Capítulo 14
Todo apuntaba a mil seiscientos cincuenta y uno: el pergamino de la tierra, el hueco en la galería, el hombre de la cara de Cailean muerto sin fecha.
Y en mil seiscientos cincuenta y uno había una primera hija de la que nadie había pintado un retrato, de la que nadie hablaba, la que faltaba al principio de la fila.
—Si quiero el porqué —le dijo Eilidh a Cailean—, tengo que empezar por ella. Por la primera. Y a la primera, si murió, la enterraron en algún sitio. Los muertos dejan huella, aunque sea una piedra. —Cogió el chal—. Vamos a buscar su piedra.
Fueron al cementerio de Kilfinnan, detrás de la iglesia baja, y al reverendo Sloan le tocó abrirles la verja con su cara de cansancio cortés y su evidente deseo de que se marcharan.
* * *
El cementerio era pequeño, pegado al muro de la iglesia, con las lápidas inclinadas por los siglos y el liquen comiéndose los nombres.
Sloan los llevó, a regañadientes, hasta el rincón donde estaban los Dunmore: una hilera de losas, unas dentro del muro, en sagrado, otras —y esto lo dijo el reverendo bajando la voz, como quien confiesa una vergüenza de la casa de Dios— otras del otro lado del muro, fuera, en la tierra sin bendecir.
—La Iglesia no podía enterrar en sagrado a quien se quitaba la vida —dijo Sloan, incómodo—.
Y a las suyas las dieron por suicidas, todas, las que se ahogaron.
De manera que… —señaló el muro, las losas de un lado y de otro— de manera que las que se pudo, dentro.
Y las que no, fuera. Es un arreglo feo, lo sé.
Generaciones de mis predecesores haciendo lo que podían con una doctrina dura y una familia poderosa.
A las de los últimos tiempos ya las dejaron dentro, mirando para otro lado. A las viejas, no.
Eilidh fue leyendo las losas, de un lado y de otro del muro.
Iseabail. Floraidh. Ailsa. Su madre, Sorcha, dentro del muro, en sagrado, con una losa nueva y sencilla.
Las reconocía a todas; eran las de la galería, las de sus visiones.
Cada una tenía su piedra, su nombre, sus dos fechas, dentro o fuera, pero su sitio en la tierra.
Todas menos una.
—Falta la primera —dijo Eilidh, cuando llegó al final de la hilera, a las losas más antiguas y comidas—.
La más vieja que veo es de mil seiscientos ochenta.
Mórag. —Se volvió hacia Sloan—. Pero la maldición es más vieja.
Tuvo que haber una antes. Una de mil seiscientos cincuenta y uno, más o menos.
La primera de todas. ¿Dónde está enterrada esa?
Sloan se quedó callado. Miró las losas, miró el muro, y por fin fue hasta la iglesia y volvió con un libro grande y viejo, el registro parroquial de los siglos, forrado en piel agrietada.
Lo abrió en la mesa de piedra de junto a la verja, pasó hojas marrones con cuidado de no romperlas, buscando hacia atrás, hasta el principio.
—Hay bautizos de Dunmore desde que hay parroquia —dijo, leyendo—. Aquí. Mil seiscientos veintiocho. —Puso el dedo sobre un renglón de tinta marrón apretada—. «Bautizada Eithne, hija del laird de Dunmore.»
Eithne.
A Eilidh el nombre le entró como una llave en una cerradura que no sabía que tenía.
Eithne. La primera. La del hueco. Lo dijo por dentro y algo, en el fondo de ella, en el sitio frío del que venían las visiones, se removió y reconoció el nombre, igual que había reconocido «Eilidh» en la cocina de su tía, hacía un mundo.
—Eithne —repitió en voz alta—. Se llamaba Eithne. ¿Y cuándo murió? Busque la muerte. El entierro.
Sloan pasó hojas hacia delante, despacio, año por año.
Mil seiscientos cuarenta y nueve. Cincuenta.
Cincuenta y uno. Cincuenta y dos. Siguió.
Frunció el ceño. Volvió atrás. Volvió a pasar.
Y al cabo cerró un dedo entre las hojas y levantó la cabeza con una expresión que ya no era de incomodidad cortés, sino de auténtico desconcierto profesional.
—No está —dijo.
—¿Cómo que no está?
—Que no hay partida de defunción de Eithne Dunmore.
Ni entierro. Ni dentro del muro ni fuera.
—Pasó las hojas otra vez, hacia delante y hacia atrás, para asegurarse, y negó con la cabeza—.
Lo entiende usted, ¿verdad? Aquí está escrito todo.
Cada Dunmore que nace, se bautiza. Cada Dunmore que muere, se anota, aunque sea para mandarlo fuera del muro, porque la Iglesia anota hasta a los que rechaza.
