con la cara tranquila de siempre. Iván tiene la cara más tranquila de la liga.
—No te asustes —dijo—. No voy a pedirte cuentas. Te quería decir otra cosa: voy a hablar con el club para seguir. De segundo. Si tú estás, claro. Contigo aprendo más que en cinco años de suplencias y cesiones. Y este club es mi casa. Uno no deja su casa por una camiseta con más minutos.
—Iván —dije, y no supe seguir.
—Los porteros somos una especie rara —dijo—.
Competimos por un puesto que solo puede tener uno.
En otros equipos eso es guerra. Aquí no quiero guerra.
Quiero que el sábado ganes la final y que en junio me llamen para decirme que sigo, aunque sea mirando.
Porque mirándote, algún día seré mejor. Eso es lo que me enseñaste tú sin saberlo.
No supe qué decir. Dije «gracias» otra vez, que es mi palabra comodín.
Iván se rio, me dio la botella y se fue.
Y yo me quedé pensando en las plazas. Tres de tres, los extranjeros.
E Iván, español, quedándose a mirar. Las plazas no eran el problema para todos.
Solo para Kuba. Solo para el que me había enseñado la ciudad, el idioma y la casa.
La noche anterior, el jueves, Kuba me había parado en el pasillo al salir del entrenamiento.
—Esta noche subo un rato —dijo—. A tu desván. ¿Se puede?
—Se puede —dije.
La regla cinco decía que el descansillo era frontera. Pero la regla cinco era mía y de ella, no del mundo, y Kuba era Kuba. Las reglas de la casa no cubrían a Kuba. Kuba era jurisdicción propia.
A las diez de la noche subió. Yo había ordenado el desván, que nunca está desordenado, así que lo que hice fue mover las cosas dos centímetros para tener algo que hacer.
Kuba entró agachándose por el marco, miró la habitación con una vuelta lenta —la cama hecha, la maleta, el equipo, la medalla dada la vuelta— y se sentó en la silla como se sientan los hombres grandes: con cuidado, como pidiendo perdón a los muebles.
—Traigo esto —dijo, y sacó de la bolsa dos cervezas sin alcohol y una bolsa de frutos secos—. Despedida de soltero. Del desván, digo. Es la primera vez que entro en la casa del portero. En doce años he entrado en las casas de todos. Es mi único mérito social.
—¿Cómo sabías dónde vivo?
—Portero —dijo—. Te traje yo del aeropuerto en febrero.
¿No te acuerdas? Ibas dormido. Te dejé en la puerta a las dos de la mañana y la señora Marisa salió en bata con una linterna como un faro.
Me dio miedo. Le ofrecí ayuda con la maleta y me dijo que las maletas las suben los jóvenes. Me caí bien a mí mismo por intentarlo.
No me acordaba. Del viaje desde el aeropuerto solo me acuerdo de las luces. Madrid de noche, desde un coche, con la cabeza todavía en Helsinki. Y de una linterna. Sí, de una linterna en la puerta de una casa, que era la manera que tuvo esta ciudad de decirme «por aquí».
—Bonito —dijo, mirando alrededor otra vez—. Mi primer cuarto en Madrid era la mitad que esto. Con un radiador que sonaba como un tiroteo.
—¿Hace cuánto? —dije.
—Doce años —dijo—. Llegué con veintidós. Praga, luego una temporada rara en Francia, luego esto. Iba a ser un año. Iba a ser un año y resulta que es mi vida.
Se quedó mirando la ventana. Afuera, las luces naranjas del polígono.
—Te han renovado —dijo.
—Tres años —dije.
—Bien —dijo—. Es correcto. Eres el mejor portero que he tenido detrás en doce años. Y he tenido porteros buenos.
No dije nada. Los elogios de Kuba no se contestan. Se archivan.
—Yo voy a dejarlo —dijo.
Lo dijo así, de golpe, sin subida, como suelta un disco. Yo estaba en la cama, de espaldas a la pared, y noté que la frase llevaba meses escrita detrás de su cara.
—El club —dije—. Todavía no ha dicho nada.
—El club no tiene que decir nada —dijo Kuba—. Yo lo sé. Lo sé desde enero. Tres plazas. Pol, Brett, tú. Soy bueno en matemáticas, portero. Mejor que en la escuela, desde luego.
—Puedes hablar con JR.
—JR ya lo sabe —dijo—. JR y yo hablamos en enero.
