Capítulo 18
Enterraron a Lady Dunmore deprisa, como se entierra en invierno en el norte, y la casa se llenó del trajín callado de una muerte: paños negros en los espejos, el reverendo Sloan murmurando en el zaguán, vecinos que subían a dar el pésame y a mirar de reojo a la nueva señora.
Mairead llevaba el peso de todo, como siempre, con la entereza de quien ha enterrado ya a demasiada gente: ella daba las órdenes, ella recibía a los que venían, ella había amortajado a su hermana con sus propias manos.
Y Eilidh, que tenía la llave caliente de la muerta escondida contra el pecho, esperó. Esperó a que el duelo le diera lo único que necesitaba: una casa distraída y una noche en que Mairead, agotada de enterrar a su hermana, se acostara temprano.
La segunda noche se la dio.
—Ahora —le dijo a Cailean, bajísimo, en el corredor—.
Está todo el mundo dormido. Mairead se ha retirado hace una hora.
No vamos a tener mejor ocasión. —Sacó la llave del guardapelo—.
Mi abuela se murió antes de decirme el nombre, pero me dejó esto.
Y me juró que ahí dentro está el porqué. Vamos a leerlo.
* * *
Bajaron al cuarto de los papeles con una sola vela, sin hacer ruido, Cailean delante tapando la luz con el cuerpo para que no se viera por debajo de las puertas. El ala norte estaba helada y negra, y la sala de los papeles los recibió con su olor a polvo viejo y su única ventana ciega.
La alacena de roble esperaba en el rincón, cerrada, con su cerradura grande de hierro. La que no abría nadie. La que Begg les había dicho que abría solo la señora.
Eilidh metió la llave. Entró áspera, con resistencia, como entra una llave en una cerradura que lleva mucho sin usarse pero que la conoce.
Giró. Y dentro del hierro algo cedió con un chasquido grave, un clac que sonó en la sala vacía como un disparo, y a Eilidh se le puso el corazón en la garganta, porque acababa de abrir, sin vuelta atrás, la cosa que la familia llevaba doscientos años manteniendo cerrada.
Las dos hojas se abrieron hacia fuera con un quejido de gozne.
No esperaba lo que vio. Esperaba, no sabía, un cofre, un secreto único, una caja con una sola cosa terrible dentro.
Lo que había era una biblioteca. Una biblioteca pequeña y atroz.
Las baldas de la alacena estaban llenas de libros, pero no de libros impresos: de cuadernos.
Cuadernos cosidos a mano, de tapas distintas, de tamaños distintos, unos de piel, otros de cartón forrado, otros apenas un fajo de hojas atadas con un cordel.
Decenas. Puestos en fila, por orden, los más nuevos a un lado y los más viejos y pequeños y oscuros al otro, como los retratos de la galería, como las losas del cementerio: una hilera ordenada que iba hacia atrás en el tiempo.
—Son diarios —dijo Cailean, acercando la vela—.
Mira. Letras distintas en cada uno. Manos distintas.
—Sacó uno del lado nuevo, lo abrió, pasó hojas—.
Esto lo escribió una mujer. Y esto —cogió otro, más viejo— otra, más antigua.
—Levantó la vista, y a la luz de la vela tenía la cara descompuesta—.
Eilidh, esto es lo que escribieron ellas.
Una detrás de otra. Las que tu abuela llamaba las que sostenían la vela.
Cada guardiana llevaba su cuaderno, y al morir se lo dejaba a la siguiente, con los de antes, aquí, bajo llave. Doscientos años de… de esto.
Eilidh cogió uno del centro de la fila, con manos que ya le temblaban, y lo abrió por cualquier página, y leyó a la luz de la vela.
Y lo que la heló no fue lo que ponía. Fue cómo lo ponía.
* * *
Porque no ponía lo que ella esperaba. No había allí conjuros, ni pactos con el diablo, ni hechizos, ni el relato asustado de una familia maldita que padece una desgracia sobrenatural.
Nada de eso. La letra de aquella página, apretada y serena, hablaba de otra cosa con un tono que a Eilidh se le metió en los huesos: el tono de quien anota una tarea.
«La niña ya tiene veintidós», leyó. «Está crecida y sana, gracias a Dios, y casará en otoño con el Sinclair que toca, que es buen mozo y la quiere.
