Capítulo séptimo — Escalera de incendios #2
—Mi abuelo —dijo él después— murió el año pasado.
El de la sauna. No fui al funeral. Había partido.
En Finlandia también pasa. La gente dice: lo entendería.
Sí. Lo entendería. Pero el entierro fue un martes y el partido fue un martes y yo jugué y paré treinta tiros y nadie me preguntó nunca si estaba bien.
—¿Estabas bien?
—No —dijo, simplemente, y fue la primera vez que le oía decir una verdad sin envoltorio.
Nos quedamos quietos, con las verdades desnudas sobre los escalones, y el frío ya no importaba tanto.
A las tres y cuarto nos quedamos sin frío que aguantar. Nos levantamos, sacudimos el hierro de los pantalones, y en la puerta del patio, antes de entrar, él dijo:
—La regla dos.
—Muerta —dije—. Enterrada. Con honores.
—Era buena regla —dijo.
—Era una regla de cobardes —dije, y me oí decirlo, y no lo retiré.
Entramos. En el descansillo —la frontera, la regla cinco, la que quedaba— nos detuvimos los dos. Había que decidir quién subía primero, y esa decisión era más complicada que cualquier albarán.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenas noches —dije.
Subió. Tercer peldaño. Séptimo peldaño. Yo me quedé en el descansillo un momento, escuchando, y pensé que las reglas no escritas se cumplen solas y las escritas hay que defenderlas a tiros, y que quizá las habíamos escrito al revés.
El martes entrené con las Auroras. Temporada acabada, pero Lourdes nos tenía en régimen de mantenimiento: dos sesiones por semana, «para que no se os oxide el chasis». Yo llegué fundida, con tres horas de sueño y la cara de haber dormido en un contenedor, y Yessi me miró con el radar encendido.
—Mala noche —dije, preventivamente.
—Ya lo veo —dijo—. ¿Insomnio?
—Insomnio.
—Ajá —dijo, y guardó el dato en su archivo infinito.
El entrenamiento fue bien. El cuerpo funciona aunque la cabeza no, y en el hielo, durante una hora y media, fui solo piernas y palo.
Lourdes nos hizo trabajar los contraataques y me puso de ejemplo dos veces, «mirad cómo entra Roque al espacio», y esas cosas se agradecen, sobre todo cuando por dentro eres un descampado.
El miércoles, el partido.
La Pista Norte superó las mil personas por primera vez en la temporada: mil personas, anunciaron, y el rugido de la salida fue de los que se sienten en la boca del estómago. Yessi y yo llegamos pronto y cogimos sitio en la Grada Norte, cerca de los tambores, donde el aire vibra.
Los Titanes salieron a cerrar la eliminatoria. Nosotros salimos a otra cosa.
El primer periodo fue de ajedrez. Cero a cero, pocos tiros, mucha pierna. En el segundo, los Titanes marcaron primero: una superioridad, un tiro desde la frontal que él no vio, pantalla triple. Cero a uno, y el pabellón se apretó los dientes.
El primer periodo había tenido su susto.
A los ocho minutos, un choque de dos trenes en el centro del hielo: el nueve de los Titanes y Aitor, los dos a por el mismo disco, y el que se levantó peor fue Aitor.
Se quedó un minuto en el hielo, con el fisio encima, y el pabellón entero conteniendo la respiración.
Se levantó por su pie, como hacen los capitanes, y la grada lo despidió a gritos, y tres minutos después volvía a jugar, impasible.
En la banda, detrás de mí, un chaval de unos doce años le dijo a su padre: «Aitor no se rompe.
» Y el padre: «Aitor se rompe como todos, pero no lo enseña.
» Me quedé con la frase. Los padres de las gradas dicen a veces las mejores crónicas.
En el descanso del segundo periodo, vi a Sara bajar del banquillo de prensa y hablar con Sebas en la esquina de la grada.
Sebas señaló el techo con la barbilla, Sara apuntó algo en la carpeta, y los dos miraron las sillas vacías —cada vez menos— con cara de llevar una contabilidad compartida.
Mil personas. Doscientas sillas. La brecha se estrechaba semana a semana, y todo el mundo en aquel pabellón sabía que la brecha era lo de menos: lo que importaba era la dirección.
