La última línea (Los del hielo 4) Capítulo octavo — El precio de quedarse
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Capítulo octavo — El precio de quedarse

El jueves por la mañana, JR me llamó a su oficina.

El jueves empezó como todos los jueves de semana grande: alarma a las seis, pista a las seis y media, Sebas regando y yo siendo el segundo pie del día.

Paré cuarenta tiros del segundo equipo. Desayuno en el bar de la esquina con Kuba: tostadas para él, tortilla para mí, café para los dos.

Kuba habló de su madre, que quería venir a la final si la había.

«Le digo que sí y luego veo los precios de los vuelos», dijo, riéndose.

«Praga-Madrid en semana de final. Va a tener que hipotecar el jardín. »

A las diez, Eugenia me encontró en el pasillo.

—JR te busca. En su oficina. —Bajó la voz—. Con cara de buenas noticias. No me digas que te lo he dicho.

JR no llama a nadie a su oficina. JR habla en los pasillos, en la grada, en la puerta del vestuario. Su oficina es para papeles y para conversaciones que no deben oírse en pasillos. Yo lo sabía. Todo el mundo lo sabía.

—Siéntate, chico.

La oficina es pequeña. Fotos viejas en la pared. Una copa de segunda división. Un retrato de un equipo de los ochenta, con JR joven en el centro, con bigote. Sin bigote, JR parece un tío serio. Con bigote, en la foto, parece otro deporte.

—¿Sabes por qué te he llamado?

—Por el contrato —dije.

—Por el contrato —dijo JR—. Eres rápido. Bien. Odio los rodeos.

Sacó una carpeta. No la abrió. La puso sobre la mesa como se pone una carta ganadora: despacio, para que pese.

—El club quiere renovarte. Tres años. El sueldo sube, no te voy a mentir diciendo cuánto, pero sube bien. Eres el portero de este equipo para la próxima década. Esa es la idea. Tuya es la portería. Lo dije en enero y lo repito en marzo.

Tres años. La próxima década. Tuya es la portería.

Yo he oído frases bonitas en mi vida. Los ojeadores dicen frases bonitas como otros respiran.

«Proyecto serio.» «Portero de futuro.» «Contamos contigo.

» Todas esas frases vienen con fecha de caducidad impresa en tinta invisible.

Esta era distinta. Esta venía de un hombre que me escribió a mano «aquí la portería es tuya» cuando yo no era nadie.

Un hombre de toda una vida de hielo y cuarenta años de bigote.

Cuando JR dice una frase, la frase tiene domicilio.

—Hay que hablarlo con Balaguer —dijo JR—. Él lleva los números. Yo llevo el hielo. Pero los dos estamos de acuerdo. La semana que viene, después de la final, nos sentamos los tres. Si es que hay final.

—Habrá final —dije.

—Eso me gusta —dijo JR, y sonrió por primera vez—. El sábado se gana y hay final. Y después de la final, firmamos. Y la temporada que viene, con Pol recuperado y contigo en la portería, este club va a dar miedo de verdad.

Me habló del proyecto. JR habla de proyectos como los abuelos hablan de las casas: por cimientos.

Dijo que el club había subido de segunda con un equipo de amigos y sobrevivido el primer año con un equipo de parches, y que ahora tocaba la tercera fase: el equipo de verdad.

«Un portero de diez años. Un capitán en su mejor momento.

Un delantero estrella que vuelve de una lesión.

Cantera. Grada llena.» Dijo lo de la grada llena mirándome a los ojos, como si yo tuviera algo que ver con las sillas.

Quizá lo tenía. Las paradas del guante también vendían entradas, decía Eugenia.

—Lo único que te pido —dijo JR, ya en la puerta— es que no digas nada hasta que se firme. Los contratos hablados son como el hielo fino: aguantan, pero no hay que bailar encima.

—No digo nada —dije.

—Lo sé —dijo JR—. Por eso eres tú.

Salí de la oficina con la carpeta en la mano. No la abrí hasta el vestuario. Tres años. Cifras que no diré aquí porque las cifras son de las personas, y esta historia es de otra cosa. Baste decir que eran cifras de «quédate». Cifras de raíz.

En el vestuario, el equipo se preparaba para el entrenamiento del jueves.

Kuba estaba en su sitio, al lado del mío.

Su sitio y el mío son los dos últimos de la fila, contra la pared.

Los dos de la esquina. Cuando llegué, en febrero, Kuba movió sus cosas medio metro y me dejó el hueco.

No dijo nada. Los gestos de medio metro no se anuncian.

Desde entonces, nuestras canilleras se tocan.

—Buenas noticias —dijo Kuba, mirando la carpeta. No era una pregunta.

—Buenas noticias —dije.

—Me alegro —dijo, y sonrió de verdad, con la cara entera—. Te lo mereces, portero.

El entrenamiento fue suave. Vicho guardaba piernas para el sábado.

Cuarenta minutos de sistemas, veinte de tiros, charla corta.

«El sábado, en casa, se cierra esto. Mil cincuenta entradas vendidas ya.

El pabellón va a ser una caldera.» Mil cincuenta.

