La última hija de Dunmore Capítulo 11
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Capítulo 11

Si alguien corregía a los muertos en el papel, pensó Eilidh, entonces la verdad no estaría en el papel. Estaría en quien hubiera tocado los cuerpos antes de que nadie tuviera tiempo de corregir nada. Y solo conocía a una persona así.

Fue a Kilfinnan al día siguiente, y fue sola.

Cailean no quería. Discutieron media mañana en el cuarto de los papeles, y al final cedió, pero con la cara torcida, porque Eilidh tenía razón y la razón no le gustaba: a Eppie no le sacaría una palabra con un Sinclair delante.

Lo había dicho la vieja misma. Eso, si acaso, otro día.

Si vuelves sola. Así que Cailean se quedó, y Eilidh bajó al pueblo por el camino del lago con el chal apretado y el corazón golpeándole, y por primera vez desde que había llegado al valle hizo aquel camino sin la sombra grande de él al lado, y lo notó.

Notó lo sola que estaba en aquel sitio. Lo fácil que sería que le pasara algo y nadie lo supiera hasta tarde.

Eppie la vio venir desde la puerta, y esta vez no dijo nada de los Sinclair, porque no venía ninguno. Solo miró el camino a su espalda para asegurarse, y se hizo a un lado.

—Pasa —dijo—. Y cierra.

* * *

Dentro, la casa de Eppie olía a las hierbas que colgaban del techo y a algo agrio de fondo, vinagre o medicina.

La vieja avivó el fuego, le puso a Eilidh un cuenco de algo caliente en las manos que Eilidh no probó, y se sentó enfrente, en un escabel, con las manos grandes y manchadas quietas sobre el regazo por una vez.

—Has tardado más de lo que pensaba —dijo—. Llevo dos días esperándote. Desde que andáis revolviendo los papeles de arriba. —Ante la cara de Eilidh, torció la boca—. En este valle se sabe todo, niña. La señora Begg tiene lengua para una cosa al mes y la gasta en lo que le da la gana.

—Necesito que me digas lo que viste —dijo Eilidh—.

Lo que no me dijiste el otro día. Dijiste que amortajaste a mi madre.

Que viste lo que viste. —Dejó el cuenco en el suelo—.

Los papeles de arriba están corregidos. Alguien los ha tocado para que cuadre la maldición.

Así que ya no me fío de los papeles. Me fío de tus manos. Tú las tocaste. Dime qué tocaste.

Eppie se quedó callada mucho rato. Miraba el fuego, no a Eilidh, y en su cara dura iba pasando algo, un cálculo, un sopesar lo que iba a costarle hablar contra lo que le costaba callar. Cuando empezó, lo hizo en voz baja, sin dramatismo, con la sequedad de quien ha visto demasiado para adornarlo.

—He amortajado a tres de las vuestras en mi vida —dijo—.

Tres. A tu madre la última. Y a las tres les vi lo mismo, así que escucha bien, porque solo lo voy a decir una vez y luego se me olvida que lo dije.

—Tragó—. Un ahogado tiene su pinta. Lo he visto, ahogados de verdad, pescadores, un niño que se cayó a un pozo.

Se hinchan. Echan espuma. Tienen las manos llenas de lo que agarraron al hundirse, hierbas, barro, lo que sea, porque el que se ahoga manotea, se agarra a lo que puede, lucha hasta el final aunque no quiera, el cuerpo lucha solo.

—Levantó por fin los ojos hacia Eilidh, y los tenía duros—. Las tuyas no luchaban.

—¿Cómo que no luchaban?

—Tenían las manos limpias. Vacías. Las uñas sin nada debajo.

—Eppie se apretó una mano con la otra, despacio, enseñando—.

Y aquí, en los brazos, encima del codo, las tres tenían lo mismo: cardenales.

Pero no de caerse, niña, que un cardenal de caerse es ancho y feo y va donde le da.

Estos eran finos. Alargados. Cuatro de un lado, uno del otro.

—Le enseñó su propia mano abierta, los cinco dedos—.

De esto. De que alguien la cogiera por los brazos, fuerte, con las dos manos, y apretara.

