Capítulo cuarto — Hielo compartido #3
Pues eso. El español tiene frases que son cajones. Metes dentro todo lo que no sabes decir y cierras. Pues eso. Yo empecé a usarla también. En la cabeza. Todavía no en voz alta.
Volví a casa a las seis. Ella no estaba. Turno de tarde. La casa estaba quieta y la pizarra de la nevera tenía la semana escrita en azul. Miércoles catorce: partido, veinte horas, escrito con su letra pequeña. Jueves quince: entrenamiento conjunto. Viernes: su turno de mañana.
Me quedé mirando la pizarra. La pizarra era mi periódico. Yo leía la semana de esa casa como otros leen el deporte.
Y entonces vi que en la casilla del miércoles, debajo de «partido, veinte horas», había una línea nueva. La misma letra. Más pequeña todavía.
«Miércoles. Grada Norte. Yo voy.»
Yo voy. No una pregunta. No una nota de cortesía. Una declaración de ruta. Ella iba a estar en la grada. En mi partido. Escribiéndolo en la pizarra donde estaban todas las cosas importantes de la casa.
Me quedé delante de la nevera mucho rato. La cocina estaba fría. La calefacción de la casa también falla a veces, como la de la pista. Todo falla un poco en este barrio, y sin embargo todo aguanta.
Leí la línea otra vez. «Yo voy.» Ella escribe todas las cosas de la casa en esa pizarra.
Turnos. Compra. Citas del médico de su madre.
La basura de los martes. Todas las cosas de la pizarra son cosas que ella hace porque toca.
Esta no tocaba. Ningún horario le pedía ir a la Grada Norte un miércoles de semifinal.
Lo había decidido ella, sola, y lo había escrito con la misma letra con la que se escriben las obligaciones.
Como si fuera una obligación. Como si se lo hubiera ordenado a sí misma en su propio turno.
Yo no sé mucho de esa casa todavía. Pero sé leer una pizarra. Y aquello, en una pizarra, era una declaración de guerra contra algo.
Cogí el lápiz que vive junto a la pizarra. Miré la línea. «Yo voy.» Debajo de las dos palabras, en el margen de la casilla, puse un punto. Solo un punto.
Un punto no es una palabra. Un punto no rompe ninguna regla escrita. Un punto es la mitad de una exclamación y el final de una frase, y yo no sabía cuál de las dos cosas quería decir. Lo puse igual.
Después subí al desván, cerré la puerta, y me quedé mirando la medalla en la pared. La medalla dada la vuelta. El oro hacia la pared. La cinta azul y blanca hacia fuera.
Pensé: mañana juego contra los Titanes. La mejor delantera de la liga. Treinta tiros, quizá. Quizá más.
Y pensé: en la grada va a estar ella.
Las dos frases pesaban lo mismo. Eso me asustó un poco. Un portero debe saber qué pesa más: el partido o el ruido. Siempre el partido. Siempre.
Me acosté temprano. Piernas frescas, dijo Vicho. Lo del sueño ya era asunto mío.
Antes de dormir, escuché la casa. La escalera crujió a las diez y cuarto. Ella llegaba del turno. Pasos en la cocina. La nevera que se abre. Una pausa larga.
Una pausa muy larga.
Yo sabía qué estaba mirando. Estaba mirando un punto en el margen de una casilla. Y yo estaba arriba, en la cama, con los ojos abiertos, esperando a ver si el punto seguía ahí al día siguiente o si la pizarra amanecía limpia.
La pizarra amaneció con el punto.
Ella lo dejó. Un punto de lápiz, del tamaño de una lenteja, y lo dejó ahí como se deja una luz encendida.
El miércoles por la mañana, en el desayuno, nos cruzamos otra vez. Regla dos. Señas. Levanté la mano. Ella levantó la mano.
Ninguno dijo nada del punto. Pero cuando ella salió por la puerta, iba silbando. Bajito. Sin melodía conocida.
Yo no silbo nunca. Aquella mañana casi silbo. Los finlandeses no silbamos en casa. Trae mala suerte. Pero estuve a punto.
A punto. En español esa frase me gusta. Significa que algo no pasó, pero podría. Es un verbo que no existe y una promesa que no se hizo. A punto.
El partido era a las ocho. A las cinco estaba en la pista. Sebas regaba. Me dejó entrar al vestuario vacío y me senté en mi esquina, en mi sitio de siempre, y cerré los ojos.
El ritual es siempre el mismo. Primero, el silencio.
Después, la revisión. Guantes, bloqueadora, canilleras, casco.
Cada pieza en su sitio, cada correa en su agujero.
El equipo de portero tiene cuarenta correas.
Yo las conozco todas por el nombre. Revisar el equipo es como rezar. No sirve para nada y sirve para todo.
Después, la lista. La lista mental de los delanteros. El nueve recorta al centro. El once tira sin mirar. El capitán carga los rebotes. Tres enemigos. Treinta tiros posibles. Un solo trabajo.
Por último, la respiración. Cuatro segundos dentro. Seis fuera. En Espoo me enseñaron que la respiración es el único músculo que obedece siempre. Todo lo demás te puede fallar. La respiración, no, si la entrenas.
A las seis empecé a oír la pista. Los primeros de la grada. Los tambores probando. La Pista Norte se llena despacio y suena despacio, como un motor viejo. A las siete, el rugido ya era de partido.
Pensé en la pizarra. «Yo voy.» El punto debajo.
Portero. La última línea. Esta noche, la última línea tenía público.