Capítulo tercero — Normas de convivencia #3
Oí la llave a la una menos cuarto. Los pasos de siempre, el clic suave de la cerradura, y esta vez, en vez de subir directo, los pasos se acercaron a la cocina.
Él apareció en el marco, con el cansancio feliz de los ganadores, y me miró, y yo lo miré, y ninguno de los dos sabía qué norma cubría aquello, así que aplicamos la segunda: señas y nada más.
Levanté la mano. Él levantó la mano. Dos dedos, casi un saludo militar.
—Clasificados —dije yo, rompiendo la segunda norma a los dos días de firmarla.
—Clasificados —dijo él, cómplice inmediato, y subió.
Me fui a la cama pensando en lo fácil que era romper normas cuando la otra persona las rompía contigo. Eso no lo había previsto el protocolo. El protocolo preveía infractores, no cómplices.
El viernes y el sábado pasaron en órbitas limpias.
Él tenía entrenamiento de recuperación, yo tenía turno y la cena de despedida de temporada de las Auroras el sábado, en un restaurante de Valdemoro donde Lourdes, mi entrenadora, hizo un brindis largo sobre el orgullo de perder bien.
Yo brindé y pensé en que la temporada había acabado hacía dos semanas y yo seguía comportándome como si tuviera partido el lunes.
Capitana retirada hasta septiembre. Farola de día.
El domingo limpié la casa entera, porque la casa sin mi madre necesitaba ruido y la fregona hace un ruido muy digno. Limpié también la cocina dos veces, que no lo necesitaba, y al limpiar la nevera volví a leer el folio. Seis normas. Dos firmas. Un subrayado doble con inicial.
La cena del sábado con las Auroras fue bien. Demasiado bien. Lourdes habló de la temporada, de la semifinal perdida, de la cantera que subía, y yo brindé cuando tocaba y reí cuando tocaba, y en mitad de la cena Yessi me pellizcó el brazo por debajo de la mesa.
—Estás en órbita —me dijo al oído.
—Estoy cansada.
—Llevas dos semanas sin entrenar y estás más cansada que en febrero —dijo—. Eso no es cansancio. Eso es otra cosa con disfraz de cansancio.
Yessi hacía eso: metía la mano en tu vida sin pedir permiso, encontraba el tornillo flojo y lo señalaba con el dedo. Por eso era mi mejor amiga y por eso a veces quería cambiar de planeta.
—Es la casa —dije, y no mentía del todo—. Mi madre fuera, el inquilino arriba, el horario patas arriba.
—El inquilino —repitió ella, despacio, como quien prueba un sabor—. El portero armario.
—El portero —dije—. Que es un buen chico. Silencioso. Punto.
—Punto —dijo Yessi, y me dejó en paz, que en su idioma significa: aparcamos el tema, pero queda geolocalizado.
El lunes, cuando volví del turno, había novedad en el sistema.
Debajo de la puerta del desván —lo vi al pasar por el descansillo, que era mi frontera, así que mirar era legal— sobresalía una esquina de papel. El folio. Su copia. La había deslizado por debajo de la puerta, hacia fuera, como una carta en una botella.
Me agaché. No lo toqué. Tocarlo era cruzar una línea que no estaba en ninguna norma escrita. Pero el papel estaba boca abajo, y por la parte de atrás se veía que había algo escrito a lápiz, y las letras se transparentaban un poco contra la luz de la escalera.
Di la vuelta al folio. Sé que no debería. Lo hice.
En la parte de atrás, debajo de la copia de sus normas escritas con mi letra, había una línea de lápiz con su caligrafía de escuela nórdica, letra por letra, despacio:
«La regla siete no hace falta escribirla.»
Me quedé sentada en el descansillo, en mi frontera, con el folio en las manos.
La regla siete. No existía la regla siete.
Habíamos escrito seis y las seis cabían en un folio y el folio estaba lleno.
No había hueco para más. No hacía falta escribirla, decía.
Los dos sabíamos cuál era. Llevaba semanas escrita en el aire de la casa, en las luces encendidas y las porterías a lápiz y las notas que no eran notas, esperando a que alguien cometiera el error de darle un número.
Pensé en subir. Me lo pensé, que es distinto: pensarlo era legal, subir no.
Me imaginé llamando a la puerta del desván con el folio en la mano, preguntándole qué significaba aquello, y supe con la certeza de los partes firmados que no iba a preguntar nada, porque las preguntas tienen respuestas y las respuestas se archivan y yo no quería archivar aquello todavía.
Quería dejarlo en la estantería de los paquetes sin remitente, donde ya tenía una medalla dada la vuelta y unas cuantas cosas más.
No di ningún número. Puse el folio otra vez debajo de la puerta, con la parte del lápiz hacia arriba, para que supiera que lo había leído, y me fui a mi piso, y cerré la puerta, y me quedé apoyada en ella como se apoya una en la ventanilla del tren cuando todavía no ha salido y ya no hay vuelta atrás.
En mi cabeza, el planning de la semana se reordenó solo, como cuando el sistema detecta una incidencia y recalcula toda la ruta.
Miércoles: semifinal, primer partido, en casa.
Jueves: entrenamiento conjunto. Viernes: turno de mañana.
Y en todas las casillas, en el margen, escrita a lápiz, una regla sin número que no hacía falta escribir.
No la escribí. Pero tampoco la borré.
Que conste en acta: eso fue lo primero que hice mal.