A todas las demás las tengo. A su madre la tengo, a Floraidh, a Mórag, a todas.
—Dio un golpecito al renglón del bautizo—.
Pero de esta solo tengo que nació. De que murió, nada.
De dónde está, nada. Eithne Dunmore se bautizó en mil seiscientos veintiocho y después…
desaparece del libro. Como si no se hubiera muerto.
O como si a alguien le hubiera convenido que no constara que se murió, ni dónde fue a parar.
* * *
Eilidh salió del cementerio con el nombre dándole vueltas y una pieza encajando, fría, en el sitio que le correspondía.
—Eithne —le dijo a Cailean, fuera de la verja—.
La primera se llamaba Eithne, y no tiene tumba.
No tiene cuerpo. A todas las demás las enterraron, recuperaron sus cuerpos del lago y los pusieron en la tierra, dentro o fuera del muro.
A todas. Menos a ella. —Se paró—. La mujer del agua, Cailean.
La que me sigue desde el sur, la que se me pone a los pies de la cama, la que anoche me pidió que «lo dijera».
No es ninguna de la galería. No tiene retrato.
Y ahora resulta que tampoco tiene tumba, ni partida de muerte, ni sitio en ningún sitio.
—Tragó—. Es Eithne. La mujer del agua es Eithne.
Es la primera, la borrada, la única a la que ni pintaron ni enterraron.
Y me pide que diga su nombre porque es lo único que le quitaron del todo, hasta el nombre. Dilo. Quiere que diga «Eithne».
Cailean la miró, y lo entendió, y lo que dijo fue lo que los dos estaban pensando.
—Si no la enterraron —dijo despacio—, y su cuerpo no apareció nunca, entonces sigue donde la dejaron. Y a una Dunmore solo la dejan en un sitio. —Volvió la cara hacia el agua, abajo, en el fondo del valle—. Está en el lago. Lleva doscientos años en ese lago.
* * *
Bajaron a la orilla al caer la tarde, porque Eilidh necesitaba verlo, aunque no había nada que ver.
Era noche de luna nueva. El cielo, sin luna, se quedó negro de verdad, y el lago debajo se volvió la cosa más oscura que Eilidh había visto: ni gris, ni metal, ni reflejo de nada, porque no había nada arriba que reflejar.
Una negrura lisa, sin fondo aparente, que empezaba en la orilla y seguía hasta donde se acababa la vista y más allá.
El agua no hacía ruido. La noche sin luna se la había tragado entera.
Eilidh se quedó al borde, mirando aquella negrura, y no le hizo falta la videncia para saberlo.
Lo supo como se sabe que hay alguien en una habitación a oscuras antes de oírlo respirar.
En algún sitio de aquella agua sin luna, abajo, en el frío sin fondo, estaba lo que quedaba de una mujer joven de mil seiscientos cincuenta y uno.
Llevaba allí doscientos años. Nadie había bajado a buscarla.
Nadie había dicho su nombre en voz alta sobre esa orilla en doscientos años.
—Eithne —dijo Eilidh, en voz baja, al agua negra.
Y el agua, claro, no contestó. Pero Eilidh sintió, al decirlo, una cosa rara: que por una vez no tenía miedo del lago.
Que por una vez el lago y ella querían lo mismo.
Porque el lago guardaba a Eithne, sí, pero la guardaba sin pedirlo, como guarda un pozo a quien tiraron dentro, y lo que el agua llevaba doscientos años esperando, igual que la propia Eithne, era que alguien viniera por fin a sacarla.
—Voy a bajar a por ti —dijo Eilidh al agua, sin pensar muy bien lo que decía, sabiendo solo que era verdad—. Cuando entienda cómo. Voy a bajar.
Cailean, a su lado, le pasó un brazo por los hombros y no dijo que no, aunque a él aquel lago le diera más miedo que a nadie, aunque en aquel lago la viera él muerta cada vez que la veía cerca del agua.
No dijo que no, porque también él, mirando la negrura, había entendido la otra mitad de lo que aquello significaba.
—No la perdieron, Eilidh —dijo, muy bajo—.
Eso es lo que me revuelve. A las otras se les fueron los cuerpos al agua y los buscaron y los sacaron y los enterraron, porque una suicida da pena pero no da miedo, y se la entierra y ya está.
—Apretó el brazo—. Pero a esta no la buscaron.
A esta la dejaron en el fondo a propósito, doscientos años, sin tumba, sin nombre, sin que constara siquiera que había muerto.
—Tragó—. Su cuerpo nunca apareció, Eilidh, porque nunca debió aparecer.
Porque a alguien le iba la vida en que esa mujer no saliera nunca de ese lago.