La última hija de Dunmore Capítulo 17
50%

Capítulo 17

Si la mano era viva y estaba cerca, entonces tenía que ponerle cara a alguien de la casa. Y eso fue lo peor de aquellos días: mirar a la gente que la rodeaba e ir preguntándose, de cada una, ¿fuiste tú?

Descartó a Begg casi enseguida; la señora Begg apenas salía de la cocina y le tenía a la noche un miedo de cría.

A los mozos, también; eran de fuera, jóvenes, sin nada que los atara a una historia de doscientos años.

Y entonces se quedó, en aquel repaso atroz, con las dos únicas personas de la casa que llevaban la sangre o el secreto en las venas: su abuela, Lady Dunmore, y su tía abuela Mairead, la mujer que la había criado.

Y al llegar a Mairead, la mente se le cerró sola, con un portazo.

Mairead no. Mairead, que le había enseñado las letras de niña, que le ponía paños fríos en la frente cuando los dibujos la dejaban con fiebre, que la había traído al norte con la mano temblándole.

Mairead la quería. Era lo único seguro que Eilidh tenía en el mundo, la única que la había cuidado cuando no había nadie más.

Pensar siquiera medio segundo en Mairead le dio tal vergüenza que apartó la idea de un manotazo y no volvió a tocarla. No era ella. No podía ser ella. Punto.

Quedaba la abuela.

Y la abuela cuadraba. Lady Dunmore lo sabía todo de la casa.

Había reconocido la flor en el pecho de Cailean nada más verla, con un espanto que era de quien conoce la cosa de antiguo.

Era la guardiana del apellido, la dueña de la alacena cerrada, la señora del castillo.

Si alguien de aquella casa llevaba el secreto, era ella. Eilidh decidió ir a sacárselo.

Pero cuando subió a su cuarto, el primero de diciembre, se encontró con que la abuela se le estaba muriendo entre las manos, y que no le quedaba tiempo de confrontaciones largas.

* * *

Lady Dunmore llevaba días apagándose, y aquella mañana ya era casi todo sombra.

La habían incorporado sobre los almohadones, pequeña, amarilla, con la respiración rota y los ojos hundidos brillando todavía, demasiado vivos para aquella cara de cera.

Mairead estaba con ella, como había estado siempre, velándola; le humedecía los labios con un paño, le arreglaba el embozo, con la entrega callada de quien cuida a una hermana mayor que se le va.

Al ver entrar a Eilidh, Mairead le apretó el hombro al pasar — está muy baja, niña, sé suave — y salió a buscar al cura, dejándolas solas.

Eilidh se sentó al borde de la cama. Tenía preparada la dureza, las acusaciones, el tú lo sabías y dejaste morir a mi madre .

Y al ver a la vieja así, deshecha, casi se le cayó toda.

Pero no del todo, porque Eppie estaba en el vado por culpa de aquella casa, y Eilidh ya no podía permitirse la cortesía.

—Sé lo que pasa en esta familia —dijo, en voz baja pero clara, junto a la oreja de su abuela—.

Sé que a las hijas no se las lleva el agua.

Sé que las matan. A mi madre la mataron.

Y a una mujer del pueblo la han ahogado anteanoche por contármelo.

—Le buscó los ojos hundidos—. Eres la señora de esta casa.

Lo sabes todo. Dímelo de una vez, antes de irte. ¿Fuiste tú?

Algo pasó por la cara de Lady Dunmore. No fue indignación.

Fue una mueca de dolor viejo, de algo que llevaba demasiado tiempo apretado por dentro y que la pregunta tocaba en carne viva.

Movió la mano sobre la colcha, buscando, hasta que encontró la de Eilidh y se aferró a ella con una fuerza que no parecía caberle en aquel cuerpo.

—No —dijo. La voz le salió como un raspar de papel seco—.

Eso al menos no. No fui yo. Estas manos no han ahogado a nadie.

—Tragó, con esfuerzo—. Pero no me llames inocente, niña, porque tampoco lo soy.

Yo lo supe. Lo supe siempre. Vi marcharse a tu madre al lago y no dije una palabra.

Me callé, como se calló mi madre, y la suya, y todas.

Esta familia se sostiene sobre callar. —Cerró los ojos un momento—.

Yo no maté a Sorcha. Pero la dejé morir.

Y eso, ante Dios, a lo mejor es lo mismo.

A Eilidh se le cerró la garganta, de rabia y de pena mezcladas.

—¿Por qué? —preguntó, y le salió la palabra de Eppie, la que la vieja le había mandado buscar—. ¿Por qué hay que matarlas? ¿Por qué os calláis todas? ¿Qué hay debajo de esto que vale tantas muertas?

