La última hija de Dunmore Capítulo 24
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Capítulo 24

Mientras Cailean ponía a salvo las copias en Corbie Hall, Eilidh empezó a hacer su parte, que era la más expuesta de las dos: sacar la verdad de la sombra, persona a persona, a plena luz.

Empezó por el reverendo Sloan, porque sin la iglesia no había ni entierro en sagrado para Eithne ni acta que valiera.

Bajó a Kilfinnan con una página de los diarios doblada en el bolsillo —solo una, la de Catrìona, la del renglón raspado— y se sentó con él en la sacristía fría, y se lo contó.

No todo de golpe. Lo justo para que un hombre honrado no pudiera mirar para otro lado.

—Usted me dijo una vez «casi todas» —empezó—.

Que casi todas las mujeres de mi casa acabaron en el agua.

Le incomodó decirlo, lo vi. Y a las viejas las enterraron fuera del muro, por suicidas.

—Le puso delante la página del diario—. No fueron suicidas, reverendo.

Lea esto. Es de la propia casa, de la mano de las que lo hicieron.

A las hijas de Dunmore las han estado matando, una por generación, durante doscientos años.

Y diciendo que se ahogaban solas para no tener que responder de nada.

Eppie lo sabía. Por eso está en el vado.

Sloan leyó la página, y según leía se le fue yendo el color, porque un párroco de pueblo conoce a su gente y sabe distinguir el cuento que se repite del que se acaba de romper. Cuando levantó la vista, le temblaba la mano que sostenía el papel.

—Llevo veinte años en esta parroquia con un peso en el estómago que no sabía nombrar —dijo en voz baja—. Enterrando a las jóvenes de su casa fuera del muro y sintiendo que cometía una injusticia sin entender cuál. —Tragó—. ¿Qué necesita de mí?

—Tres cosas. —Eilidh se inclinó—. Que cuando saquemos a la primera de todas, a Eithne, del lago donde la hundieron, usted le dé sepultura en sagrado, dentro del muro, con su nombre.

Que apunte la verdad en el registro de la parroquia, con tinta y fecha, para que ya no se pueda borrar.

Y que, llegado el momento, esté usted delante cuando lo digamos en voz alta, como hombre de Dios y testigo, para que el pueblo sepa que no es un cuento de la nueva señora, sino la verdad.

—Le sostuvo la mirada—. A la luz, reverendo. Todo a la luz. Es la única manera.

Sloan se quedó callado un buen rato, con la página en la mano. Y al final asintió, despacio, como quien por fin suelta un peso de veinte años.

—Que Dios me ayude —dijo—. Cuente conmigo.

Esas niñas merecían sagrado y se lo negué sin saberlo.

Lo menos que puedo hacer es dárselo ahora, y de paso decir la verdad desde el púlpito.

—Dobló la página con cuidado—. Empiece a avisar a quien se fíe de usted.

Yo prepararé lo mío con discreción. Cuando tenga el cuerpo, esto se hace.

Eilidh salió de la sacristía con el corazón más ligero. Tenía a la iglesia. Tenía un plan que avanzaba. Por primera vez, sacar las cosas a la luz parecía posible.

Lo que no vio fue lo otro que pasa cuando uno saca las cosas a la luz: que se vuelve visible también para quien acecha en la sombra.

* * *

Esa misma tarde, de vuelta en el castillo, Mairead la recibió en lo alto de la escalera con una taza de algo caliente y la cara llena de preocupación.

—Has estado mucho rato en el pueblo, niña —dijo, poniéndole la taza en las manos con esa solicitud de siempre—.

Y has bajado sola. Con lo que ha pasado, con la pobre Eppie en el vado hace nada…

no me gusta que andes sola por ahí. —Le apartó un mechón de la cara, con ternura—.

Estos días no, Eilidh. Estos días quédate cerca. Déjame cuidarte.

Y Eilidh, que llevaba semanas sin que nadie la cuidara más que Cailean, que tenía a aquella mujer asociada en lo más hondo con los paños fríos de la fiebre y las letras de la infancia, sintió que se le aflojaba algo por dentro.

