La última línea (Los del hielo 4) Capítulo quinto — Calefacción
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Capítulo quinto — Calefacción

El miércoles de semifinal lo tenía marcado en la pizarra desde el lunes: «partido, veinte horas», y debajo, con letra más pequeña, la línea que había escrito sin pedirme permiso a mí misma: «Grada Norte. Yo voy.»

Y debajo de eso, un punto.

El punto llevaba ahí desde el martes por la noche.

Lo encontré al volver del turno de tarde, y me quedé delante de la nevera como una idiota, con la bolsa de la compra en la mano, mirando un punto de lápiz del tamaño de una lenteja.

Un punto. Ni una palabra, ni un nombre, ni nada que una abogada pudiera usar en un juicio.

Un punto. Y sin embargo supe exactamente quién lo había puesto, cuándo y por qué, porque en mi casa solo hay una persona que comunica por señales de tráfico.

No lo borré. De eso también quiero dejar constancia. Tuve el dedo encima, igual que con la portería diminuta, y el dedo volvió a perder la discusión.

El turno de aquella mañana había sido de los raros. Tranquilo. Los tráilers llegaban a su hora, los muelles giraban como una noria bien engrasada, y a las diez no quedaba ni una incidencia abierta en la pantalla. Ginés, que se había cambiado al turno de mañana, me miró con suspicacia.

—Días así no me gustan —dijo—. El sistema está tramando algo.

—El sistema no trama —dije—. El sistema descansa.

—El sistema no descansa nunca, Roque —dijo, solemne, y le dio un sorbo a su café de máquina—. Lo que pasa es que a veces descansa contigo dentro.

Pensé en esa frase media mañana, entre albaranes.

Yo llevaba días rara y lo sabía: contestaba rápido, firmaba rápido, y cada vez que sonaba el timbre de la puerta del centro de control levantaba la cabeza esperando que entrara alguien.

Nadie entraba. Nadie tenía que entrar. Y aun así, ahí estaba yo, vigilando una puerta como se vigila una ETA importante.

A la una, en la pausa, miré el móvil. Eugenia había colgado el cartel del partido: «Semifinal, partido uno.

Esta noche, veinte horas.» Debajo, en los comentarios, la gente del barrio se organizaba: «Yo llevo a los niños.

» «Mi abuelo no se lo pierde.» «Quedamos a las siete en el bar de Sebas.

» Trescientos comentarios. La cuenta de Sara trabajando sola.

Salí a las dos, comí de pie, dormí veinte minutos con la alarma puesta como una persona responsable, y a las seis estaba en la puerta de la Pista Norte con Yessi, que llegó con dos bufandas y una bolsa de pipas del tamaño de un bebé.

—He traído provisiones —dijo—. Las semifinales duran años.

—Es el primer partido de cinco —dije.

—Ya —dijo—. Años.

La cola daba la vuelta a la nave otra vez.

Novecientas ochenta personas, anunciaron luego, y la grada tenía esa electricidad de los partidos que importan, la que te pone la piel de gallina antes de que salga nadie.

La Grada Norte había desplegado una pancarta nueva, pintada a mano, con letras irregulares y un corazón torcido: «Esta casa es de todos. » Debajo, los tambores afinaban.

Sara estaba en el banquillo de prensa con la carpeta y la cara de haber dormido poco. Eugenia corría de un lado a otro con la cámara. Hasta Sebas estaba de gala: mono limpio, gorra del club, y la libreta asomando por el bolsillo como siempre.

Salieron los equipos y el pabellón se vino abajo. Y ahí estaba él, el último de la fila, patinando hacia la portería de nuestra banda con esa manera que tiene de no parecer nunca del todo dentro de un equipo, como un envío que viaja en su propio embalaje.

—Tu armario —dijo Yessi.

—Cállate —dije, con cariño.

El partido fue una tortura de las buenas.

Los Titanes eran tan buenos como decía la prensa: rápidos, ordenados, con un nueve que recortaba al centro como si el hielo fuera suyo y un capitán que vivía en el rebote.

El primer periodo acabó cero a cero y yo ya tenía las manos destrozadas de aplaudir paradas.

El primer aviso llegó al minuto tres: el nueve de los Titanes recortó al centro, exactamente como en los vídeos, y soltó un tiro seco que él sacó con la bloqueadora sin inmutarse.

La grada respondió con un «¡uuuuy!» colectivo.

El segundo aviso fue una superioridad numérica de ellos, dos minutos enteros de asedio, cuatro tiros, cuatro paradas, y al final el pabellón aplaudió a los de la penalización como si hubieran marcado.

Aitor se tiró a bloquear un tiro con el cuerpo entero y se levantó cojeando medio segundo, lo justo para que solo los de siempre nos diéramos cuenta.

Raúl jugaba pocos minutos pero los jugaba todos con la cara de estar pagando algo a plazos.

Entre periodo y periodo, la gente no se movía.

En los partidos normales la grada se vacía a por cervezas; aquella noche nadie quería perderse nada.

Yessi y yo nos turnamos para guardar el sitio, y en mi turno de quedarme, el abuelo de la bufanda vieja me contó, sin que se lo preguntara, que él había visto jugar a los Árticos en segunda, «cuando éramos cuatrocientos y el techo goteaba», y que aquello de ahora no se lo creía ni él.