Pero aquel equipo ya no se asustaba. Se notaba.
Habían pasado cuartos, habían ganado en Barcelona, y jugaban con la calma de los que se conocen.
A los cinco minutos, Aitor empató en una jugada personal, robando el disco en el medio y definiendo con esa sequedad de los que no celebran por adelantado. Uno a uno.
Y en el tercero, a siete del final, llegó la jugada que la gente contó toda la semana: contraataque de tres, Brett por la banda, pase atrás, y el tercer hombre —el segundo defensa, el que casi nunca marca— entrando solo y cruzándola al palo largo. Dos a uno.
Yo grité. Grité como no gritaba desde los dieciséis, cuando las Auroras ganamos el primer partido de nuestra historia.
Por un segundo volví a sentir las manos de mi padre levantándome en hombros en la grada, cuando yo aún era pequeña.
Grité con las manos en bocina y la voz de capitana, la del vestuario, la de «estás protegida», y al girarme vi a Yessi mirándome.
No celebrando. Mirándome.
Con los brazos bajados y las pipas en la mano, mirándome con la cara de haber resuelto un crucigrama entero de golpe.
—¿Qué? —grité, sobre el ruido.
—Nada —gritó ella—. Que gritas su nombre.
—Grito el del equipo.
—Dani —dijo, y sonrió, y no era una sonrisa mala, era peor: era una sonrisa de archivo. La sonrisa con la que Yessi guarda las cosas para siempre.
Los últimos siete minutos fueron una eternidad de paradas.
Él cerró la portería con cuatro intervenciones seguidas, y en la última, con treinta segundos en el reloj y el portero rival en el banquillo, sacó un tiro de la escuadra con el guante, otra vez el guante, y la Grada Norte entera gritó «¡portero, portero! » hasta el silbato.
Dos a uno. Dos a uno en la eliminatoria. El sábado, el cuarto partido, en casa, con la final a una victoria.
En la salida, la gente cantaba y se abrazaba, y Sara estaba en el pasillo de prensa hablando por teléfono con alguien, con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Mil personas. La cuenta crecía. Yessi me arrastró hacia la salida sin soltar el tema, que es su manera de conducir: despacio y sin frenos.
—Vale —dijo, en la calle—. Vamos a hacerlo ordenado. Tú no tienes por qué contarme nada. Pero yo llevo dos semanas viéndote, y te conozco, y sé cuándo te pasa algo. Así que voy a decir tres cosas y tú solo tienes que asentir o negar. ¿Vale?
—Yessi.
—Primera: hay alguien. —Esperó. Yo no negué. Fallo mío—. Segunda: es alguien que no puede ser, porque si pudiera ser ya me lo habrías contado hace dos semanas. —Esperó otra vez. Miré el polígono—. Tercera: es el finlandés de tu desván.
—Estás loca —dije, dos semanas tarde.
—Cuarta, de regalo —dijo ella—. No pienso contarlo. Pero tienes que contarlo tú. A alguien. A mí, a tu madre, a quien sea. Porque llevas dos semanas fingiendo que no te pasa nada y se te nota en los saques.
Yessi es así: te desmonta el motor, te enseña las piezas, y luego te abraza. Me dejó en casa y me dijo «el sábado vengo a por ti, y si quieres hablar, hablamos, y si no, traigo más pipas».
Entré con la cabeza hecha un almacén en hora punta. La casa estaba oscura menos la luz amarilla, y arriba no se oía nada: días de partido, cena de equipo, llegada tarde. Me hice una infusión y me quedé en la cocina, mirando la pizarra.
«Yo voy.» Mi letra. Sus puntos. La taza de té que todavía no existía entonces.
Pensé en lo que había dicho Yessi. «Gritas su nombre.
» No era verdad. Yo no gritaba su nombre; gritaba el del equipo, el de la ciudad, el del barrio entero que se merecía una alegría grande.
Eso era lo que yo gritaba. Lo otro, lo que Yessi había visto con su radar de extremo, era un fallo de transmisión, un paquete mal etiquetado.
Se podía corregir. Todo se podía corregir con un buen sistema de etiquetado.