La última línea (Los del hielo 4) Capítulo primero — El turno de las seis
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La última línea (Los del hielo 4)

La última línea (Los del hielo 4)

Por Nora Valdavia

© inepub.com

Capítulo primero — El turno de las seis

El camión de las seis llegó a las seis y cuarenta, y con eso ya supe que el jueves iba a ser de los que se arrastran.

En el muelle tres del polígono, la primera hora es la que manda.

Si el primer tráiler entra en su ventana, el resto del día encaja como los palés en una estantería bien nivelada; si se retrasa, todo lo demás nace con cojera y tú pasas ocho horas pidiéndole perdón a un horario.

Yo llevaba cinco años pidiéndole perdón a horarios, y se me daba bien, que no es lo mismo que decir que me gustara.

—Roque, el de Getafe pregunta que cuánto.

—Dile que cuarenta minutos, y que si apura el café son treinta.

Mentí con solvencia. Mentir con solvencia era el noventa por ciento de mi trabajo: el otro diez era mover rectángulos de colores por una pantalla y saber de memoria qué carretero soportaba la radio y cuál no.

En la pantalla grande del centro de control, el mapa de la Comunidad de Madrid era una red de arterias, y cada arteria tenía un nombre, una ETA y una excusa.

ETA: hora estimada de llegada. Tres letras que ordenaban mi vida desde los diecinueve, primero en los albaranes de otros y luego, sin darme cuenta, en todo lo demás.

A las ocho y veinte el día volvió a su carril.

A las nueve ya nadie se acordaba del susto.

Así era el turno de las seis: drama madrugador, digestión rápida, y a las dos de la tarde te ibas a casa oliendo a gasoil y a café recalentado con la sensación de haber desactivado doce incendios que nadie vio arder.

Yo vivía a veinticinco minutos del polígono, en la casa de mi madre, en Valdemoro.

Casa es mucho decir y también es poco: dos plantas de las de siempre, la suya abajo, la mía arriba, y un desván que durante años fue trastero con ventana y desde febrero era el cuarto de un finlandés de veinte años que jugaba al hockey.

Al hockey. En Valdemoro. Ya sé.

La historia corta era que los Árticos de Madrid entrenaban en la Pista Norte, que quedaba a cuatro paradas de cercanías, y que el fisio que los Árticos compartían con mi equipo, las Auroras, sabía que mi madre tenía un desván sin usar y una pensión de viudedad que no llegaba a todas partes.

Un día de febrero mi madre me lo soltó en la cocina, entre el pan y el tomate.

—Viene un chico a quedarse hasta final de temporada. Es portero. Finlandés. No habla casi.

—¿Y le has dicho que sí?

—Le he dicho que la escalera cruje.

Eso, en el idioma de Marisa Roque, era un sí con todas sus letras.

Mi madre no decía sí desde que mi padre murió, desde que aprendió que decir sí era firmar papeles que luego nadie te devolvía.

Decía «la escalera cruje» y tú ya entendías que había hecho cuentas, medido riesgos y decidido que un chaval silencioso que pagaba al contado era mejor inquilino que la mayoría de los seres humanos.

El chaval resultó llamarse Niko Halme. Llevaba en casa dos semanas y yo todavía no sabía si era tímido, educado o un mueble con pasaporte.

Lo había visto en persona cuatro veces: la mudanza, dos cruces en la escalera y una mañana en la cocina en la que cada uno se hizo su café en silencio, turnándose la cafetera como se turnan los carriles en un desvío.

En la mudanza subí a ayudar con las sábanas, porque mi madre me ordenó que subiera a ayudar con las sábanas, y fue la única vez que estuve dentro del desván desde que él vivía allí.

Había poco que ver: una cama hecha con geometría militar, una maleta aún a medio deshacer, el equipo de portero apoyado contra la pared con orden de taller, y una cosa que no encajaba con el resto.

En la pared, sobre la mesilla, colgaba una medalla. Grande, dorada, con una cinta azul y blanca. Yo no sé de medallas, pero sé de envíos, y aquello tenía pinta de haber viajado en cabina, no en bodega. Él me siguió la mirada y dijo una frase entera, la primera que le oía completa.

—Del mundial. Júnior. Hace tres años.

—Menuda chapa —dije, que era mi manera de decir enhorabuena sin dar la lata.

—Sí —dijo él, y ni una palabra más, y giró la medalla hacia la pared con dos dedos, suave, como quien le da la vuelta a un reloj para no ver la hora.

Aquello me quedó dentro. Una medalla de oro colgada del lado de la pared no era modestia, era otra cosa, y durante dos semanas me pregunté qué cosa era, sin preguntárselo a nadie, porque las preguntas sobre el inquilino las archivé en la misma carpeta mental que los paquetes sin remitente: no se abren, se dejan en la estantería y ya llegará el dueño.

Lo que sí sabía era su horario, porque era imposible no saberlo: se levantaba antes que los camiones, volvía del entrenamiento de madrugada cuando yo apagaba el despertador, y dejaba la luz de la cocina encendida.