—Mi mujer dice que he cambiado —me dijo—. Que antes los miércoles veía la tele y ahora vengo a ver a unos chavales con patines. Y yo le digo: es que ahora los chavales son nuestros.

Porque hubo paradas. Madre mía si las hubo.

En el segundo periodo, los Titanes sacaron toda la artillería: once tiros, tres clarísimos, y él los paró todos.

Uno con la máscara, que sonó como un disparo y dejó al pabellón entero con el corazón en la boca hasta que se levantó, se ajustó el casco y pidió el disco para el saque, tan tranquilo.

Otro con la pierna derecha en un dos contra uno, estirándose más de lo que se estira una persona.

Y el tercero, el que la gente comentó toda la semana en el bar: un tiro a la escuadra que entraba seguro, y él lo sacó con el guante, cayendo hacia atrás, y la grada se levantó entera y gritó «¡portero, portero!

» hasta que se le quebró la voz a medio pabellón.

Yo grité también. Ya no me daba vergüenza. O me daba y gritaba igual.

—Ese chaval —dijo el señor de al lado, un abuelo con bufanda de la primera época— no es un portero. Es una póliza de seguros.

Marcaron ellos a cuatro del final del segundo. Una jugada embarullada, tres rebotes, y el capitán de los Titanes empujando el disco al fondo en el cuarto intento. Uno a cero. Gol de los que no se pueden parar, de esos que huelen a pista comida y a mala suerte.

El tercer periodo fue un asedio nuestro.

Los Árticos lo intentaron todo: dieciséis tiros, dos al palo, una superioridad de cinco contra tres que no entró por milímetros.

Yo no me senté ni un minuto. Nadie se sentó.

Novecientas ochenta personas de pie, gritando cada contraataque, y la Grada Norte cantando «hielo en las venas» como si el cántico pudiera empujar el disco.

No pudo. Cero a uno. Silbato final.

Lo raro fue que nadie se fue enfadado. La gente se quedó aplaudiendo, de pie, un aplauso largo, de esos que se dan a los equipos que pierden bien.

Y cuando él se quitó el casco y levantó el palo para agradecer, la grada volvió a gritar «¡portero, portero!

», y el abuelo de al lado se sonaba la nariz haciendo como que le entraba polvo en los ojos.

—Hemos perdido —dijo Yessi, incrédula—. ¿Por qué está todo el mundo contento?

—Porque ahora saben que se puede ganar —dije.

Y era verdad. Cero a uno contra el mejor equipo de la eliminatoria, con un portero de veinte años que había parado treinta y cuatro tiros.

La eliminatoria seguía viva, y el pabellón lo sabía, y por primera vez yo sentí aquello que Sara llevaba dos años persiguiendo: la certeza física de que aquel sitio se iba a llenar algún día.

No era una cuenta pendiente. Era una ETA. Llegaba tarde, pero venía en camino.

Salimos entre la última oleada, y en la puerta me crucé con Eugenia, que iba con la cámara al hombro y la sonrisa de tener material para una semana.

—¡Dani! ¿Has visto la parada del guante? ¿La has visto?

—La he visto —dije.

—Va a tener medio millón de reproducciones —dijo, y siguió corriendo hacia prensa, donde Sara ya hablaba con dos periodistas a la vez.

Yessi me dejó en casa a las once y cuarto.

Antes, en el coche, hicimos el postpartido de rigor: la parada del guante, el palo de Brett en el tercero, la eliminatoria que seguía abierta.

Yessi conducía con una mano y gesticulaba con la otra, y en un semáforo me soltó, sin mirarme, con la naturalidad de comentar el tiempo:

—Tú sabes que gritas más que nadie cuando para él, ¿no?

—Grito cuando para el equipo —dije.

—Dani. —El semáforo se puso verde. Ella arrancó—. Llevo cuatro años a tu lado. Sé cómo gritas cuando te importa alguien. Te sale la voz de capitana, la de los vestuarios, la que usas cuando una de las nuevas se equivoca y quieres que el mundo sepa que está protegida.

No contesté. Miré el polígono por la ventanilla, las naves dormidas, las farolas naranjas.

—No hay nadie que proteger —dije al final—. Es el portero del club con el que compartimos instalaciones. Y mi inquilino. De mi madre. Punto.

—Punto —dijo Yessi, y aparcó el tema otra vez, y me dejó en la puerta con un «mañana hablamos» que sonaba a amenaza cariñosa.

Me despedí, abrí la puerta, y la casa me recibió con una bofetada de frío.

No el frío normal de marzo. Frío de nevera industrial. Frío de cámara de expedición. En la cocina se veía el vaho.

—No —le dije a la casa.

La casa no contestó. Toqué el radiador del pasillo: frío como un cadáver. El de la cocina: igual. La caldera tenía el piloto apagado y una luz roja parpadeando con la tranquilidad de los objetos que saben que han ganado.

La calefacción de casa es como la de la pista: funciona por temporadas y por humor. Mi madre la mima, le habla, le da golpecitos en el termostato con la autoridad de una matriarca, y la caldera, que respeta a mi madre, suele obedecer. Conmigo la relación era otra. Yo era la suplente.