La última línea (Los del hielo 4) Capítulo segundo — La última línea
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Capítulo segundo — La última línea

Mi sitio en el vestuario era el último. Junto a la pared. Junto a la puerta de los lavabos. Era el sitio de los recién llegados.

En Espoo también tenía el último sitio. Los porteros jóvenes siempre tienen el último sitio. No lo decide nadie. Es como el frío. Entra por las esquinas.

Llevaba dos semanas y media en los Árticos. El contrato era corto. Hasta final de temporada. La primera semana nadie me habló mucho. La segunda semana Kuba empezó a hablarme despacio. La tercera semana Brett empezó a gritarme bromas desde la otra punta del vestuario. Eso significaba que ya existía.

Hoy era el primer partido del play-off. Koldsan León. En casa. El vestuario olía a cera y a linimento. Aitor se sentaba en el centro y se ataba los patines en silencio. Cuando Aitor hace silencio, todos hacen silencio. Es el capitán. Es su manera de hablar.

Vicho dio la charla. Vicho siempre grita. Grita cuando ganamos y grita cuando perdemos. Hoy gritó poco.

Antes de la charla hubo calentamiento. Veinte minutos.

Primero sin disco. Después tiros. Los tiros de calentamiento no son tiros de verdad.

Son saludos. Los compañeros tiraban a los sitios fáciles, a las manos, al pecho.

Es una cortesía antigua. Nadie quería marcar en el calentamiento.

Marcar en el calentamiento es de mala educación y de peor suerte.

Brett una vez marcó cinco seguidos en un calentamiento y aquel partido perdimos.

Desde entonces tira todos sus tiros fuera.

A propósito. Los jugadores de hockey somos gente seria con supersticiones de niños.

Mi calentamiento es siempre igual. Primero los pies. Después las manos. Después los ojos. Los ojos se calientan también. Se les enseña a seguir el disco sin parpadear. Sebas me miraba desde la esquina mientras recogía las mangueras. No dijo nada. Asintió una vez. Es nuestra conversación diaria.

—¡Tres partidos! ¡Se gana uno y se respira! ¡Se gana otro y se pasa! ¡Ellos son duros atrás! ¡Paciencia! ¡Y tú! —Me señaló con el dedo—. ¡Tú a lo tuyo! ¡La portería es tuya!

La portería es tuya. La misma frase de la carta.

La carta de enero. La que JR escribió a mano en el margen.

«Aquí la portería es tuya.» En Finlandia nadie escribió nunca eso.

En Finlandia la portería era de todos. De mí esta semana.

De otro la siguiente. Los porteros en Espoo eran como los neumáticos. Se usan. Se cambian. Nadie les habla.

Guardé la carta en el armario de arriba, en el desván. No la miro. Pero sé dónde está.

Salimos al hielo. Antes, en el túnel, Iván me golpeó el hombro con el palo.

Iván Redondo. El otro portero. Veintisiete años, español, titular hasta que yo llegué.

En otro equipo esto sería un problema. Aquí no.

Iván me enseñó los nombres de todos la primera semana.

Me enseñó también dónde no hay que pisar en la pista cuando el hielo está recién regado.

Es buen portero y mejor persona. Yo sé lo que cuesta perder el puesto.

Lo he perdido antes. Él lo ha perdido conmigo y nunca me lo ha echado en cara. Hoy, en el túnel, solo dijo una cosa.

—Tu portería. Tu ruido.

Es su manera de decir suerte.

El pabellón hacía ruido. Novecientas personas, dijo Eugenia después. Novecientas personas gritando era mucho ruido para una nave vieja. La Grada Norte cantaba detrás de la portería. Siempre la misma frase. Hielo en las venas. No sabía todavía si era una canción o una amenaza.

Me gustaba la portería de este lado. El hielo de la Pista Norte es duro.

El disco va rápido y verdad. En algunas pistas el hielo es blando y el disco salta.

Aquí no. Sebas riega cada mañana a las seis.

Yo lo sabía porque entrenaba a las seis y media.

Él regaba y no hablaba. Yo patinaba y no hablaba. Funcionábamos bien.

Primer periodo. Koldsan salió fuerte. Tres tiros en los primeros cinco minutos.

El primero fue fácil. El segundo me dio en el hombro.

El tercero fue malo, un rebote suelto delante, y lo tapé con el cuerpo entero.

La grada gritó. Yo no grité. Nunca grito.

Celebrar una parada es como celebrar que respiras.

Marcamos nosotros primero. A los cuatro minutos. Jugada de la primera línea. Aitor asistió. Brett empujó el disco al final. La grada hizo un ruido grande. El banco saltó. Yo levanté el guante dos segundos. Fue suficiente.

El primer gol de un play-off cambia el aire.

Antes del gol, el pabellón es una sala de espera.

Después, es una casa. La gente se sentaba de otra manera.

Gritaba de otra manera. Yo sentía esas cosas desde la portería.

El ruido viene por oleadas. Las olas dicen cómo va el partido mejor que el marcador.

Desde la portería se ve todo el partido.