La sospecha fría que se le había colado por la rendija aquella noche de los diarios —el nombre que no se atrevía a pensar entero— se le hizo, de pronto, vergonzosa, imposible, monstruosa.

¿Cómo voy a sospechar de ella? Mairead, que le llevaba caldo caliente.

Mairead, que se preocupaba de que no anduviera sola.

La cerró del todo, aquella rendija, y casi con alivio, porque pensarla abierta dolía demasiado.

—Gracias, tía —dijo, y le salió de dentro—. Tienes razón. Tendré cuidado.

Y no vio —porque no estaba mirando con los ojos que hacían falta— que Mairead, mientras le sostenía la taza y le apartaba el pelo, la estaba haciendo exactamente lo que el diario decía que hacía una guardiana: tenerla cerca, de su mano, guardada, separada de todo lo demás, en los días que faltaban.

* * *

Cailean seguía en Corbie Hall. Habían quedado en escribirse, en mandarse razón con uno de los mozos que iba y venía entre las dos fincas con los recados de la casa.

Y esa noche Eilidh le escribió una nota, la primera desde que se había ido: que Sloan estaba de su parte, que el cura enterraría a Eithne y daría fe, que el plan iba; que cuándo volvía, que lo echaba de menos, que tuviera cuidado él también.

La dobló, la lacró, y se la dio al mozo para que la llevara a Corbie Hall por la mañana.

Pero el mozo, antes de salir, hacía lo que se hacía en aquella casa con todo lo que entraba y salía desde que la vieja señora había muerto: se lo enseñaba a la señora Mairead, que ahora llevaba el gobierno de Dunmore, para que diera el visto bueno. Y Mairead, esa mañana, le pidió ver la nota.

La leyó. La leyó entera, de pie en el zaguán, con la cara cada vez más quieta.

Sloan de su parte. El cura. Enterrar a Eithne.

Dar fe. El plan. Todo lo que Mairead llevaba doscientos años de su estirpe impidiendo que pasara, escrito de puño y letra de la niña a la que había criado para el lago, a punto de salir a la luz.

—Yo se la doy al mozo —le dijo Mairead al chico, con una sonrisa, guardándose la nota en el bolsillo del delantal—. Tú tienes mucho que hacer hoy. Anda.

Y la nota de Eilidh no llegó nunca a Corbie Hall.

* * *

Eilidh esperó la respuesta de Cailean todo aquel día, y no llegó.

Al principio no le dio importancia. Estaría ocupado con lo de las copias, o el mozo se habría retrasado, o habría tenido que ir a Inverness por lo de devolver la tierra.

Mil cosas. Pero cayó la tarde, y luego la noche, y de Corbie Hall no vino razón ninguna, ni una línea, ni un recado de boca.

Y Cailean no era de los que dejan a una sin respuesta.

Cailean, desde lo de los pétalos, le contestaba todo, enseguida, porque sabía que el silencio entre ellos, en aquella casa, daba miedo.

A la mañana siguiente volvió a escribirle, más corta, solo ¿estás bien? Contéstame, aunque sea una palabra , y se la dio otra vez al mozo. Y volvió a esperar. Y volvió a no llegar nada.

Dos notas. Dos días. Y Cailean, que no la dejaba sin respuesta ni una hora, callado al otro lado del lago como si se lo hubiera tragado la tierra.

Eilidh se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia donde estaba Corbie Hall, con un frío subiéndole por la espalda que no era el del cuarto. Se dijo que estaría ocupado. Se dijo que el mozo era torpe. Se dijo todo lo que se dice una para no decirse lo otro.

Pero por debajo, sin querer, le volvió la rendija.

La que había cerrado con alivio el día del caldo caliente.

Y por la rendija, esta vez, no se coló un nombre.

Se coló una pregunta sencilla y terrible: si la única persona por la que Cailean cruzaría el lago corriendo era ella, y Cailean no venía y no respondía…

¿quién, entre las dos fincas, tenía manos para cortar el hilo que los unía?

No se atrevió a contestársela. Todavía no. Pero esa noche no durmió.