Capítulo 31
Mairead lo había visto todo desde la orilla.
Había visto a Eilidh gritar el nombre y tirarse al agua contra su voluntad y su credo.
Había visto salir a Cailean de los juncos y lanzarse detrás de ella, moribundo.
Había visto a Sloan y a los hombres del pueblo aparecer con los faroles, testigos, justo lo que doscientos años de guardianas habían evitado a toda costa.
Había visto emerger del lago los huesos de Eithne y el estuche de plomo a la luz de los faroles, la prueba enterrada, la verdad fuera del agua.
Y había visto —esto fue lo que la quebró— cómo, en el instante en que aquellos huesos tocaron el aire, la flor negra desaparecía del cuerpo de Cailean sin que la octava hija hubiera muerto.
Sin el sacrificio.
Se quedó de pie junto a su barca inútil, con el cordón inútil en las manos, mirando aquello, y Eilidh, tendida en la hierba, recobrándose, la vio deshacerse despacio, de dentro afuera, como se deshace un edificio cuando le quitan el muro maestro.
Porque toda la fe de Mairead se sostenía sobre una sola idea: que aquello servía para algo.
Que las muertes tenían un sentido. Que la octava, dada con amor, cerraba la cuenta, liberaba a la familia, salvaba al Sinclair.
Era la mentira que se había contado cada noche durante veintitrés años para poder seguir respirando después de lo que hacía.
Y acababa de ver, con sus propios ojos, a plena luz de farol, que era falsa.
Que la marca se rompía con la verdad, no con la sangre.
Que Cailean se había salvado porque la mentira había salido a la luz, no porque ninguna niña hubiera entrado en el agua.
Que el sacrificio nunca había hecho falta.
Que nunca, ni una sola vez, en doscientos años, había hecho falta.
Lo cual significaba una cosa sencilla y atroz, que Mairead entendió allí de pie, y que la deshizo: que todo había sido para nada.
Que había ahogado a su propia hermana, y a su sobrina Sorcha, y había criado veintitrés años a una niña para matarla, y había sostenido sobre su conciencia el peso de siete muertas, por una mentira.
Que no había redimido a nadie. Que no había cerrado ninguna deuda.
Que solo había matado, y matado, y matado, por nada.
* * *
—Tía. —Eilidh la vio, y supo lo que estaba pasando en aquella cara, y algo en ella, a pesar de todo, a pesar del lago en los pulmones y del nombre que aquella mujer había querido robarle, se asustó—. Tía, mírame.
Mairead la miró. Y a Eilidh le partió el alma lo que vio, porque no era la cara de un monstruo.
Era la cara de una vieja a la que acaban de quitarle lo único que le permitía vivir consigo misma.
Una mujer mirando, de golpe, sin filtro, todo lo que había hecho, y entendiéndolo por fin como lo que era.
No quedaba en ella credo, ni misión, ni amor terrible, ni certeza. Solo el horror puro de sí misma.
—Para nada —dijo Mairead, en voz muy baja, casi para sí, soltando el cordón, que cayó a la hierba—.
Lo hice todo para nada. A Sorcha. A mi hermana.
A todas. —Le temblaba la voz como nunca le había temblado—.
No las salvé de nada. No cerré nada. Solo las maté.
Las maté a todas por una mentira que se rompía con decirla.
—Levantó los ojos hacia Eilidh, y estaban vacíos—.
Y a ti casi. A ti, que es lo único que he querido. Casi te mato a ti también. Por nada.
—Eso ya no importa —dijo Eilidh, deprisa, incorporándose con el cuerpo aún sin fuerzas, alargando una mano hacia ella—.
Se acabó, tía. Se acabó de verdad. No hay más cuenta, no hay más cadena, nadie más tiene que morir, ni tú tampoco.
Ven aquí. Aléjate del agua. Ven conmigo a la orilla.
Ya pensaremos qué hacer, pero ven aquí, anda. Dame la mano.
Por un instante pareció que Mairead iba a dársela. Miró la mano que le tendía la niña a la que había criado, la única persona del mundo a la que de verdad había querido. Y a Eilidh le pareció ver, en aquella cara deshecha, un último resto de la mujer que le había enseñado las letras.
