La última hija de Dunmore Capítulo 16
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Capítulo 16

Si la cura era terminar lo que quedó a medias, y Eppie le había dicho que buscara el porqué, entonces la única persona viva que sabía el porqué era Eppie. Así que Eilidh decidió volver a su puerta, aunque la vieja le hubiera dicho que no lo hiciera.

Bajó al pueblo el veintiocho por la mañana, con Cailean, porque después de los pétalos en la almohada él ya no la dejaba ir sola a ningún sitio. Llevaba pensado el ruego: una cosa más, Eppie, solo una. El porqué. Tú dijiste que lo buscara. Ayúdame a encontrarlo y no vuelvo a molestarte.

No llegó a decírselo.

Lo entendió al entrar en Kilfinnan, por el corro.

Había gente parada junto al camino del vado, mujeres con el chal en la cabeza, un par de hombres, los niños retenidos por los brazos para que no se acercaran.

Y esa quietud que tiene un pueblo cuando ha pasado algo.

Eilidh apretó el paso, y el corro se abrió para dejarla pasar con esa cortesía rara que se le tiene a la señora de la casa grande, y entonces vio.

Habían sacado un cuerpo del agua y lo habían tendido en la orilla del vado, sobre una manta, mientras alguien iba a buscar no se sabía qué.

Un cuerpo pequeño, encogido, con la ropa pegada y oscura de agua, el pelo gris suelto y lleno de hierbas del lago.

Las manos grandes y manchadas, quietas por fin del todo, abiertas hacia arriba.

Era Eppie.

* * *

—Se la ha llevado el vado —dijo una de las mujeres, persignándose, cuando Eilidh se quedó de pie sin habla—.

Pobre vieja. Vivía sola, ¿sabe? Y últimamente desvariaba, hablaba sola por el camino.

Anoche debió de salir a por agua o a por hierbas, con lo oscuro, y resbalaría, o se metería ella misma, que vaya una a saber qué se le pasa por la cabeza a una vieja sola.

—Bajó la voz—. Aquí el agua se lleva a quien quiere. Lo sabemos todos.

—Una desgracia —dijo un hombre, mirando el cuerpo con pena honrada y ninguna sospecha—. Tenía sus años. Se le iría la cabeza, se acercaría de noche al vado, y ya está. Estas cosas pasan.

Estas cosas pasan. Como pasaban las otras.

Una mujer, el agua, ninguna pregunta. Eilidh oyó las palabras y se le revolvió algo por dentro, porque era la misma frase, la frase de doscientos años: una mujer aparece en el agua y todo el mundo asiente y nadie mira de cerca, porque mirar de cerca da más trabajo y más miedo que persignarse y decir que el agua se lleva a quien quiere.

Se arrodilló junto al cuerpo de Eppie sin pedir permiso. Cailean se puso a su lado, haciendo de pantalla con el cuerpo para que el corro no viera lo que Eilidh iba a hacer.

—Mírale los brazos —dijo Eilidh muy bajo, apartándole a la muerta la manga empapada—. Y las muñecas. Como me enseñó ella misma.

Y allí estaban. En los brazos viejos y blancos de Eppie, por encima del codo, los cardenales finos y alargados, cuatro de un lado, uno del otro: la marca de unas manos que la habían cogido fuerte.

Y en una muñeca, la raya roja de algo que la había sujetado poco antes de morir.

Exactamente lo que la propia Eppie le había descrito tres semanas atrás, sentada en su escabel, las señales que el agua no deja y las manos sí.

Eppie había leído esos signos en los cuerpos de las hijas durante toda su vida.

Y ahora los tenía ella.

* * *

Eilidh puso la mano sobre la frente fría de Eppie, sin querer, en un gesto de despedida, y la cosa se le abrió por dentro otra vez, sin permiso, igual que en la orilla, igual que en la casa de la propia vieja.

No fue una noche vieja esta vez. No hubo nieve, ni luna, ni ropa de otro siglo.

Fue anoche. Fue este vado, el de ahora, el de hoy, con las mismas piedras que Eilidh tenía bajo las rodillas.

Vio a Eppie en lo oscuro, pequeña y forcejeando, las manos viejas arañando un brazo que la sujetaba, y vio el agua del vado subiéndole a la cara, y vio, empujándola hacia abajo contra el fondo de piedras, dos manos.

Manos vivas. Manos de ahora, no de hace doscientos años.

Y al final de los brazos que sujetaban, allá arriba, donde tenía que estar la cara del que apretaba, había otra vez aquel sitio velado, borroso, que se resbalaba de la vista.

Pero esta vez Eilidh entendió, con un horror nuevo y entero, lo que significaba que la cara siguiera velada.

No era un fantasma el que velaba aquella cara.