Todas las noches. La luz pequeña de encima del fregadero, la amarilla, la que no despierta a nadie.

La primera vez pensé que se la había dejado por descuido.

La quinta vez entendí que no, que aquello era deliberado, y que era lo más parecido a una conversación que habíamos tenido hasta entonces.

El jueves uno de marzo llegué a casa a las dos y media, y la cocina estaba vacía y olía a café recién hecho.

Él debía de estar arriba, dormido o dándole vueltas a cosas de portero, que era lo que hacía los días sin partido según el fisio.

Abrí la nevera por costumbre, aunque a esa hora nunca comía, y entonces lo vi.

Mi madre y yo teníamos en la puerta de la nevera el planning semanal: una pizarra blanca de imanes con siete columnas, sus citas médicas, mis turnos, los horarios de hielo compartido de Árticos y Auroras que el fisio nos pasaba cada mes y que yo copiaba con rotulador azul porque el azul era el color de las cosas que no se podían tocar.

Encima de la pizarra había una foto sujeta con un imán de un flamenco, de una feria de hacía años, y debajo la lista de la compra.

En mi columna del jueves, en la casilla de las dos de la tarde, alguien había dibujado con lápiz una portería de hockey diminuta.

No un corazón. No una flor. Una portería: dos postes, el larguero y la red hecha con cinco trazos cruzados, del tamaño de una uña, con una pulcritud de dibujante de planos.

Estaba justo en el hueco donde yo había escrito «comer + dormir», y estaba dibujada tan a la orilla que parecía querer no molestar.

Me quedé mirándola el tiempo que tarda un semáforo en cambiar.

Luego miré hacia el techo, a ver si por fuerza de mirar llegaba a ver a través de dos plantas hasta el desván, y allá arriba no se oía nada.

Nunca se oía nada. Ese era el problema del finlandés: que no hacía ruido, y una casa sin ruido es una casa que te obliga a escuchar tus propios pensamientos.

Borré la portería. O mejor dicho, levanté el dedo para borrarla y no lo hice, y salí de la cocina con el dedo aún levantado, como esas señalizaciones que no apuntan a ninguna parte.

Por la tarde, en el sofá, hice lo que hacía siempre los jueves: revisar el planning de la semana siguiente con el móvil en la mano, pasando citas de la pizarra al calendario y del calendario a la cabeza. A las seis me escribió Yessi por el grupo de las Auroras.

«Pasado mañana primer partido del play-off de ellos. ¿Vamos? Es sábado pero lo han puesto a las siete.»

«Las siete es sábado en cualquier país del mundo», contesté.

«Ya, pero tú lo dices como si te ofendiera personalmente.»

No me ofendía. Lo que me pasaba con los Árticos era más complicado, y tenía historia.

Las Auroras habíamos terminado la temporada el veinticuatro de febrero, una semana antes: semifinal de la Iberdrola, derrota en la prórroga, temporada buena pero corta, y desde entonces yo era una capitana sin calendario, que es como ser una farola de día.

Los Árticos, en cambio, habían acabado la liga regular terceros y empezaban el play-off el sábado.

Compartíamos pista, fisio y calefacción averiada, pero no compartíamos marzo: el suyo empezaba justo cuando el nuestro se acababa.

Y encima, desde febrero, compartía casa con su portero suplente, que ahora resultaba que era el portero titular. Titular del play-off. Del equipo que yo iba a ir a ver con una bufanda de otro equipo en la mochila.

«Voy», escribí. «Pero yo no soy de ir a ver partidos ajenos, que conste.»

«Claro que no. Tú eres de ir a inspeccionar hielo.»

Yessi me conocía demasiado. Cuatro años jugando de extremo a mi lado le habían dado para aprenderse todos mis sistemas de navegación: que yo no «iba a sitios», yo hacía recorridos; que no «me gustaba alguien», yo le asignaba ventana horaria.

Lo de inspeccionar hielo era una broma vieja: de pequeña, mi padre me llevaba a la pista los domingos y yo me pasaba el primer minuto mirando el hielo para ver si estaba recién regado o comido, y él decía que algunas personas entran a los sitios mirando la decoración y yo entraba mirando el estado de la calzada.

Mi madre volvió del súper a las siete, y mientras guardaba la compra le conté lo del partido del sábado. Ella asintió con la cabeza en el modo «te escucho pero estoy calculando», que era su modo base.

—El chico juega, ¿no? ¿El de arriba?

—El portero. Sí. Es el titular para el play-off.

—Pues dile que no se suba a tu piso —dijo, y puso la leche en la nevera.

Me reí. Ella no.

—Mamá, tiene veinte años y habla diez palabras al día. En finlandés deben de ser veinte, pero en español diez.

—Yo no he dicho nada de la edad —dijo, y cerró la nevera con la cadera—. He dicho lo de la escalera.

Y ahí lo dejó. Marisa Roque llevaba veintiocho años casada con un camionero y once viuda del mismo, y hablaba de las personas como se habla del tiempo: sin esperar que te hagan caso, pero dejando constancia por si acaso.