La última hija de Dunmore Capítulo 23
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Capítulo 23

Tener un plan que salva es una cosa; convertirlo en pasos que se puedan dar antes de una fecha es otra. Y a Eilidh y Cailean les quedaban ocho días.

Lo desmenuzaron sobre la mesa del cuarto, a la mañana siguiente, con la cabeza fría por una vez, escribiendo en un papel lo que había que hacer y en qué orden.

—Tres cosas —dijo Eilidh, contándolas—. Una: sacar a Eithne y la prueba del fondo del lago.

Sin el cuerpo y sin el estuche, lo que contemos es la palabra de dos contra doscientos años de mentira; con ellos, es innegable.

Hay que bajar a buscarla. —Apuntó la segunda—.

Dos: decirlo. Pero no entre nosotros, ni en una carta, ni a una persona.

En público. Delante de todo el pueblo, en la iglesia, con el reverendo Sloan de testigo, y que quede escrito en el registro parroquial, en el libro de la parroquia, con tinta y con fecha, donde ya nadie pueda raspar la verdad como rasparon a Catrìona.

—La tercera—. Y tres: enterrarla. A Eithne.

En sagrado, dentro del muro, con una losa y su nombre tallado y las dos fechas. Lo que pidió. Lo que le deben.

—El orden importa —dijo Cailean, estudiando el papel—.

Si decimos la verdad antes de tener el cuerpo, nos llaman locas, o peor, le damos tiempo al que mata a hacer desaparecer las pruebas que aún se pueden tocar: los diarios, la confesión.

—Tamborileó con los dedos—. Primero aseguramos lo que tenemos.

Saco copia de la confesión de Tormod y de las páginas clave de los diarios, y las pongo a salvo en Corbie Hall, lejos de la alacena, por si alguien quiere quemar el original.

Después bajamos al lago a por Eithne. Y cuando la tengamos a ella y a la prueba, convocamos al pueblo y lo soltamos todo de golpe, ante testigos, donde no se pueda tapar.

—Levantó la vista—. Si lo hacemos así, en cuatro o cinco días está hecho. Antes del solsticio.

Y al decir «antes del solsticio», los dos se callaron, porque ahí estaba la otra mitad de la carrera, la que daba miedo.

* * *

—El solsticio no es solo nuestra fecha límite —dijo Eilidh despacio, mirando el papel—. Es la suya. La de la guardiana.

Lo habían sabido todo el tiempo, pero hasta ese momento no lo habían dicho en voz alta con todas sus consecuencias.

La noche del solsticio era la noche en que la mentira «cobraba»: la noche en que, generación tras generación, una hija iba a parar al lago.

La noche para la que la habían criado a ella.

Si la guardiana seguía el plan de doscientos años —y no tenía por qué saber que ellos lo habían descubierto entero—, el veintiuno de diciembre, en la oscuridad de la luna nueva, iría a por Eilidh para entregarla al agua como había entregado a su madre, tranquila, de la mano, para que no sufriera.

—Es una carrera doble —dijo Cailean, y se le tensó la cara—.

Nosotros corremos para destapar la verdad antes del solsticio.

Ella corre para cumplir el sacrificio en el solsticio.

Si llegamos nosotros primero, si la verdad sale a la luz antes de esa noche, la mentira se rompe, el nudo se suelta, tú estás a salvo y yo también.

Pero si llega ella primero… —no lo terminó.

—Si llega ella primero, me ahoga en ese lago como a las otras siete —dijo Eilidh, terminándolo por él, fría—.

Y a ti te mata el nudo unos días después, con la verdad otra vez enterrada, y la cadena sigue, y dentro de veintitrés años hay otra niña preparándose sin saberlo.

—Apretó el papel—. No podemos ir despacio, Cailean.

No podemos hacerlo bien y con calma. Cada día que tardamos es un día que ella tiene para movernos ficha.

Nos vigila. Mató a Eppie en cuanto habló conmigo.

En el momento en que sospeche que sabemos lo que sabemos, no esperará al solsticio. Vendrá antes.

Aquello les puso prisa en la sangre. Ya no era solo salvar a Cailean de una flor.

