Capítulo 15
La flor le había llegado a la garganta.
Eilidh lo vio la mañana del veinticuatro, cuando Cailean se inclinó sobre la jofaina a lavarse, y al doblar el cuello la rama negra asomó por encima del embozo de la camisa, una lengua oscura lamiéndole la base del cuello, donde late la vida.
Y se le acabó la paciencia con buscar porqués en libros viejos.
Porque los libros viejos no le iban a dar tiempo a Cailean. La garganta sí tenía prisa.
—Esto lo paramos hoy —dijo—. Como sea.
—¿Cómo? —Cailean se secó, se cubrió el cuello, fingió que no le importaba—. Llevamos semanas y solo tenemos preguntas.
—Tenemos una cosa segura. —Eilidh se plantó delante de él—.
La flor te salió la noche del handfasting.
No antes. Llevabas treinta años en este valle con la maldición rondando y estabas limpio.
Te casaste conmigo, y a la mañana siguiente tenías la flor en el pecho.
—Tragó—. Lo dijo tu abuela, lo viste tú: quererte es lo que te mata.
Pues si lo que te marcó fue el lazo, lo que te salve será deshacerlo.
—Le costó decirlo, y lo dijo igual—. Tenemos que des-casarnos, Cailean.
Romper el handfasting. Si rompo el voto, a lo mejor rompo la flor.
Cailean se quedó mirándola, y a Eilidh le dolió lo que vio en su cara: que él prefería la flor antes que aquello. Pero también era un hombre práctico, y la garganta tenía prisa, y al final cerró los ojos un momento y asintió.
—Si te equivocas —dijo—, habremos tirado por la borda lo único bueno que tenemos por nada.
—Y si tengo razón, vives. —Eilidh le cogió la cara—. Prefiero perderte casada que enterrarte casada. Lo deshacemos. Y cuando estés a salvo, ya nos volveremos a casar, todas las veces que haga falta. Pero primero, vive.
* * *
Un handfasting se ata, y lo que se ata se puede desatar. Eso decían las viejas. Un año y un día, y quien quiera se va. No hacía falta cura ni papel: lo mismo que los había unido —dos voluntades y un cordón— podía soltarlos.
Lo hicieron esa noche, en el mismo cuarto donde se habían casado, y fue lo más triste que Eilidh había hecho nunca.
Sacó el cordón viejo, el de Eithne y Lachlan, el que Mairead les había atado con las manos temblando.
Todavía guardaba el nudo de aquella noche, el nudo de la boda.
Eilidh lo tuvo un momento entre los dedos, aquel nudo que los ataba, y le costó horrores deshacerlo, porque deshacer un nudo de boda con tus propias manos es una cosa contra natura, el cuerpo se resiste.
Tiró del cabo. El nudo se aflojó, se rindió, se abrió.
Y el cordón quedó otra vez lacio, separado en dos cabos, como antes de que existieran ellos.
—Yo te suelto —dijo Eilidh, con la voz partida, diciendo lo contrario de lo que había dicho bajo la tormenta—. Te devuelvo a ti mismo. Ya no eres mío.
—Y yo a ti —dijo Cailean, y se le quebró también—. Te suelto. Sé libre. Que esto que te quitan ahora no es porque no te quiera, sino porque te quiero más que a mi propia carne, y prefiero soltarte que verte morir por mí.
Se devolvieron el cordón, cada uno con su cabo, y luego no se tocaron.
Esa era la otra parte, la dura: para que la cura fuera de verdad, tenían que vivir des-casados.
Nada de roces. Nada de noches. En seco, separados, como dos que no se conocen.
Eilidh se acostó aquella noche del lado frío de la cama, con un palmo de sábana vacía entre los dos que pesaba como un muro, oyendo respirar a Cailean a una cuarta de distancia y teniendo prohibido cruzarla.
Y pensó que, si aquello salvaba a Cailean, valdría la pena.
Que aguantaría aquel palmo de frío toda la vida, con tal de que él la respirara al otro lado, vivo.
Solo tenía que funcionar.
* * *
No funcionó.
Lo supieron a la mañana siguiente, la del veinticinco, cuando Cailean se destapó el cuello para mirarse, esperanzados los dos, conteniendo el aliento.
La flor estaba peor.
No igual. Peor. Había pasado la noche, la primera noche en seco, sin un roce, sin un beso, exactamente lo contrario de lo que la había hecho nacer, y en vez de palidecer, en vez de retroceder un solo milímetro, había florecido más.
El negro era más negro, un negro con brillo, casi húmedo, como tinta fresca.
Los pétalos se habían abierto más. Y había trepado: donde la víspera lamía la base del cuello, ahora subía por el lado de la garganta en dos venas oscuras que le llegaban casi a la mandíbula.
—Más —dijo Cailean, tocándose, incrédulo—. Está más grande. En una noche. La noche en que no te he tocado.
