Capítulo 26
Volvió a Dunmore al anochecer, con la decisión tomada y una pieza atravesada en la garganta que ya no podía tragar.
Sus notas no habían llegado a Corbie Hall.
Las de Cailean no habían llegado a ella.
Alguien de aquella casa, alguien que veía los recados y mandaba a los mozos, había cortado el hilo entre los dos a propósito, en los días exactos en que ese hilo importaba.
Y en Dunmore solo había una persona que llevara el gobierno de la casa desde la muerte de la vieja señora.
Una sola que pudiera pedirle una nota a un mozo y quedársela.
Eilidh subió a buscarla con el corazón golpeándole, rezando por equivocarse.
Mairead estaba en el saloncito de arriba, cosiendo junto al fuego, tranquila, con la cabeza inclinada sobre la labor, como tantas tardes de la infancia de Eilidh.
Levantó la vista al verla entrar, y sonrió, y aquella sonrisa de siempre fue lo que a Eilidh estuvo a punto de hacerla dar media vuelta y olvidarlo todo.
No lo hizo.
—Te escribí dos cartas para Corbie Hall —dijo, de pie en la puerta, con la voz más firme de lo que se sentía—.
Cailean no recibió ninguna. Y él me escribió a mí, y yo no recibí ninguna.
Las dos direcciones cortadas, los mismos días.
—Tragó—. Tú llevas los recados de la casa, tía.
Tú ves entrar y salir a los mozos. Dime que no fuiste tú. Dime que me equivoco. Por favor.
Mairead no dejó de coser enseguida. Dio una puntada más, despacio, y otra, como quien termina una frase antes de cambiar de tema.
Y luego, sin alterarse, sin rabia, sin miedo, dejó la labor en el regazo, levantó la cara, y miró a Eilidh con una ternura tan serena que fue mil veces peor que cualquier negativa.
—No te equivocas, niña —dijo—. Las cogí yo. Las dos.
Y Eilidh sintió cómo el suelo del mundo, el último que le quedaba en pie, empezaba a abrirse bajo sus pies.
* * *
—¿Por qué? —Apenas le salió la voz—. ¿Por qué nos separabas? ¿Por qué…?
—Siéntate —dijo Mairead, con dulzura, señalándole el escabel de enfrente, el suyo de niña—.
Anda, siéntate. Llevo veintitrés años esperando para contarte esto, y prefiero contártelo bien que a gritos en una puerta.
Ven. No te voy a hacer daño. —Una pausa, y algo le tembló debajo de la calma—. Esta noche no.
Eilidh no se sentó. No podía. Se quedó agarrada al marco de la puerta, temblando, mientras Mairead, con las manos quietas sobre la costura, le hablaba con la misma voz con que le había enseñado las letras.
—Tú crees que te salvé —dijo Mairead—. Es lo que te dejé creer.
Que cuando tu madre murió, yo, la tía buena, te recogí del norte y me te llevé al sur para criarte lejos de la desgracia de esta casa, por amor.
—Sonrió, triste—. La mitad es verdad. Te crié por amor, eso no te lo discuto, te he querido cada día de estos veintitrés años más de lo que vas a creerme ahora.
—Tragó—. Pero no te saqué de la desgracia, mi niña.
Te crié para ella. Te guardé sana, lejos, sin que oyeras los rumores, te enseñé a confiar en mí más que en nadie, te traje al norte cuando fuiste mujer, y te puse delante al Sinclair que tocaba.
Todo lo que te ha pasado este otoño, todo, lo preparé yo. Desde antes de que supieras andar.
—No —dijo Eilidh, en un hilo—. No, tú no…
—Yo soy la que sostiene la vela —dijo Mairead, sencilla, terrible—.
La de ahora. La guardiana. Me la pasó mi madre, como a ella la suya, como yo se la habría pasado a otra si esto siguiera.
La vi a ella preparar a mi propia hermana para el lago, de niña, y entendí pronto que en esta familia hay un deber que se hereda, y me tocó.
—Bajó la voz—. Y sí, niña. Lo que estás pensando y no te atreves a decir.
A tu madre. A Sorcha. La llevé yo al lago. Con estas manos. Hace veintitrés años.
* * *
Eilidh se dobló como si la hubieran golpeado en el estómago.
Porque al oírlo, la visión del chal le volvió entera, de golpe, con un sentido nuevo y atroz: su madre arrodillada en la orilla, dejando un bulto en la hierba, arropándolo, metiéndose en el agua de la mano de una figura velada.
Y la figura velada, la que había llevado a Sorcha al agua tranquila, era esta.
Era Mairead. Y el bulto del chal, lo que Sorcha había dejado en la orilla con tanto cuidado antes de morir, lo que se había movido y había gemido…
—El bulto era yo —dijo Eilidh, y se le rompió la voz del todo—.
En el chal. La criatura que mi madre dejó en la hierba antes de entrar en el agua.
Era yo. Yo estaba allí. Recién nacida, en la orilla, mientras tú la ahogabas.
Y cuando ella dejó de moverse, me cogiste a mí del suelo y me llevaste a casa y me criaste.
—Levantó hacia ella una cara desencajada—.
Me sacaste de los brazos muertos de mi madre, a la que acababas de ahogar, y me criaste para hacerme lo mismo dentro de veintitrés años.
