La última hija de Dunmore Capítulo 12
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Capítulo 12

Los pétalos no la hicieron parar. La hicieron entender que ya no podía.

Porque desde aquella noche, la puerta que Eilidh había abierto a propósito en la orilla del lago no se volvió a cerrar.

Lo que durante veintitrés años había venido a cuentagotas —un dibujo, una mujer empapada, un nombre— empezó a venir en avalancha.

No podía dormir sin que el lago se le metiera detrás de los párpados.

No podía cruzar el corredor de los retratos sin que las seis mujeres de la pared le tiraran de la vista.

Era como si, al reconocer por fin que la maldición tenía manos, las muertas hubieran decidido que ya valía la pena hablar con ella, y todas a la vez.

—No las puedo apagar —le dijo a Cailean—. Vienen solas. De día, de noche. Cada vez más.

—Pues si vienen solas —dijo él, con esa terquedad suya que a Eilidh ya le servía de suelo—, que vengan trayendo algo.

Que nos cuenten lo que los papeles no cuentan.

—Le cogió la cara con las dos manos—. Iré contigo.

Cada vez. Tú miras, yo te sujeto. Y en cuanto te pierdas mucho, te traigo. ¿De acuerdo?

Bajaron al lago, y Eilidh dejó de defenderse de lo que veía.

* * *

Vino Iseabail primero.

La reconoció de la galería, la cuarta de la fila, una cara dulce y redonda. La vio en otra noche vieja, distinta de la de Mórag —esta sin nieve, con una niebla baja pegada al agua—, caminando hacia el lago en camisón. Y Iseabail iba cantando.

Esa fue la rima y ese fue el horror: que iba cantando.

Una cancioncilla baja, de cuna, de las que se canturrean sin pensar, mientras andaba descalza hacia el agua negra como quien va a tender la ropa.

A su lado, un paso por detrás, la figura encapuchada de cara que no se dejaba ver.

Iseabail volvía la cabeza hacia ella de vez en cuando, sin dejar de cantar, y le sonreía, confiada, y la figura la acompañaba hasta el borde, y allí Iseabail dejó de cantar, y la canción se cortó en seco a mitad de un verso, y Eilidh supo lo que significaba aquel silencio.

—Cantaba —dijo, cuando Cailean la trajo de vuelta, con la cara apretada contra su pecho—. Iba al agua cantando, Cailean. Como si la llevaran a una fiesta.

—Estoy aquí. —Le frotó la espalda—. Respira. Tenemos tan poco tiempo, no lo gastes en el suelo. Respira y dime qué más.

Y vino Floraidh.

La sexta… no, la quinta; Eilidh ya las contaba dormida. La de mil setecientos noventa y cuatro. Esta llevaba una vela.

La vio bajar al lago una noche sin luna, alumbrándose con una palmatoria de mano, la llamita protegida con la palma ahuecada contra el aire.

Y junto a ella, la figura. Floraidh bajaba con cuidado por la orilla, despacio, atendiendo a la vela para que no se le apagara, y había algo atrozmente cotidiano en ese cuidado: una mujer protegiendo una llama del viento camino de su propia muerte, como si lo importante fuera no quedarse a oscuras.

Al llegar al borde del agua, una ráfaga le ganó la mano.

La vela se apagó. Y Floraidh se quedó un momento en lo oscuro, con la palmatoria muerta en la mano, mirando hacia la figura encapuchada que era ya solo una sombra entre las sombras, y le tendió la mano libre para que la guiara, porque sin la vela no veía, y confió en que la sombra la llevara bien.

La sombra la llevó al agua.

—Una vela —jadeó Eilidh—. Llevaba una vela y se le apagó y… le dio la mano para que la guiara en lo oscuro. Le dio la mano a quien la iba a ahogar para no caerse.

Esta vez Cailean no dijo nada. La abrazó muy fuerte, y Eilidh notó que a él también le temblaba algo, y se quedaron así un rato largo en la orilla fría, dos personas pequeñas frente a un agua que llevaba doscientos años tragándose mujeres engañadas.

Y mientras la abrazaba, Eilidh, con la cara en su hombro, fue cayendo en una cosa de las visiones que no había visto hasta tener tres seguidas para comparar.

Las figuras no eran la misma.

La de Mórag, en la nieve, era alta y derecha.

La de Iseabail, en la niebla, más baja, más recia.

La de Floraidh iba algo encorvada, como de persona mayor.

Distintas. Cuerpos distintos, alturas distintas, andares distintos, y todas con la cara velada, y todas haciendo exactamente lo mismo: llevar de la mano a una mujer confiada hasta el agua.

No era un solo monstruo cruzando doscientos años.

Eran muchas manos. Una detrás de otra. Como si fuera un oficio.

Como si alguien, al morir, se lo pasara al siguiente, igual que se pasa una llave, o un apellido, o una caja que se cierra con candado.

No le dio tiempo a decírselo a Cailean. Porque vino la tercera.

* * *

Vino su madre.

Eilidh la reconoció antes de verle la cara, por el chal.

Era el chal del retrato, el oscuro, el del broche, el que llevaba Sorcha sobre los hombros en el cuadro de la galería que tenía la cara de Eilidh.

