Capítulo cuarto — Hielo compartido
Los sábados por la mañana el hielo es de los dos equipos. Primero las Auroras, de ocho a diez. Después nosotros, de diez a doce. Entre las diez menos diez y las diez, los dos equipos coinciden en la pista. Es el cuarto de hora más raro de mi semana.
La regla tres dice: cero contacto público. Sin excepciones. La escribió ella. La subrayé yo. Dos veces. Con mi inicial al margen.
Yo sé cumplir reglas. Los porteros somos gente de reglas. Posición, ángulo, distancia. Todo el juego es geometría obedecida. La regla tres debería ser fácil. Veinte metros de hielo entre un equipo y otro. No mirar. No hablar. No existir el uno para el otro.
Es la regla más difícil que he tenido en la vida.
El sábado llegué a las nueve y media. Ellas acababan el entrenamiento. Yo me senté en la grada a atarme los patines despacio, con la vista en los cordones. Los cordones son útiles. Dan un sitio donde mirar.
La pista estaba llena de ruido de mujeres.
Es un ruido distinto. Más voces, más risas, los palos igual de secos.
Las Auroras entrenan bien. Mejor que muchos equipos de hombres que yo he visto.
Se nota la mano de Lourdes. Lourdes fue jugadora.
Se nota en cómo pita: poco, y siempre a tiempo.
Los malos entrenadores pitan mucho. Lourdes pita una vez y la pista entera entiende.
El último ejercicio era de transiciones. Salida del disco, pase al centro, entrada por la banda, tiro. Yo lo miraba de reojo, con los cordones entre los dedos, porque era un ejercicio bueno y a los porteros nos gusta ver cómo se fabrican los tiros. Entender al delantero es la mitad de la portería.
Ella dirigía una de las filas. Capitana.
Se notaba. No porque gritara más, sino porque todas la miraban antes de empezar.
Los equipos miran a sus capitanes de una manera especial.
Es una mirada de pregunta. ¿Ahora? ¿Así?
Ella respondía sin hablar. Una ceja. Un gesto del palo.
Yo entiendo ese idioma. Es el idioma de los que llevan años cargando con algo.
En una de las repeticiones, Yessi falló un pase y el disco salió disparado hacia la grada. Hacia mí. Lo paré con la mano, sin pensar. Instinto de portero. Todo el disco que viene se para. Es la ley.
La pista entera se giró a mirarme. Veinte pares de ojos. Yessi se tapó la boca con el guante, y se le veía la sonrisa por debajo, una sonrisa grande, de esas que saben cosas. Ella, la capitana, miró el disco, me miró a mí, miró a Yessi, y dijo con voz de entrenamiento:
—¿Nos lo devuelves? Es de la caja del club.
Le tiré el disco de vuelta. Bajo, plano, buen pase. No pude evitarlo. Los pases buenos salen solos.
—Gracias —dijo ella, alto, para la pista entera. Voz de extraña. Perfecta. Regla tres cumplida.
—De nada —dije. Voz de extraño. También perfecta.
Lourdes pitó. El ejercicio siguió. Pero Yessi patinó hasta la capitana y le dijo algo al oído, y la capitana le dio con el palo en las canilleras, suave, y Yessi se reía mientras volvía a la fila.
Yo volví a mis cordones. Los cordones me salvaron la vida muchas veces.
—¡Halme! —La voz de Vicho cruzó la pista como un tren. Él estaba en la puerta del vestuario, con el silbato en la mano, mirando la escena entera—. ¡Si has venido a ligar, te pongo a barrer la grada hasta junio!
Todos se rieron. Las Auroras también. Él no. Ella miró el hielo con mucho interés, con cara de leerle los titulares.
—¡He venido a entrenar, míster! —grité.
—¡Pues calienta! ¡Y tú, Roque, la próxima vez dile al portero de tu casa que los pases así se cobran!
Más risas. Yo bajé la cabeza y sonreí donde nadie podía verlo.
Vicho es un buen hombre con un mal volumen.
Su norma es famosa: el que toque a una de las chicas, barre la grada hasta junio.
La grita una vez al mes, por si acaso. Yo la oí dos veces en tres semanas.
La tercera vez ya no hizo falta. La norma estaba en la pizarra de mi nevera, escrita por otra persona.
El entrenamiento fue duro. Vicho nos hizo trabajar las salidas de disco una hora entera. Yo paré los tiros del final con las piernas muertas. Bien. Los entrenamientos deben doler un poco. El que no duele no cuenta.
Al final, en la grada otra vez, Kuba se sentó a mi lado mientras me quitaba los patines. Kuba siempre aparece cuando hace falta y también cuando no hace falta.
—Muy buen pase el de antes —dijo.
—Era un disco suelto —dije.
—Llevas tres semanas aquí y nunca has devuelto un disco —dijo—. Ni en los entrenamientos conjuntos. Dices que es para no molestar.
—Es para no molestar.
—Hoy has molestado muy bien —dijo Kuba—. Con un pase plano y todo. El mejor pase de tu temporada.
No contesté. Me quité el otro patín. Kuba no dijo nada más. Esa es otra cosa buena de Kuba: dice una frase y la deja ahí, en el aire, como un disco suelto. Tú decides si la recoges.
Yo no la recogí. Pero tampoco la dejé para otros.
