Capítulo segundo — La última línea #2
En la esquina de la grada, al salir, todavía quedaba gente.
Esperaban a los jugadores con bufandas y bolígrafos.
Yo intenté pasar de largo, despacio, cabeza baja.
Un niño me paró. Tendría ocho años. Llevaba un casco de portero de juguete, demasiado grande, que le bailaba en la cabeza.
Me enseñó una tarjeta con mi nombre mal escrito.
«Halmes.» La firmé igual, con la ese. El niño se fue corriendo y enseñó la tarjeta a su padre gritando.
El padre me levantó el pulgar. Yo levanté el pulgar también.
Fue mi conversación más larga de la noche.
En el vestuario, la ducha, las bromas. Aitor pasó por delante de mi sitio y dijo «bien». Una palabra. De Aitor, una palabra pesa como un párrafo.
El vestuario ganador es el mejor sitio del mundo durante veinte minutos.
Después se convierte en un vestuario otra vez.
Pero esos veinte minutos nadie los cambia por nada.
La gente cantaba en la ducha. Los palos chocaban.
Alguien tiró un calcetín mojado. Brett bailaba con la toalla en la cabeza.
Raúl se sentó despacio y se miraba la rodilla como se mira a un viejo amigo que ha hecho el esfuerzo de venir.
Kuba contaba el resultado por el móvil a alguien en checo.
Yo escuchaba todo desde mi esquina. Mi esquina es buena para escuchar. Las esquinas siempre lo son.
Después vinieron los periodistas. Pocos. Es una liga pequeña. Uno de ellos se acercó a mí con la grabadora. Era joven. Preguntó en español rápido. Yo entiendo español bien, pero el español rápido con micro es otro idioma.
—Primera victoria en play-off con el equipo, ¿cómo te has sentido en las paradas del tercer periodo, el dos contra uno sobre todo?
Abrí la boca. Pensé la frase. La pensé dos veces. Antes de que saliera, Kuba apareció a mi lado y puso la mano en mi hombro.
—Este chico no habla —dijo, sonriendo—. Para discos. Es su idioma. Si quieres, yo te lo traduzco: ha parado todo lo que tenía que parar, y mañana entrena a las seis y media.
El periodista se rio. Apuntó algo. Se fue.
—Gracias —dije.
—No —dijo Kuba—. Un día vas a hablar tú. Pero el día que tú quieras. No el día que ellos quieran.
Kuba se vestía despacio. Siempre se vestía despacio. Los jugadores viejos se visten despacio porque les duele todo y porque no tienen prisa por salir de un vestuario. Yo lo había notado. Yo noto esas cosas.
Cenamos en el bar de al lado. El equipo entero en dos mesas largas.
Yo comí rápido y escuché. Escuchar es mi deporte favorito después de parar discos.
Brett contó una historia de Canadá que nadie creyó.
Raúl, el veterano, dijo que su rodilla tiene treinta y seis años pero él también.
Todos se rieron. Yo sonreí. Sonreír es más fácil que hablar.
En la otra mesa, Aitor hablaba bajo con Sara.
Ella es la de prensa. También es otra cosa, pero eso no es asunto mío.
Ella llevaba una carpeta y un móvil que no paraba de vibrar.
Miraba la grada del bar como si todavía estuviera en el pabellón contando sillas.
Todos saben que cuenta sillas. Es su guerra.
Mil doscientas sillas. Aquella noche faltaron trescientas.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían.
Vicho pasó por detrás y me golpeó la espalda con la mano abierta. Dolió. Es su manera de decir bien hecho.
—¡El miércoles otra vez! —gritó a la mesa entera—. ¡En su casa! ¡Y el que se duerma en el autobús paga la comida!
Brett levantó la mano.
—Entonces yo pago siempre.
Todos se rieron otra vez. Yo tomé nota mental. El autobús del miércoles salía a las once. Llegaría a las diez y media. Yo siempre llego media hora antes. Los porteros llegamos antes y nos vamos después. Es la costumbre de la espera.
A las once salí. Caminé veinte minutos hasta el cercanías.
En el andén había gente del partido. Dos chavales me miraron y cuchicheaban.
Uno se acercó y me pidió una foto. Fue la primera foto que me pidieron en España.
