La última línea (Los del hielo 4) Capítulo sexto — La nevera de arriba #3
37%

Capítulo sexto — La nevera de arriba #3

Brett: «¿¡EL PORTERO HABLA!?» Brett: «¿¡QUÉ ES ESTO!

?» Brett: «LLAMAD A LA POLICÍA.» Raúl: «Es un táper.

Brett, es un táper.» Brett: «¿Y POR QUÉ EL PORTERO NOS MANDA UN TÁPER A LA UNA DE LA MAÑANA?

» Kuba: «Porque está vacío. Es una declaración de principios.

» Brett: «¿QUIÉN LE HA HECHO LA COMIDA AL PORTERO?

INTERROGATORIO EN EL VESTUARIO. OBLIGATORIO.

» Vicho: «¡El que despierte al míster a la una otra vez, limpia los baños!

» Eugenia: «Esto es lo mejor que ha pasado en este grupo desde la encuesta de los ronquidos.

» Aitor: «Buen partido el sábado, portero. »

El último mensaje era de Aitor. Después de las noventa tonterías, el capitán cerraba el tema con una frase de trabajo. «Buen partido el sábado, portero.» En el idioma de Aitor, aquello significaba: lo que quieras decir con ese táper, lo has dicho bien.

No contesté. Nunca contesto. Pero leí todo.

En el entrenamiento del lunes, Brett me esperaba en la puerta del vestuario con los brazos cruzados, haciendo de policía malo.

—Nombre —dijo.

—Niko.

—Nombre de la cocinera —dijo.

—No hay cocinera —dije.

—El táper estaba vacío y limpio —dijo—. Nadie lava un táper así si no hay sentimientos de por medio. Lo dice la ciencia.

—El táper era de la casa —dije, que era verdad y no respondía nada.

—De la casa —repitió Brett, despacio, saboreándolo—. De la casa donde vives. Donde vive también la dueña. Y la hija de la dueña. Que es capitana de las Auroras. Y que los sábados viene a los entrenamientos conjuntos.

El vestuario entero dejó de hacer ruido. Treinta tíos fingiendo no escuchar es un ruido muy especial.

—Hay estofado en la nevera a veces —dije—. Es España. La gente cocina.

Brett me miró diez segundos. Después me dio una palmada en el hombro y se dio la vuelta.

—Pobre chaval —le dijo al vestuario—. Cree que nos engaña. Dejémoslo. Es finlandés. En Finlandia el amor llega más tarde, con el deshielo.

Todos se rieron. Yo me vestí. Kuba, desde su sitio, no se rio. Kuba me miraba con cara de hacer cuentas. Eso me preocupó más que Brett. Brett ve la superficie. Kuba ve el fondo.

Aitor, al salir al hielo, pasó a mi lado y dijo, sin pararse:

—El táper era buena señal. La semana pasada estabas tenso. Ayer paraste bien.

Y se fue. Aitor ve todo desde el centro del hielo. Es su posición. Los centros ven el juego entero. Por eso les pagan por pensar.

Bajé a desayunar a las ocho. Ella ya no estaba. Turno de mañana. En la encimera, el táper ya no estaba. Recogido. Sin nota. La pizarra de la nevera tenía la semana nueva escrita en azul. Miércoles: «partido, veinte horas. Grada Norte. Yo voy.»

Otra vez. La misma línea. La misma declaración de ruta.

Debajo, el punto del otro día seguía ahí. Y al lado del punto, pequeño, en el margen de la casilla, había un segundo punto.

Dos puntos. Dos personas que no escriben palabras porque las palabras rompen las reglas. Dos puntos de lápiz en una pizarra de nevera, comunicándose en el único idioma que no estaba prohibido por ninguna norma firmada.

Me hice el café. Fuerte, como lo hace ella. Me lo tomé de pie, mirando los dos puntos.

Pensé en escribir algo. En la pizarra, quiero decir.

Ella escribe notas; yo podría escribir una.

Saqué el lápiz de su sitio. Lo tuve en la mano un minuto entero.

«Gracias por la cena.» Cuatro palabras. Las escribí en el aire, sin tocar la pizarra, para ver cómo quedaban.

Quedaban mal. «Gracias» es una palabra que yo no sé escribir en español sin que parezca un parte.

Los finlandeses damos las gracias con actos.

Yo ya había dado las gracias: el táper estaba limpio.

Lavado tres veces. Seco. En su sitio. Eso era mi nota. Ella sabría leerla.

Volví a dejar el lápiz. Las personas que se entienden por señales no necesitan caligrafía.

En finés, los puntos suspensivos no tienen poesía: «kolme pistettä», tres puntos, y se acabó. Pero lo que cabe detrás de dos puntos tiene nombre: «ajatuksia». Pensamientos. Dos puntos no son suspensivos. Son otra cosa. Son la mitad de una puntuación que nadie ha terminado.

Pensé en la concentración del primero de abril. Pensé en el partido del miércoles. Pensé en la regla uno, rota con estofado, y en la regla dos, rota en pasillos, y en la regla cuatro, rota con una caldera, y me pregunté cuántas reglas quedaban en pie y cuánto tardarían en caer.

Quedaban tres. La tres, la cinco y la seis.

La tres era la gorda. La de los dos subrayados.

Las otras dos eran de geografía: el descansillo y las camas.

Geografía fácil de defender en teoría. Geografía difícil cuando dos personas viven separadas por dos metros de escalera y una bombilla que parpadea.

No hice la cuenta. Las cuentas que dan miedo no se hacen.

En el grupo, Brett seguía escribiendo. «Actualización: el portero ha sonreído en el entrenamiento. Testigos: tres. La investigación continúa.» Apagué las notificaciones. Sonreí otra vez. Brett tenía buen ojo para lo importante. Es una lástima que lo use para el mal.

Salí para la pista. Sebas regaba. El hielo brillaba. Miércoles, tercer partido. En casa.

Uno a uno en la eliminatoria. Cero a cero en todo lo demás.