Es la única posición que mira siempre hacia dentro.

Los demás corren. Yo esperaba. Esperar no es no hacer nada.

Esperar es hacer lo más difícil sin moverse.

En Espoo el entrenador de porteros decía: el portero es la última línea.

Si la última línea falla, no hay más líneas.

Por eso nadie quiere ser portero. Por eso yo sí quise.

Segundo periodo. Koldsan empató. Un tiro lejano, con pantalla. No lo vi salir. Eso no era excusa. Uno a uno.

Me dije lo de siempre. La jugada anterior no existe. Solo existe la siguiente. Lo dije en finés, en la cabeza. Suena mejor en finés. Las frases cortas suenan mejor en finés.

En el banquillo, entre cambio y cambio, miré el reloj.

Doce minutos. Mucho tiempo. En hockey, doce minutos son una vida.

Había visto partidos de tres goles en dos minutos.

Había visto porteros perder la temporada en uno.

En Espoo perdí una semifinal así. Un gol malo, de los que entran despacio.

Después del partido el entrenador dijo: estas cosas pasan.

Al día siguiente empezó a probar al otro portero.

Estas cosas pasan, sí. Pasan porque alguien decide que pasen.

Yo aprendí la lección. Los goles malos no se pagan una vez. Se pagan todas las semanas.

Antes de que acabara el periodo marcamos otra vez. Dos a uno. En el descanso el vestuario hablaba bajo. Vicho gritó otra vez, pero menos. Kuba se sentó a mi lado. Kuba siempre se sentaba a mi lado desde hacía una semana. Antes su sitio era junto a la puerta. Ahora junto a mí. No pregunté por qué.

—Bien —dijo—. El primero no tenías culpa. Pantalla. No se ve.

—Lo sé.

—Si lo sabes, no pienses en él.

—No pienso.

—Mientes mal —dijo, y se rio bajito.

Kuba tiene treinta y cuatro años. Es checo.

Llevaba en el equipo desde la segunda división.

Sabe todo de todo el mundo. Él me enseñaba español en los viajes.

Me enseñaba las palabras útiles. «Rebote.

» «Pantalla.» «Descanso.» También me enseñaba las palabras no útiles.

El día antes me enseñó «chirigota». No sabía cuándo iba a usarla.

Tercer periodo. Koldsan apretó. Ocho tiros.

Ocho paradas. Una fue de las difíciles, un dos contra uno, pase atrás y tiro a la escuadra.

Llegué con el guante. No supe cómo llegué.

A veces el cuerpo llega antes que yo. La grada gritó mi nombre.

No mi nombre. Gritaban «portero, portero».

Es su manera de decir mi nombre. Todavía no se lo han aprendido bien.

Halme tiene una letra que aquí no existe.

El tercer periodo es mi periodo. Siempre lo fue.

Los primeros son de los nervios. Los segundos son de los técnicos.

Los terceros son de los porteros. Cuando las piernas de los demás pesan, la portería se hace grande para ellos y pequeña para mí.

Es una sensación física. Se siente en las manos.

Las manos saben antes que la cabeza. Las mías aquel día lo sabían.

Entre las paradas, escuchaba. La Grada Norte tiene un ritmo.

Tambor, pausa, tambor, canción. Los jugadores rivales tienen otro ritmo.

Los palos, los patines, la respiración. El partido es música si sabes oírlo.

Yo sé oírlo. Es lo único que siempre supe hacer bien desde niño.

Escuchar el hielo. En Espoo, los otros niños querían marcar goles.

Yo quería oír el disco chocar contra mi guante.

Los entrenadores decían: este niño es raro. Tenían razón. Los raros somos porteros.

Con dos a uno y ocho minutos, Koldsan sacó al portero. Seis contra cinco. El momento feo. El momento en que la portería parece más pequeña y más grande a la vez. Tres tiros. Los tres los tuve. El último me quedó muerto al lado y lo cubrí con el cuerpo otra vez. Silbato.

Marcamos a puerta vacía. Tres a uno. Y otra vez en la última jugada, porque ellos volvieron a sacar al portero y cometieron un error.

Cuatro a uno. Ellos marcaron el segundo en el último segundo, un tiro desde el centro que me rozó el patín y entró.

Cuatro a dos. No importó. Importó y no importó. Lo apunté igual. Los apunto todos.

El silbato final sonó y el pabellón se levantó. Me quitaron el casco los compañeros, me golpearon la cabeza con los guantes, Brett me abrazó con el equipo puesto y olía fatal. Ganamos. Uno a cero en la eliminatoria. El miércoles, en León, el segundo.

Iván vino el último. Me chocó el guante, portero contra portero.

No dijo nada. No hacía falta. Entre porteros las palabras sobran casi siempre.

Él sabía lo que yo había sentido en el tercer periodo.

Yo sabía lo que él había sentido en el banquillo.

Los dos lo sabíamos y los dos seguíamos siendo compañeros.

Eso no pasa en todos los equipos. Lo sé.

Lo he visto. Por eso esta casa me gusta.