La última línea (Los del hielo 4) Capítulo sexto — La nevera de arriba
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Capítulo sexto — La nevera de arriba

El autobús a Barcelona salió el viernes a las once. A las diez y media yo ya estaba en la pista, con la bolsa hecha y las botas cambiadas. Costumbre. Los porteros llegamos antes.

El grupo del equipo se llama «El Autobús». Lo creó Eugenia el primer año. Tiene cuarenta y tres miembros y uno que escribe: Brett. Los demás solo ponemos emojis. Yo ni eso. Yo leo.

El viernes, en la carretera, Brett estuvo en forma. Ocho horas de viaje son muchas horas. Brett las llenó.

«Día uno de la expedición. El piloto dice que llegamos para cenar. El copiloto (Raúl) dice que su rodilla llega el sábado.»

«Encuesta importante: ¿quién ronca más, el míster o el fisio? Premio: dormir.»

«Niko lleva dos horas mirando por la ventana. Confirmado: los finlandeses se cargan por USB.»

El vestuario contestó con risas y fotos malas. Yo miré por la ventana. La meseta es plana y limpia. Me gusta. Parece Finlandia con mejor luz.

En el autobús hay territorios. Lo aprendí la primera semana.

Delante, el míster y el cuerpo técnico, con sus papeles y sus conversaciones bajas.

En el medio, los veteranos: Raúl, Kuba, los que leen o duermen o hablan de cosas viejas.

Detrás, la guardia joven: Brett y sus discípulos, con las cartas, la música alta y las bromas que se heredan de otros autobuses.

Aitor va donde quiere. Los capitanes no tienen asiento: tienen jurisdicción.

Yo voy en la ventana de la fila nueve. Nadie me lo asignó. Lo elegí la primera vez y nadie lo tocó después. Los equipos de hockey respetan los territorios no escritos mejor que los escritos.

A la segunda hora, Brett organizó la partida. Cartas finlandesas no, cartas españolas, que son iguales pero con más gritos. Me invitaron tres veces. Dije que no tres veces. A la cuarta ya no invitaron. No por enfado. Por respeto a las estadísticas.

—El portero no juega —dijo Brett, repartiendo—. El portero conserva la suerte para los partidos de verdad.

—El portero os está mirando —dijo Raúl, sin levantar la vista del libro—. Y saca conclusiones.

—Que saque —dijo Brett—. Yo no tengo nada que esconder. Soy un libro abierto. Un libro con dibujos, pero abierto.

Me reí por la nariz. Nadie lo notó. O sí. Kuba me miró de reojo desde su asiento y sonrió al teléfono.

A la altura de Albacete, Eugenia mandó las fotos del primer partido. Treinta fotos. La parada del guante desde tres ángulos. La grada de pie. La pancarta. La gente abrazada.

Yo las miré todas. Despacio. Es lo que hago con las fotos de los partidos. Miro el hielo, los ángulos, mi posición. Autopsia profesional.

En la foto diecinueve había un error. El encuadre era de la grada, del fondo norte, y en una esquina, desenfocada, había una chica con una bufanda azul. De pie, con las manos en la boca, gritando. La foto era del tercer periodo. Del asedio. Ella gritaba con los ojos cerrados.

La guardé.

El dedo lo hizo solo. Mantener pulsado. Guardar imagen. Un segundo. Después me quedé mirando el teléfono como si el teléfono me hubiera traicionado. Las fotos de partidos se guardan para analizar. Esa foto no se podía analizar. En esa foto no había hockey.

Brett, dos filas más atrás, ni idea. Nadie lo vio. El teléfono no delata. Borré la foto. Esperé diez minutos. La volví a buscar en el grupo. La guardé otra vez.

Dos veces. La misma foto. Las personas ordenadas no hacen esas cosas. Yo soy una persona ordenada.

Cenamos en un hotel de carretera. Habitaciones dobles. A mí me tocó con Kuba. Siempre me toca con Kuba. Kuba pide la habitación conmigo. Nunca dijo por qué. Yo nunca pregunté. Algunas cosas se agradecen en silencio.

—Mañana, cuidado con el once —dijo Kuba, en la cama, con la luz apagada—. Tira sin mirar. Los que tiran sin mirar son los peores para ti. No hay lectura.

—Lo sé —dije.

—Y no te vengas abajo si entra uno. Allí siempre entra alguno. Su pista, su ruido, su hielo blando.

—Lo sé —dije.

—Lo sabes todo —dijo Kuba—. Ese es tu problema. Duerme.

Dormí mal. En los hoteles duermo mal siempre. Las camas de hotel no saben a nada. Las almohadas son de mentira. A las cuatro estaba despierto mirando el techo y pensando en una foto que no debía haber guardado dos veces.

El sábado, el partido.

La pista de los Titanes es vieja y baja. El techo está cerca. El ruido no sube: se queda pegado a la piel. Su grada canta bien, lo admito. Cantan como los equipos ingleses, todo el rato, ganen o pierdan.

En el calentamiento noté el hielo. Blando.

Kuba lo había dicho: su hielo es blando.

El disco bota. Los tiros rasos son traicioneros.

Me agaché dos veces a tocarlo. El segundo portero de los Titanes me miró desde su banquillo con cara de no entender nada.

Los porteros tocamos el hielo. Los demás no saben por qué.

El hielo blando te habla bajito. Hay que agacharse para oírlo.

Vicho dio la charla corta. En los partidos fuera, Vicho acorta. Como si el campo contrario le comiera las palabras.