Cada semana el número crecía. Eugenia lo ponía en el grupo con fuegos artificiales.

Después de la ducha, me quedé en la grada un rato, viendo recoger el material.

Es una costumbre que tengo desde niño: quedarme el último.

En Espoo lo hacía porque no tenía prisa por volver a ningún sitio.

Aquí lo hago porque me gusta el pabellón vacío.

Los pabellones vacíos son las iglesias de los porteros.

Desde la grada se veía la puerta de los despachos. Y por esa puerta salió Balaguer.

Federico Balaguer. El socio. El de la cerveza.

El que firma los números. Yo le había hablado dos veces: el día de la firma y en una cena del club.

Es un hombre amable, con traje siempre bien planchado y una manera de mirar los partidos como quien mira la Bolsa.

No es malo. Es contable. Hay una diferencia.

Balaguer se detuvo en la puerta, mirando el hielo. Yo estaba en la grada, en la sombra, y él no me vio. En el hielo no quedaba nadie excepto Sebas, que empezaba a regar, y Kuba, que se había quedado a recoger los discos sueltos, como hacía siempre, como hacen los veteranos que aman una pista.

Balaguer miró a Kuba.

Un segundo. Quizá dos. No más.

No sé describir esa mirada sin hacerla más grande de lo que fue.

No fue una mirada mala. No fue una mirada buena.

Fue una mirada de inventario. La mirada con la que se mira una línea de un balance que hay que ajustar.

Yo he visto esa mirada antes. La vi en Espoo, en la cara de un director deportivo, una semana antes de que cortaran a nuestro defensa más querido.

Los jugadores reconocemos esa mirada como los animales reconocen el tiempo que viene.

Balaguer se fue. Kuba siguió recogiendo discos, sin saber nada, o sabiéndolo todo. Con Kuba nunca se sabe.

Yo me quedé en la grada con la carpeta de la renovación en las manos, y la carpeta, de repente, pesaba distinto.

La primera vez que vi cortar a un jugador fue a los quince.

Se llamaba Ville. Defensa, diecisiete años, el mejor de nuestra generación hasta que dejó de serlo.

El director deportivo lo miró una semana entera en los entrenamientos con esa cara, la cara del inventario, y al final de la semana Ville ya no estaba.

Nadie nos explicó nada. A los quince años aprendí que en el hockey hay dos idiomas: el que se habla y el que se mira. El que se mira es el verdadero.

Desde entonces colecciono esas miradas sin querer. El ojeador que te mira como una apuesta. El entrenador que te mira como una opción. El contable que te mira como una línea. Yo sé leer todas. Es mi segunda posición. Portero y lector de miradas.

La de Balaguer era de contable. Ni buena ni mala. Peor: era correcta. Las miradas correctas son las que ejecutan.

Los contratos son sumas y restas. Tres años para mí. Tres plazas de extranjero. Pol vuelve. Brett no se toca, Brett es el alma de la grada y la mitad de los goles. Y yo. Tres de tres. Las matemáticas de este club son matemáticas fáciles hasta que las haces con nombres.

Kuba es extranjero. Kuba tiene treinta y cuatro años. Kuba acaba contrato en junio.

No quise seguir la suma. La seguí igual. Los porteros no sabemos dejar las jugadas a medias.

El viernes por la mañana, en el entrenamiento, observé a Kuba con ojos nuevos.

Kuba entrena como los veteranos inteligentes: sin una gota de esfuerzo inútil.

Cada movimiento cuenta. Cada pase va donde tiene que ir.

A los treinta y cuatro, con las rodillas que tiene, sigue siendo el mejor defensa del equipo en los días importantes.

El sábado, contra los Titanes, haría sus treinta minutos como un reloj.

Después del entrenamiento, comida del club en el bar de la esquina. Los viernes de semana grande, el club paga la comida. Es la única tradición que nadie ha escrito y todos cumplen. Brett se sentó a mi lado con la bandeja llena y el discurso listo.

—Mañana es el día, portero —dijo—. Mil cincuenta personas. ¿Sabes lo que son mil cincuenta personas? Es más gente que en todo mi pueblo. Mi pueblo tiene ochocientas personas y una estatua de un alce. Mañana juego delante de mi pueblo multiplicado por uno coma tres.

—Juega bien, entonces —dije.

—Siempre juego bien —dijo Brett—. Lo que pasa es que a veces el disco no coopera. Escucha. Mañana, si marco, te dedico el gol. Pero tienes que celebrarlo. No esas cosas que haces tú de levantar el guante como si pidieras un taxi. Una celebración de verdad.

—Veremos —dije.

—«Veremos» —repitió Brett para la mesa—. Lo habéis oído. El portero dice «veremos». Está desatado.

En la otra punta de la mesa, Aitor comía en silencio, como siempre.

Raúl contaba batallas del año del ascenso.

Y Kuba, entre los mayores, reía en el sitio de siempre, con la cerveza sin alcohol y la cara de no saber nada.

Yo lo miraba de reojo. Nadie más lo miraba.

Nadie más sabía. O todos sabían y hacían lo mismo que yo: quererle en silencio, que es la única manera de querer que permiten los vestuarios.