La última hija de Dunmore Capítulo 13
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Capítulo 13

—Dilo —repitió Eilidh por enésima vez, a la mañana siguiente, dándole vueltas a la taza sin tocarla—. Una palabra. ¿Decir el qué? ¿A quién? Si supiera al menos qué quiere que diga…

—A lo mejor todavía no lo sabes porque te falta la mitad —dijo Cailean.

Tenía mala cara; había dormido poco, vigilando la puerta del cuarto después de lo de los pétalos—.

Los papeles de tu casa están corregidos.

Tu fantasma te pide que digas algo que no sabes.

Eppie te manda buscar un porqué. —Dejó la taza—.

Todo lo que tienes es la mitad Dunmore de la historia, y encima tachada.

Falta mi mitad. Falta lo de mi casa. Por qué los Sinclair estamos metidos en esto desde hace dos siglos, por qué nos pasamos de padres a hijos la orden de esperarte.

—Se levantó—. Eso no está en Dunmore. Está en Corbie Hall. Vamos a por ello.

* * *

Fueron bordeando el lago, porque la otra forma de ir a Corbie Hall era cruzar el valle, y por el valle no iban.

Eilidh lo vio de cerca por primera vez al rodearlo: una vaguada larga entre las dos fincas, ancha, de buena tierra al parecer, y sin embargo vacía.

No había en ella ovejas, ni un muro, ni una choza, ni un sendero marcado por las pisadas.

Solo helecho seco y un silencio raro, como de sitio del que el ruido se ha ido.

Cailean, al pasar a su altura, espoleó un poco el poni sin darse cuenta, igual que había apretado el paso aquel primer día camino del pueblo, y no miró hacia abajo.

—Esto es lo vuestro —dijo Eilidh—. Lo que los Sinclair tenéis desde hace doscientos años y no usáis.

—Esto. —Cailean miró por fin la vaguada, de reojo, deprisa—.

Nadie ara aquí. Nadie pasta. Mi abuelo lo intentó de joven, por cabezón, metió un rebaño, y se le murieron la mitad en una semana sin enfermedad ni motivo.

No volvió a intentarlo. —Sacudió la cabeza—.

Cuatro millas de rodeo por no cruzar una tierra que es nuestra.

Así de tonto suena dicho en voz alta, y así de cierto es.

Eilidh se quedó mirando aquel valle muerto mientras lo dejaban atrás, y algo en él le recordó al jardín de arriba: la misma quietud de sitio donde no crece nada y nadie sabe muy bien por qué. Lo guardó. No supo aún para qué, pero lo guardó.

* * *

Corbie Hall estaba al otro lado, sobre una loma, y en cuanto Eilidh lo vio entendió por qué a Cailean se le ablandaba la voz cuando hablaba de su casa.

Estaba viva.

No era un castillo. Era una casa grande de campo, de piedra clara, con las ventanas enteras y con luz detrás de los cristales, y de las chimeneas salía humo de verdad, de las cuatro, no de una sola racionada como en Dunmore.

Había perros que salieron a recibir a Cailean dando saltos.

Había un mozo silbando en la cuadra, gallinas en el patio, ropa tendida.

Olía a pan. Después de tres semanas en aquella casa muerta junto al lago muerto, junto a la galería de muertas, a Eilidh se le llenaron los ojos de tanta vida ordinaria como si nunca hubiera visto nada igual.

—No hay nadie estos días —dijo Cailean, abriéndole la puerta—. Mi madre está en Inverness con su hermana. La casa es nuestra.

Dentro hacía calor. Calor de verdad, de hogar que se enciende todos los días porque hay quien lo encienda.

Cailean la llevó por habitaciones con alfombras gastadas de pisarlas, con sillones hundidos en el sitio de siempre, con cuadros de caballos y un reloj que andaba.

Era una casa pequeña al lado de Dunmore y a Eilidh le pareció diez veces más grande, porque estaba llena.

En la salita, Cailean atizó el fuego, y por un momento, uno solo, se les olvidó a qué habían venido.

Eilidh se sentó en el suelo, delante de la chimenea, con la espalda contra las rodillas de él, y Cailean le puso una mano en el pelo, y ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo, y fue bueno.

—Podría ser así —dijo ella al fin, en voz baja, mirando el fuego—. Si saliéramos de esto. Tú y yo, aquí. Una casa con las chimeneas encendidas. Perros. Pan.

—Va a ser así. —Cailean le apretó el hombro, y no lo dijo como un consuelo, lo dijo como una decisión—.

Te lo prometo. Cuando esto acabe, te traigo aquí, y no vuelves a pisar ese lago en tu vida, y envejecemos delante de este fuego, y la única agua que ves es la de la tetera.

—Se inclinó, le habló contra el pelo—. Por eso vamos a ganar, Eilidh.

Porque las otras no tenían adónde ir. Tú tienes esto.

Tienes una casa esperándote con el fuego encendido.

Eso es lo que las muertas no tuvieron nunca.

Eilidh cerró los ojos y se lo dejó creer, porque por una hora, delante de aquel fuego, casi era verdad.

Pero la hora se acabó. Siempre se acababa.

Cailean se removió, y al inclinarse, la camisa se le abrió un dedo, y Eilidh le vio el cuello, y la rama negra había trepado un poco más desde la víspera, hacia la garganta.

No dijeron nada. Los dos lo vieron. Los dos callaron.

Y se levantaron a hacer lo que habían venido a hacer.

* * *

El archivo de los Sinclair no era una sala fría como la de Dunmore; era un despacho con su mesa, sus estantes ordenados, sus legajos atados con cinta nueva. Una familia que guardaba lo suyo a la luz, sin avergonzarse de ello. Cailean sabía dónde estaba cada cosa.

