Capítulo 8
Eilidh despertó tarde, con el sol ya alto y entrando a raudales por los postigos que la tormenta había dejado entornados, y por un momento, antes de abrir bien los ojos, fue feliz sin acordarse de por qué.
Luego se acordó. La noche, la elección, el cuerpo de Cailean a su lado.
Sonrió contra la almohada. Tenía la mano todavía donde la había dejado al dormirse: abierta sobre el pecho de él, sobre el corazón, subiendo y bajando despacio con su respiración.
Lo notó respirar bajo la palma, vivo, tibio, y se quedó así un rato, robándole al día unos minutos más antes de que el valle volviera a ser el valle.
Fue al retirar la mano cuando lo vio.
Debajo. Justo donde había tenido la palma toda la noche, sobre el corazón de Cailean, en la piel que esa madrugada estaba limpia, había una mancha.
Eilidh parpadeó, creyéndola sombra. No era sombra.
La luz le daba de lleno y la mancha seguía allí, oscura, casi negra, del tamaño de una moneda grande, y tenía forma.
No era un cardenal, que es informe y morado.
Esto tenía bordes. Una mancha central, densa, y alrededor unos lóbulos más finos abriéndose desde el centro, redondeados, como los pétalos de una flor abierta vistos desde arriba.
Una flor. Una flor negra dibujada bajo la piel, sobre el corazón del hombre con el que acababa de casarse.
Le puso encima el dedo, despacio. La piel estaba caliente, normal, viva; la mancha no se hundía ni se levantaba, no era herida, no era costra.
Estaba dentro, debajo, como tinta corrida bajo una hoja mojada.
Y mientras la miraba —Eilidh habría jurado después que no se lo inventó— uno de los pétalos de fuera, el más tenue, se alargó un pelo más hacia el hombro.
Despacísimo. Como crece una mancha de humedad en una pared, que no la ves moverse pero al rato es más grande.
—Cailean. —Le tembló la voz—. Cailean, despierta.
Él abrió los ojos, la encontró inclinada sobre su pecho con la cara descompuesta, y se incorporó de golpe.
—¿Qué pasa?
Eilidh no pudo hablar. Le señaló el pecho.
Cailean bajó la vista, se vio la flor negra sobre el corazón, y se quedó muy quieto.
Se la tocó con dos dedos, igual que había hecho ella.
Se frotó la piel con el pulgar, fuerte, como quien quiere borrar algo, y no se borró.
Lo intentó otra vez, más fuerte, hasta dejarse la piel roja alrededor, y la flor siguió ahí, negra, intacta, en el centro de la rojez.
—Anoche no estaba —dijo él, en voz baja—. Cuando me acosté no estaba. Me habría dado cuenta.
—Lo sé. —A Eilidh se le había secado la boca—. La tenías limpia. Yo tenía la mano ahí toda la noche. Lo sé porque… —se calló.
Porque había aparecido debajo de su mano. Sobre el corazón de él, justo donde ella lo había estado tocando mientras dormía. No lo dijo en voz alta, pero el pensamiento ya estaba dentro, frío, echando raíces: ha salido donde yo lo tocaba.
* * *
La señora Begg, cuando se la enseñaron, dejó caer la jarra que llevaba.
No dijo nada. Se agachó a recoger los trozos con la cara vuelta, las manos torpes, y al levantarse soltó solo dos palabras antes de salir casi corriendo del cuarto:
—La señora.
Subió a Mairead con ella. Y Mairead, que tenía respuesta para todo y pulso para todo, miró la flor negra en el pecho de Cailean y se quedó parada en el umbral, y a Eilidh, que llevaba semanas aprendiendo a leerle la cara, no se le escapó lo que le pasó por ella: no sorpresa.
Reconocimiento. El mismo reconocimiento que había tenido en el coche al oírla decir «Kilfinnan», el de quien ve cumplirse, puntual, una cosa que llevaba mucho temiendo y sabiendo.
Mairead lo conocía. Sabía qué era aquella flor.
Y no lo dijo. Se quedó callada en la puerta, con las manos cruzadas, blanca, mientras Lady Dunmore subía.
Porque la subieron. La bajaron de la cama no, la subieron, en la silla, envuelta en mantas, hasta el cuarto de los recién casados, y la pusieron frente a Cailean, que se había sentado en el borde de la cama con la camisa abierta y la flor negra a la vista sobre el corazón.
La vieja la miró.
Y a Eilidh, que la había visto sonreír como una calavera, que la había visto recibir la noticia de su propia muerte sin un temblor, le tocó verla por fin asustada.
Lady Dunmore se llevó una mano temblona a la boca.
