Capítulo primero — El turno de las seis #2
El viernes amaneció con niebla en el polígono y con el turno de las seis convertido en un rompecabezas de visibilidad.
A las siete y media ya había dos tráilers en espera y un carretero gallego explicándome por la radio que la niebla de la A-4 no era niebla, era «un cabreo de Dios».
Le asigné muelle dos, le prometí café y anoté su ETA revisada con el alivio de colocar una pieza difícil.
A media mañana, en la pausa, me puse a mirar el hielo.
No el del polígono, que era asfalto mojado, sino el otro: el calendario de la Pista Norte que tenía guardado en favoritos.
Los Árticos jugaban cuartos de final contra Koldsan León, al mejor de tres: el sábado en casa, el miércoles fuera, y si hacía falta, el jueves otra vez en casa.
Tres fechas que ya estaban en mi pizarra de la nevera con rotulador azul, porque el fisio las había mandado junto con los horarios de hielo compartido y yo las había copiado antes de darme cuenta de que no eran cosas mías.
O sí lo eran. Esa era la parte rara: desde que el finlandés vivía en el desván, los horarios de los Árticos habían dejado de ser «horarios ajenos» para convertirse en logística doméstica.
Si él entrenaba a las seis de la mañana, mi madre programaba la lavadora a las ocho.
Si había partido, la cena era a las diez y media, no a las nueve.
Todo mi sistema de navegación vital se había recalculado alrededor de una persona que apenas me hablaba, y lo había hecho con la facilidad con la que el GPS traga una obra nueva.
Volví a casa a las dos y cuarto. La luz de la cocina estaba apagada, era de día, pero en la pizarra de la nevera había novedad: mi madre había escrito en la casilla del lunes, con su letra de farmacia, «Málaga». Debajo, con la misma letra, «hasta que Pili se valga».
La encontré en su cuarto, doblando ropa encima de la cama con la mala leche ordenada de las que nunca pierden un calcetín.
—¿Málaga?
—Tu tía Pili se ha caído —dijo, sin dejar de doblar—. Nada grave. La muñeca. Pero no puede ni freírse un huevo, y tu prima está de exámenes. Me voy el lunes. Vuelvo cuando tu tía pueda valerse. El cercanías de las nueve.
Mi tía Pili se caía una vez al año desde hacía años, y cada vez mi madre hacía el mismo ritual: maleta pequeña, termo grande y una lista de instrucciones para mí que crecía cada año aunque yo ya tenía veinticuatro.
—El gas lo cierras por la noche. La basura los martes y los viernes. Y al chico le dejas la luz de la escalera encendida, que sube de noche.
—Ya la deja él —dije—. La de la cocina. Todas las noches.
Mi madre dejó de doblar un segundo. Solo un segundo.
—Pues menos que tienes que hacer —dijo, y siguió con los calcetines.
Aquella noche cenamos las dos solas, tortilla y ensalada, y arriba no se oyó ni un paso.
Él tenía costumbre de bajar a la pista los viernes por la noche, cuando el hielo quedaba libre después de las clases de la escuela de patinaje: el fisio me lo había contado una vez, medio en broma, diciendo que el finlandés se entrenaba solo con las luces a medias y que Sebas, el hielero viejo, le dejaba entrar porque «ese chico riega mejor que algunos que cobran».
Yo me lo imaginaba allí, en el pabellón vacío, con el eco de los patines y la respiración de alguien que no necesita público, y me daba una envidia rara, de la que no se puede decir en voz alta: envidia de tener un sitio donde ser tú sin que nadie lo cronometre.
El sábado amaneció limpio. Hice el turno de las seis, que era turno corto por ser fin de semana, y a las once ya estaba en casa con la bufanda azul de las Auroras en la mochila y una sensación de puente festivo mal aprovechado.
Yessi pasó a buscarme a las cinco y media con el coche de su hermano, que olía a perrito caliente y a ambientador de pino en guerra abierta.
—Tú sabes que esto es raro, ¿no? —dijo en cuanto cerré la puerta.
—¿El qué?
—Ir a ver al equipo rival de hielo. Con el que compartimos fisio. Que tiene a tu inquilino de portero.
—No es rival, es vecino de pista. Y no es mi inquilino, es el inquilino de mi madre.
—Ajá —dijo Yessi, que era capaz de cargar un «ajá» con más información que un informe pericial.
La Pista Norte quedaba en un polígono viejo del norte de Madrid, de esos que fueron naves de logística antes de que la logística se mudara a polígonos más grandes y dejara las naves como conchas vacías.
Alguien había convertido una en pista de hielo, y los Árticos habían convertido la pista de hielo en equipo, y el equipo, en tres años, había convertido un barrio entero en gente que sabía lo que era una superioridad numérica.
El pabellón tenía mil doscientas localidades, una calefacción con criterio propio y un techo del que colgaban bufandas, pancartas y, según Sebas, «el polvo de todos los partidos que se han jugado aquí, que eso no se quita ni con agua bendita».
Entramos con la entrada de diez euros, la de pie, detrás de la portería que defendían en la segunda parte.
La Grada Norte, el grupo de animación, ocupaba el fondo entero con sus tambores y sus banderas: sesenta personas de núcleo duro, decía Eugenia, la de las redes, que los contaba para sus estadísticas como yo contaba palés.
Alrededor, el resto del pabellón se iba llenando a medias: familias con niños de la escuela de patinaje, parejas de edad, grupos de chavales con cerveza del patrocinador.
Yessi miró alrededor y silbó bajito.
—Esto no estaba así el año pasado.
—El año pasado cabían doscientas personas más en las esquinas —dije—. Hoy hay novecientas, más o menos.
—¿Cómo sabes que son novecientas?
No lo sabía. O sí: llevaba años mirando gradas con el mismo ojo con que miraba muelles de carga, calculando ocupaciones, huecos, flujos.
Conté las secciones vacías sin querer, como se cuentan los semáforos en rojo: la grada lateral alta tenía dos sectores cerrados, el fondo sur iba al sesenta por ciento, las esquinas eran un mapa de huecos.
Novecientas de mil doscientas. Setenta y cinco por ciento.
Lo calculé antes de poder evitarlo, y entonces me acordé de Sara.
Sara era la responsable de prensa y de mil cosas más de los Árticos, y todo el mundo en la Pista Norte conocía su obsesión: llenar el pabellón.
Mil doscientas personas, un día, una sola vez.
El año anterior habían llegado a mil tres en el último partido de liga, «nos faltan ciento noventa y siete», había dicho Sebas en su bar, y lo decía como quien repite una cuenta pendiente.
Sara había llorado de rabia aquel día, me había contado Yessi, que lo sabía todo porque escuchaba en los vestuarios ajenos con la naturalidad de una jardinera titulada.
—El año que viene —le había dicho Sara a Sebas, según la versión oficial del bar—. El año que viene se llena esto hasta el techo.
Y ahora era el año que viene. Y eran los play-offs. Y en el banquillo de prensa se veía la silueta de Sara con su carpeta, y alrededor quedaban trescientos asientos vacíos, trescientas sillas plegables grises esperando a alguien que todavía no había decidido venir.
El partido empezó con el rugido de costumbre y con el himno de la grada, que no era un himno sino una frase gritada con las manos en bocina: «¡Hielo en las venas!
». Los Árticos salieron fuertes, marcaron a los cuatro minutos, y el pabellón hizo ese ruido de bolsa de aire que revienta que tienen los pabellones pequeños, el que te sube por la suela de los zapatos.
Y luego salió él a defender la portería del fondo, la nuestra, y dejé de mirar los huecos.