La última hija de Dunmore Capítulo 27
78%

Capítulo 27

La primera noche, después del gut-punch, Eilidh lloró hasta vaciarse, sin dormir, mirando la pared.

La única persona que la había querido en la vida la iba a ahogar pasado mañana.

Cailean se moría a cuatro millas, cortado de ella.

Estaba sola en una casa que era una trampa, con una guardiana que lo controlaba todo y que la quería de verdad.

Cualquiera, en su lugar, se habría rendido.

Pero a la madrugada, agotada de llorar, a Eilidh le quedó debajo del miedo una cosa dura y fría que llevaba dentro desde el principio: la rabia de querer vivir. Y empezó a pensar.

No podía vencer a Mairead por la fuerza; era más fuerte de lo que aparentaba, conocía el oficio, y Eilidh había visto lo que esas manos hacían en el agua.

No podía vencerla por la razón; le había ofrecido la verdad entera y Mairead la había rechazado, porque necesitaba que su horror hubiera valido para algo.

No podía huir; Mairead la vigilaba, controlaba los recados, tenía la casa de su parte.

Pero Mairead quería una cosa muy concreta. Quería que Eilidh fuera al lago por su voluntad . La última hija tenía que ir sabiendo y queriendo; era lo que cerraba la cuenta. Y eso, esa exigencia, era la única grieta de toda la trampa.

Si Eilidh fingía que aceptaba —si le hacía creer a Mairead que se había hecho a la idea, que iba a entregarse al agua por amor, como pedía el credo—, entonces Mairead la llevaría ella misma al lago.

Al lago. Al sitio exacto donde estaban Eithne y la prueba, en el fondo.

Y allí, en el agua, con el aparato del rito a mano, en vez de dejarse ahogar, Eilidh podría hacer lo contrario: bajar a por la verdad y subirla.

Volver la trampa del revés. Entrar en ella a propósito para reventarla desde dentro.

Era una locura. Un paso en falso y se ahogaba de verdad. Pero era el único camino que la llevaba al fondo de aquel lago con vida, y al fondo de aquel lago tenía que ir.

Decidió fingir.

* * *

Lo hizo bien. Lo hizo con el alma rota, pero lo hizo bien, porque le iba la vida en ello.

Dejó pasar la primera mañana en silencio, encerrada, como quien rumia. Y a la tarde bajó al saloncito, donde Mairead cosía, y se sentó en el escabel de niña, y dejó que las lágrimas le salieran de verdad —no le costó— y le habló a la guardiana con la voz pequeña.

—No quiero morirme, tía —dijo, y era cierto, y por eso coló—.

Tengo miedo. Pero llevo dos días pensándolo, y…

si es verdad lo que dices, si soy la última, si mi muerte cierra la cuenta y libera a todas y le quita a Cailean esa flor…

—tragó— entonces a lo mejor tienes razón y es la única manera.

No quiero que Cailean se muera por mí. Si darme yo lo salva a él, y acaba con todo esto para siempre…

—dejó que se le quebrara la voz— prefiero eso a vivir sabiendo que él murió por mi culpa.

Mairead soltó la costura y se levantó y la abrazó, y a Eilidh le costó horrores no apartarse, dejarse abrazar por aquellos brazos. La guardiana lloraba contra su pelo, de alivio, de amor, de gratitud.

—Mi niña valiente —murmuró—. Mi niña buena.

Sabía que lo entenderías. Eres la mejor de todas.

Ninguna fue tan valiente como tú, porque ninguna lo supo y tú sí, y aun sabiéndolo, lo aceptas.

—La apartó para mirarla, con la cara empapada y radiante de una fe terrible—.

Vas a redimirlas a todas, Eilidh. Y vas a ir tranquila, de mi mano, como debe ser.

No te va a doler. Te lo juro. Yo estaré contigo todo el rato.

Y Eilidh, abrazándola, fingiendo el consuelo, sintiendo el calor de la mujer que la iba a ahogar, supo que la había engañado.

Y que aquel engaño, a Mairead, le había hecho casi feliz.

Y eso fue lo más asqueroso de todo el plan: que para salvarse había tenido que darle a su verdugo el regalo que más deseaba.

* * *

Pero fingir consentir no bastaba. Si Eilidh subía la verdad del fondo del lago y allí no había más que ella y Mairead, de noche, sin nadie, la guardiana podía ahogarla igual y hundir la prueba otra vez, y todo seguiría como doscientos años.

La verdad, para curar, tenía que decirse a la luz , ante testigos.

Eilidh necesitaba que alguien más estuviera al tanto.

Y tenía a uno.

Aprovechó el único momento en que Mairead la dejó sola y sin vigilancia estrecha —fiada ya de su consentimiento—, para escribir, deprisa y pequeño, una nota distinta.

