Capítulo cuarto — Hielo compartido #2
—¡Mirad esta! —gritó Vicho, parando el vídeo—. ¡El nueve siempre recorta al centro! ¡Siempre! ¡Lleva tres años recortando al centro y nadie le cierra!
—Yo le cerré dos veces la temporada pasada —dijo Raúl desde el fondo.
—¡Y te rompiste la rodilla! —gritó Vicho.
—Pero le cerré —dijo Raúl, y el vestuario se rio, y Raúl sonrió con su sonrisa de abuelo.
Yo miraba el vídeo y apuntaba. El nueve recorta al centro. El once tira sin mirar. El capitán carga los rebotes. Los datos son amigos. Los datos no fallan nunca. Los que fallan son los cuerpos, y los míos estaban bien.
Iván se sentó a mi lado al final. Me enseñó sus apuntes. Iván también apunta. Los porteros buenos siempre apuntan. Sus notas eran mejores que las mías. Conocía a los Titanes de otros años.
—El capitán tira a tu bloqueadora en las primeras —me dijo—. Después cambia. No te cases con un lado.
—Gracias —dije.
—Pasado mañana es tu partido —dijo—. Yo lo veré desde el banquillo. Es el mejor sitio de la casa, después de la portería.
Se reía, pero no del todo. Yo entendí. Los banquillos de portero son los banquillos más largos del mundo.
El lunes, clase de español con Kuba. Las clases son en el autobús o en el comedor de la pista. Kuba cobra en cervezas. Dice que es el precio oficial de la academia.
—Hoy, verbos importantes —dijo—. «Dejar» y «quedarse». No son enemigos. Son primos.
—Explícalo —dije.
—«Dejar» es cuando algo se va por tu culpa o por tu decisión.
Dejas un equipo. Dejas una casa. Dejas a una persona.
«Quedarse» es lo contrario, pero no es gratis.
Quedarse también es una decisión. La gente cree que quedarse es no hacer nada.
Error. Quedarse es hacer lo más difícil: estar mañana donde estás hoy.
Pensé en eso. En Finlandia yo siempre dejaba. Equipos pequeños, contratos cortos, maletas fáciles. Dejar era mi deporte nacional. Quedarse era un verbo que no conjugaba.
—¿Y si te quedas a medias? —pregunté.
—Eso es lo peor —dijo Kuba, y se le puso la cara seria, que en Kuba dura poco—. Quedarse a medias es dejar despacio.
Anoté las dos frases en la libreta pequeña donde apunto el español. Tengo cuatro páginas de palabras útiles. Rebote. Pantalla. Descanso. Y ahora dos verbos primos.
Brett, que escuchaba desde la mesa de al lado fingiendo que no escuchaba, se incorporó.
—Profesor —dijo—. ¿Y cómo se dice en checo «el portero más guapo de la liga»?
—No se dice —dijo Kuba, sin mirarlo—. El checo es un idioma serio.
El comedor se rio. Yo no. Yo estaba pensando en quedarse. En quedarse como verbo difícil. En quedarse a medias, que era dejar despacio. Kuba me miró de reojo y cambió de tema. Kuba siempre sabe cuándo cambiar de tema. Es su superpoder.
—Segunda lección —dijo—. Frases para el periodista. «El equipo ha trabajado bien.» Repite.
—El equipo ha trabajado bien.
—«El rival era fuerte.»
—El rival era fuerte.
—«Hay que seguir partido a partido.»
—Esa es mentira —dije.
—Todas lo son —dijo Kuba—. Por eso son fáciles. Las verdades son las difíciles de decir. En todos los idiomas.
El lunes por la noche, en la cama, pensé en la carta de JR. Aquí la portería es tuya.
Kuba me contó una vez cómo llegó esa carta.
JR la escribió a mano, en una carta de una agencia de ojeadores de Helsinki.
La agencia daba mis datos. Veinte años. Espoo.