Y aquí —se tocó las muñecas, una y otra— en las muñecas, una raya.

Una sola vuelta. La marca de una cuerda que no estuvo mucho, lo justo.

—Bajó las manos—. A tu madre se la vi clarísima.

La muñeca derecha, como un brazalete rojo, ahí donde la había atado algo poco antes de morir.

Eilidh dejó de respirar un momento.

—Atadas —dijo—. Las ataron.

—Cogidas por los brazos. Atadas de las muñecas.

Y metidas en el agua sin que les diera tiempo a agarrarse a nada.

—Eppie habló más bajo todavía—. Eso no se lo hace una el agua, niña.

Eso se lo hacen unas manos. Tu madre no se tiró al lago.

A tu madre la sujetaron y la ahogaron, y luego dijeron que se había arrojado, como dicen siempre, y a mí me mandaron amortajarla y callar, y callé, porque tenía miedo entonces y tengo más ahora.

* * *

Y fue oírlo — la sujetaron y la ahogaron — y abrírsele a Eilidh la cosa por dentro otra vez, sin pedirle permiso, como en la orilla.

Esta vez no hubo nieve ni luna. Hubo agua.

Agua negra muy cerca, justo encima de la cara, vista desde abajo, desde dentro, desde donde la ve quien se está ahogando.

La superficie por arriba, plateada y rota, y entre ella y Eilidh, sujetándola contra el fondo, dos manos.

Dos manos abiertas sobre unos hombros que no eran los suyos —eran de otra, de una de ellas—, empujando hacia abajo, firmes, sin temblar, mientras la mujer de abajo por fin se daba cuenta, por fin luchaba, soltaba el aire en una ristra de burbujas que subían hacia la luz y reventaban allá arriba, en el mundo, donde nadie las veía.

Eilidh levantó la vista —la del alma— por la línea de los brazos que sujetaban, buscando la cara del que apretaba. Subió por las muñecas, por los codos, por los hombros encapuchados, hasta donde tenía que estar el rostro.

Y el rostro no estaba. Otra vez velado, resbalándose de los ojos, un sitio borroso bajo una capucha, igual que el de la figura de Mórag en la nieve. Veía las manos que mataban con toda claridad. La cara, no. La cara no se dejaba ver.

Volvió de golpe a la casa de Eppie, con una arcada, y se dobló sobre sus rodillas.

—Lo has visto —dijo Eppie, sin moverse—. Se te ha puesto la cara. Lo has visto tú también, a tu manera.

—Unas manos —jadeó Eilidh—. Sujetándola debajo. Pero no… no le veo la cara. A quien lo hace. No hay cara.

Eppie asintió despacio, como si eso lo confirmara todo, y por primera vez en toda la conversación se inclinó hacia delante y bajó tanto la voz que casi no se oyó.

—Pues claro que no le ves la cara —dijo—.

Ni tú, ni ellas. Ninguna de tus muertas le vio la cara, porque ninguna creyó nunca, hasta el último momento, que aquello la fuera a matar.

Iban tranquilas. Iban de la mano. Confiaban.

—Le clavó los ojos—. Y por eso te voy a decir una cosa, una sola, y luego te marchas y no vuelves a mi puerta, que ya he hablado de más para vivir tranquila lo poco que me queda.

—Le cogió la muñeca a Eilidh con su mano grande y fría—.

No preguntes quién, niña. No lo preguntes.

El día que sepas quién, ya será tarde, porque «quién» es alguien que tienes cerca, alguien en quien te apoyas, igual que se apoyaban ellas.

—Apretó—. Pregunta por qué. Por qué se hace esto.

Por qué hace falta, generación tras generación, ahogar a una niña y mentir.

Encuentra el porqué, y el quién te caerá solo en las manos.

Pero por ese orden. Porque el porqué no te mata, y el quién, si lo persigues de frente, sí.

Le soltó la muñeca. Se echó atrás en el escabel. Y volvió a ser la vieja seca de siempre, cerrada como una puerta.

—Anda, vete —dijo—. Y reza por que no te hayan visto entrar.