Los fantasmas no ahogan a comadronas en vados de madrugada.

La cara estaba velada porque era la cara de alguien vivo, alguien que esta misma noche, hacía unas horas, había bajado al vado con sus dos pies, había metido a una vieja en el agua con sus dos manos y la había sostenido debajo hasta que dejó de moverse, y luego había vuelto a subir, andando, a dormir bajo techo.

La figura de sus visiones, la que llevaba doscientos años llevando mujeres al agua, no era un espectro.

Era una persona. Y seguía aquí. Y seguía matando.

Volvió de golpe, con la mano todavía en la frente de Eppie, y se encontró la cara de Cailean a un palmo, blanca, esperando.

—La han asesinado —dijo Eilidh, bajísimo, para que solo él la oyera—.

Anoche. Aquí. La sujetaron debajo, como a las demás.

Lo he visto. —Le temblaba todo—. Y no era una sombra de hace dos siglos, Cailean.

Eran manos de ahora. Alguien la mató anoche.

Alguien que está vivo. Alguien que duerme bajo un techo de este valle ahora mismo, con las manos que la ahogaron.

* * *

Subieron a la casa en silencio, y por el camino Eilidh fue cayendo, peldaño a peldaño, en lo que aquello cambiaba, que era todo.

Porque hasta esa mañana, sin darse cuenta del todo, había estado tratando aquello como una historia vieja.

Un crimen de hace doscientos años. Mujeres muertas hacía siglos, una primera ahogada en mil seiscientos cincuenta y uno, un misterio metido en libros marrones y en retratos cuarteados.

Algo terrible, sí, pero terminado. Pasado. Los muertos no muerden.

Eppie no llevaba doscientos años muerta.

Eppie estaba viva el lunes. El lunes le había avivado a Eilidh el fuego y le había puesto un cuenco caliente en las manos y le había agarrado la muñeca con su mano grande y le había dicho que no preguntara quién.

Y le había dicho otra cosa, una que ahora volvía y le helaba la sangre: ya he hablado de más para vivir tranquila lo poco que me queda.

Lo había sabido. Eppie había sabido, al hablar con ella, que estaba firmando su sentencia. Y había hablado igual. Y la habían matado por hablar.

—La maté yo —dijo Eilidh en la escalera, parándose, con una arcada de culpa—.

Fui yo a su puerta. Le saqué lo que sabía.

Y alguien lo supo, alguien vio que había hablado conmigo, y la ahogó por ello.

Tres semanas. Aguantó tres semanas vivo después de hablar, hasta que el que vigila decidió que ya estaba.

—Se agarró al pasamanos—. Los pétalos en mi almohada, Cailean.

A mí me avisaron con pétalos. A ella no la avisaron.

A ella la ahogaron directamente. La diferencia entre las dos es que a mí todavía me quieren para algo.

Para el solsticio. A Eppie ya no la querían para nada, solo callada.

Cailean la sujetó por los hombros, y tenía la mandíbula apretada de pura rabia contenida.

—Entonces el que mata sabe que hablaste con ella —dijo, despacio, siguiendo el hilo hasta el final—.

Sabe que removemos los papeles. Sabe lo que averiguamos casi a la vez que lo averiguamos.

—Levantó la cabeza—. Eilidh, eso quiere decir que está cerca.

Muy cerca. En la casa, o entrando y saliendo de la casa.

Alguien que nos ve. Alguien de los que tenemos al lado.

—Tragó—. Como dijo Eppie. El quién es alguien en quien te apoyas.

Eilidh asintió, helada, repasando sin querer las caras de los que tenía cerca, y apartando ese pensamiento enseguida, porque no estaba lista para sospechar de ninguna de ellas, todavía no.

Pero lo que sí entendió, allí en la escalera, con Eppie muerta abajo en el vado por culpa de sus preguntas, fue lo que cambiaba el juego entero.

Había venido al norte a romper una maldición, a luchar contra algo antiguo y sobrenatural, contra un destino escrito en la sangre.

Y resultaba que no. Que el agua no se llevaba a nadie.

Que no había maldición que vencer ni hado que torcer.

Había una persona. Una persona viva, con un nombre y una cama y dos manos, que llevaba toda la vida ahogando mujeres y mintiendo, y que mataba todavía, ahora, a cualquiera que se acercara demasiado a la verdad.

—Esto no es una historia de fantasmas —dijo Eilidh, y su propia voz le sonó dura y fría y nueva—.

Llevo desde que llegué temiéndole a un fantasma.

Y mientras yo le rezaba al miedo equivocado, esa persona ahogaba a Eppie a un cuarto de hora de mi cama.

—Apretó los puños—. No me persigue un fantasma, Cailean.

Me persigue alguien. Y a alguien se le puede poner cara, y nombre, y se le puede parar.