Tendrá tiempo de darle un hijo a la casa antes del invierno.
He empezado a prepararla, con tiento, como me prepararon a mí en su día.
No sospecha nada. Es lo mejor. Las que van tranquilas no sufren. »
Eilidh dejó de respirar.
Volvió la hoja. Más de lo mismo, página tras página, año tras año, con esa serenidad administrativa que era mil veces peor que cualquier grito.
La guardiana anotaba la edad de la niña, su salud, su boda, su embarazo, como un mayoral anota el ganado.
Anotaba cuándo «empezaba a prepararla». Anotaba, sin una palabra de más, sin temblor en la letra, el solsticio en que «se cumplió».
Y luego, unas páginas en blanco de luto, y enseguida la siguiente: una niña nueva, recién nacida, «que será la de dentro de veintitrés años, si Dios quiere y yo vivo para criarla; y si no, ya enseñaré a quien venga detrás».
No era una maldición. No era una desgracia que la familia padecía.
Era una tarea que la familia hacía. Una labor.
Algo que unas mujeres llevaban doscientos años haciéndoles a otras a propósito, con método, con cuaderno, criando con cariño a la niña que iban a ahogar, eligiéndole marido, esperando a que pariera al heredero, y llevándola al agua tranquila para que «no sufriera». No lo padecían. Lo administraban.
—Cailean —dijo Eilidh, y la voz le salió rota—.
No hablan de ninguna maldición. Ni una vez.
No le tienen miedo a nada sobrenatural. Lo cuentan como…
como quien lleva las cuentas de la casa.
La familia no sufre esto. La familia lo hace.
Lo hace ella misma, generación tras generación, y lo deja por escrito para que la siguiente sepa cómo.
—Le temblaban las manos sobre el cuaderno—.
No hay bruja, Cailean. No hay demonio. Siempre han sido ellas.
La fuente de todo este horror es la propia casa.
Mi propia sangre. Lo de la maldición es el cuento que les cuentan a los de fuera, y a las niñas, para que vayan tranquilas.
Pero ellas, aquí dentro, entre ellas, lo llaman por su nombre. —Tragó—. Lo llaman deber.
Cailean miró la hilera de cuadernos, la biblioteca entera de aquel horror metódico, y dijo lo único que cabía decir.
—Tu abuela te dio la llave porque quería que supieras esto antes de morirte tú también.
—Tocó los lomos, despacio—. Y hay una cosa segura: quien sostiene la vela ahora, la que mata hoy, no contaba con que tú entraras aquí.
Esto estaba cerrado a cal y canto. La llave la tenía una moribunda que no debía soltarla nunca.
—La miró—. Lo que hay en esta alacena no debía leerlo nadie de fuera jamás. Y lo tienes en las manos.
* * *
Eilidh se quedó mirando la fila de cuadernos, y entendió que tenía delante doscientos años de confesión escrita, la verdad entera de lo que pasaba en aquella casa, esperándola.
Pero quería el principio. Quería saber dónde y cómo y por qué había empezado todo aquel deber.
Así que dejó los del centro y fue hasta el extremo, al lado de los más viejos, donde estaban los cuadernos pequeños y oscuros, los de las primeras, los de tinta marrón casi negra de puro vieja.
Sacó el último de la fila. El más antiguo de todos. El primero que se había escrito.
Era poca cosa: unas pocas hojas dobladas y cosidas con un cordel deshilachado, las tapas de un cartón que se deshacía en los bordes. Lo abrió con cuidado de no romperlo, y acercó la vela a la primera página, a la primera línea que alguien había escrito, dos siglos atrás, al empezar todo aquello.
No hablaba de una bruja. No hablaba de una maldición caída del cielo. No mencionaba al diablo, ni a Dios, ni a ninguna desgracia.
La primera línea del primer cuaderno, escrita con una letra firme y antigua que apretaba sobre el papel, decía:
«Yo no quería hacerlo. Pero él me lo mandó, y juré, y un juramento es un juramento. Que sobre su alma caiga, que fue suya la culpa primera; sobre la mía, solo la obediencia. Lo apunto aquí para que la que venga detrás sepa que esto no nació de nosotras, sino de lo que él hizo y nos obligó a tapar.»