Capítulo sexto — La nevera de arriba #2
Kuba se rio. Después se giró al vestuario y lo contó en voz alta, con su checo-español: «¡El portero dice que nadie nace herrero!
¡Que los herreros se hacen a golpes!» El vestuario aprobó con gritos.
Brett dijo que él ya era herrero. Raúl dijo que él era un herrero jubilado con buena obra.
Aitor no dijo nada, pero me miró y levantó la barbilla una vez. De Aitor, eso es un párrafo.
La cena fue en el hotel otra vez. Pollo, arroz, ensalada. Comida de atleta de hotel. Comí rápido, como siempre, y subí pronto. Kuba se quedó abajo con los mayores, hablando de ligas muertas y jugadores retirados.
En la habitación, el teléfono sonó. Finlandia. Esta vez no era Mikael. Era el coordinador de las selecciones jóvenes, un hombre serio llamado Jussi. Los coordinadores no llaman para charlar.
—Niko. Buenas noches. ¿Cómo va España?
—Bien —dije.
—Te vemos. Los partidos. Muy bien. Muy maduro.
—Gracias.
—Escucha. La concentración de primavera se confirma. Primero de abril. Diez días. El grupo que defiende el título. Contamos contigo, Niko. Eres de los nuestros.
Miré la ventana del hotel. Una gasolinera. Un camión entrando despacio. España de noche, de paso.
—El calendario —dije—. Mi club juega el play-off.
—Lo sabemos. Lo hemos hablado. El primero de abril es el inicio. Tú estarás antes, si todo va bien allí. Y si no, también te queremos aquí. Nos vemos en la concentración de primavera.
—Nos vemos —dije.
—Hyvää yötä, Niko.
Colgué. Me quedé sentado en la cama del hotel con el teléfono en la mano.
Primero de abril. Diez días. Defender el título. El año pasado no me llamaron para la lista corta. Este año sí. Este año era el último año de edad. Después, la absoluta, o nada. Todo jugador de mi edad sabe cómo funciona esto. La U20 es la puerta. Si la puerta se cierra, la casa entera se cierra.
Mi club juega el play-off. Cinco palabras. Yo las había dicho así, en finés, y Jussi las había entendido así, en finés, y las dos cosas eran verdad y no resolvían nada.
No pensé más. Pensar de noche en hoteles no sirve. Me duché, me tumbé, y dormí mejor que la noche anterior, porque el cuerpo estaba roto del partido y el cuerpo roto es un buen anestesista.
El domingo, ocho horas de vuelta. Brett durmió. Raúl leyó. Kuba habló por teléfono en checo con su madre, bajito, riéndose. Yo miré la meseta por la ventana y pensé en la lista corta y en la portería de la Pista Norte y en una foto guardada dos veces.
A la mitad del viaje, el grupo volvió a la vida. Brett se despertó con hambre y con ideas.
«Encuesta número dos: mejor parada de ayer. Opción A: la del pecho al final. Opción B: la del palo en el segundo. Opción C: cuando bloqueé yo un tiro con el pecho en el primer periodo y casi muero.»
«Voto C», escribió Raúl.
«Voto C por respeto a los mayores», escribió el segundo defensa.
«Voto A», escribió Eugenia. «Soy objetiva. También voto C porque el vídeo de Brett casi muriendo es patrimonio del club.»
Yo miré la pantalla. Pensé en votar. No voté. Pero sonreí en la fila nueve, mirando la meseta, y por primera vez el autobús no me pareció un sitio donde esperar. Me pareció un sitio donde estar.
Luego pensé en Jussi. En el primero de abril. Y el autobús volvió a ser un sitio donde esperar.
Las personas somos así. O los porteros somos así. No lo sé. Todo lo bueno viene con su fecha en la etiqueta. Yo aprendí a leer las etiquetas antes que a disfrutar los productos. Es una forma de vida. No la recomiendo, pero funciona.
Llegamos a Madrid a las once de la noche. El cercanías a Valdemoro a las doce menos diez. La casa dormida. Mi llave. El silencio de siempre al entrar.
La luz amarilla de la cocina, encendida.
Abrí la nevera por sed. Y ahí estaba.
En mi piso de la nevera —el de arriba, el mío, el innegociable— había un táper. Un táper de cristal, con tapa naranja, lleno de estofado. Encima, una nota con su letra pequeña y rápida, sujeta con el imán del flamenco:
«Para el viaje de vuelta. Llegada estimada: tarde. No importa.»
Me quedé con la puerta de la nevera abierta y el táper en la mano.
La regla uno. La primera que firmamos. La nevera tiene dos pisos. No se negocia. Ella la había redactado, subrayado mentalmente, protegido con anexos de huevos y leche. Y ahora, en mi piso, había estofado.
Llegada estimada: tarde. No importa.
Era su idioma. El idioma de la pizarra, de los turnos, de las ETA. Me había escrito una nota de amor en idioma de logística, y lo sabía, y yo lo sabía, y los dos sabíamos que los dos lo sabíamos, y nadie iba a decir nada porque la regla tres estaba subrayada dos veces.
Calenté el estofado. Estaba bueno. Estaba muy bueno, y eso no era justo, porque las cosas que están muy buenas a las doce de la noche en una cocina silenciosa pesan más que las medallas.
Comí despacio. Pensé en la regla uno. Rota. No por accidente. Nadie pone un táper en el piso equivocado por accidente. Los tápers no se equivocan de estante. Las personas tampoco.
Después lavé el táper. Lo lavé una vez, con esponja.
Lo miré. Lo lavé otra vez, porque tenía una sombra de salsa en la junta de la tapa.
Lo lavé una tercera vez, porque ya no era por la salsa.
Era por otra cosa. Cuando lavas algo tres veces, no estás lavando.
Estás pensando qué hacer con las manos para no hacer otra cosa con ellas.
Dejé el táper limpio y seco en la encimera, al lado del fogón, donde ella lo vería por la mañana. Sin nota. Yo no escribo notas. Los porteros no escribimos notas.
Subí al desván a dejar la bolsa. La medalla seguía en la pared, dada la vuelta.
Me senté en la cama con las botas puestas y pensé en los dos sitios donde yo guardaba las cosas importantes.
La carta de JR, en el armario. La foto del teléfono, en la carpeta donde no mira nadie.
La nota del viernes, la del estofado: esa no se podía guardar en ningún sitio, porque estaba escrita en el idioma de los demás.
Las cosas escritas en el idioma de los demás se guardan en la memoria, que es el peor almacén del mundo. Todo se mueve. Todo cambia de estante.
Me quité las botas. Volví a bajar.
Pero saqué el teléfono. Hice una foto al táper vacío, sobre la encimera, con la luz amarilla de la cocina. La miré. La foto era mala. La luz de las cocinas a medianoche no perdona.
Abrí «El Autobús». El grupo. Cuarenta y tres miembros. Cero mensajes míos desde febrero. Lo sabía todo el mundo. «El portero no habla», decía Brett. «Está en modo avión permanente.»
Envié la foto. Sin texto. Sin emoji. Sin nada. Un táper vacío en una encimera, a las doce y media de la noche.
Después apagué el teléfono, subí al desván, y me metí en la cama con el corazón haciendo paradas.
A la mañana siguiente, el teléfono tenía noventa y seis notificaciones.