* * *

Eilidh subió a la casa con las piernas flojas y la cabeza llena de cardenales en forma de dedos y de una muñeca con un brazalete rojo que había sido de su madre. Encontró a Cailean en lo alto de la escalera, esperándola, blanco de aguantarse las ganas de bajar a buscarla.

Le contó todo de un tirón, en el descansillo, en voz baja: los brazos, las muñecas, la cuerda, las manos sujetando bajo el agua.

Que no era una maldición. Que nunca lo había sido.

Que a las hijas de su casa, a su madre, las habían asesinado, una por una, durante doscientos años, y las habían llamado suicidas.

Y mientras lo decía vio cómo a Cailean se le iba endureciendo la cara, no de espanto, sino de una rabia fría, la rabia de un hombre decente al que le ponen delante la prueba de algo monstruoso.

—Entonces no hay maldición que romper —dijo él—. Hay un asesino que parar.

—Eppie no quiere decir quién. Tiene miedo. Dice que pregunte por qué, no quién. Que el quién está cerca, que es alguien en quien me apoyo. —Eilidh se pasó las manos por la cara—. ¿Tú entiendes algo? ¿Quién, de los que tenemos cerca…?

No terminó, porque al levantar la vista vio el cuello de la camisa de Cailean, abierto, y se le borró la pregunta de la boca.

La flor le había vuelto a crecer. Más. Le subía ya por encima de la clavícula en dos venas finas, hacia la garganta, y la mancha del centro, la del corazón, había ganado terreno hacia el costado.

En las pocas horas que ella había estado fuera, en el pueblo, sacándole la verdad a Eppie, la flor de Cailean había trepado un trecho más hacia su cuello.

—Va más deprisa —dijo él, siguiendo su mirada, y se cerró la camisa—. Cada día más deprisa. Es el solsticio, que se echa encima. —Lo dijo con seguridad, sin dudar, porque a un hombre que ve crecer su propia muerte le hace falta agarrarse a una explicación, y aquella era la única que tenían.

Eilidh asintió y se lo creyó, porque también ella necesitaba creérselo.

Pero por debajo, otra vez, le pasó por dentro aquella cosa absurda que ya había descartado en el cuarto de los papeles, ahora un poco menos absurda: que la flor no corría todos los días igual.

Que corría más los días en que ellos averiguaban algo.

Y que aquella tarde, mientras la flor trepaba hacia el cuello de Cailean, ella había estado averiguando lo más grande de todo.

La volvió a descartar. Pero le costó más que la primera vez.

* * *

Esa noche, agotada, se acostó sin cenar y se durmió enseguida, de aquel cansancio de plomo que da el horror.

La despertó, de madrugada, un olor.

Dulzón. Marchito. Un olor a flor pasada, a agua de jarrón que lleva días sin cambiarse, ahí mismo, junto a su cara.

Eilidh abrió los ojos en la oscuridad y tardó un momento en entender qué tenía contra la mejilla, qué era aquello blando y frío esparcido por la almohada, alrededor de su cabeza, rozándole los labios.

Pétalos.

Encendió la palmatoria con dedos torpes, y a la luz pequeña los vio: pétalos negros, sueltos, una docena o más, desperdigados sobre la almohada blanca formando un cerco en torno al hueco donde había estado su cabeza, como se ponen las flores no alrededor de quien duerme, sino alrededor de quien yace.

Negros hasta el corazón. Del rosal del jardín muerto, el que florecía cuando el agua se llevaba a una.

Alguien había entrado en su cuarto mientras dormía. Alguien se había inclinado sobre ella, sobre su cara, y le había deshojado una rosa negra alrededor de la cabeza, despacio, con cuidado, sin despertarla.

No era un fantasma. Los fantasmas no cortan flores ni suben escaleras. Era una mano. La misma mano que corregía a los muertos en el libro negro, la que había sujetado a su madre bajo el agua, la que estaba cerca, en quien ella se apoyaba.

Y le estaba diciendo, con pétalos, lo único que se dice así: deja de preguntar, o la próxima rosa florece por ti.