La última hija de Dunmore Capítulo 29
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Capítulo 29

Bajar fue entrar en otro mundo.

Arriba, en la orilla, todavía quedaba el resto de un mundo: el grito de Mairead, el aire, la idea de luz aunque no la hubiera.

Pero a dos brazadas de profundidad todo eso se cortó de golpe, y Eilidh se encontró en un sitio que no era de los vivos.

El frío dejó de ser frío y se volvió otra cosa, un apretón en todo el cuerpo, una mano de hielo cerrándose.

La oscuridad dejó de ser oscuridad y se volvió ceguera: ni arriba ni abajo, ni una sombra, ni un reflejo, solo un negro absoluto y espeso que se le metía por los ojos abiertos sin que vieran nada.

Y el silencio. Un silencio de tumba, denso, en el que solo se oía, lejísimos y como dentro de la cabeza, el latido de su propio corazón golpeando contra el agua.

Pataleó hacia abajo, a ciegas, con el aire ya empezando a pesarle en el pecho, y por un momento de puro espanto no supo hacia dónde estaba lo hondo ni hacia dónde la superficie.

Estaba perdida. En el fondo de un lago, de noche, sin luz, sin guía, ahogándose ya, buscando a tientas un cuerpo de hace doscientos años en una negrura sin fondo.

La locura de lo que había hecho se le vino encima entera.

Y entonces, en aquel negro imposible, vio una luz que no era luz.

* * *

Abajo, a su izquierda, más hondo, había una claridad pálida y fría, una mancha tenue de un blanco verdoso que no alumbraba nada y que sin embargo se veía, como se ven las cosas en los sueños. Y Eilidh supo, sin dudarlo, qué era. Quién era.

Era ella. Era Eithne.

La mujer del agua, que la había seguido desde el sur, que se le ponía a los pies de la cama, que le pedía su nombre, estaba ahora abajo, en su elemento, llamándola.

Pero no para llevársela. Para guiarla. La claridad pálida se movió, descendió un poco más, y se quedó esperando, como quien dice por aquí .

Eilidh nadó hacia ella, pataleando con las últimas fuerzas, dejando que la videncia, que toda su vida la había arrastrado adonde no quería ir, la llevara por fin adonde tenía que ir.

El descenso fue una pesadilla despierta.

Cuanto más bajaba, más se le aparecían cosas en el agua negra, a los lados, fragmentos, jirones de visión que el lago guardaba: una mano blanca que pasaba flotando, un cabello largo que se mecía sin cuerpo, caras que se asomaban un instante desde la negrura y se deshacían.

Las muertas. Las siete. El lago entero estaba lleno de ellas, de lo que habían dejado allí, y todas, al pasar Eilidh, se apartaban para dejarla bajar, como si supieran que aquella, la octava, no bajaba a quedarse, sino a sacar a la primera.

Y la claridad de Eithne, siempre delante, siempre más abajo, la guiaba a través de todas ellas hacia el fondo del mundo.

Le ardían los pulmones. El aire se le había convertido en un puño cerrado dentro del pecho, exigiendo salir, exigiendo que abriera la boca. Eilidh apretó los labios y siguió bajando.

* * *

Y de pronto la claridad se detuvo, y se posó, y Eilidh, estirando las manos en la negrura, tocó el fondo.

Cieno. Cieno frío y blando bajo los dedos, el limo de doscientos años.

Y entre el cieno, palpando a ciegas con el corazón a punto de reventar, tocó otra cosa.

Algo duro. Algo liso y largo y curvo que no era piedra.

Cerró la mano alrededor, y al cerrarla supo, por la forma, por el espanto que le subió por el brazo, qué era.

Un hueso.

Lo soltó del susto, y volvió a tantear, y allí estaban, medio enterrados en el limo, los restos.

Lo que doscientos años de agua dejan de una mujer joven: huesos pálidos, frágiles, ordenados todavía a medias en la forma de quien fue, ahí donde la habían dejado caer al fondo y nadie había vuelto jamás.

Eithne. La de verdad. No la aparición, no la claridad que la había guiado: el cuerpo.

La prueba de que había existido, y de que la habían matado, y de que la habían tirado allí como se tira un secreto.

