Capítulo séptimo — Escalera de incendios
El lunes fue un día de esos que el planning no prevé: sin partido, sin turno de noche, sin nada que tachar. Mi madre llevaba dos semanas en Málaga y la casa había encontrado su ritmo nuevo, un ritmo de dos órbitas y una cocina compartida. Yo debería haber estado tranquila.
Estaba insomne.
El turno había sido normal. Demasiado normal.
A media mañana llamó mi madre desde Málaga, como todos los días a la misma hora, con su parte diario: la muñeca de mi tía mejorando, mi prima aprobando exámenes, el pescado de allí que no tiene comparación.
Y aquel día, una novedad: «Tu tía se repone despacio y tu prima no da abasto.
Me quedo hasta que acabe el curso. No me mires así, que te oigo la cara por el teléfono.
Tú te arreglas mejor sin mí.» Así, sin pedir permiso: las semanas se convirtieron en meses en una sola frase.
Y luego, como todos los días, la pregunta trampa:
—¿Y por casa todo bien?
—Todo bien —dije.
—¿Y el chico?
—El chico bien. Silencioso. No molesta.
—Ya —dijo ella, con el «ya» de las madres, ese que significa: he preguntado por el parte y me has dado el resumen, y sé que hay un anexo que no me estás enseñando.
Mi madre lleva once años leyéndome por teléfono. No falla nunca. Lo que no sabía era hasta qué punto no fallaba esta vez, y eso lo supe después, y ahora no adelanto albaranes.
Por la tarde limpié. Otra vez. La casa estaba limpia desde el domingo, pero limpiar es mi manera de ordenar la cabeza: cada cajón ordenado es un pensamiento archivado, y aquel lunes tenía muchos pensamientos sueltos.
Ordené el armario de la entrada, el cajón de los trapos, la balda de las conservas.
A las seis no quedaba nada que ordenar en la casa entera excepto yo.
Cené sola, temprano. Él cenó arriba, tarde, después del entrenamiento suelto de los días sin partido. Nos cruzamos en la cocina, señas, dos puntos en la pizarra que nos miraban desde su casilla como testigos mudos.
No sé por qué estaba insomne. Bueno, sí lo sé, pero la versión oficial es que no lo sé.
La versión oficial es que me acosté a las once con la alarma puesta para las cinco y media, y a la una seguía mirando el techo con los ojos como platos, mientras mi cerebro repasaba la semana como un albarán que no cuadra: el táper devuelto limpio y seco.
Los dos puntos de lápiz. La regla dos muerta en un pasillo.
La cuatro muerta junto a una caldera. Y el miércoles, tercer partido de semifinal, en casa, con la eliminatoria empatada.
A la una y veinte bajé a la cocina a por agua. La escalera crujió, tercer y séptimo peldaño, y al llegar abajo me di cuenta de que la luz amarilla estaba encendida.
Él estaba en la mesa, con un vaso de leche y la libretita donde apunta español, mirando una página sin leerla.
Nos quedamos mirándonos. Los insomnes se reconocen enseguida, como los de la misma profesión.
—No duermes —dijo él. En finés debía de sonar mejor, pero en español sonaba a parte de incidencias.
—No duermes —dije yo.
La regla dos llevaba muerta una semana, pero aquello era distinto: no era un pasillo, era una cocina a la una y media de la mañana, y la cocina era zona neutral, y las zonas neutrales a esas horas tienen jurisprudencia propia.
—¿Escalera? —dije.
No sé de dónde saqué la idea. Sí lo sé: de la casa.
La casa de mi madre tiene una escalera de incendios exterior, de hierro, que baja del desván al patio trasero.
Mi padre la instaló cuando reformó el desván, «por si acaso», y nunca sirvió para nada excepto para tender edredones en verano.
Era el sitio más neutral de la casa: no era su piso, no era el mío, no era la cocina.
Era un rellano de hierro entre el cielo y el patio.
Él lo pensó dos segundos. Asintió.
Cogimos dos chaquetas, los vasos y la linterna del móvil, y salimos al rellano. Marzo de noche, frío de verdad, el patio a oscuras y Valdemoro entera dormida menos nosotros y un gato del vecino que nos miró desde el muro con la superioridad de los gatos.
Nos sentamos en los escalones, uno al lado del otro, con medio metro de distancia reglamentaria.
—Aquí se ven las luces del polígono —dije—. Esas de ahí, las naranjas. Las de la A-4. Siempre hay tráfico. Incluso ahora. Los camiones no duermen nunca del todo, se turnan.
—¿Te gusta? —preguntó—. Tu trabajo.
Nadie me lo preguntaba nunca así, de sopetón, sin adjetivos.
—Me gusta la parte de los horarios —dije—.
Hay una cosa que la gente no entiende de los camiones: cada uno tiene su ETA.
Su hora estimada de llegada. Salen de algún sitio, llegan a algún sitio, y entre medias solo tienen que seguir la ruta.
Es una vida honesta. Los camiones siempre saben a dónde van.
—¿Y las personas?
—Las personas no tenemos ETA —dije—. Esa es la estafa. Te pasas la vida calculando llegadas de cosas y resulta que la única que no llega a ningún sitio conocido eres tú.