Él me dijo la verdad. Eso es más de lo que hacen la mayoría.
La verdad es: la plaza no está. El dinero no está.
Y yo tengo treinta y cuatro años y una oferta de Praga para entrenar a porteros de la cantera.
Desde hace un año la tengo. La he estado mirando como se mira una carta sin abrir.
La cantera. Porteros. Kuba con una pizarra y veinte niños checos. De repente lo vi tan claro que me molestó no haberlo visto antes.
—Entonces —dije—. No es el club.
—El club es el club —dijo Kuba—. El club hace sus números y sus números son ciertos.
No soy un drama, portero. He visto dramas.
Yo fui compañero de Tata. A Tata lo cortaron con una nota, un día de septiembre, con el contrato en la mano y la grada que le quería.
Eso fue un drama. Esto mío es otra cosa.
Esto es un tren que llega a su estación. Llevo un año oyéndolo llegar.
Se levantó. El desván era pequeño para los dos de pie. Miró la medalla dada la vuelta en la pared, y sonrió.
—El día del partido contra los Titanes, el primero, vi la parada del guante desde el banquillo —dijo—. Y pensé: ahí está. Esa es la portería de este club durante diez años. Y no me dio envidia. Me dio tranquilidad. Sabes lo raro que es eso, ¿no? Que tu sustituto te dé tranquilidad.
—¿Sabes cuál fue mi mejor año aquí? —dijo—.
El de la segunda división. Jugábamos en pistas donde el vestuario era un contenedor.
Perdíamos más que ganábamos. Y yo era feliz como un niño.
Porque cada partido era el partido. No había mañana, no había proyecto, no había plazas.
Solo el disco y veinte tíos que se querían.
Después subimos. Después vinieron los patrocinadores, los números, las plazas.
Todo eso está bien. Todo eso es crecer. Pero a veces echo de menos el contenedor.
—Te entiendo —dije.
—Lo sé —dijo—. Por eso te lo cuento a ti. Tú también vienes de los contenedores. Se te nota en cómo paras: como si cada tiro fuera el último. Los porteros de las academias grandes no paran así. Paran con currículum. Tú paras con hambre.
Se dirigió a la puerta. Se agachó por el marco. Y desde el marco, sin girarse del todo, dejó la frase que todavía hoy tengo grabada:
—Lo único peor que irse es quedarse a medias.
Y bajó por la escalera de incendios, porque el descansillo era frontera y Kuba respetaba hasta las fronteras que no eran suyas.
Me quedé sentado en la cama, con la carpeta de la renovación en la mesilla.
Lo único peor que irse es quedarse a medias.
Pensé en la carta de JR. Aquí la portería es tuya.
Pensé en la mirada de Balaguer, dos segundos de inventario.
Pensé en Kuba recogiendo discos sueltos después de cada entrenamiento, doce años, sin que nadie se lo pidiera.
Pensé en las plazas: tres de tres. Todo cuadraba.
Todo era correcto. Todo era una mierda de correcta.
Pensé también en hacer algo. Ir a JR y decirle: mi contrato, repártelo.
Menos años, menos dinero, y que Kuba siga uno más.
Lo pensé con la carpeta en las manos, durante un minuto largo.
Después vi la cara de Kuba si algún día se enteraba de que había hecho eso.
Kuba no aceptaba limosnas. Kuba llevaba un año con una carta de Praga en el cajón y la dignidad intacta, y la dignidad de los veteranos es un objeto delicado: se rompe si la tocas, aunque sea con buenas intenciones.
En los equipos hay cosas que no se pueden arreglar desde la portería. Esa era una.
Lo único que podía hacer era lo que hacía siempre: parar. Parar el sábado, ganar la eliminatoria, y que su última temporada tuviera una final dentro. Era un regalo pequeño y era el único que tenía.
A las diez y media bajé a la cocina a por agua. La casa estaba en silencio. Ella seguía en el entrenamiento de las Auroras. No había oído su llave.
La pizarra de la nevera tenía la semana escrita. Sábado: «partido, veinte horas. La final se juega en casa. Yo voy.» La taza de té en la casilla del lunes. La cazuela en la del jueves. Dos puntos de lápiz que ya eran tres.
Cogí el lápiz. Miré la casilla del viernes. Estaba vacía: ni turno, ni partido, ni nada. Un hueco en blanco en medio de una semana ordenada.