La última línea (Los del hielo 4) Capítulo primero — El turno de las seis #3
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Capítulo primero — El turno de las seis #3

En casa, en la escalera, en la cocina, Niko Halme era una presencia silenciosa y torpe, un chico alto que se agachaba para pasar por el marco de la puerta del desván y que decía «gracias» con cara de pagar peaje.

En el hielo era otra especie: quieto, cuadrado, plantado en la portería como si la hubieran construido a su alrededor, y de repente rápido de una manera que no parecía humana, una pierna que salía sola, un guante que aparecía donde el disco iba a llegar dentro de medio segundo.

No celebraba las paradas. Las anotaba, como quien marca una entrega en el parte.

Ganaron cuatro a dos. La Grada Norte cantó hasta quedarse ronca, y cuando faltaba un minuto, con el resultado ya cerrado, el pabellón entero se puso de pie y gritó «portero, portero», y el finlandés levantó el guante medio segundo, una vez, y volvió a colocarse para el saque, impasible.

—Ese chico —dijo Yessi, gritando contra mi oreja— tiene algo raro.

—Tiene veinte años y para discos —grité de vuelta.

—No. Otra cosa. No sé. Como si estuviera solo en todas las fotos.

Bajé la vista hacia la portería. Él estaba de espaldas, esperando el reinicio, con el número uno a la espalda y el casco liso sin pegatinas, el único casco del equipo sin pegatinas. Solo en todas las fotos. Yessi tenía un don para decir cosas certeras con vocabulario de bar.

A la salida, mientras la gente se arremolinaba hacia el bar de Sebas, vi a Sara en la puerta de prensa hablando con un hombre de traje que llevaba una acreditación colgando.

Ella señalaba la grada con la barbilla, y por un momento su cara se leyó entera desde lejos: orgullo, hambre y la cuenta de las trescientas sillas vacías escrita en la frente.

—Novecientas —dijo Yessi, siguiendo mi mirada—. Tu número.

—No es mío —dije—. Es de ella.

Y sin embargo, de camino al coche, me pillé haciendo la cuenta al revés: trescientas personas.

Trescientas personas eran seis autobuses escolares llenos.

Eran el turno completo de un polígono mediano.

No era un número imposible. Era un número con mala distribución, eso era todo, y los números con mala distribución eran, literalmente, mi trabajo.

En casa, la luz amarilla de la cocina estaba encendida.

Él todavía no había vuelto; los jugadores se quedaban siempre a la charla del vestuario y luego a cenar algo con el equipo, había dicho el fisio.

Mi madre ya dormía. Me hice un té y me senté un rato frente a la pizarra de la nevera, mirando la semana que venía: el lunes, «Málaga» con letra de farmacia; el miércoles, el segundo partido de cuartos en León; el jueves, el posible tercero en casa; y en la casilla del jueves, a la orilla, la portería diminuta que no había borrado.

La había mirado cincuenta veces desde el jueves. Seguía sin borrarla. Me decía que era por no manchar la pizarra, que el lápiz deja sombra, que ya la limpiaría el lunes.

Oí la llave en la puerta cerca de la una.

Pasos en la entrada, la puerta que se cierra con el cuidado exagerado de no despertar a nadie, y luego la escalera, que crujía en el tercer y en el séptimo peldaño, siempre igual, un patrón que mi madre usaba para saber quién subía sin abrir los ojos.

Los pasos llegaron hasta el descansillo, se detuvieron un momento a la altura de la cocina, y siguieron hacia arriba.

Yo seguía sentada con el té frío. No sé por qué no me había ido a la cama. O sí lo sé, y prefiero la versión en la que me quedé a apagar la luz amarilla, que era mi casa y mi luz y mi madre me había dejado una lista de instrucciones.

Al final no la apagué. Subí a mi piso, me acosté y me quedé escuchando la casa: el silencio de abajo, el silencio de arriba, y entre medias el mío, que era el único que hacía ruido.

El lunes por la mañana acompañé a mi madre al cercanías de las nueve. Llevaba la maleta pequeña, el termo grande y la lista de instrucciones duplicada, una copia para mí y otra que me leyó en voz alta mientras esperábamos en el andén, aunque la conocía de memoria y ella sabía que la conocía.

—El gas. La basura. La luz de la escalera.

—Mamá.

—Y una cosa más —dijo, mirando los raíles, no a mí—. Que no se suba a tu piso.

El tren llegó con su frenazo de costumbre.

Ella subió, encontró su asiento junto a la ventanilla, y desde la ventanilla me hizo el gesto de «llámame» con la mano en la oreja.

El tren arrancó a las nueve en punto, porque los trenes de cercanías, a diferencia de las personas, todavía respetan las ETA.

Volví andando a casa por el camino largo, el que bordea el polígono, y vi pasar los primeros camiones del día con la extrañeza de mirar el propio trabajo desde fuera. En la puerta de casa me detuve con la llave en la mano.

Una temporada entera. La casa iba a ser mía una temporada entera. Bueno: mía y de un finlandés de veinte años que dibujaba porterías en los márgenes de mi vida y dejaba luces encendidas como mensajes en botella.

Entré. La cocina estaba limpia, la pizarra llena de casillas azules y, en el desván, por primera vez desde que vivía allí, se oía moverse a alguien a plena luz del día. Pasos. Una silla. El runrún de una radio en un idioma que no entendía, bajito, casi una disculpa.

Me quedé en la cocina un rato, con la mochila aún puesta, mirando la escalera.

Después hice lo único sensato: saqué el rotulador azul, escribí en la casilla del lunes, debajo de «Málaga», la frase «casa sola: turno completo», y me fui a trabajar.

No borré la portería. Que conste en acta.