Se quedó callado. El gato se fue. Arriba, en el cielo de Valdemoro, había cuatro estrellas valientes y la contaminación lumínica de Madrid.
—Yo sé a dónde voy —dijo él al final—. Mañana. El miércoles. Eso lo sé. Después, no.
—Eso ya es más que la mayoría —dije.
—No —dijo—. No es más. Es menos. Es una semana.
Y entonces habló. Habló más que en todas las conversaciones anteriores juntas, despacio, con su español limpio y sin adornos, y yo escuché con la sensación de estar recibiendo un envío frágil.
Me contó Espoo. La cantera. Los porteros.
«En mi club había siempre tres porteros de mi edad», dijo.
«Tres. Cada año, el entrenador elegía a uno en septiembre y a otro en febrero.
No importaba lo que hicieras. Importaba cómo amaneciera el entrenador.
» Me contó que a los catorce años dejó de celebrar los partidos ganados, porque celebrar era de personas que se quedan, y él ya sabía que no se quedaba.
Me contó lo del mundial júnior, el oro, la final, treinta y ocho paradas. Y lo del aeropuerto.
—Todos tenían a alguien —dijo—. Familias. Banderas. Yo salí el último. No había nadie. Cogí un taxi. La medalla en la mochila.
Lo dijo sin dramatizar, como quien lee un parte. Eso lo hizo peor.
—Tu madre —dije—. No pudo ir.
—No viaja —dijo—. Tiene miedo. De los aviones, de los trenes, de todo. Mi padre trabajaba. Mi hermano, no sé. No vino. Es así. No es triste para ellos. Es solo triste para mí, y solo cuando lo cuento.
El frío subía por el hierro de la escalera y yo tenía las manos heladas alrededor del vaso, y no me moví. No me moví porque él estaba hablando y cuando un finlandés habla no se le interrumpe, que es la primera regla no escrita de los finlandeses.
—Después vino la carta —dijo—. La agencia de ojeadores. Y al final, escrita a mano: «Aquí la portería es tuya.» Nadie me había dado nunca una portería. Me habían prestado muchas. Prestadas. Como los coches de sustitución. Esta era mía. Firmada. A mano.
—JR —dije.
—JR —dijo él—. Por eso vine. No por la liga. No por el dinero, que es poco. Por la frase. Una frase a mano pesa más que un contrato.
—Las cosas a mano pesan más —dije, y pensé en dos puntos de lápiz en una pizarra, y casi me atraganto con el agua.
Hubo un silencio largo, de los buenos. El gato volvió al muro, nos miró, decidió que no éramos interesantes y se fue otra vez.
—¿Y la medalla? —pregunté—. La del desván. Está dada la vuelta.
Él no preguntó cómo lo sabía. Se encogió de hombros, despacio.
—El oro es pesado —dijo—. No por el metal. Mirarlo todos los días es mirar el último día bueno. Yo no quiero vivir mirando el último día bueno. Quiero que el último día bueno esté siempre por delante.
—Eso es muy de portero —dije.
—Es muy de mí —dijo, y por primera vez le oí hacer algo parecido a una broma sobre sí mismo, y me dio una alegría rara, de esas que no se pueden justificar en un parte.
Le conté entonces lo de las estanterías. Mi teoría de los paquetes sin remitente: que en la vida, como en el polígono, llegan cosas que no pediste y no sabes dónde poner, y que yo las subía a una estantería mental hasta que llegaba el dueño. Él lo escuchó muy serio, y al final dijo:
—Eso es malo para la espalda.
Y tardé dos segundos en entender que era un chiste, y me reí tan fuerte que el gato se bajó del muro escandalizado, y él sonrió con la boca cerrada, satisfecho, como un portero que acaba de sacar una de las difíciles.
Estuvimos allí dos horas. Lo sé porque miré el reloj al subir y eran las tres y cuarto.
Hablamos de todo lo pequeño: de que él no entiende los horarios de comida españoles, de que yo no entiendo cómo alguien puede vivir sin siesta y con saunas, de que su abuelo decía que el hielo es el único terreno honesto porque no se puede sobornar.
Le conté lo de mi padre, la versión corta, la de los camiones y la caja de herramientas roja.
Me escuchó sin decir «lo siento», y se lo agradecí más que todas las condolencias del mundo.
La versión corta de mi padre es esta: camionero treinta años, flota propia de dos camiones, las manos siempre con grasa y la radio siempre con copla.
Se llamaba Ismael. Los domingos me llevaba a la pista de hielo porque decía que el fútbol era de señoritos y el hockey era de currantes, y en la grada me explicaba las jugadas con las manos, con esa precisión de conductor veterano que ha pasado la vida calculando distancias en espejos retrovisores.
Murió un martes, de eso que va tan rápido que no te deja ni enfadarte.
Tenía cuarenta y nueve. Yo tenía trece, y desde entonces soy la persona mayor de la casa, aunque mi madre no lo sepa.
No le conté todo eso. Le conté la mitad. La otra mitad se me quedó en la garganta, y él la vio quedarse, y no dijo nada, y me pasó su vaso de leche sin preguntar, y me lo bebí, y aquello fue más conversación que muchas conversaciones.