La última hija de Dunmore Capítulo 19
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Capítulo 19

«Esto no nació de nosotras, sino de lo que él hizo y nos obligó a tapar.»

Eilidh leyó aquella primera línea tres veces a la luz de la vela, y supo que detrás de ella estaba el porqué que Eppie le había mandado buscar y que su abuela se había llevado a medio decir.

Él. La culpa primera fue de un hombre. Pasó la hoja del cuaderno más viejo, buscando quién, buscando qué, y entre las últimas páginas, cosido al lomo por dentro, dobladas y amarillas, encontró otras hojas distintas.

Letra de hombre. Letra grande, antigua, temblona al final, de alguien que escribió aquello ya viejo y ya con miedo.

Encabezaba: Confesión de Tormod Dunmore, laird, ante Dios y ante quien sostenga después de mí esta carga, para que se sepa de dónde viene y a quién se le ha de pedir cuentas.

—Cailean —dijo Eilidh, y la voz le salió rara—. Es él. El primero. El que lo empezó todo. Dejó escrito lo que hizo. —Acercó la vela—. Lee conmigo.

* * *

Leyeron la confesión de Tormod Dunmore entera, los dos, en aquel cuarto helado, a la luz de una sola vela, y según leían se les iba poniendo el suelo del revés.

La primera capa, la más honda, era de antes de las mujeres. Era de la guerra.

Tormod escribía que en los años malos, cuando las tropas de Cromwell bajaron a Escocia a sangre y fuego, los hombres de su valle se levantaron, como tantos, para resistir.

Treinta y tantos hombres del valle, sus propios arrendatarios, sus vecinos, los que araban su tierra y le pagaban su renta, se juntaron para no entregarse.

Y Tormod, que no era hombre de causas sino de cuentas, hizo sus números.

Vio que resistir era perder, y perder era quedarse sin nada. Y vio que había otra manera.

Mandó aviso a los dragones de Cromwell. Les dijo dónde se reunían sus hombres, cuándo, por qué senda venían y por cuál se iban.

Los vendió. A los treinta y tantos. A cambio de que el nuevo poder le confirmara el título, le perdonara las rentas atrasadas y le ampliara las tierras.

Y una noche, en el fondo del valle, donde los hombres creían estar a salvo reunidos, los dragones cayeron sobre ellos y los degollaron a todos, sin un superviviente, y los echaron en una fosa en aquel mismo fondo, y la taparon, y nadie en el valle supo nunca por qué los suyos no volvieron, ni que el que los había vendido cenaba caliente esa noche en su castillo con el título asegurado.

—El valle —dijo Cailean, blanco, con una mano sobre la página—.

La vaguada que no se cruza. Donde no crece nada.

Donde se me murió el ganado al abuelo. —Tragó—.

Es eso, Eilidh. Es una fosa. Treinta y tantos hombres degollados debajo de la hierba que llevamos doscientos años bordeando.

Por eso nadie pasa. Por eso no pasta. Mi familia se quedó esa tierra encima de los huesos de los que la trabajaban.

Eilidh no podía hablar. Pensaba en aquel silencio raro de la vaguada, el silencio de sitio del que el ruido se ha ido, y ahora sabía de qué ruido lo habían vaciado: del de treinta y tantos hombres pidiendo socorro en lo oscuro.

* * *

La segunda capa, la que venía después en la confesión, era de una mujer. Era de Eithne.

Porque Tormod, escribía Tormod, había guardado la prueba de su traición.

La carta de los dragones, los términos del trato, los sellos, todo.

Por seguridad, decía: para tener con qué defenderse si el nuevo poder se volvía contra él.

Lo guardó en un estuche forrado de plomo, para que el agua y el tiempo no lo comieran, y lo escondió.

Y aquel fue su error, porque lo escondió mal, o lo escondió donde no debía, y su hija lo encontró.

Su hija Eithne.

—Era su hija —dijo Eilidh, muy bajo—. La primera. La del hueco en la galería. La mujer del agua. Era la hija de Tormod, y encontró la prueba de lo que su propio padre había hecho.

Siguieron leyendo, y la confesión de Tormod, en aquel punto, se volvía la de un hombre que intenta justificar lo injustificable y no puede, y lo sabe.

Eithne había hallado el estuche, había leído lo que ponía, y había entendido qué clase de hombre era su padre: el que había vendido a los hombres del valle a la muerte por unas tierras.

Y Eithne no se calló. Eithne, escribía Tormod, andaba enamorada de un joven de la casa vecina, un Sinclair, en contra de su voluntad de padre; estaba encinta de él; y planeaba huir con el muchacho, casarse, tener a la criatura lejos de Dunmore, y, lo que era peor para Tormod, llevarse la prueba y enseñársela a quien hiciera falta para que el nombre de los hombres del valle se limpiara y el de su padre se hundiera.

Eilidh cerró un momento los ojos. Un Sinclair. El joven de la cara de Cailean, el del retrato sin fecha de muerte. Lachlan. Eithne y Lachlan. La cesión de la tierra a los Sinclair, aquel mismo año. Las piezas iban cayendo, frías, una tras otra, aunque alguna todavía no encajara del todo.