Campeón del mundo júnior. Precio razonable, carácter reservado, reflejos fuera de lo común.
Y abajo, JR, con bolígrafo: aquí la portería es tuya.
—¿Sabes lo que significa eso? —me dijo Kuba—. Que no te ficharon para un puesto. Te ficharon para una portería concreta. Los puestos se rotan. Las porterías no.
Yo guardo la carta en el armario. No la miro. Pero algunas noches sé que está ahí, y eso basta.
El martes fue el día del pasillo. El martes es día de entrenamiento para los dos. Regla dos: señas y nada más.
El martes empezó mal. El despertador no sonó.
Bueno, sonó, y yo lo apagué, que es distinto.
Los porteros también dormimos mal a veces, y los lunes de vídeo me dejan la cabeza llena de delanteros.
Bajé la escalera rápido, y la escalera crujió fuerte, tercero y séptimo, sin cuidado, y en la cocina estaba ella, con el café en la mano, mirándome con cara de cuenta.
—Las siete menos veinte —dijo—. Llegas tarde.
—Lo sé —dije.
—Sebas no perdona —dijo, y terminó el café, y cogió la chaqueta.
Sebas no perdona. Era verdad. Salí corriendo y llegué tarde a la pista. Sebas estaba en la puerta con la manguera. Me miró. Miró el reloj de la pared. Me miró otra vez.
—El hielo de hoy no te conoce —dijo. Solo eso.
Fue el peor entrenamiento de la semana. El hielo iba raro, o yo iba raro, que suele ser lo mismo. Paré mal dos tiros fáciles. En el tercero, Sebas dejó la manguera y me miró desde la esquina, y no dijo nada, y eso fue peor que un grito.
A las siete de la tarde, en casa, la vida devolvió el golpe.
Nos cruzamos en el pasillo de la entrada. Ella salía hacia el polígono. Turno de tarde, decía la pizarra. Yo volvía de la pista, con la vergüenza del entrenamiento todavía en las piernas. El pasillo es estrecho. No hay manera de cruzarse sin cruzarse.
Levanté la mano. Ella levantó la mano. Señas. Correcto.
Pero al pasar, ella dijo, sin pararse, mirando al frente:
—Buen partido mañana.
Tres palabras. La regla dos rota en tres palabras. Yo seguí andando dos pasos más, y después dije, también sin pararme:
—Gracias.
Cuatro palabras entre los dos. Una infracción compartida. Subí al desván y me senté en la cama sin quitarme la chaqueta. Pensé en la regla dos. La regla dos era mía también. Yo la había firmado. Y la había roto con una palabra, y lo peor era que no me sentía culpable. Me sentía despierto.
El martes era la víspera del partido. Titanes de Barcelona, en casa, primer partido de semifinal. Vicho cerró el entrenamiento temprano. «Piernas frescas», gritó. «Y el que se acueste tarde, lo siento por su madre.»
El último tramo de aquel entrenamiento fue corto y bueno.
El hielo me perdonó. Sebas no dijo nada, pero al terminar me dejó el cubo de los discos lleno y ordenado, que es su manera de firmar la paz.
Paré todo. El nueve del vídeo no estaba, pero su fantasma sí.
Recorta al centro, recorta al centro. Lo tenía en la cabeza como una canción.
Aitor se quedó al final, lanzándome tiros sueltos. Aitor no tira fuerte. Tira bien. Es distinto. Los tiros buenos son los que van pensados. Al acabar, recogió los discos conmigo, que es cosa de novatos, no de capitanes. No dijo nada hasta el último disco.
—Mañana hay mucha gente —dijo.
—Lo sé.
—No por ti —dijo—. Por el equipo. La semifinal es el techo de este club. Nadie aquí ha jugado una final. Ni yo. Ni Raúl. Nadie.
—Lo sé —dije.
—Pues eso —dijo, y me dio el último disco en el pecho, suave, y se fue.