Pero entonces Mairead negó despacio con la cabeza.
—No hay sitio para mí en esa orilla, mi niña —dijo, con una pena tan honda que ya no tenía fondo—. No después de esto. No conmigo dentro.
Y se volvió hacia el agua.
* * *
Sucedió deprisa, en lo oscuro, antes de que nadie pudiera llegar.
Eilidh gritó su nombre y trató de levantarse y las piernas no la sostuvieron.
Cailean, agotado, se lanzó hacia ella, y Sloan, y dos de los hombres, todos a la vez, corriendo por la orilla helada hacia la figura oscura que se metía en el lago.
Porque nadie, ni siquiera Eilidh, que tenía mil razones para desearle un castigo, quería aquello; lo que querían, todos, en aquel instante, era detenerla, sacarla, salvarla también a ella de la única forma que les quedaba.
No llegaron.
Mairead caminó hacia lo hondo sin mirar atrás, con paso firme, sin la duda con que había llorado en la orilla, y el lago la recibió como había recibido a tantas de la mano de ella misma.
Solo que esta vez no había ninguna mano que la llevara, ni ninguna mentira que le susurrara que no se enteraría.
Iba sola, sabiendo, hacia el mismo fondo al que había mandado a siete mujeres, a unirse con ellas, a tomar por fin la muerte que había repartido durante toda una vida.
El agua negra le subió a la cintura, al pecho, al cuello, y la guardiana de Dunmore, la última de doscientos años de guardianas, se dejó cerrar por encima de la cabeza por el mismo lago al que había entregado a las hijas de su sangre.
Eilidh, de rodillas en la hierba, sostenida por Cailean, no apartó la vista, aunque le habría costado menos.
Lloró. Lloró por la mujer que la había criado y que la había querido y que la había traído al norte a matarla, por aquella maraña imposible de amor y horror que había sido Mairead, por las letras de la infancia y los paños fríos de la fiebre y las siete muertas y su propia madre.
Lloró por todo a la vez, sin poder separarlo, porque no se podía separar.
Y cuando ya no quedó nada que ver, cuando la orilla volvió a quedarse en silencio y los hombres bajaron los faroles, despacio, sin saber qué decir ante lo que acababan de presenciar, el lago hizo una cosa que ninguno de los allí presentes había visto hacer nunca a aquel agua.
Se quedó quieto.
* * *
Eilidh lo notó sin entender al principio por qué le erizaba la piel.
El lago, que toda su vida —en sueños, en visiones, de cerca y de lejos— le había parecido una cosa viva, hambrienta, vigilante, una cosa que esperaba y que tiraba y que llamaba, se aquietó.
Los últimos círculos que había dejado Mairead se abrieron, se ensancharon, y se desvanecieron, y debajo no quedó más turbulencia, ni más tirón, ni más espera.
Solo agua. Agua negra y lisa y quieta bajo la noche sin luna, sin nada dentro que reclamara a nadie.
Por primera vez en doscientos años, el lago de Dunmore estaba saciado.
O, mejor dicho —porque ya no había maldición ni hambre que saciar, y Eilidh lo sabía—, por primera vez en doscientos años no había nadie que lo usara para matar.
La cadena no se había roto con una octava muerta, como creía Mairead.
Se había roto antes, en la orilla, cuando una mujer gritó un nombre en voz alta y subió la verdad del fondo.
Y ahora, con la última guardiana ida y la última hija viva, ya no quedaba quien sostuviera la vela, ni quien la pasara, ni a quién pasársela.
Se acababa en ella. En Eilidh. La octava, que en vez de morir callada había roto el silencio, era la última de la fila por una razón que nada tenía que ver con la muerte: porque después de ella ya no habría más hijas entregadas al agua. Nunca más.
El lago, quieto, negro y por fin vacío, lo confirmaba a su manera, devolviéndole a la noche del solsticio el primer reflejo de estrellas que aquella agua dejaba ver en dos siglos.