Y junto a los huesos, atado a ellos con un cabo podrido pero todavía sujeto, palpó lo otro.

Una caja. Una caja del tamaño de una mano grande, pesada como solo pesa el plomo, lisa, intacta, sin una grieta.

El estuche plomado. El que Tormod había forrado de plomo para que el agua y el tiempo no comieran lo que guardaba dentro.

El que había hundido atado al cuerpo de su hija para que la testigo y el testimonio se quedaran juntos en el fondo, doscientos años, donde nadie los buscara.

Eilidh lo agarró con una mano. Y con el otro brazo, con un cuidado que no supo de dónde sacó en mitad del espanto, rodeó los huesos de Eithne, recogiéndolos del limo, juntándolos contra su pecho, abrazando a la mujer a la que había bajado a buscar.

—Ya está —quiso decir, y no pudo, porque estaba bajo el agua—. Ya está. Te tengo. Subes conmigo.

Y entonces, con la prueba en una mano y los huesos en el otro brazo, en el fondo del lago, Eilidh quiso subir.

Y no pudo.

* * *

Le quedaba el aire de un latido. Menos. Llevaba demasiado tiempo abajo, había bajado demasiado hondo, había gastado en el descenso lo que necesitaba para volver.

Pataleó hacia arriba, hacia donde creía que estaba arriba, con la prueba y los huesos pesándole, con el limo soltándola a regañadientes, y el cuerpo entero le gritó que respirara, que abriera la boca, que cogiera aire, que ya, que no aguantaba más.

Y el lago, que llevaba doscientos años tragándose mujeres, la agarró.

No con manos esta vez. No le hacía falta.

Con su propio peso, con su propia hondura, con su propio frío que le entumecía los brazos y le emplomaba las piernas.

Eilidh subió un palmo y volvió a caer. Subió otro y el cieno y el cansancio y la falta de aire tiraron de ella hacia abajo otra vez.

Estaba demasiado hondo. Pesaba demasiado lo que cargaba.

No le quedaba aliento. Y comprendió, con una claridad fría y serena, allí abajo, que la maldición que no existía iba a cumplirse de todos modos.

Que la octava hija de Dunmore iba a morir en aquel lago en la noche del solsticio de su vigésimo cuarto invierno, exactamente como prometía la mentira de doscientos años, solo que no entregada por amor, sino ahogada por su propia osadía, abrazada a los huesos de la primera.

El puño del pecho se abrió. La boca se le abrió sola. Y el agua negra entró.

* * *

Y en el instante en que el agua le entró en el pecho, en el instante en que empezaba a morirse de verdad, en el fondo de aquel lago sin luz, la negrura se rompió.

No en luz. En blanco.

La videncia, que se había abierto de par en par en la orilla, estalló del todo, hasta el final, más allá de cualquier visión que Eilidh hubiera tenido nunca, y el negro absoluto del fondo se inundó de un blanco cegador, total, sin sombra.

Y en aquel blanco estaban todas. Las siete hijas, ya no apartándose, sino rodeándola, juntas, cogidas de las manos en torno a ella, las siete que el agua había callado y que ahora se reunían en torno a la que había bajado gritando.

Y delante de todas, por fin, cara a cara, a un palmo de la suya, estaba Eithne.

Y Eilidh le vio la cara.

La cara que nunca le había visto entera, ni la primera noche en el sur, ni a los pies de la cama, ni en el cuarto, la cara que el agua y el tiempo siempre le habían borrado, se le mostró por fin, completa, en aquel blanco.

Una mujer joven. El mentón de los Dunmore, su mentón.

Y unos ojos que la miraban, no con el espanto de la muerta, no con la súplica del fantasma, sino con algo que Eilidh, ahogándose, tardó un instante en reconocer porque no lo esperaba.

Gratitud. Y, debajo de la gratitud, alarma.

Eithne abrió la boca. Y en aquel blanco que lo inundaba todo, mientras a Eilidh se le acababa la vida en el fondo del lago, la mujer del agua le dijo, por fin, con voz, lo último que Eilidh oyó antes de que el blanco se la tragara entera:

—Arriba. Te buscan. Aguanta.

Y entonces…