Solo que ahora Sorcha no lo llevaba puesto.

Lo llevaba en los brazos, envolviendo algo, sujeto contra el pecho como se sujeta lo que más se quiere.

Era otra noche de invierno, hacía veintitrés años, y Sorcha bajaba al lago con el bulto del chal apretado contra ella, y a su lado iba la figura.

Sorcha no cantaba como Iseabail ni llevaba vela como Floraidh.

Sorcha le hablaba al bulto. Bajaba la cabeza hacia él, le decía cosas, bajito, con esa media sonrisa cansada que Eilidh le conocía del cuadro, y de vez en cuando lo mecía un poco, sin dejar de andar, sin dejar de bajar hacia el agua.

Al llegar a la orilla, Sorcha se arrodilló. Con un cuidado infinito, dejó el bulto en el suelo, sobre la hierba seca, lejos del borde, donde no llegara el agua. Lo arropó bien con el chal, le remetió los picos. Y el bulto se movió.

Se movió, y de él salió un sonido. Pequeño. Un quejido, un arrullo, el ruido que hace una criatura muy pequeña que se despierta y no encuentra el pecho de su madre.

Y a Eilidh, mirando aquello desde dentro de la visión, le subió por el cuerpo un horror distinto de todos los demás, uno que no entendía y que le entró hasta la médula, una cosa que la sacudió entera y a la que su mente, espantada, se negó a ponerle nombre.

Un bebé. Su madre había llevado un bebé al borde del lago.

Su madre se había muerto el año en que ella nació.

Su madre estaba ahí arrodillada, en aquella orilla, dejando a una criatura en la hierba, arropándola, y luego…

No. Eilidh apartó el pensamiento de un manotazo, como había apartado el de la flor, solo que este pesaba mil veces más y se le quedó arañando por dentro. No mires eso. No lo pienses. No puede ser. Mira a tu madre, despídete de tu madre, pero eso del chal no lo pienses, no ahora, no.

Sorcha se levantó. Miró el bulto en la hierba una última vez, una mirada larga, de la que no se vuelve.

Y luego se volvió hacia la figura encapuchada que la esperaba en el agua, le dio la mano, y entró con ella en el lago, despacio, sin luchar, dejando atrás, en la orilla, lo que había arropado con su propio chal.

Eilidh gritó. En la visión no se grita, pero Eilidh gritó igual, fuera, en la orilla de verdad, y Cailean la sacó de golpe, la sacudió, le dijo su nombre tres veces hasta que volvió.

—Mi madre —dijo Eilidh, temblando sin control—.

La he visto. Llevaba algo en el chal. Algo vivo.

Lo dejó en la orilla y se metió en el agua y…

—Se le cerró la garganta. No pudo decir lo otro.

No pudo, porque decirlo sería pensarlo, y no estaba lista, no aquí, no todavía—. No sé qué era. No sé qué llevaba.

Lo sabía. Por debajo de todo, lo sabía. Pero hay verdades que el alma se guarda hasta que el cuerpo aguanta oírlas, y aquella se la guardó.

* * *

Cailean la subió a la casa esa noche más muerta que viva. Le quitó los zapatos, la metió en la cama, se quedó con ella. Y al inclinarse sobre Eilidh para taparla, a la luz de la vela, ella le vio el cuello.

La flor le había llegado al hombro.

Ya no eran dos venas finas trepando: era una rama negra entera, extendida desde el corazón por todo el pecho izquierdo, subiéndole por el cuello, ganándole el hombro.

En tres días. Tres días de visiones, de Eppie, de muertas, de averiguar; tres días, y la flor de Cailean había hecho más camino que en toda la semana anterior.

Eilidh la miró y ya no se atrevió a descartar nada. La cosa absurda ya no le parecía absurda. Pero estaba demasiado rota aquella noche para pensarla. La pensaría. Mañana.

—Duerme —dijo Cailean, tapándola, con su flor negra subiéndole al cuello—. Mañana seguimos.

Eilidh cerró los ojos. Y en el último borde del sueño, cuando ya se iba, notó el frío.

Ese frío. El del agua. Abrió los ojos.

A los pies de la cama estaba la mujer empapada.

No goteaba ya como la primera noche, ni se acercaba como en el sueño de la tormenta.

Estaba quieta, de pie, mirándola, con el pelo pegado a una cara que Eilidh seguía sin verle entera, y el vestido oscuro adherido al cuerpo, y un charco creciéndole despacio bajo los pies.

La misma de siempre. La que la había seguido desde el sur.

La que no era ninguna de las seis de la galería, la que Eilidh no había visto nunca pintada en ninguna pared.

La mujer levantó una mano, despacio, y se la llevó a su propia boca, y de la boca, esta vez, no le salió agua. Le salió una palabra. Una sola, dicha con un esfuerzo terrible, con la voz rota de quien lleva doscientos años sin que nadie la oiga, clara por fin en mitad de la noche:

—Dilo.

Y antes de que Eilidh pudiera preguntar el qué, dime el qué, ¿qué tengo que decir? , la mujer se deshizo en lo oscuro, y solo quedó, en las tablas a los pies de la cama, la mancha de agua donde había estado.