La última línea (Los del hielo 4) Capítulo quinto — Calefacción #3
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Capítulo quinto — Calefacción #3

Me contó que la casa donde creció tenía la calefacción siempre a veintitrés grados, y que en Finlandia las casas son termos: todo sellado, todo doble cristal, y el frío se queda en la calle, donde pertenece.

Le conté que en Valdemoro las casas son coladores: el frío entra por donde quiere y te lo encuentras en la cama a las cuatro de la mañana, ocupándote el sitio.

—¿Y nunca se arregla? —preguntó.

—Se pone una manta más —dije—. Aquí las averías se apañan. Apañar es diferente de arreglar. Arreglar es dejarlo nuevo. Apañar es llegar a un acuerdo con lo viejo.

Él pensó eso un momento, con la taza entre las manos.

—Me gusta —dijo—. Apañar. En finés no hay palabra. Hay arreglar y hay aguantar. Apañar está en medio.

—Es un deporte nacional —dije—. Tú apañas tiros, yo apaño camiones, mi madre apaña la casa. España entera apaña.

—Y la caldera —dijo—. ¿Apaño o arreglo?

—Hoy has arreglado —dije—. Mañana ya veremos.

Se rio. Fue la primera vez que lo oía reír de verdad, no la sonrisa de medio segundo, sino una risa corta, ronca, como de motor que arranca después de mucho frío.

Le sentó bien a la cocina. A la cocina de mi madre, a la cocina de mi padre, a esa cocina que había visto mil conversaciones, le sentó bien aquella risa, y yo lo noté, y apunté mentalmente la avería en mi estantería particular.

Hablamos también de la pista. Me dijo que el hielo de la Pista Norte era el mejor que había pisado fuera de Finlandia, y lo dijo con la cara seria de quien no regala elogios.

Le dije que Sebas lo cuidaba como un hijo, y que el hielo se lo devolvía.

Me contó que Sebas pisaba la portería el primero cada mañana «para que el hielo sepa quién manda», y me reí, y él sonrió, y durante un rato la cocina fue un país pequeño con dos habitantes y calefacción.

—Ya lo sé —dijo él, sobre el desván—. El desván tiene una corriente que viene del norte. De Finlandia, quizá.

—Quejica —dije.

—No me quejo —dijo, y era verdad, no era una queja, era un inventario.

A las dos menos cuarto, el radiador ya calentaba en serio y el té se había acabado. Él se levantó, recogió su taza, la dejó en el fregadero —lavada, por supuesto— y se detuvo en la puerta de la cocina, medio girado, con una mano en el marco.

—En Finlandia el frío se queda fuera —dijo—. Aquí se queda dentro.

Y subió.

Me quedé sola en la cocina, con el radiador tibiando y la frase tibiando también.

No la entendí del todo. Le di vueltas como se da vuelta a un tornillo que no sale.

El frío se queda dentro. Se queda. Dentro.

No hablaba de la casa. O sí hablaba de la casa, y de mí, y de él, y de las casas que son coladores y las personas también, y de los fríos que no se van aunque suba la calefacción.

Pensé en la regla cuatro, rota sin ruido.

Pensé en la regla dos, rota en cuatro palabras en un pasillo.

Pensé en la regla uno, que aguantaba de milagro, y en la tres, que aguantaba porque el mundo todavía no miraba.

Seis normas en un folio, y tres semanas después ya teníamos el folio lleno de multas.

En el polígono, cuando un conductor acumula tres incidencias leves en un mes, el sistema lo marca en naranja: «revisar ruta».

Yo estaba en naranja. El sistema de mi vida me marcaba para revisión y yo seguía firmando albaranes, impasible.

No lo sé. Lo que sí sé es que subí a mi cuarto a las dos, me metí en la cama con los calcetines puestos, y estuve un rato largo contando sus pasos antes de dormirme.

La escalera crujía en el tercer y en el séptimo peldaño.

Yo lo sabía desde febrero. Lo que no sabía era cuándo había empezado a contarlos.

La regla cuatro estaba rota. Oficialmente. En la pizarra, al día siguiente, seguía escrita con mi letra: «Cada uno arregla lo suyo.» Y debajo, en el margen, sin que yo lo hubiera escrito ni nadie lo hubiera tachado, ya no era verdad.

Lo dejé así. Las averías, pensé, se apuntan en el parte y se arreglan en taller. Lo que no se puede arreglar en taller, se deja en la estantería de los paquetes sin remitente.

Mi estantería empezaba a llenarse.

Aquella noche soñé con semáforos. Todos en verde, uno detrás de otro, en una carretera recta que no llevaba a ninguna parte que yo supiera nombrar.

En el sueño no conducía yo. Iba de copiloto, con los pies sobre el salpicadero y la certeza absurda de que, aunque no mirara el mapa, íbamos bien.

Me desperté a las seis menos cuarto con el radiador caliente y la casa entera a su temperatura, y durante un segundo, antes de abrir los ojos, no supe en qué año estaba.

En la pizarra de la nevera, en la casilla del jueves, alguien había escrito con letra impresa, pequeña y limpia: «La bomba aguantará.

Revisión en verano.» Sin firma. No hacía falta.

Debajo, en la casilla del sábado, el partido de vuelta en Barcelona esperaba su hueco, y yo lo copié del calendario del club con rotulador azul, y al escribir «Barcelona» me di cuenta de que estaba sonriendo como una idiota frente a una nevera.