La última línea (Los del hielo 4) Capítulo tercero — Normas de convivencia #2
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Capítulo tercero — Normas de convivencia #2

El martes tenía además su logística propia: basura a la calle, como mandaba la lista de mi madre; colada programada para las horas en que él no estaba; compra rápida en el súper de la esquina, con la lista de la nevera fotografiada en el móvil para no pisar sus cosas.

En el súper me sorprendí a mí misma poniendo en el carro una leche entera, y me detuve con el brik en la mano.

Él tomaba entera. Yo tomaba semi. Mi madre, semi.

La entera no era para mí ni para mi madre, y la regla primera decía que la leche se reponía por turnos, y él había acabado la suya el lunes, y el anexo decía que compraba el que la acababa.

Puse la entera de vuelta en la estantería.

Luego volví a por ella. Luego compré las dos, y en casa puse la entera en su piso de la nevera sin nota ni explicación, como se deja un paquete en el muelle correcto: sin remitente visible.

A las diez de la noche, cuando él bajó a la cocina a por agua, abrió la nevera, se quedó mirando el brik tres segundos, y no dijo nada.

Yo, desde la mesa, no dije nada tampoco.

Señas y nada más. La regla segunda funcionaba.

Lo que no decía la regla segunda era qué hacer con las cosas que se decían sin hablar.

El miércoles jugaban en León. Yo tenía el turno de tarde, así que seguí el partido por el grupo de las Auroras, que retransmitía con más pasión que información.

Yessi mandaba mensajes cada tres minutos: «Vamos ganando.

» «Nos han empatado.» «Tu portero acaba de hacer una parada que es ilegal en catorce países. »

«No es mi portero», escribí, y miré la pantalla un segundo antes de darle a enviar, y la envié igual.

En el almacén, entre albarán y albarán, tenía el móvil apoyado en la impresora, y mi compañero del turno de tarde, un señor de Azuqueca llamado Ginés que llevaba treinta años de carretera, se asomó a la pantalla y dijo: «¿El hockey ese del norte?

Mi nieta va a clases de patinaje ahí. Dice que el portero nuevo es un armario. »

«Un armario empotrado», dije, sin mirar, y Ginés se rio con la radio en la mano, y yo me di cuenta de que acababa de defender a un inquilino como se defiende a un familiar, y volví a mis albaranes con las orejas calientes.

Perdieron dos a uno. La eliminatoria se ponía uno a uno, y el jueves, en casa, se jugaba el pase. En el grupo hubo duelo y análisis táctico a partes iguales. Yessi cerró la noche con un mensaje dirigido a mí y solo a mí, en privado.

«Mañana vamos. Las siete. Y esta vez no digas que vas a inspeccionar hielo.»

«Voy a apoyar al club con el que compartimos instalaciones», contesté.

«Claro. Instalaciones.»

El jueves ocho de marzo, la Pista Norte rugía desde la calle.

Llegamos a las seis y media y ya había cola en la entrada de diez euros, una cola de bufandas y tambores que daba la vuelta a la nave.

Novecientas cincuenta personas, calculé desde dentro, y esta vez no pude evitar la cuenta: doscientas cincuenta sillas vacías. La cuenta de Sara mejoraba.

El partido fue de esos que te dejan las manos rotas.

Cero a cero hasta el tercer periodo. Ellos marcaron primero, y el pabellón se quedó en un silencio de iglesia, de esos que solo rompen los tambores de la Grada Norte, que no se callaron ni un minuto.

Hielo en las venas. Hielo en las venas. La frase empezaba a tener para mí una geografía concreta: era el sitio donde la gente de este barrio guardaba la esperanza cuando la esperanza no cabía en otros sitios.

En el descanso del segundo periodo, Yessi fue a por cervezas y yo me quedé vigilando los asientos, y desde la grada vi el banquillo de prensa, y en el banquillo de prensa estaba Sara, de pie, mirando el fondo sur con la carpeta apretada contra el pecho.

No miraba el marcador. Miraba las sillas.

