La última hija de Dunmore Capítulo 25
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Capítulo 25

A la tercera mañana sin respuesta, Eilidh dejó de decirse mentiras.

Mairead le había dicho que no saliera, que se quedara cerca, que era peligroso.

Y Eilidh, que llevaba dos días obedeciendo agradecida, esa mañana cogió el chal, bajó por la escalera de servicio para no dar explicaciones, y se fue a la cuadra a pedir un poni.

Si Cailean llevaba tres días sin contestar, había pasado algo, y ningún cuidado del mundo valía más que saber qué. Por una vez, no obedeció.

Cabalgó las cuatro millas bordeando el lago a la carrera, con el corazón en la boca, y llegó a Corbie Hall con el poni reventado y un mal presentimiento que le crecía a cada paso.

Lo supo nada más entrar, por la cara del mozo que le abrió.

—El señorito está muy mal —dijo el chico, pálido—. Desde anteayer. No se levanta. Y tiene… —tragó— tiene una cosa negra por el cuerpo que sube y sube. Hemos mandado por el médico de Inverness, pero con la nieve…

Eilidh no esperó a que terminara. Subió las escaleras de dos en dos.

* * *

Cailean estaba en su cama, y Eilidh, al verlo, tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no caerse.

La flor le había ganado el cuerpo casi entero.

Ya no era una rama trepando por un cuello: era una mancha negra que le salía del corazón y se le extendía por el pecho, por los dos hombros, por el cuello entero, por la cara hasta media mejilla, y por los brazos hasta las muñecas, una red oscura de venas y pétalos que parecía latir con un negro propio bajo la piel.

Y debajo de aquella negrura, Cailean estaba gris.

Hundido. Le costaba respirar; el aire le entraba a tirones, como si algo le apretara la garganta por dentro.

Tenía los ojos cerrados y la frente perlada de un sudor frío.

—Cailean. —Eilidh cruzó el cuarto y le cogió la cara entre las manos, con cuidado de no tocar lo negro—. Cailean, soy yo. Estoy aquí. Mírame.

Él abrió los ojos despacio, le costó enfocarla, y cuando la reconoció algo en su cara destrozada se aflojó de alivio.

—Viniste —dijo, con un hilo de voz—. Te escribí. Tres veces. No me contestabas. Pensé que… —tosió, y la tos le sonó húmeda y mala— pensé que te había pasado algo. Que él te había… —no pudo seguir.

—Yo también te escribí —dijo Eilidh, y se le heló la sangre al entenderlo—.

Dos notas. Tú no contestabas. Cailean, yo te escribí y tú me escribiste, y ninguna de las cartas llegó.

Ni las mías a ti, ni las tuyas a mí. —Se le secó la boca—.

Las dos direcciones, cortadas. Alguien se ha quedado con todo.

Alguien que tiene las dos casas a tiro, que ve entrar y salir a los mozos, que puede pararlo todo sin que nadie pregunte.

—La rendija se le volvió a abrir, fría, terrible, y otra vez la apartó, porque no era el momento, porque Cailean se moría—.

Alguien nos ha estado separando a propósito.

—Da igual quién —jadeó Cailean—. Ya estás aquí. —Le buscó la mano con la suya, y la de él estaba fría y débil—. Eilidh, esto va deprisa. Demasiado deprisa. Desde que nos separamos no ha parado de subir, día y noche. Ya casi no me deja respirar. —Tragó, con esfuerzo—. Creo que no llego al solsticio.

* * *

Eilidh se sentó en el borde de la cama y le sostuvo la mano fría con las dos suyas, y pensó deprisa, porque el miedo no servía de nada y ellos dos nunca habían tenido tiempo para el miedo.

—Escúchame —dijo—. Lo entiendo. Ahora lo entiendo entero.

—Le apretó la mano—. ¿Te acuerdas de lo que dedujimos?

El nudo se rasga porque tiramos de la verdad.

Tirar lo aprieta antes de soltarlo. Pero hay una cosa que no vimos hasta ahora, y es esta: un nudo que se ha tirado mucho y no se ha terminado de soltar es lo más peligroso de todo.

Está a medio romper. Tenso al máximo. Ni atado ni libre.