Después, en la ducha, Brett cantó. Brett siempre canta cuando gana y también cuando pierde. Canta mal en dos idiomas. Dice que en Canadá lo ficharon por la voz y lo cortaron también por la voz.
En el vestuario, Vicho dio las fechas de la semana. Miércoles, primer partido de semifinal. En casa. Contra Titanes de Barcelona.
—¡Los Titanes son un equipazo! —gritó—. ¡Tienen la mejor delantera de la liga! ¡Pero delante de la delantera está él! —Me señaló—. ¡Y detrás de él, el poste! ¡Y el poste no falla nunca!
Todos rieron. Yo no. Los postes también fallan. Lo sé. Pero no lo dije.
A la salida, en el pasillo de la pista, estaba Sebas con su libreta.
Sebas tiene una libreta gorda, de tapas negras, donde apunta cosas del hielo.
Lleva cuarenta años regando esta pista y la anterior.
Todos saben que apunta cosas. Nadie le pregunta qué.
Yo le pregunté una vez, la primera semana, porque yo pregunto pocas cosas pero las que pregunto las quiero saber de verdad.
—¿Qué escribes?
—El parte —dijo—. El hielo también tiene parte médico.
Hoy estaba apoyado en la pared, escribiendo despacio. Pasé a su lado y me enseñó la página abierta. Nunca lo hace con nadie. Conmigo sí, porque yo llego a las seis y media y veo nacer el hielo. La página decía:
«10 de marzo. Hielo de las 6:00, el de los madrugadores. La portería la piso yo primero, como siempre.»
—¿Por qué la pisas tú primero? —pregunté.
—Para que sepa quién manda —dijo—. El hielo es como un caballo. Si el primer pie que siente es el de un extraño, todo el día va revuelto.
Yo no sé de caballos. Pero entendí la frase. El hielo de la mañana me conocía. Yo pisaba después de Sebas, siempre después de Sebas. El hielo sabía nuestros nombres. Eso era mejor que muchas cosas que yo había tenido.
El domingo fue día de descanso. En casa, la regla dos decía señas y nada más, pero el domingo no era día de entrenamiento. La regla no cubría los domingos. Las reglas bien escritas cubren todo. La nuestra tenía un agujero del tamaño de un día.
A las doce bajé a la cocina. Ella estaba haciendo café. Se quedó quieta medio segundo. Yo me quedé quieto medio segundo. Los dos pensamos en la regla dos. Los dos vimos el agujero.
—¿Café? —dijo.
—Sí —dije.
Nos sentamos en la mesa. Uno en cada punta. El café estaba fuerte. Ella lo hace fuerte, como a mí me gusta. No sé si lo sabe. Nunca lo he dicho.
Hablamos poco. Del tiempo. Del entrenamiento conjunto del jueves siguiente, que nos lo habían cambiado de hora. De la calefacción de la pista, que no funciona nunca. Doce minutos de conversación. La más larga desde que vivo aquí.
Ella habla como conduce. Frases con dirección.
Nunca una frase que no lleva a ningún sitio.
En Finlandia la gente también habla así, pero por silencio.
Aquí ella habla así por eficiencia. Es distinto.
El silencio finlandés es una casa cerrada.
Las frases de ella son carreteras: cortas, rectas, con una señal al final.
Le conté lo de la libreta de palabras. No todo. Lo de Kuba y las cervezas como precio oficial de la academia. Ella se rio una vez, corta, y dijo:
—Pues «dejar» y «quedarse» son buena lección. En mi trabajo se usan mucho. Los camiones se quedan o se van. No hay término medio.
—¿Y las personas? —pregunté.
Se quedó mirando la taza.
—Las personas son más complicadas —dijo—. Las personas a veces se quedan en la estación de servicio.
No supe si era una broma o una verdad. Creo que las dos cosas. Con ella nunca sé. Todavía.
Después ella subió a su piso y yo al mío. El descansillo entre los dos pisos se quedó allí, en medio, con su norma escrita. La frontera. Yo pensé en la frontera más de lo que piensa un hombre en una frontera.
Las fronteras en Finlandia son cosas serias. Fríos, bosques, kilómetros de nada. Aquí la frontera era un descansillo de dos metros, con una bombilla que parpadea y un felpudo que dice «bienvenido». El felpudo lo compró su madre. El felpudo miente un poco: no dice bienvenido a quién.
Me quedé un rato en el desván pensando en estaciones de servicio.
Ella dice que las personas a veces se quedan en la estación de servicio.
Yo pensé en todas las estaciones de servicio entre Espoo y Madrid.
En todas las ciudades donde dejé algo. Un equipo.
Un entrenador. Una habitación alquilada con muebles ajenos.
Nunca me quedé en ninguna. Siempre seguí la ruta.
Los porteros suplentes no eligen la ruta. La ruta los elige.
Hasta la carta. La carta con la frase escrita a mano. Aquí la portería es tuya.
Primera vez que una ruta me elegía con mi nombre.
El lunes hubo vídeo. Los lunes de semana de partido hay vídeo.
Vicho pone las jugadas de los Titanes y las para cien veces.
Los Titanes tienen dos líneas buenas y una defensa lenta.
Su portero es alto y sale mucho. Eso está bien para los delanteros.
Para mí es solo información. Los porteros no jugamos contra el otro portero.
Jugamos contra los tiros. Los tiros no tienen camiseta.