Capítulo 30
…y entonces, en lo hondo del lago, en mitad del blanco, unas manos la agarraron.
Manos vivas. Manos cálidas en aquel frío de muerte, que la cogieron por debajo de los brazos y tiraron de ella hacia arriba con una fuerza que no parecía caber en un cuerpo, hacia donde estaba la superficie, hacia donde estaba el aire, hacia donde estaba la vida.
Cailean.
Había sido un último esfuerzo de hombre que se muere.
En Corbie Hall, hundido bajo lo negro, demasiado débil para levantarse, le había entrado de pronto, en mitad de la noche, una certeza atroz —la del nudo del pecho tirando, tirando, como si algo al otro lado del lago tirara de él— de que Eilidh lo necesitaba en ese instante o ya nunca.
Y se había arrancado de la cama, y había cruzado las cuatro millas a oscuras medio a rastras, cayéndose, levantándose, con la flor estrangulándolo a cada paso, hasta llegar a la orilla justo a tiempo de ver a la mujer que amaba tirarse a un lago negro y no volver a salir.
Y entonces, sin pensarlo, moribundo como estaba, se había tirado detrás de ella, a la oscuridad, a buscarla a ciegas, guiado solo por una claridad pálida que no entendió y que lo llevó derecho a ella.
Ahora la subía. Pataleando hacia arriba con lo último que le quedaba, con Eilidh inerte entre los brazos, y con los huesos de Eithne y el estuche de plomo que ella seguía agarrando contra el pecho hasta inconsciente, sin haberlos soltado, porque no había bajado a por ella para soltarla.
Rompieron la superficie los tres a la vez. Eilidh, Cailean, y la verdad.
Y en el instante exacto en que los restos de Eithne y el estuche plomado salieron del agua a la noche, en el instante en que la prueba enterrada doscientos años tocó por fin el aire libre del solsticio a la vista de los que esperaban en la orilla, el nudo, en el pecho de Cailean, se rasgó del todo.
* * *
Eilidh no lo vio, porque estaba ahogada. Lo supo después, contado.
En la orilla había gente. El reverendo Sloan había recibido la nota de la lavandera, y había subido al lago en lo oscuro con un puñado de hombres del pueblo y dos faroles tapados, y se había escondido entre los juncos sin entender del todo qué esperaba, hasta que oyó, rasgando la noche, un nombre gritado sobre el agua: Eithne.
Y luego un chapuzón, y luego el grito de una vieja, y luego a un hombre medio muerto tirándose al lago.
Y habían salido todos de los juncos con los faroles ya destapados, corriendo a la orilla, justo a tiempo de ver emerger del agua negra a Cailean Sinclair, con la nieta de los Dunmore en los brazos y un montón de huesos pálidos y una caja de plomo apretados contra ellos.
Y todos vieron, a la luz de los faroles, la cosa que ninguno entendió entonces y que contarían el resto de su vida: cómo, en el momento en que aquellos huesos salieron del agua, la mancha negra que le cubría a Cailean media cara y el cuello entero —la flor de la muerte que medio valle sabía que llevaban los hombres que querían a una Dunmore— se retiró.
Así, sin más. Como se retira la marea. Como si el nudo que la sostenía se hubiera soltado de golpe y la red entera se deshiciera.
Las venas oscuras palidecieron, los pétalos negros se borraron, la rama se replegó sobre sí misma y desapareció, y debajo, donde había estado la muerte, quedó la piel limpia de un hombre vivo. En unos segundos. Delante de todos.
El nudo se había soltado exactamente al aflorar la verdad. La mentira había vivido doscientos años en el fondo del agua; en el instante en que la sacaron a la luz, dejó de poder matar a nadie.
Cailean estaba libre.
* * *
Pero a Eilidh la sacaron muerta. Casi.
La tendieron en la hierba helada de la orilla, gris, sin respirar, con el lago dentro del pecho, y Cailean, que un minuto antes se moría y ahora vivía, se arrodilló sobre ella y le apretó el pecho con las manos, una y otra vez, llamándola, suplicándole, mientras Sloan rezaba y los hombres miraban sin saber qué hacer.