—Le tocó el pecho, el centro negro—. Eso es lo que tienes.

Hemos tirado tanto, hemos sacado tanta verdad, que el nudo está casi del todo rasgado.

Casi. Y ese «casi» te está matando, porque un nudo a medio romper aprieta más que uno entero.

Si lo dejamos así, a medias, te estrangula antes del solsticio.

—Le sostuvo la mirada—. Pero si lo terminamos de romper, si lo soltamos del todo, si decimos la verdad entera a la luz…

entonces el nudo no aprieta. Se suelta. Y respiras.

La cuestión ya no es llegar al solsticio, Cailean.

La cuestión es terminar antes de que el «casi» te mate.

—Pues termínalo —susurró él—. No esperes a nada. No esperes a que esté yo bueno para acompañarte, porque a lo mejor no me da tiempo. Hazlo tú. Saca a Eithne, di la verdad, rompe el nudo. —Le apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba—. Sálvame tú, ya que yo no he podido salvarte a ti.

—Vas a poder. —A Eilidh se le llenaron los ojos—.

Los dos vamos a poder. No te voy a perder, Cailean.

¿Me oyes? No después de todo esto. No como Eithne perdió a Lachlan.

A nosotros no nos va a pasar lo que a ellos.

Yo no voy a quedarme mirando cómo el agua y el silencio se llevan al hombre que quiero.

—Se inclinó y le apoyó la frente en la frente, con cuidado, esquivando lo negro—.

Aguanta tres días. Solo tres. Respira despacio, no tires del aire, déjame a mí tirar de la verdad.

Yo cargo con esa parte. Tú cárgate con la de seguir respirando.

Es lo único que te pido. Que respires hasta que yo vuelva con la verdad en las manos.

Cailean cerró los ojos, y una lágrima se le escapó por la sien y se perdió en la mancha negra.

—Te quiero —dijo—. Por si los tres días salen mal. Que conste que te quiero, y que no me arrepiento de nada, ni de la flor, ni de quererte. Que prefiero morirme con tu flor en el pecho que vivir cien años sin ti.

—No vas a morirte. —Eilidh lo besó, en la única parte de la boca que la flor no había alcanzado todavía, despacio, con todo lo que tenía—.

Vas a vivir, y vas a envejecer, y vas a contarles a nuestros nietos que casi te mata una flor negra y que te salvó tu mujer.

—Se apartó, y le secó la lágrima de la sien con el pulgar—. Aguanta. Vuelvo a por ti.

* * *

Se quedó con él hasta que se durmió, vigilándole la respiración trabajosa, y cuando estuvo segura de que descansaba dejó al mozo de guardia con instrucciones de no apartarse de su lado, y bajó las escaleras con la cabeza ya fría y dura, hecha a la decisión.

El médico no llegaría a tiempo. El médico, además, no servía de nada contra aquello.

La única medicina para la flor de Cailean estaba en el fondo de un lago y en la verdad enterrada en una alacena, y solo había una persona que pudiera ir a por ella, y era ella.

Tres días. La prueba en el agua, los huesos en la fosa, la verdad dicha a la luz.

Tenía que ir, y tenía que ir ya, y el sitio donde empezaba todo, donde estaba Eithne y donde estaba la prueba, era el lago.

El lago. En el solsticio. La noche más oscura del año, la de la luna nueva, la que llevaba doscientos años tragándose mujeres.

Eilidh montó en el poni para volver a Dunmore a preparar la bajada al agua, y mientras cabalgaba de vuelta bordeando aquella orilla negra, tomó la decisión sin temblar: iría al lago en el solsticio.

Bajaría a por Eithne y a por la prueba. Sacaría la verdad del agua con sus propias manos y la diría a la luz, y salvaría a Cailean, costara lo que costara.

Lo que no sabía —lo que no podía saber todavía, lo que le faltaba para que se le cayera encima el mundo— era que en aquel lago, en aquella misma noche, la estaría esperando alguien con una barca y una cuerda.

Y que ese alguien no era una sombra desconocida, ni un fantasma de hace dos siglos, ni una mano sin rostro.

Era la persona que más la quería en el mundo. O la única que, durante veintitrés años, le había hecho creer que la quería.