—No lo sé entero. —Lady Dunmore abrió los ojos, y ahora había en ellos una urgencia febril, la de quien se da cuenta de que se le acaba el plazo de decir lo que nunca dijo—.

Nadie lo sabe entero ya. Es viejo. Empezó con la primera, con la que no tiene retrato, y de ella ya solo quedan…

papeles. Está todo guardado. Lo viejo de verdad.

Lo que explica el porqué. —Tiró de la mano de Eilidh, acercándola—.

En la alacena. La del cuarto de los papeles, la que no abre nadie.

Ahí está. Los cuadernos. Lo que escribieron las que sostuvieron la vela antes que… —se le cortó la voz.

—¿Las que sostuvieron qué? —Eilidh se inclinó más—. ¿De qué vela hablas?

* * *

Lady Dunmore la miró largamente, y en aquella mirada Eilidh vio que la vieja estaba reuniendo el último resto de fuerza para algo que le costaba más que respirar.

—En cada generación hay una —dijo, muy bajo, como si las paredes oyeran—.

Una que sabe. Una que lo hace. Una que lleva a las niñas al agua y luego se lo enseña a la siguiente antes de morir, para que el apellido no se rompa.

Es como una vela, niña. Se pasa de mano en mano, encendida, sin que se apague nunca.

Quien la sostiene es quien… —tragó— quien cumple.

La guardiana. —Le clavó los ojos hundidos—.

Yo nunca la sostuve. A mí no me tocó. Pero sé quién la sostiene ahora.

Lo sé desde siempre. Vive bajo este techo.

Está… —y aquí la voz se le quebró del todo, y a la cara se le subió algo que Eilidh no había visto nunca en su abuela, ni la primera tarde en la galería fría: terror.

Terror puro, y debajo del terror, una vergüenza tan honda que la dobló—.

Está tan cerca de ti —susurró— que no te vas a atrever a creerlo.

Que ni yo me atrevo a decirlo. Que llevo toda la vida sin atreverme, porque decir su nombre es…

—se le escapó el aire— es traicionar a mi propia…

No terminó.

Le vino un acceso, un estertor que le sacudió el pecho entero, y los ojos se le abrieron mucho, espantados, mirando algo que ya no era Eilidh ni era el cuarto.

La mano que tenía agarrada a la de Eilidh se crispó.

Y con la otra, con un último gesto de una urgencia animal, se llevó los dedos al cuello, al guardapelo de plata ennegrecida que llevaba allí desde que Eilidh la conocía, y tiró, y la cadena se rompió, y le puso a Eilidh el guardapelo en la mano cerrándole los dedos encima con las dos suyas, apretando, transmitiéndole sin palabras que aquello era lo que importaba, que aquello era la respuesta.

Y se quedó quieta.

El pecho dejó de subir. Los ojos espantados se vaciaron, fijos en el techo. La mano se aflojó sobre la de Eilidh.

Lady Dunmore se había llevado el nombre.

* * *

Eilidh se quedó sentada en el borde de la cama, sin moverse, con la mano de la muerta enfriándose sobre la suya y el corazón golpeándole.

Está tan cerca de ti que no te vas a atrever a creerlo.

Traicionar a mi propia… ¿A su propia qué?

Sangre, casa, familia; la frase se cortaba justo donde habría dado el dato.

Una guardiana viva, bajo aquel mismo techo, tan cercana que la abuela había preferido morirse antes que nombrarla.

Eilidh repasó, de nuevo, despacio, las caras de la casa.

Y de nuevo, al llegar a Mairead, la mente se le cerró con el mismo portazo de antes, solo que ahora le costó un poco más cerrarla.

No. Es la abuela divagando. Una vieja con miedo a la muerte.

Cualquier criada, cualquiera que entre y salga.

Mairead no. Y apartó la idea, una vez más, porque la otra posibilidad era impensable, y porque hay puertas que una no abre hasta que la obligan.

Abrió la mano.

El guardapelo de plata estaba caliente. Caliente todavía de los dos siglos de cuello y de la mano agonizante que se lo había puesto a la fuerza entre los dedos. Lo abrió con cuidado. Dentro no había un retrato, ni un rizo de pelo, ni nada de lo que suele guardarse en un guardapelo.

Dentro, encajada con precisión en el hueco forrado de seda, había una llave.

Pequeña, de hierro viejo, gastada de tanto usarla.

La llave de una cerradura grande. La llave de una alacena de roble de dos hojas que no abría nadie, en un cuarto frío del ala norte, donde estaba guardado, según acababa de jurarle una moribunda, el porqué de todo.

Eilidh cerró la mano sobre la llave caliente, y notó cómo, debajo del duelo y del miedo, se le encendía otra cosa, fría y firme: que su abuela se había llevado el nombre, sí, pero le había dejado la puerta.

Y ella tenía la llave.