—¡Simple! —gritó, que era su manera de decir complicado—. ¡Salida rápida! ¡Nada de regalos en el medio! ¡Y si os pegan, se devuelve trabajando, no con las manos! ¡Ellos quieren guerra! ¡Nosotros queremos la eliminatoria!

Aitor habló después. Aitor habla poco en casa y menos fuera. Dijo una frase.

—El miércoles los traemos a casa empatados. Ese es el plan. No hay otro.

Se acabó la charla. Los capitanes buenos no necesitan más.

Salimos mal. Ellos marcaron a los dos minutos. El once, sin mirar. Kuba tenía razón. No hubo lectura. El disco salió entre piernas y entró por el poste corto. Mi poste. Mi lado.

La jugada anterior no existe. Solo existe la siguiente.

Empatamos antes del descanso. Brett, de rebote. Brett siempre está en el rebote. Es su casa.

En el descanso, Vicho no gritó. Dibujó. La pizarra del vestuario visitante era pequeña y estaba torcida, y él dibujó su plan con tres cruces y una flecha. Salida rápida por la banda derecha. Nada de jugar por el centro, donde ellos cazaban. Simple.

—¡Y tú! —me dijo, señalándome con el rotulador—. ¡El hielo bota! ¡No dejes rebotes! ¡Los que no puedas coger, a la esquina! ¡No al centro! ¡Nunca al centro!

Asentí. Era verdad. En hielo blando, el portero es un director de tráfico. Cada rebote tiene que tener destino. Rebote al centro es una invitación. Rebote a la esquina es un funeral.

El segundo periodo fue nuestro. Jugamos simple, que es como jugamos bien. Aitor ganó todos los saques importantes. La segunda línea marcó el segundo gol, una jugada de manual, y el banco cantó como si fuera la final.

En el tercero, ellos salieron con todo. Es su casa. Tienen orgullo. El orgullo local es el peor rival. Marcaron el empate a los nueve minutos, otra vez una jugada sucia, disco que bota en un patín, tiro cruzado, y yo llegué tarde. Dos centímetros. El hockey es centímetros.

Dos goles. Mi lado.

Me lo dije en el hielo, en finés, con la rabia justa. Los goles entran. Eso no se puede cambiar. Lo que se cambia es lo que haces después. Los porteros mediocres piensan en el gol que entró. Los buenos, en el tiro que viene. Yo soy bueno. Me lo repito porque es verdad y porque hace falta oírlo.

Con dos a dos, el partido se puso feo. Golpes, empujones, dos penalizaciones por equipo. Vicho gritó desde el banquillo hasta quedarse sin voz.

Hubo un momento feo de verdad. A los catorce, su capitán me cargó después de un silbato. El juego estaba parado. El disco, cubierto. Él entró con el hombro, tarde, buscando mi cabeza. Los porteros sabemos cuándo una carga es hockey y cuándo es otra cosa. Esa era otra cosa.

Antes de que yo me levantara, Kuba ya estaba encima de él.

Y detrás de Kuba, media alineación. No hubo pelea.

Hubo algo mejor: una muralla de camisetas blancas entre su capitán y yo.

El árbitro pitó dos minutos para ellos. Nada para nosotros.

Su grada pitó al árbitro. La mía, los sesenta de la Grada Norte que habían viajado ocho horas en un autobús viejo y dos furgonetas, cantó más alto que todo el pabellón durante un minuto entero.

Hielo en las venas. Ocho horas de carretera para cantar en una pista vieja de Barcelona.

Yo les levanté el palo desde la portería.

Sesenta personas lo vieron. Sesenta personas me lo devolvieron gritando.

Después del partido, en el vestuario, Aitor se acercó al capitán de los Titanes en el pasillo y habló con él treinta segundos, bajito. No sé qué dijo. Sé que su capitán asintió dos veces y le dio la mano. Los capitanes arreglan las guerras en los pasillos. Por eso son capitanes.

A los dieciséis, en una superioridad nuestra, Aitor asistió a Raúl en el punto débil. Raúl, el abuelo, el de la rodilla de alquiler. Raúl no falla desde ahí. Tres a dos.

Los últimos cuatro minutos fueron largos como un año. Ellos sacaron al portero. Seis contra cinco. Yo paré cuatro tiros. El último, con el pecho, a ocho segundos del final, y me quedé encima del disco como se queda uno encima de lo suyo.

Silbato. Tres a dos. Uno a uno en la eliminatoria. El tercer partido, en casa, el miércoles.

En el vestuario, la fiesta de costumbre. Brett cantó. Raúl se sentó despacio y sonrió como los abuelos. Vicho dio un discurso de treinta segundos que era todo gritos y todo verdad.

Yo me senté en mi rincón del vestuario visitante y me quité el equipo despacio. Dos goles. Mi lado. Ganamos, y aun así la cuenta seguía ahí. Los porteros somos así. Los demás celebran el resultado. Nosotros auditamos el proceso.

Kuba se sentó a mi lado, mojado, con la toalla en los hombros.

—El primero, ni culpa —dijo—. El segundo, rebote. Ni culpa.

—Mi lado —dije.

—Todo es tu lado —dijo—. Esa es tu enfermedad. Todo el hielo es tu lado.

No contesté. Tenía razón, y las cosas con razón no necesitan respuesta.

—En Finlandia tenemos una frase —dije—. «Ei kukaan ole seppä syntyessään.»

Kuba esperó.

—Nadie nace siendo herrero —traduje—. Los herreros se hacen. Con golpes.