La última hija de Dunmore Capítulo 9
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Capítulo 9

—No.

Fue lo único que dijo Cailean cuando Eilidh, por tercera vez en aquella mañana, le pidió que se fuera de Dunmore y no volviera.

Estaban en el cuarto de los archivos sin saber aún que lo era; era solo, de momento, una habitación a la que Eilidh había huido para estar sola y donde él la había seguido.

Ella tenía la espalda contra una estantería de papeles enmohecidos.

Él, delante, con la camisa todavía abierta y la flor negra del tamaño de una moneda sobre el corazón, no se movía.

—Te lo pido por tu bien —dijo Eilidh—. Ya lo has oído. Ya lo has visto en tu propio pecho. Quererme te mata. Si te vas hoy, si cruzas ese valle y no vuelves nunca, a lo mejor para. A lo mejor la flor se queda como está, o se va, y tú vives. Vete y vive, Cailean. Es lo único que puedo darte.

—No —repitió él—. Y deja de pedírmelo, porque no me voy a ir, y cada vez que me lo pides nos gastamos un tiempo que no nos sobra.

Se acercó. Eilidh se encogió contra los papeles, pero él no la tocó; puso una mano a cada lado de su cabeza, contra la madera, y le habló muy cerca, con una calma terca que ella le había visto ya en la orilla del lago.

—Escúchame —dijo—. Llevo toda la vida oyendo que esto es una maldición.

Una cosa de Dios o del diablo, un castigo, algo que cae sobre vosotras porque sí, sin razón, como cae el granizo.

Y tú, que has visto más muertas que yo en una semana de visiones, te lo has tragado en una mañana.

—Negó con la cabeza—. Mírame la flor. Mírala bien.

¿Tú has visto alguna vez un castigo de Dios que crezca despacio, como una mancha de humedad, ordenado, igual en cada hombre, generación tras generación?

Yo no. Los castigos de Dios son rayos. Esto —se tocó el pecho— esto es un mecanismo.

Tiene reglas. Empieza con algo, hace algo, termina en algo.

Y lo que tiene reglas se puede entender, y lo que se entiende se puede romper.

Eilidh lo miró. Era lo mismo que él le había dicho del don —no es locura, es un don, áspero pero con sentido—, y se lo decía ahora de la flor que lo estaba matando, con la misma terquedad de quien se niega a llamar destino a lo que igual solo es un nudo mal hecho.

—No sabemos las reglas —dijo ella, pero ya con menos fuerza.

—Pues las averiguamos. —Bajó las manos de la madera, le cogió las suyas, las dos, y esta vez Eilidh no se apartó—.

Tú y yo. Yo no me voy a morir de una flor porque una vieja en una silla diga que sí.

Y tú no te vas a tirar a ese lago en diciembre porque lo digan doscientos años de mujeres que nadie ayudó.

A esas mujeres no las ayudó nadie, Eilidh.

A ti te tengo yo. Es distinto. Por primera vez en doscientos años es distinto, porque alguien va a hacer preguntas en vez de rezar.

Y a Eilidh, que llevaba media vida aprendiendo a no hacer preguntas, a tragarse los agujeros que dejaban las respuestas a medias —su madre, la primera de la galería, la mortaja del vado —, se le encendió por dentro una cosa que no había sentido nunca: ganas de saber. No de huir. De saber.

—Está bien —dijo—. Las reglas.

* * *

Pasaron el resto del día en aquella habitación, que resultó ser la memoria escrita de la casa.

Lo descubrieron al fijarse: no eran papeles cualesquiera.

Había libros de cuentas con las tapas comidas, legajos atados con cinta podrida, registros de arrendamientos, cartas.

Generaciones de Dunmore guardando lo suyo en aquel cuarto frío del ala norte, capa sobre capa de tinta, algunas hojas tan viejas que la letra se había vuelto marrón.

La señora Begg, cuando Eilidh le preguntó, lo llamó «la sala de los papeles» y dijo que nadie entraba allí desde que el viejo señor había muerto, y que la llave la tenía la señora, arriba, en su cuarto.

—Aquí —dijo Cailean, pasando la mano por los lomos—. Si esto tiene reglas, alguien las habrá escrito. Las cuentas no mienten. Las fechas no mienten. En algún sitio de todo esto está cuándo empezó, y quién, y por qué. —La miró—. Mañana entramos en serio. Hoy ya no hay luz.

Pero Eilidh, mirando aquellas montañas de papel, sintió de pronto que el camino del papel iba a ser lento, y que ella tenía otro camino que llevaba veintitrés años negándose a usar.

—Hay algo más rápido que los papeles —dijo despacio—. Y lo tengo yo.

Cailean la miró.

—Llevo toda la vida huyendo de lo que veo —dijo Eilidh—.

Apretando los ojos, tomando el láudano, dándome la vuelta cuando aparecía la mujer del agua.

Lo he tratado como una enfermedad, igual que el médico.

—Tragó—. Pero tú dices que es un don. Y un don no se usa huyendo.