—La iba a exponer —dijo Cailean, leyendo por encima de su hombro, con la voz tomada—. Estaba embarazada de mi… de Lachlan. Iban a huir juntos y a contarlo todo.

—Y por eso la mató —dijo Eilidh.

Lo ponía en la confesión, con las palabras justas de un hombre que ya no tenía a quién mentir.

La noche en que Eithne había quedado en verse con el Sinclair en el vado para huir, Tormod la siguió.

La sorprendió esperando. Le exigió la prueba.

Ella no la llevaba encima, o no quiso dársela, y echó a correr hacia el agua, que era el único sitio donde su padre no estaba.

Y Tormod la alcanzó, y la metió en el lago, y la sostuvo debajo con sus propias manos — las mismas con las que la había mecido de niña , escribía, y a Eilidh se le revolvió el estómago— hasta que dejó de moverse.

Y luego buscó la prueba, dio con ella, la encerró en el mismo estuche plomado, y lo hundió en el lago, atado al cuerpo de su hija, para que los dos —la testigo y el testimonio— se quedaran juntos en el fondo, donde nadie los buscara nunca.

Y al día siguiente dijo que la pobre Eithne, trastornada, se había arrojado al agua.

Y nadie lo dudó. Porque una mujer en el agua nunca se duda.

—Está ahí abajo con la prueba encima —susurró Eilidh, y le tembló todo el cuerpo, porque era lo que había sentido aquella noche de luna nueva en la orilla, sin saber por qué—.

Por eso su cuerpo nunca apareció. Por eso nunca debía aparecer.

No era solo el cuerpo de una hija incómoda.

Era el cuerpo que tenía atada la prueba de la traición.

Sacar a Eithne del lago es sacar lo que hundió a su padre.

Por eso lleva doscientos años ahí. Por eso me pide que lo diga.

—Levantó la cabeza—. No quiere venganza, Cailean.

Quiere salir. Quiere que se sepa lo que le hicieron y por qué, y que limpien el nombre de los hombres del valle. Dilo. Quiere que lo diga en voz alta.

* * *

Se quedaron los dos en silencio en el cuarto helado, con la confesión de un asesino de doscientos años abierta entre ellos sobre la mesa, y el peso entero de lo que acababan de leer cayéndoles encima.

Toda la vida le habían dicho a Eilidh que cargaba una maldición.

Que su sangre estaba marcada por una desgracia antigua, un castigo, un hado.

Que las hijas de Dunmore morían jóvenes porque algo oscuro y más grande que ellas las reclamaba.

Y Eilidh lo había creído. Había venido al norte temblando ante un destino.

Y no había ningún destino. No había maldición, ni castigo del cielo, ni nada que un hombre no hubiera hecho con sus dos manos por codicia.

Solo un señor que había vendido a sus vecinos por unas tierras, y que había ahogado a su propia hija para que no lo contara, y que había hundido el cuerpo con la prueba para que el lago se lo tragara todo.

Lo demás —el cuento de la maldición, lo que vendría después— era humo levantado encima de aquellos dos crímenes para que nadie mirara debajo.

—No estamos malditos —dijo Eilidh, y la voz le salió dura y temblorosa a la vez—.

Esa es la mentira más grande de todas, Cailean, y me la he tragado entera.

Mi familia no son víctimas de una maldición.

—Puso la mano sobre la confesión de Tormod—.

Son asesinos que fabricaron una. Levantaron un cuento de fantasmas encima de una fosa y de una hija ahogada para no responder de lo que hicieron.

Y llevan doscientos años manteniéndolo. —Se le quebró—.

Yo no llevo una maldición en la sangre. Llevo un crimen.

Es distinto. Un crimen tiene culpables. Y a los culpables se les puede señalar.

Y entonces, al ir a recoger los papeles, vio a Cailean a la luz de la vela, y se le cerró la garganta.

La flor había vuelto a crecer, y esta vez mucho, de golpe, como no crecía desde la noche de la tormenta.

La rama negra le había rebasado el cuello entero y le subía ya por el lado de la mandíbula, hacia la sien, hacia la cara; y le bajaba también por debajo, asomándole por la muñeca derecha en una raíz oscura, ganando terreno por todas partes a la vez.

En las pocas horas que llevaban con la confesión de Tormod en las manos, había hecho un avance enorme.

Y Eilidh, esta vez, ya no lo descartó. Ya no se dijo que era el solsticio, ni el azar. Lo miró, y lo dijo en voz alta, porque ya no podía negarlo:

—Crece cuando nos acercamos a la verdad.

—Le buscó los ojos—. Mírala. No ha crecido en una semana entera de no saber nada.

Ha crecido justo esta noche, justo ahora, justo cuando hemos llegado a lo más hondo de todo, a lo que llevaban doscientos años enterrando.

No es el solsticio el que la alimenta, Cailean.

Es esto. Es la verdad saliendo. Cada vez que destapamos una capa, la flor avanza.

—Tragó, mareada, porque la idea era enorme y todavía no le veía el final—.

La flor está atada a la verdad. No sé cómo, ni para qué, ni si eso es bueno o malo para ti.

Pero está atada a la verdad. Y nosotros llevamos semanas tirando de ella.