Eilidh se quedó helada delante de él, y la cabeza le iba muy deprisa, porque aquello no tenía sentido en su modelo, y cuando algo no tiene sentido en tu modelo, o estás loca o el modelo está mal.
—Espera —dijo—. Espera. Si te marcara quererme, si fuera el amor lo que te envenena, entonces dejar de querernos tendría que aliviarlo.
Esta noche no nos hemos querido, Cailean.
Hemos hecho lo contrario. Te he soltado.
He dormido a un palmo de ti sin tocarte.
Si el amor fuera el veneno, esta tendría que ser la mejor noche de tu flor en semanas.
—Le clavó los ojos—. Y es la peor. Florece más justo cuando dejamos de querernos.
—Tragó—. El amor no es el veneno. No puede serlo.
Si lo fuera, esto estaría mejor, no peor.
Aguantaron el segundo día, por terco, por no rendirse a la primera, por si acaso.
Vivieron des-casados otras veinticuatro horas, sin tocarse, midiéndose con la vista al cruzarse por la casa como dos desconocidos educados, durmiendo cada uno en su orilla de aquel muro de sábana.
Y la noche del veintiséis Cailean se destapó otra vez, y la flor había vuelto a crecer, más oscura todavía, más arriba, y entonces ya no hubo duda posible.
Renunciar al amor no lo curaba. Renunciar al amor lo aceleraba.
* * *
Eilidh deshizo el muro de sábana de un manotazo y cruzó el palmo prohibido y le cogió la cara a Cailean con las dos manos, y él la dejó, y la atrajo, y se agarraron como dos que han estado a punto de ahogarse separados.
—Se acabó —dijo Eilidh contra su boca—. Esta locura se acabó.
No vuelvo a soltarte. Nos equivocamos. Llevábamos el modelo entero del revés.
—Se apartó lo justo para mirarlo—. ¿No lo ves?
Hemos pasado dos días castigándonos, quitándonos lo único bueno, deshaciendo lo que nos unía, convencidos de que el daño venía de ahí.
Y el daño ha ido a peor cada hora que hemos pasado en seco.
—Negó con la cabeza, y por primera vez en días algo se le encendió que no era miedo, sino furia clara—.
Esta flor no se alimenta de que nos queramos, Cailean.
Se ha puesto peor justo cuando hemos dejado de querernos. Hemos estado curándola al contrario.
Cailean la tenía agarrada por la cintura, y respiraba como quien vuelve a la superficie.
—Entonces ¿de qué se alimenta?
—No lo sé. Todavía. —Eilidh le apoyó la frente en la frente—.
Pero sé lo que NO la para. No la para quitar.
Llevamos desde el principio intentando quitar cosas: quitarte de mi lado, que te fueras del valle; quitarnos el lazo; quitarnos las noches.
Restar, restar, restar, como si la cura fuera vaciarnos.
Y cada vez que restamos, va peor. —Levantó la cara—.
A lo mejor es al revés. A lo mejor esto no se arregla quitando, sino acabando.
Haciendo algo hasta el final, no deshaciéndolo.
Hay algo a medias, Cailean. Algo sin terminar desde hace doscientos años.
Y mientras siga a medias, la flor crece.
—No supo de dónde le salía aquello, pero le salió con la certeza de las cosas verdaderas—.
La cura no es callar. No es soltar. Es terminar lo que quedó a medias. Es decir lo que no se dijo.
Dilo , pensó, sin querer, y le pasó un escalofrío. La mujer del agua llevaba semanas pidiéndole exactamente eso, una sola palabra, y ella la había tomado por un fantasma triste, sin entender que a lo mejor era una instrucción.
No lo entendió del todo aquella noche. Le faltaban piezas. Pero, por primera vez desde que la flor había aparecido, dejaron de luchar contra lo que tenían y empezaron a mirar en la dirección correcta.
Volvieron a atar el cordón. No con un nudo de boda solemne; con un nudo rápido, terco, de los dos a la vez, un no nos vas a separar en forma de lazo. Y esa noche durmieron pegados, sin un palmo de frío entre ellos, agarrados como antes, reclamando lo que habían estado a punto de regalarle al miedo.
Pero antes de dormirse, con la cabeza en el pecho de Cailean, Eilidh le miró el cuello a la luz de la palmatoria. Y se le cerró la garganta.
La flor, mientras ellos volvían a quererse, no se había aliviado.
Era demasiado tarde para eso; los dos días en seco la habían empujado demasiado lejos.
La rama negra le había ganado por fin el cuello entero, le rodeaba la garganta como una mano oscura de cinco dedos, y el pétalo más alto le rozaba ya, por debajo de la oreja, el sitio blando donde se le notaba el pulso.
Le quedaba el cuello. Después de la garganta no había mucho más sitio adonde subir.
Y al solsticio aún le faltaban veinticinco días.