Si quiero saber lo que pasó en ese lago, lo más rápido no es leerlo en un papel marrón. Es preguntárselo al lago.

—Eilidh. —A Cailean se le tensó la cara—. La última vez que estuviste cerca del agua me viste muerto. No me gusta.

—Estaré contigo. Y tú conmigo. —Le apretó la mano—. Es la primera vez en mi vida que voy a mirar a propósito. Necesito que estés ahí para que, si lo que veo es muy malo, alguien me traiga de vuelta.

* * *

Bajaron a la orilla al caer la tarde, cuando la luz se iba y el frío se afilaba.

El lago estaba bajo, retirado de su orilla por la sequía del verano, dejando un cerco de barro endurecido y juncos secos.

La superficie, a esa hora, no era negra ni gris: era de un color sin nombre, el color de lo que no quiere que lo mires.

Cailean se puso detrás de Eilidh, le pasó los brazos por delante, le sujetó las dos manos sobre el pecho de ella, y apoyó la barbilla en su hombro.

—Estoy aquí —dijo—. Si aprietas mucho, te saco.

Eilidh cerró los ojos.

No supo cómo se hacía, porque no lo había hecho nunca aposta.

Toda la vida la cosa había venido sola, sin pedir permiso.

Así que hizo lo contrario de lo que había hecho siempre: en vez de cerrar la puerta, la abrió.

En vez de apartar la cara, la volvió hacia dentro, hacia el sitio frío del que le venían los dibujos y los nombres y los caminos.

Pensó en el lago. Le preguntó, sin palabras, lo único que quería saber. Enséñame. Enséñame cómo empieza.

Al principio no hubo nada, solo el frío del barro subiéndole por los pies y la respiración de Cailean en su cuello.

Y luego el lago cambió.

No con los ojos —los tenía cerrados—. Cambió por dentro. El aire se llenó de un olor a nieve que no había, y el rumor menudo del agua se apagó, y en su lugar Eilidh oyó pisadas. Pisadas sobre nieve helada, ese crujido seco. Abrió los ojos del alma, que no eran los de la cara, y vio.

Era de noche. Era invierno, un invierno de los de verdad, con la orilla blanca y el agua negra entre dos labios de hielo, y una luna alta y redonda encima. No era este momento. Era otro, viejo, de hacía mucho; Eilidh lo supo por la ropa.

Por la orilla blanca venía una mujer.

La conocía. La había visto pintada, colgada en la pared de arriba, la primera de la fila, la más antigua: la cara, el mentón largo de los Dunmore, su mentón.

La placa decía un nombre. Mórag. Una mujer joven, descalza sobre la nieve, en camisón, sin abrigo, andando hacia el agua negra sin prisa y sin tiritar, como si no sintiera el frío que tenía que estar matándola.

Y no iba sola.

A su lado, un paso por detrás, caminaba una figura.

Eilidh forzó la vista —la del alma— para verle la cara, y no pudo.

No porque estuviera oscuro: la luna lo bañaba todo.

Era que la cara de aquella figura no se dejaba ver.

Estaba como velada, borrosa, igual que cuando intentas recordar el rostro de alguien de un sueño y solo te queda la sensación de quién era.

Una persona. Tenía forma de persona, andaba como una persona, iba envuelta en una capa con la capucha echada.

Pero donde tenía que estar la cara había un sitio que se resbalaba de los ojos.

Lo más terrible no fue la figura. Fue Mórag.

Porque Mórag, andando hacia el agua que iba a matarla, estaba en paz.

Iba serena, casi contenta, con la cara levantada hacia la luna y una media sonrisa, como quien camina al encuentro de algo bueno y largamente esperado.

No había en ella ni una pizca de miedo. No miraba el agua negra con terror; la miraba como se mira una cama después de un día muy largo.

Y de vez en cuando volvía la cabeza hacia la figura encapuchada que la acompañaba, y le sonreía, y a la figura —a esa cara que no se dejaba ver— le confiaba algo, una mirada, un gesto de quien va de la mano de alguien en quien se apoya entero.

Eilidh quiso gritarle. No. No vayas. Lo que te lleva al agua no es tu amigo.

Pero en las visiones no se grita, no se cambia nada; solo se mira lo que ya pasó.

Y lo que ya había pasado era esto: que la primera mujer de aquella galería había caminado al lago en una noche de luna, descalza sobre la nieve, sonriendo, sin que nadie la arrastrara.

Llegaron al borde, donde la nieve se acababa y empezaba el hielo fino de la orilla. Mórag se detuvo. Miró el agua negra a sus pies, un momento, todavía serena. Y luego se volvió del todo hacia la figura encapuchada, hacia la cara velada, y esperó.

La figura levantó una mano y se la tendió.

Una mano abierta, ofrecida, en aquella noche blanca, sobre el agua que esperaba.

Y Mórag, sin dudar, sin miedo, con la confianza de quien se sabe llevado por alguien que la quiere, le puso la suya encima y la tomó.