—Sí —dijo Mairead, y por primera vez la voz se le quebró de verdad, y a Eilidh le horrorizó ver que tenía los ojos llenos de lágrimas—.
Sí. Eso hice. Y que Dios me perdone, porque te tomé en brazos aquella noche, recién parida, calentita, y te quise desde el primer segundo, y supe en el primer segundo lo que iba a tener que hacerte.
Veintitrés años queriéndote y sabiéndolo.
—Se apretó la costura contra el pecho—. ¿Tú sabes lo que es eso, Eilidh?
¿Criar a una niña, enseñarla a hablar, curarle las fiebres, verla crecer guapa y lista y buena, queriéndola con todo lo que tienes, sabiendo cada día que eres tú quien la va a llevar al agua?
—Una lágrima le cayó—. Por eso miraba yo el lago demasiado tiempo, las veces que me pillaste.
Por eso me temblaban las manos en tu boda.
Por eso te decía «ten cuidado, niña», cuando lo que quería decir era otra cosa que no me dejaban decir.
No era frialdad lo que me agrietaba la voz.
Era que te quería, y que lo que iba a hacerte me partía por dentro cada día. Pero el deber es el deber.
* * *
—No es ningún deber —dijo Eilidh, agarrándose a lo único firme que le quedaba: la verdad—.
Es un crimen, tía. Lo sé todo. Lo de Tormod, lo de la fosa del valle, lo de Eithne, lo de la prueba en el lago.
No hay maldición. Nunca la hubo. Tormod vendió a sus hombres y ahogó a su hija para callarla, y vosotras lleváis doscientos años matando niñas para sostener esa mentira.
Tú no cierras ninguna deuda ahogándome. Solo tapas un crimen viejo con uno nuevo.
—Dio un paso hacia ella, suplicante—. Y hay una manera de que esto se acabe sin que muera nadie más.
Lo descubrimos. La verdad. Si la decimos a la luz, si se sabe lo que pasó, la mentira se rompe sola y la cadena se acaba, porque ya nadie podrá ahogar a una niña diciendo que la maldición se la lleva.
No hace falta que yo muera para acabar esto, Mairead.
Hace falta que hablemos. Eso lo cura todo. Hasta a Cailean.
Mairead la escuchó entera, con las lágrimas cayéndole, y negó despacio con la cabeza, y aquella negativa fue lo más desesperante de todo.
—Eso es lo que dicen siempre las que se enteran —dijo, con una pena infinita—.
Que hay otra manera. Yo también lo pensé de joven, antes de que me tocara.
Pero escúchame, mi niña, porque tú no llevas dentro lo que yo llevo.
—Se inclinó—. Eres la octava. La última que queda de la sangre.
Después de ti no hay más. Y yo creo, creo con toda mi alma, porque es lo único que hace soportable haber hecho lo que he hecho, que la última, si se da en amor y por su voluntad, en su invierno, cierra la cuenta de las ocho para siempre.
Que tu muerte, dada con amor, no es una más: es la que las redime a todas, la que libera a la familia, la que apaga la vela de una vez.
Y sí, niña, creo que es la que le quita a Cailean esa flor del pecho.
—Le tembló todo—. No puedo creer otra cosa.
Si creyera lo que tú dices, que todo fue para nada, que ahogué a tu madre y a mi hermana y a tantas por una mentira que se arreglaba hablando…
no podría seguir viva ni un día más. Necesito que tu muerte signifique algo.
Necesito que seas la última que salve a todas, y no una niña más a la que maté por nada.
Y Eilidh entendió, con un horror nuevo, que no se enfrentaba a una asesina fría a la que convencer con razones.
Se enfrentaba a algo mucho peor: a una mujer que la quería de verdad, que lloraba de verdad, y que iba a ahogarla de verdad, precisamente porque la quería y porque no podía soportar que todo aquel horror no hubiera servido para nada.
El amor de Mairead era cierto. Y sus manos seguían siendo el cuchillo.
—Faltan dos días —dijo Mairead, secándose las lágrimas, recobrando aquella calma de oficio que era lo más espantoso de ella—.
La noche del solsticio. Y quiero que lo hagas por tu voluntad, mi niña, no a la fuerza, porque a las otras las engañé y se fueron tranquilas sin saber, pero tú ya lo sabes, y la última tiene que ir sabiendo y queriendo, que es lo que cierra la cuenta.
—Volvió a coger la labor, con las manos otra vez firmes—.
Tienes dos días para hacerte a la idea. Para entender que es un acto de amor.
El tuyo hacia los que vienen, y el mío hacia ti.
—Levantó la vista, y sonrió, con los ojos todavía húmedos—.
Te he preparado toda la vida para esto con cariño, Eilidh.
Déjame acompañarte hasta el final con cariño también.
Eilidh se quedó en la puerta, sin aire, mirando a la mujer que le había enseñado a leer, que le había puesto paños fríos en la frente, que la había querido cada día de su vida, coser tranquila junto al fuego después de pedirle que se dejara ahogar pasado mañana.
La única persona que la había querido en el mundo.
Y la que pensaba llevarla al agua, de la mano, con lágrimas en los ojos y amor de verdad en el pecho, dentro de dos noches.
Por amor. Eso era lo que no le cabía en la cabeza, lo que la rompía más que el miedo. No la iba a matar a pesar de quererla.
La iba a matar porque la quería.