Capítulo 10
Eilidh volvió de la visión como quien sale del agua: de golpe, con una boqueada, agarrada a los brazos de Cailean. La luz había caído del todo. Tenía los pies dormidos de frío y la cara mojada, y no supo si era llanto o el relente del lago.
—Iba contenta —dijo, en cuanto pudo hablar—. Mórag. La primera de la galería. Caminaba al agua descalza sobre la nieve, sonriendo, y la llevaba alguien. Una figura sin cara. Y ella le dio la mano. Se la dio, Cailean. Nadie la arrastró. Fue ella la que tomó la mano.
Cailean la envolvió en su abrigo y la subió a la casa medio en volandas, y por el camino Eilidh no paró de darle vueltas a lo mismo, porque era lo que no encajaba: si el agua se las lleva, ¿por qué van sonriendo?
¿Qué clase de maldición hace que una mujer camine a su propia muerte como quien va a una boda?
—Una que las engaña —dijo Cailean en la oscuridad, y a Eilidh se le quedó esa frase encima—. Las hace creer que van a otra cosa. —Apretó los dientes—. Mañana abrimos los papeles. Si alguien las engañó, en algún sitio estará la cuenta.
* * *
Tardaron dos días en entender lo que tenían delante.
La sala de los papeles era la memoria escrita de la casa, y la casa era vieja.
Había cuentas de cosechas de hacía siglo y medio, recibos de un tejado arreglado en tiempos de no se sabía qué señor, cartas de abogados de Edimburgo, un montón de pleitos por lindes con los Sinclair que a Cailean le dieron risa y vergüenza a la vez.
La señora Begg les subió un brasero, a regañadientes, y les advirtió que la señora no sabía que andaban ahí y que mejor que siguiera sin saberlo.
Trabajaban con guantes cortados, las manos negras de polvo viejo, a la luz de las velas, porque la única ventana del cuarto daba al norte y no entraba en ella sol ni a mediodía.
Y en un rincón, empotrada en el muro, había una alacena de roble con dos hojas y una cerradura grande de hierro, cerrada. Eilidh tiró de ella el primer día. No cedió. Begg, al verla, negó con la cabeza.
—Esa no —dijo—. Esa la abre solo la señora. Lo de dentro es lo viejo de verdad. Lo que no se enseña.
Eilidh se quedó mirando aquellas dos hojas de roble un buen rato.
Lo que no se enseña. Pero no tenían la llave, y la llave estaba arriba, colgada quizá del cuello de una moribunda, así que de momento dejaron la alacena en paz y se conformaron con lo que estaba a mano. Que ya era mucho. Que ya fue bastante.
Porque entre todo aquel papel suelto había una cosa con orden: un libro grueso, forrado en piel negra, donde alguien, generación tras generación, con manos y tintas distintas, había ido anotando las muertes de la familia.
Un libro de difuntos privado, de la casa.
Eilidh lo abrió por el principio, donde la letra era marrón y apretada, y empezó a leer en voz baja, y a Cailean se le fue borrando la sonrisa de los pleitos.
No leían nombres de hombres. Es decir, los había —lairds muertos de viejos, en sus camas, a los sesenta, a los setenta—. Pero las mujeres, las hijas, no. Las hijas tenían todas la misma clase de renglón.
Mórag, hija del laird, ahogada en el lago. Veintitrés años.
Catrìona, ahogada. Veintidós.
Una niña, sin nombre todavía, ahogada con su madre Ailsa. Veintitrés años tenía la madre.
Iseabail, hallada en la orilla. Veintitrés.
Floraidh, un ataque junto al agua, cayó y no salió. Veintitrés.
Renglón tras renglón, hoja tras hoja, lo mismo. Ninguna pasaba de los veintitrés. Ninguna moría en su cama. Ninguna moría lejos del lago. Agua, agua, agua, una caída en el agua, un ataque en el agua, hallada en la orilla del agua, y siempre la misma edad, o un año menos, nunca uno más.
—Para —dijo Cailean al rato. Tenía la voz rara—.
Cierra un momento y piénsalo. Piensa en cómo se muere de verdad la gente de una familia a lo largo de doscientos años.
De viruela. De parto. De viejos. De un caballo que los tira.
De un mal invierno. De mil cosas distintas, porque la muerte no tiene método, Eilidh, la muerte es un desastre, llega como le da la gana.
—Puso el dedo sobre el libro negro—. Y aquí no.
Aquí todas las mujeres de una sangre, durante dos siglos, se mueren exactamente igual, a la misma edad, en el mismo sitio.
—Levantó la vista—. Eso no es una desgracia.
Una desgracia es desordenada. Esto está ordenado. Esto tiene método.
Eilidh sintió que algo se le movía en el suelo, bajo los pies, una primera baldosa que cedía.
—Como una cuenta —dijo, despacio, repitiendo lo que él había dicho en la oscuridad la víspera—. Llevada por alguien.
—Como una cuenta. —Cailean cerró el libro un momento, como si le pesara tenerlo abierto—.
Eilidh, un fantasma no lleva las cuentas.
Una maldición no se molesta en que cada muerte le salga clavada.
Esto lo escribe una mano. Una mano que se ocupa de que todas se ahoguen, todas a los veintitrés, todas en ese lago.
Y eso ya no es una historia de fantasmas.
Lo dijo, y la palabra quedó colgada en el cuarto frío, sin que ninguno de los dos se atreviera a recogerla: no fantasma. Otra cosa. Una mano.
