Capítulo segundo — La última línea #3
Me duché. Me tumbé. No dormí. Los porteros no dormimos bien después de los partidos. El cuerpo sigue parando discos aunque ya no haya discos.
Repasé el partido otra vez. No entero. Solo las jugadas malas.
El primer gol, la pantalla. Podía haber pedido a los defensas que abrieran antes.
El segundo, el último segundo. El tiro rozó mi patín.
Si el pie está dos centímetros más abierto, no entra.
Dos centímetros. El hockey es un deporte de centímetros que se disfraza de deporte de metros.
Nadie ve los centímetros. Solo el portero.
Por eso los porteros envejecemos de otra manera.
Contamos centímetros mientras los demás cuentan goles.
A las dos sonó el teléfono. Número de Finlandia. Salí al balcón pequeño del desván para no despertar a nadie. La noche estaba fría. Era marzo, pero en Madrid el frío de marzo es un frío de mentira comparado con Espoo.
Era Mikael. El mánager de la selección júnior. Hablaba en finés. Las noticias siempre llegan en finés.
—Niko. ¿Cómo estás? Te hemos visto el partido de hoy. Buenas paradas.
—Gracias.
—Escucha. Estamos preparando la concentración de primavera. El equipo que defiende el título. Te vamos a llamar. Eres parte de esto.
Miré la calle. Un camión pasaba despacio. Las luces naranjas del polígono parpadeaban.
—Niko. ¿Me oyes?
—Sí —dije.
—Pronto hablamos de fechas —dijo.
—Vale.
—Hyvää yötä, Niko.
—Hyvää yötä.
Tres frases mías. Ninguna completa. Así hablo yo los teléfonos importantes.
Me quedé en el balcón un rato. El frío entró por las mangas de la camiseta. Pensé en la concentración. Defensor del título. El año pasado estuve en la lista larga, no en la corta. Este año era mi último año de edad. Después, la absoluta o nada.
Abajo, en la casa, había una luz encendida. No la de la cocina. La del piso de abajo, la ventana que daba al patio. La luz de su cuarto. Ella tampoco dormía.
Eran las dos y veinte. Mañana ella entraba a las seis. Lo sabía porque estaba en la pizarra. Todo lo de ella estaba en la pizarra. Turnos, entrenamientos, la compra. Ella ordena el mundo con una pizarra y un rotulador azul. Yo ordeno el mundo con una portería. Cada uno tiene su sistema.
La luz de abajo se apagó a las dos y media.
Entré. Cerré el balcón. Me metí en la cama con el frío todavía en los brazos.
Pensé en Mikael. Pensé en el oro. Pensé en el taxi. Pensé en la carta de JR. La portería es tuya.
En Finlandia me dieron una medalla. En Madrid me dejaban la luz encendida.
No sabía todavía cuál de las dos cosas pesaba más.
Antes de dormirme, pensé en la nota de la nevera. El hielo también descansa. Nadie me había dicho nunca eso. Los entrenadores dicen: el hielo no espera. Los mánagers dicen: el hielo es trabajo. Ella dice: el hielo también descansa. Como si el hielo fuera una persona. Como si yo fuera el hielo.
Dormí mal, como siempre. Pero menos mal que de costumbre.
Por la mañana, a las seis y cuarto, bajé la escalera despacio. Crujía en el tercer y en el séptimo peldaño. No se podía evitar. En la cocina, la cafetera estaba lista. Ella ya se había ido. Turno de las seis. La pizarra seguía ahí, con su nota y con la semana entera ordenada en azul.
Al lado del imán del flamenco, alguien había dibujado algo. No. Nadie había dibujado nada todavía. Eso fue el jueves. El jueves dibujé yo una portería pequeña en su casilla del jueves. No supe por qué la dibujé. Estaba el lápiz. Estaba la casilla. La dibujé.
Aquel día miré la casilla y la portería seguía ahí. Ella no la había borrado.
Yo habría borrado cualquier cosa escrita a lápiz en mi pizarra. Cualquiera habría borrado una portería diminuta dibujada por un extraño en su horario. Ella no la había borrado.
Salí para la pista a las seis y media. Sebas ya estaba regando. El hielo brillaba como una página en blanco. Me coloqué en la portería. La última línea. La mía.
Pensé: si el miércoles ganamos en León, pasamos. Pensé: si paro todo, nadie puede quitarme esto. Pensé cosas simples, porque las cosas simples son las que aguantan mejor el peso.
A las ocho, cuando acabé, había un mensaje en el grupo del equipo. Aitor había escrito: «Miércoles, once en punto, autobús. El que llegue tarde paga las cenas.» Brett había contestado con siete emojis. Raúl había contestado: «Mi rodilla llegará a las once menos cinco.»
Yo no contesté. Nunca contesto. Pero leí todo.
En el vestuario vacío, antes de irme, miré mi sitio. El último. Junto a la pared. Kuba había dejado una botella de agua en mi banquillo. Nadie deja botellas en los banquillos ajenos. La cogí. Estaba fría.
Las cosas pequeñas son las que pesan. Las medallas pesan poco. Las botellas de agua pesan más. Nadie lo entiende hasta que le pasa.
Salí de la pista a las nueve. Madrid hacía su ruido de domingo. Yo caminé hasta el cercanías con la bolsa del equipo y la botella de Kuba en la mano, y pensé en una frase en español, una frase larga, de las que todavía no sé decir bien.
La pensé igual. Para practicar.
Esta casa quiere a los que se quedan.
Todavía no sabía si era verdad. Pero quería quedarme a comprobarlo.