Le apretó el pecho hasta que el agua negra le salió a Eilidh por la boca a borbotones, y siguió apretando, y la giró, y le sacó más agua, y siguió, terco, desesperado, vuelve, vuelve, vuelve, no te he sacado del fondo para perderte en la orilla , hasta que el cuerpo de Eilidh se convulsionó, y tosió, y escupió la última agua, y tomó aire —una boqueada rota, enorme, dolorosa— y volvió.
Volvió al mundo de los vivos en la orilla de un lago, en la noche del solsticio, tosiendo agua, helada hasta los huesos, viva.
—Estás aquí —lloraba Cailean, abrazándola, con la cara limpia, sin rastro de lo negro—. Estás aquí. Lo hiciste. La sacaste. Funcionó, Eilidh, mírame, mira mi cara, se fue, se fue del todo, lo rompiste. Estás aquí y yo estoy aquí y los dos estamos vivos.
Y Eilidh, tiritando entre sus brazos, escupiendo lago, sintió la verdad de aquello —vivos, los dos, la marca rota, la prueba a salvo en la orilla, Eithne fuera del agua— y quiso llorar de alegría.
Pero al ir a hacerlo, notó que algo faltaba.
* * *
Lo notó despacio, según volvía en sí, según el cuerpo se le iba calentando. Una ausencia. Un silencio nuevo, raro, en un sitio de ella que llevaba ocupado toda la vida.
Buscó a Eithne. Por instinto, como había buscado siempre a la mujer del agua, volvió la cabeza hacia el lago, hacia los huesos de la orilla, esperando verla —la claridad, la figura, la mirada—, esperando sentirla cerca como la había sentido cada día desde el sur, como la había visto cara a cara hacía unos minutos en el fondo blanco.
Y no había nada.
El lago era solo agua negra. Los huesos eran solo huesos.
La orilla estaba llena de gente viva, de faroles, de Cailean, y no había en ninguna parte ni una sombra, ni un frío, ni una presencia, ni el menor jirón de aquel otro mundo que Eilidh había llevado pegado a los talones desde que tenía memoria.
Buscó dentro de sí la puerta por la que entraban las visiones, la que había aprendido a abrir a propósito en aquella misma orilla hacía un mundo, y la puerta no estaba.
Donde había estado, había pared. Lisa. Muda.
La videncia se había apagado.
El lago, que era la fuente de todo lo que Eilidh había visto nunca, el agua de los muertos, la había recibido entera, ahogada, en su seno, y al devolverla le había quitado a cambio el don con que había nacido.
Ahogarse en aquella agua había quemado lo que la hacía verla.
Lo entendió allí mismo, tiritando, con una certeza tan clara como triste: nunca más.
Nunca más vería a Eithne, ni a su madre, ni a ninguna de ellas.
Nunca más se le aparecería la mujer del agua a los pies de la cama.
Los muertos, para ella, se habían callado para siempre.
Había bajado al fondo a sacar a una muerta a la luz, y a cambio había perdido la capacidad de volver a verla nunca.
Y lo más extraño de todo, lo que la dejó allí sentada en la hierba mucho rato, con Cailean abrazándola sin entender por qué lloraba si todo había salido bien, fue darse cuenta de que aquella pérdida le dolía y la aliviaba a la vez.
Le dolía como duele perder un sentido, una parte del cuerpo, una compañía.
Y la aliviaba como alivia soltar un peso que se ha cargado demasiado tiempo.
Toda la vida había querido ser normal. Toda la vida había rezado por que se callaran las voces, por dejar de ver lo que nadie veía, por ser una mujer cualquiera.
Y por fin lo era. Lo había pagado con lo único que de verdad era suyo. Pero por fin lo era.
Eilidh levantó la cabeza del hombro de Cailean y miró el lago negro, callado, ordinario, sin nadie dentro que la mirara de vuelta.
Y miró la orilla, llena de vivos. Y respiró el aire de la medianoche del solsticio, que había dejado de ser la noche que mataba para convertirse, sin más, en la noche más larga del año, fría y vacía y suya.
Estaba viva. Estaba sola en su propia cabeza por primera vez. Y el mundo, alrededor, se había quedado en silencio.