* * *
Trabajaron hasta tarde aquellas dos noches, y trabajaron juntos, y Eilidh descubrió que la obsesión compartida tiene su propia clase de intimidad, distinta de la del cuarto de la tormenta y a la vez pareja.
Pasaban las hojas el uno para el otro. Discutían una fecha media hora.
Cailean leía en voz alta con el dedo bajo la línea y Eilidh, a su lado, tan cerca que le notaba el calor del costado, copiaba en un papel suelto los nombres y las edades, haciendo su propia lista, su propia galería de tinta.
Había algo de noche de bodas en aquello también: dos personas inclinadas sobre la misma luz, enteramente perdidas en lo mismo, ajenas al resto del mundo.
Solo que el mundo se metía igual.
La segunda noche, Cailean se desabrochó la camisa para rascarse el pecho, distraído, sin pensarlo, y Eilidh, al levantar la vista del papel, se quedó helada.
La flor había crecido.
No mucho. Pero estaba más grande que la mañana de la tormenta, eso seguro.
Donde había sido del tamaño de una moneda, ahora alcanzaba casi la de la palma de una mano de niño, y un pétalo de los de fuera, el de arriba, había trepado un dedo más, hacia la clavícula, en una vena fina y oscura que antes no estaba.
—Cailean. —Le tocó el pecho—. Tu flor. Está más grande.
Él se miró. Se le tensó la mandíbula, pero no dijo nada cobarde. Se la palpó con dos dedos, midió con la vista cuánto había subido, y asintió una vez, como quien acepta un dato.
—El tiempo corre —dijo en voz baja—. Eso es lo que nos dice. Que el solsticio viene, y la flor lo sabe, y va a su ritmo. —Volvió a abrocharse la camisa, despacio—. Razón de más para darnos prisa con esto.
Eilidh asintió y no dijo lo que pensó, que fue una cosa absurda que se sacó enseguida de la cabeza: que la flor no había crecido cualquier día.
Que había crecido justo en estos dos, los dos primeros en que ellos, en vez de rezar como todas las demás, se habían puesto a destripar la cuenta.
Lo descartó. Era casualidad. La flor iba a su aire, hacia el solsticio, como decía Cailean.
Volvió al libro negro. No sabía aún —no podía saberlo todavía— que acababa de rozar, sin verla, la regla más importante de todas.
* * *
El acta apareció pasada la medianoche de la segunda noche, cuando ya casi no quedaba vela.
Eilidh había vuelto atrás, a Catrìona, la del segundo renglón, porque algo le había chirriado al copiarla y no sabía qué. Catrìona, ahogada. Veintidós. La buscó en el libro negro y la encontró, y esta vez se fijó de verdad, acercando la vela.
El renglón de Catrìona estaba escrito sobre otro.
Se veía a contraluz, ladeando la página: debajo de la tinta más nueva, raspada con un cuchillo o una piedra pómez hasta dejar el papel fino y peludo, había habido otras palabras.
Y la palabra «ahogada» estaba puesta encima, en una tinta distinta, con una letra distinta —más redonda, más tardía— que no era la del resto de su época.
Alguien había vuelto a aquella página, años después, había rascado lo que ponía, y había escrito otra cosa.
—Cailean. Trae la vela. Mira esto.
Lo miraron los dos a contraluz, juntando las cabezas, y al cabo, entre las fibras levantadas del raspado, sacaron en limpio dos o tres letras de lo de debajo. No casaban con «ahogada». Eran otras.
Y entonces Eilidh se acordó del fajo de cartas que habían apartado el primer día por inútiles, las de la época vieja, y rebuscó hasta dar con una de mil setecientos nueve, el año de Catrìona, escrita por una prima a otra, una carta de luto, de las que se escribían entonces para dar la mala noticia a la familia de lejos.
La leyó deprisa, saltándose las fórmulas, y se le paró el dedo en una línea.
La prima contaba que la pobre Catrìona se había apagado en pocos días de unas fiebres malignas, en su cama, atendida y rezada, y que al menos —decía la carta, y esto fue lo que a Eilidh le heló la sangre— al menos la niña no había tenido el final de agua de las otras, sino que se había ido en seco, en su lecho, como Dios manda, y que eso era el único consuelo de aquella casa desdichada.
No había tenido el final de agua de las otras. Se había ido en seco, en su cama.
Eilidh levantó la cabeza y miró a Cailean por encima de la vela que se moría.
—No se ahogó —dijo, y la voz le salió como un hilo—.
Catrìona no se ahogó. Murió de fiebres, en su cama, en seco.
Lo dice la carta de quien la enterró. —Bajó el dedo al libro negro, al renglón rascado, a la palabra falsa puesta encima en una letra de años después—.
Y alguien, mucho más tarde, volvió a este libro, raspó la verdad y escribió «ahogada».
Para que cuadrara. Para que todas, todas sin excepción, se hubieran ido al agua a los veintitrés.
Cailean miró el libro, y la carta, y otra vez el libro. Cuando habló, lo dijo muy bajo, y en el cuarto frío sonó más a sentencia que a descubrimiento.
—Alguien editó el pasado —dijo—. Alguien lleva doscientos años corrigiendo a los muertos para que la maldición salga perfecta.
—Levantó los ojos hacia la alacena de roble cerrada del rincón, la que solo abría la señora—.
Y la mano que escribió esto en seco no es de hace doscientos años. La tinta de «ahogada» es nueva.