La última hija de Dunmore Capítulo 28
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Capítulo 28

El agua negra le lamió los pies descalzos, helada, y Eilidh se detuvo en el borde mismo, con un pie en la orilla y otro a punto.

—Espera, mi niña —dijo Mairead detrás de ella, dulce, recitando todavía a media voz las palabras antiguas—.

No a pie. En la barca. Hay que llegar a lo hondo, donde se está bien, donde no se siente nada.

Ven, sube conmigo. Yo remo. Tú apóyate en mí y cierra los ojos, y cuando lleguemos te tiendo en el agua despacio, como a una niña en la cuna, y te sostengo la mano hasta el final, y no te enteras.

Te lo prometo. —Le tendió la mano, llorando, con una sonrisa de pura entrega—.

Déjame dártelo bonito. Es lo último que te puedo dar, y quiero dártelo con amor.

Ven, Eilidh. Cierra los ojos y déjate llevar.

Y Eilidh, por un instante, sintió la tentación terrible de hacerlo. De ceder. De cerrar los ojos y dejar que aquellos brazos que la habían criado la tendieran en el agua y acabaran con todo el miedo y todo el cansancio. Sería fácil. Sería tranquilo. Y Mairead la quería, y se lo daría bonito.

Pero entonces miró el agua negra, y el agua negra estaba llena.

* * *

La videncia se le abrió de par en par, más de lo que se le había abierto nunca, hasta el tope, como si toda una vida de visiones a cuentagotas hubiera sido el preludio de aquel instante. Y en la superficie negra del lago, a la luz que no había de la luna que no estaba, Eilidh las vio a todas.

A las siete. De pie sobre el agua, o dentro de ella, o hechas de ella, no se sabía.

Mórag. Catrìona. Ailsa. Iseabail. Floraidh.

Su madre, Sorcha. Y la primera, la del fondo, Eithne.

Todas mirándola. Todas las hijas de Dunmore que habían bajado a aquel lago en doscientos años, reunidas en la orilla del solsticio para ver qué hacía la octava.

Y al verlas a todas juntas, el velo cayó.

El velo que en cada visión le había tapado la cara a la figura que las llevaba del agua, ese borrón que se resbalaba de los ojos, se levantó por fin, en retrospectiva, sobre todas las visiones a la vez.

Porque ahora Eilidh sabía qué era aquella figura.

Era una guardiana. Una en cada generación.

La de Mórag, la de Iseabail, la de su madre.

Mujeres que las querían y las llevaban al agua.

La misma figura que tenía ahora mismo al lado, tendiéndole la mano con lágrimas, era la última de una fila de figuras veladas que se perdía doscientos años atrás.

Todas habían dicho lo mismo que Mairead decía ahora.

Déjate llevar. No te enteras. Te lo doy bonito.

Y seis se habían dejado llevar. Seis habían cerrado los ojos y se habían ido tranquilas, de la mano, sin nombrar nada, engañadas por la mujer que las quería.

Solo Eithne, la primera, no: a ella no la llevó ninguna guardiana, a ella la ahogó su propio padre porque iba a hablar, y luchó, y gritó, y el agua le tapó el grito.

Pero el final fue el mismo para las siete.

Calladas. Unas por engaño, una por la fuerza, todas calladas, y por eso seguían en el agua, y por eso la mentira seguía viva, y por eso ella estaba allí, la octava, a punto de hacer lo mismo.

Y lo entendió, entero, en un relámpago frío: si se dejaba llevar, si cerraba los ojos y se iba tranquila como las otras, no cerraría ninguna cuenta.

No liberaría a nadie. No salvaría a Cailean.

Solo añadiría una muerta más, callada, a las siete.

Solo le daría al silencio una hija más de comer.

La mentira no se acababa con la octava muerta.

La mentira se alimentaba con cada hija que entraba en el agua sin decir nada.

Morir callada no rompía la cadena. Morir callada era la cadena.

Solo había una manera de romperla. La contraria de todo lo que las siete habían hecho. La contraria de lo que Mairead le pedía.