Los ojos negros, los únicos enteros en aquella cara seca, se le abrieron, y algo se vació detrás de ellos, una esperanza que quizá no sabía ni que guardaba.
—No —dijo, muy quedo—. Tan pronto, no. No habéis tenido ni una semana.
—¿Qué es? —Eilidh se arrodilló frente a la silla, le cogió la mano de venas—. Lo sabes. Os lo veo a las dos en la cara, a ti y a mi tía. Sabéis lo que es esta flor. Dímelo. Por una vez, dímelo entero.
La vieja la miró desde muy lejos, desde detrás de toda su vida. Cuando habló, la voz le salió sin fuelle, casi sin aire.
—He visto esa flor otras veces —dijo—. Más de las que quería.
Sale así, de la noche a la mañana, sobre el corazón.
Pequeña primero. Una manchita. —Tragó—. Y crece.
Despacio. No para. Le va comiendo el pecho al hombre, y el hombre se va apagando con ella, como una vela a la que se le acaba el sebo, hasta que…
—no terminó eso. Empezó otra cosa—. Le sale a un hombre.
A uno solo. Al que una de vosotras quiere de verdad.
—Le apretó la mano a Eilidh con la poca fuerza que tenía—.
A todos les ha salido, niña. A cada hombre que una hija de esta casa quiso de verdad.
Y a cada uno se le fue comiendo. Y cada vez, cada una de las veces, terminamos enterrando a la muchacha.
—Le buscó los ojos—. Esa flor no es la maldición.
Es el aviso de que la maldición te ha encontrado.
De que has querido a alguien. Te has dado prisa en querer, y yo te lo iba a impedir, pero ya está hecho.
Eilidh oyó las palabras y las oyó dos veces, porque la primera no se las creyó y la segunda no pudo no creérselas.
Al que una de vosotras quiere de verdad.
La flor había salido bajo su mano. Sobre el corazón de Cailean, justo donde ella lo había tocado, la noche en que por fin se permitió quererlo sin guardarse nada, después de que su tía le hubiera suplicado que se guardara.
Y entonces, mientras lo pensaba, le pasó por dentro el destello.
* * *
Fue como en la orilla del lago, igual de rápido y de total, solo que esta vez no fue agua.
Fue un cuarto. Otro cuarto, en aquella misma casa, en otro tiempo —la luz era de velas, las ropas eran de otro siglo—, y en el cuarto una mujer joven con el mentón largo de los Dunmore, su mentón, arrodillada junto a una cama.
En la cama, un hombre. Flaco, gris, hundido, con los ojos cerrados, respirando con esfuerzo.
La mujer le tenía abierta la camisa sobre el pecho, y en el pecho, sobre el corazón del hombre, había una flor negra.
Pero esta no era pequeña. Esta era grande, extendida, le cubría medio pecho con sus pétalos oscuros, le subía por el cuello en venas negras.
La mujer lloraba sin ruido, con la frente pegada a la mano del hombre, y Eilidh supo, con la certeza muda de siempre, dos cosas: que aquel hombre se moría de la flor, y que aquella mujer iba a seguirlo al agua antes de que terminara el invierno.
Parpadeó. El cuarto desapareció. Estaba otra vez de rodillas frente a la silla de su abuela, con la mano de venas entre las suyas, y delante, en el borde de la cama, vivo, asustado, mirándola, Cailean.
Con su flor negra todavía pequeña sobre el corazón.
Todavía del tamaño de una moneda. Todavía a tiempo de crecer.
Se levantó despacio. Le temblaban las piernas.
Miró a aquel hombre que la noche anterior le había dado a elegir cuando todos los demás elegían por ella, que la había llamado por su nombre verdadero contra la piel, que le había dicho que su don era un don y no una locura.
El primer ser humano en veintitrés años que la había mirado entera y no había dado un paso atrás.
Y entendió, con un horror que le subió desde el estómago, lo que acababan de decirle la vieja y la visión a la vez, lo único que parecía explicarlo todo: la flor salía al hombre amado.
Crecía. Lo mataba. Y después moría la muchacha.
La cadena entera empezaba en una sola cosa, en la única que ella había hecho la noche anterior y que su tía le había suplicado que no hiciera.
Quererlo.
—No me toques —dijo Eilidh, y dio un paso atrás cuando Cailean se levantó hacia ella—. No… espera. No te acerques.
—Eilidh.
—Es por mí. —La voz se le rompió—. ¿No lo ves?
Esa flor te ha salido a ti porque yo… anoche yo te quise sin guardarme nada, y ahora te sale a ti, sobre el corazón, justo donde yo tenía la mano.
—Se llevó las dos manos a la boca—. Quererte es lo que va a matarte.
Eso es la maldición. No es el agua. Soy yo.
Querer es lo que mata, y yo te he querido.