Era ganarle por la mano a alguien que estaba en la misma casa, que los veía, que sabía matar y llevaba toda la vida haciéndolo sin que nadie se enterara.

Siete días. Y un enemigo invisible contando los mismos días que ellos, pero hacia el otro lado.

* * *

Hubo una cosa, en medio de toda la prisa, en la que Eilidh se paró, porque le pareció que era el corazón de todo y no quería que se le pasara.

—Tiene que ser en público, Cailean —dijo—.

Eso no es un detalle. Es lo más importante de todo, y no por la prueba ni por el registro.

Es por lo que significa. —Miró el papel, los tres puntos—.

Piensa en Eithne. Toda su historia es una historia de cosas escondidas.

Su amor por Lachlan, escondido, prohibido por su padre, vivido a oscuras.

Su huida, planeada en secreto, de noche, sin que nadie lo supiera.

Su muerte, tapada, disfrazada de otra cosa.

Su cuerpo, escondido en el fondo del agua.

Su nombre, borrado. Hasta la verdad de quién la mató, callada doscientos años.

Todo, todo lo de Eithne, pasó en la sombra y se quedó en la sombra.

—Levantó la cabeza—. Y la mentira ha vivido tanto precisamente porque vivía en la sombra.

El silencio es su casa. Mientras esto se susurre, mientras se guarde, mientras se trate como un secreto vergonzoso de familia, gana ella.

La única manera de matarla del todo es sacarla a plena luz, delante de todos, dicha en voz alta sin vergüenza.

—Tragó—. A Eithne la mataron por querer hablar a la luz.

Lo menos que puedo hacer por ella es decir, por fin, a la luz, todo lo que ella no llegó a decir.

Su nombre. Su verdad. Lo de los hombres del valle.

Todo. Delante de todo el mundo. Porque lo que se dice a la luz, delante de testigos, en un libro, ya no se puede volver a esconder nunca.

Cailean la miró, y dejó el lápiz, y le cogió la mano por encima del papel del plan.

—Entonces a la luz —dijo—. Hasta el final.

* * *

Esa tarde, ya con el plan escrito y el primer paso en marcha —Cailean había salido hacia Corbie Hall con las copias bien escondidas en las alforjas—, Eilidh subió un momento a lo alto de la torre vieja a despejarse la cabeza y a mirar la luz irse sobre el valle.

Y desde allí arriba, sin buscarlo, vio el lago. Y vio que en el lago había alguien.

Abajo, en la orilla, en la última claridad gris de la tarde, una figura se movía junto al agua.

Eilidh se quedó muy quieta, agarrada al parapeto helado.

La figura iba y venía por la orilla con un propósito que se notaba incluso desde lejos, no el paseo de quien se distrae, sino el trajín de quien prepara algo.

Había sacado una barca vieja de algún sitio, una barca que Eilidh no había visto nunca en uso, y la estaba arrastrando hacia el agua, comprobándola, achicándola quizá, dejándola lista.

Y junto a la barca, en la hierba, había dejado cosas: un rollo de cuerda, un fardo, objetos que desde la torre Eilidh no distinguía pero que estaban allí, ordenados, dispuestos, como se disponen los útiles de una faena que se conoce de memoria.

El viejo rito. Lo estaba preparando. La barca para llegar a lo hondo, donde el agua se traga lo que se le echa y no lo devuelve, donde llevaba doscientos años Eithne.

La cuerda. Todo. La guardiana estaba aprontando, con días de antelación y con calma de oficio, lo que necesitaría la noche del solsticio para llevar a Eilidh al fondo del lago.

Eilidh forzó la vista, conteniendo el aliento, intentando ver quién era.

Pero la tarde se iba, y la figura estaba lejos, y se cubría con un manto oscuro con la capucha echada contra el frío, y por más que Eilidh apretó los ojos no consiguió verle la cara.

Una forma envuelta, agachada sobre una barca, en la orilla de un lago que ya se ponía negro. Nada más.

No le vio la cara. Pero ya no le hacía falta para entender lo que aquello significaba.

La carrera no era un riesgo lejano. Había empezado ya. Mientras ella escribía un plan en un papel arriba, en la torre, abajo, en el agua, su verdugo afilaba las herramientas. Y los dos sabían la fecha.