No para Cailean, cuyo correo estaba cortado.

Para el reverendo Sloan. Reverendo: lo del lago es la noche del solsticio, mañana, al anochecer.

La que mata es de esta casa. Suba al lago con quien se fíe y con luz, escondidos, y no salgan hasta oírme decir el nombre en voz alta.

Traiga el libro de la parroquia. Pase lo que pase, lo que se diga esa noche, escríbalo. E.

La metió, no en el correo de la casa, sino doblada en el dobladillo de la falda de la lavandera, una mujer del pueblo ajena a todo, con una moneda y el ruego de que se la diera a Sloan en mano y a nadie más.

Era un hilo finísimo. Podía romperse de mil maneras.

Pero era el único que le quedaba sin cortar, y lo lanzó.

De Cailean no pudo saber nada. Se lo imaginó en su cama de Corbie Hall, hundido bajo lo negro, sin fuerzas, sin noticias de ella, creyéndola a salvo o creyéndola perdida, demasiado débil ya para levantarse y cruzar el lago.

Incapacitado. Fuera de juego. Y rezó, sin creer mucho en rezos, por que le quedara dentro, en alguna reserva del cuerpo, un último gramo de fuerza para algo, aunque no supiera para qué.

Sola. Iba a hacerlo sola. Con un cura escondido que a lo mejor no recibía la nota, y un hombre moribundo que a lo mejor no se levantaba, y una mentira en la boca para engañar a la única persona que la quería. Así iba a entrar en el lago.

* * *

El crepúsculo del solsticio cayó pronto y espeso, como cae la noche más larga del año, comiéndose la poca luz en un suspiro.

Mairead vino a buscarla cuando ya casi era de noche.

Se había puesto un manto oscuro, el de la orilla, el de la barca.

Le traía a Eilidh otro, blanco, de lino fino, casi un sudario, y se lo puso ella misma sobre el camisón, con una solemnidad tierna, abrochándoselo al cuello como se viste a una novia o a una muerta.

—Vamos, mi niña —dijo, con los ojos ya húmedos otra vez—. Es la hora. Está despejado, mira. Luna nueva. Oscuro del todo, como tiene que ser. —Le cogió la mano, con dulzura, y a Eilidh la mano de la guardiana le quemó como un hierro—. No tengas miedo. Voy contigo cada paso.

Bajaron juntas al lago en la oscuridad, de la mano, la guardiana y la última hija, igual que en las visiones, igual que Mórag y la figura velada, igual que Sorcha.

Solo que esta vez la hija sabía. Esta vez la hija iba contando los pasos, fría por dentro bajo el sudario de lino, midiendo dónde estaría la barca, dónde lo hondo, calculando el instante en que tendría que dejar de fingir y empezar a luchar por todo.

Llegaron a la orilla. Y allí, dispuesto en la hierba helada a la luz de un farol tapado, estaba todo. El aparato entero del rito, listo, como Eilidh lo había vislumbrado desde la torre días atrás, solo que ahora de cerca y para ella.

La barca vieja, varada en el agua negra, achicada y a punto, para llevar a lo hondo lo que tenía que ir a lo hondo.

Un rollo de cordón fino enrollado con cuidado junto a la proa, el cordón con el que sujetaban las muñecas, el que dejaba la raya roja que Eppie había visto en la muñeca de su madre.

Una piedra grande, atada ya a otro cabo, para el peso.

Todo ordenado con la pulcritud de oficio de quien lo ha hecho siete veces.

Y junto a todo aquello, de pie en la orilla negra del solsticio, con el farol tapado iluminándole la cara desde abajo, estaba Mairead.

Llorando. Llorando de verdad, con lágrimas que le rodaban por las mejillas y caían en la hierba, y a la vez serena, entera, dispuesta, sin la menor duda, segura hasta el tuétano de estar a punto de cometer el acto más amoroso de su vida.

—Ya estamos, mi niña —dijo Mairead, con la voz rota de ternura, y empezó, en voz baja, a recitar las viejas palabras del rito, las mismas que llevaban doscientos años diciéndose sobre aquella orilla antes de meter a una hija en el agua—.

Ya estamos. Sube a la barca. Vamos las dos a lo hondo. Y se acaba todo.

Y Eilidh, de pie en la orilla, con el lino blanco pegándose al cuerpo, con el agua negra esperando y la prueba en el fondo y un cura que a lo mejor no había llegado y un hombre que a lo mejor no se levantaba, miró la barca, y tragó saliva, y dio el primer paso hacia el agua, porque ya no había vuelta atrás y todo, todo, dependía de lo que hiciera en los próximos minutos.