—Lo de la tierra tiene que estar aquí —dijo, sacando una carpeta de piel—. Las escrituras viejas. Los lindes. Todo lo del valle.

Lo extendieron sobre la mesa. Había documentos de muchas épocas, pero el que buscaban saltó solo, porque era el más viejo y el que abría la carpeta: un pliego de pergamino grueso, con un sello de cera pendiente de una cinta, la letra apretada y marrón de los notarios antiguos.

Una cesión de tierras. El laird de Dunmore cedía a la casa de Sinclair, a perpetuidad, el valle que separaba las dos fincas, con todos sus derechos.

Eilidh buscó la fecha. Estaba al pie, escrita con todas las letras, como se hacía entonces.

Año del Señor de mil seiscientos cincuenta y uno.

Se quedó mirándola. Mil seiscientos cincuenta y uno. La misma cifra que le había caído encima en la galería, contando hacia atrás: doscientos años desde su solsticio, el punto donde empezaba todo y donde no había retrato. El año de la primera. El año del hueco en la pared.

—Cailean —dijo, despacio—. ¿En qué año dirías tú que empezó la maldición? Lo más viejo que se cuenta. Lo más atrás.

—Ni idea. Antes de los retratos, eso seguro. —La miró—. ¿Por qué?

—Porque en la galería los retratos empiezan en mil seiscientos ochenta —dijo Eilidh—, pero la cuenta de doscientos años cae aquí.

En mil seiscientos cincuenta y uno. El año en que faltaría la primera, si la hubieran pintado.

—Puso el dedo sobre la fecha del pergamino—.

Y este es el año en que tu familia se quedó este valle.

El mismo. La primera Dunmore se muere, o desaparece, o lo que sea, y ese mismísimo año el laird os regala a los Sinclair una tierra entera.

La mejor tierra del valle. Una tierra que luego no usáis, que ni cruzáis, que se os muere el ganado.

—Levantó la cabeza—. ¿No te parece mucha casualidad?

Cailean miró el pergamino largo rato. La cara se le había puesto seria.

—Mi familia siempre ha dicho que ese valle nos lo dieron por un viejo lío de lindes —dijo despacio—.

Un acuerdo entre vecinos. Nunca me cuadró del todo, porque ¿quién regala su mejor tierra por un linde?

Pero era lo que se decía. —Posó el dedo junto al de ella, sobre la fecha—.

Y ahora me dices que nos la dieron el año exacto en que se muere la primera de las vuestras.

—Tragó—. No sé qué significa. Pero significa algo.

Una tierra a cambio de algo. ¿De qué te dan a ti una tierra entera, justo el año en que se muere una mujer?

Lo dejó en el aire, porque ninguno de los dos tenía la respuesta todavía. Pero Eilidh la sintió rondar, fea, una palabra que no se atrevió a decir y que volvería: pago. Te dan una tierra a cambio de algo. A cambio de callar.

La guardó, como había guardado el valle muerto. Y entonces, al recoger los papeles, levantó la vista hacia la pared del despacho, sin más motivo que descansar los ojos.

Y se le heló la sangre.

* * *

En la pared, sobre los estantes, colgaba un retrato. Oscuro, viejo, con el barniz cuarteado, de los que se cuelgan y se dejan de mirar durante generaciones. Un hombre.

Por un segundo —un segundo entero, en el que el suelo se le movió bajo los pies— Eilidh creyó que era Cailean.

Que alguien había pintado a Cailean con ropa antigua y lo había colgado allí.

La misma cara morena y angulosa. El mismo arranque del pelo, oscuro, echado hacia atrás.

La misma manera de mirar de frente, un poco ladeada, midiendo.

La misma línea de la mandíbula, los mismos hombros.

Era Cailean. Era Cailean rasgo por rasgo, hasta dar miedo.

Solo había una diferencia, y Eilidh tardó en encontrarla porque era pequeña: en la ceja. El hombre del cuadro tenía la ceja entera. Cailean tenía, en la suya, la cicatriz fina que se había hecho de niño. Era lo único. Por lo demás, el mismo hombre, dos siglos atrás.

—¿Quién es ese? —La voz le salió rara, y Cailean, al oírla, levantó la vista del legajo y siguió su mirada hasta el cuadro.

Y se quedó callado. Lo miró como quien mira algo que ha tenido delante toda la vida sin verlo nunca de verdad, hasta que otro se lo señala.

—Es… —empezó, y se aclaró la garganta—. Es un Sinclair viejo. De los primeros. Está ahí desde que yo era crío, nunca le hice caso. —Se acercó al cuadro, buscó la placa de latón ennegrecido del marco, la frotó con el pulgar para leerla, y al leerla algo le cambió en la cara.

—Lachlan —dijo—. Lachlan Sinclair. —Y debajo, las fechas, que frotó hasta sacarlas a la luz—.

Mil seiscientos veintiocho. Mil seiscientos…

—se paró—. No tiene la segunda fecha. La de la muerte.

Está en blanco, como si nunca se hubiera sabido cuándo murió.

—Volvió la cara hacia Eilidh, blanco él también ahora—.

Mil seiscientos veintiocho. Nació el mismo año que…

—no lo dijo, pero los dos pensaron lo mismo: que aquel hombre había estado vivo, joven, con la cara de Cailean, en mil seiscientos cincuenta y uno, el año del pergamino, el año del hueco en la pared, el año de la primera.

Eilidh miró el rostro de Lachlan Sinclair, muerto hacía dos siglos, idéntico al del hombre que dormía a su lado y al que una flor negra le subía por el cuello.

Y por dentro, sin palabras, supo que aquellas dos caras iguales separadas por doscientos años no eran una casualidad más en una casa llena de casualidades.

Eran el principio del muro entero. Solo que todavía estaba a oscuras.