Me quedé quieto y serio. El chaval también se quedó serio, imitándome, y su amigo se rio. En la foto los dos parecíamos porteros.
En el tren pensé en el partido. Dos goles. Los dos con mala suerte, pero los dos míos. Los porteros contamos diferente. Los demás cuentan los goles que marcan. Nosotros contamos los que entran. El marcador decía cuatro a dos. Mi cuenta decía dos.
El tren iba casi vacío. Un hombre dormía con la boca abierta.
Una mujer leía. Dos chavales con la bufanda de los Árticos miraban el móvil y se enseñaban vídeos.
En uno de los vídeos estaba yo. La parada del dos contra uno.
La habían grabado desde la grada. El móvil temblaba y se oía el grito de la gente.
Los chavales no sabían que el portero del vídeo estaba sentado a tres metros.
Yo no dije nada. Miré por la ventana. En la ventana se reflejaba mi cara.
Parecía la cara de siempre. Eso estaba bien.
La cara de portero no debe dar noticias.
En Espoo, después del mundial júnior, ganamos el oro.
Yo paré treinta y ocho tiros en la final.
En el aeropuerto, cuando volvimos, había familias.
Muchas familias. Padres, madres, novias, banderas.
Los jugadores salían uno a uno y cada uno tenía a alguien.
Yo salí el último. No había nadie. Mi padre trabajaba.
Mi madre no viaja en avión, ni en tren, ni casi en coche.
Mi hermano mayor ni siquiera contestó al mensaje.
Tomé un taxi solo. La medalla en la mochila.
El taxista no habló. En Espoo nadie vino. Aquí Sebas me deja la luz.
Eso lo pensaba a veces. No mucho. Pensarlo mucho no sirve.
La casa de la señora Marisa estaba en una calle quieta.
La señora Marisa es la dueña. Habla rápido y cocina bien y me miraba como se mira el tiempo.
Su hija es diferente. Su hija es la capitana del equipo de mujeres.
Lo supe la primera semana, cuando vi el calendario de la nevera.
Los horarios de los dos equipos, escritos con rotulador azul.
Ella escribe los horarios de todos. Tiene letra pequeña y rápida.
Parece una persona que sabe siempre a qué hora llega todo.
Entré a la una menos cuarto. La luz pequeña de la cocina estaba encendida. Yo no la había dejado aquel día. Ella la había dejado por mí.
Eso ya había pasado dos veces esa semana. La primera vez pensé que era un error. Aquella noche no.
Me hice un té. De pie, en la cocina oscura, con solo la luz amarilla. Entonces lo vi en la pizarra de la nevera. En la columna del sábado. Debajo de la hora del partido, escrito con su letra pequeña y rápida:
«El sábado no entrenes tan tarde. El hielo también descansa.»
No estaba dirigido a nadie. No tenía nombre. Pero solo podía ser para mí. Nadie más entrenaba tarde los sábados. Nadie más vivía arriba.
Me quedé mirando la nota mucho rato. Era una nota normal. Era una frase de capitana, de las que se dicen a los compañeros. Yo había oído frases así toda la vida. Pero ninguna estaba escrita en mi casa. Ninguna casa era mía antes.
Arranqué la esquina de la pizarra con cuidado. No, no se podía arrancar, era una pizarra. Saqué una foto con el móvil. Después, no supe por qué, cogí el rotulador azul y no escribí nada. Lo dejé otra vez en su sitio. Al lado del imán del flamenco.
Arriba, en el desván, saqué el pasaporte del cajón.
Dentro había dos cosas: la carta de JR doblada en cuatro y, ahora, una foto en el móvil que no podía meter en un pasaporte.
Me quedé con el pasaporte abierto en la mano y pensé en la nota.
Las cosas que no se pueden guardar en un sitio se guardan en otro. Aprendí eso de niño.
El desván era pequeño. Techo bajo. Una ventana.
Desde la ventana se veía la calle y un trozo del polígono.
Por la noche se ven las luces de los camiones en la carretera.
Ella trabajaba allí. De día, con los camiones.
De noche, en el hielo. Los dos teníamos dos trabajos.
Los dos sabíamos lo que era dormir poco.