No cerrar los ojos. Abrirlos.

No callar. Nombrar.

No dejarse hundir. Bajar ella misma, por su pie, a sacar lo que llevaba doscientos años en el fondo.

* * *

Eilidh apartó la mano que Mairead le tendía.

—No —dijo, y su voz sonó clara y firme sobre el agua negra—. No voy a subir a tu barca, tía. No voy a cerrar los ojos. No voy a dejarme llevar.

A Mairead se le borró la sonrisa. Algo se le rompió en la cara, la fe, el alivio, la certeza.

—Eilidh… —Le tembló la voz—. Me dijiste que lo entendías. Me dijiste que sí. Por amor. Por Cailean.

—Te mentí —dijo Eilidh, y le dolió, y lo dijo igual—.

Te mentí porque era la única manera de que me trajeras hasta aquí.

Hasta el agua. Hasta ella. —Señaló el lago negro, lo hondo—.

Tú me querías traer a este lago a morir callada como las otras siete.

Y yo me he dejado traer a este lago, sí.

Pero no a morir. A bajar. —Tragó, temblando, pero sin retroceder—.

Las siete se equivocaron, tía, y tú con ellas.

Llevan doscientos años creyendo que callar y entrar tranquilas en el agua arregla algo.

Y no arregla nada. Lo continúa. Cada hija que entró callada hizo la cadena más larga.

Yo no voy a entrar callada. Yo voy a entrar gritando.

Y entonces Eilidh hizo lo que ninguna había hecho en doscientos años en aquella orilla.

Levantó la cara hacia la noche del solsticio, hacia el lago lleno de muertas, y dijo en voz alta, fuerte, para que lo oyera el agua y la orilla y el valle entero y la mujer del fondo y los testigos escondidos que a lo mejor habían venido y a lo mejor no:

—¡EITHNE! —gritó, y el nombre, el nombre robado, el nombre borrado de todas las piedras, el nombre que una mujer del agua llevaba doscientos años suplicándole que dijera, rasgó por fin el silencio de aquella orilla—.

¡Te llamabas Eithne Dunmore! ¡Te ahogó tu padre para callarte, y te robaron hasta el nombre, y llevas doscientos años en este lago con la prueba de lo que hizo!

¡Pero yo sé tu nombre, y lo digo en voz alta, y voy a bajar a por ti! ¡SE ACABÓ EL SILENCIO!

—¡NO! —chilló Mairead, comprendiéndolo todo de golpe, lanzándose hacia ella—. ¡Eilidh, no, eso no, lo hundes todo, lo rompes todo…!

Pero ya era tarde.

* * *

Porque Eilidh, en el instante en que la mano de Mairead se cerraba sobre el aire donde había estado, ya no estaba.

Tomó aire —todo el que le cupo en el pecho, hasta el fondo, el aire de su vida— y se tiró de cabeza al agua negra del lago, por su propio pie, por su propia voluntad, no empujada, no engañada, no tendida como una niña en una cuna, sino lanzada como quien se zambulle a salvar a alguien que se ahoga.

Porque eso era, exactamente, lo que iba a hacer: bajar a sacar a una mujer que llevaba doscientos años ahogándose.

El frío la golpeó como un muro, le robó la mitad del aire de la sorpresa, le clavó mil agujas en la piel.

La oscuridad fue total, sin luna arriba que dejara pasar ni un hilo de luz.

Y el lago, el lago que llevaba doscientos años tragándose mujeres, la recibió a ella también, se cerró sobre su cabeza, la envolvió en su negrura helada y sin fondo.

Lo último que Eilidh oyó del mundo de arriba, amortiguado ya por el agua, fue el grito desesperado de Mairead en la orilla, llamándola por su nombre.

Y luego el agua negra se cerró del todo sobre ella, y se la tragó, y arriba ya no quedó nada salvo una orilla vacía, una barca, una vieja llorando, y un nombre dicho en voz alta por primera vez en doscientos años, flotando todavía en el aire del solsticio.