Yo también las miré. Doscientas cincuenta libres.

Habían puesto en la entrada un cartel nuevo, de los de Eugenia, con el logo del oso polar y una frase en rojo: «Semifinales, a una victoria.

» La gente se hacía fotos delante del cartel.

Algo estaba pasando en este barrio, algo que crecía por debajo, como el hielo bueno, que no se ve mientras se forma.

Empatamos a ocho del final. Prórroga. En la prórroga, el hockey se convierte en otra cosa: cada contraataque es un infarto posible, cada parada una estación donde el tren no para.

Yessi me tenía el brazo arañado de tanto agarrarme.

Yo no miraba el partido; lo conducía, desde la grada, con el cuerpo inclinado hacia delante como si mi equilibrio pudiera empujar el disco.

A los tres minutos de la prórroga, en una superioridad numérica, el disco dio un rebote raro delante de su portería y él lo sacó con el palo, a la desesperada, y el contraataque que nació de esa parada acabó dentro. Dos a uno. Clasificados.

El pabellón explotó. Explota es la palabra y se queda corta: fue un techo de ruido, una ola que te levantaba de la silla aunque no quisieras, y yo grité.

Grité con las manos en bocina, con la garganta entera, «¡hielo en las venas!

» con novecientas cincuenta personas más, y durante tres segundos fui una más, una bufanda cualquiera, una voz del montón.

Después me acordé de la tercera norma. Subrayada dos veces. Con su inicial al margen.

Cero contacto público. Gritar el nombre del equipo no era contacto. Gritar no era nada. Lo sabía. Pero en la garganta me quedó un regusto raro, como cuando adelantas por la derecha y llegas a tu destino y todo ha ido bien y aun así sabes que no deberías haberlo hecho.

—Estás rara —dijo Yessi, en la salida.

—Estoy ronca —dije, que era verdad y no era respuesta.

El camino de vuelta fue silencioso, que con Yessi es un fenómeno meteorológico raro. Ella conducía y miraba de reojo, y yo miraba las luces del polígono pasar como estaciones de una línea que ya conocía demasiado. En una rotonda, frenó más de la cuenta y dijo, sin mirarme:

—El equipo está bien, Dani. La temporada que viene será la nuestra. Pero tú tienes cara de no estar pensando en la temporada que viene.

—Estoy pensando en la basura de mañana —dije.

—Claro —dijo ella—. La basura.

Me dejó en la puerta con un «descansa, capitana» que sonó a sentencia, y su coche se alejó oliendo a perrito caliente y a secretos guardados a medias.

Llegué a casa a las once y media. Él llegaba siempre más tarde los días de partido, entre la ducha y la cena del equipo, así que la casa estaba vacía y la luz amarilla apagada.

La encendí yo. Costumbre nueva. Las costumbres nuevas son las más peligrosas, porque no tienen todavía norma escrita que las cubra.

Me hice una manzanilla y me senté frente a la nevera.

El folio de las normas seguía ahí, bajo el imán del flamenco, con mis seis reglas y las dos firmas.

Lo leí entero, despacio, como se lee un parte de incidencias.

Todo en orden. Todo cubierto. Nevera, señas, contacto, arreglos, frontera, camas. Un sistema perfecto.

Entonces por qué tenía la sensación de haber cerrado todas las puertas menos la importante.

En el polígono teníamos una expresión para eso: «ruta ciega».

Una ruta ciega es la que cumple todos los requisitos sobre el papel y aun así llega mal.

El camión sale a tiempo, el conductor descansa lo suyo, el GPS está actualizado, y el envío llega tarde porque en el kilómetro doscientos había algo que ningún sistema previó: un accidente, una granizada, una fiesta de pueblo cruzando la nacional.

Los jefes odiaban las rutas ciegas. Yo, en el fondo, las respetaba.

Eran la prueba de que el mundo era más grande que mi pantalla.

El folio de la nevera era una ruta ciega. Seis normas perfectas y, en el kilómetro doscientos, algo cruzando la nacional.