La última hija de Dunmore Capítulo 7
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Capítulo 7

El cordón lo trajo Mairead, y Eilidh supo, en cuanto lo vio, que era más viejo que la casa.

Lo sacó de una caja de madera que olía a romero seco, envuelto en un paño que en otro tiempo había sido blanco.

Era una trenza de tres hebras —lino, lana y un hilo más oscuro que podía ser pelo— gastada hasta el brillo en algunos tramos, descolorida, con un nudo en cada extremo apretado tantas veces que ya no se distinguía cómo se hacía.

Eilidh alargó la mano para tocarlo y Mairead apartó la caja un segundo, instintivamente, como se aparta algo de un niño; luego se contuvo y dejó que lo tocara.

Estaba frío, y pesaba más de lo que un trozo de cuerda debía pesar.

—Lo han usado todas —dijo Mairead, en voz baja—. Todas las de la galería. Cada Dunmore que se ató a su Sinclair se ató con esto. —Tragó—. Es lo más antiguo que tiene esta familia. Más que los retratos. Más que las piedras de arriba.

—¿Cuánto más?

Mairead no contestó. Volvió a envolver el cordón en su paño, dejando fuera solo los dos extremos, y Eilidh sintió, sin saber por qué, que las manos que habían estrenado aquella trenza habían sido manos jóvenes, y que la historia de esas manos no había acabado bien.

Lo sintió como había sentido el camino y los nombres.

Una certeza muda subiéndole por el brazo desde la cuerda fría.

No era un casamiento de iglesia. El reverendo Sloan no vino, ni lo llamaron; aquello era de antes de las iglesias, dijo Mairead, y se hacía en casa.

Vistieron a Eilidh con un traje oscuro que había sido de otra —no preguntó de cuál— y la bajaron al salón grande, donde habían encendido, por una vez, todas las velas que tenía la casa, y donde la chimenea ardía de verdad, alta, comiéndose la turba a manojos.

Lady Dunmore estaba allí. La habían bajado en una silla, envuelta en mantas, seca y diminuta, con los ojos negros enteros clavados en Eilidh desde el rincón.

La señora Begg, en la puerta. Dos o tres criados viejos que Eilidh no había visto.

Nadie más. Y Cailean, en el centro, vestido también de oscuro, recién afeitado, con una cara que se le iluminó al verla bajar y que le borró a Eilidh, de un golpe, la mitad de la rabia que llevaba reservada para aquel momento.

Porque aún la llevaba. Hasta el último escalón estuvo a punto de decir que no, de gritar que a ella nadie la había prometido, que aquello lo habían decidido cuando ella tenía un mes y no podía cerrar la mano.

Y a la vez bajaba hacia él con el corazón golpeándole de ganas.

Prisionera y enamorada de la misma jaula, otra vez, hasta el último peldaño.

Fue Mairead quien los ató.

No hubo cura, así que ofició ella, como la mayor, como la que guardaba la costumbre.

Les hizo juntar las manos derechas, la de Eilidh sobre la de Cailean, palma con palma, y empezó a enrollar el cordón alrededor de las dos muñecas, vuelta sobre vuelta, despacio.

Y mientras lo enrollaba dijo las palabras, una fórmula vieja, medio en gaélico, que Eilidh no entendió del todo pero de la que cogió trozos: atadas las manos, atadas las sangres ; lo que aquí se anuda no lo desata mano de hombre ; y al final, una línea que se le quedó dentro sin saber por qué, porque sonó distinta de las demás, más a candado que a bendición: y lo callado, callado siga, mientras dure el nudo .

A Eilidh le extrañó esa última. Pero le extrañó más otra cosa: las manos de su tía.

Le temblaban. Mairead, que tenía el pulso firme para todo, enrollaba el cordón con los dedos temblándole, y los apretaba demasiado en cada vuelta, hasta hacerles daño en las muñecas, como si quisiera atarlos para siempre y a la vez le costara un esfuerzo terrible cerrar cada nudo.

No miró a Eilidh a la cara ni una vez en todo el rito.

Tenía los ojos en la cuerda, y en los ojos algo que no era alegría de boda.

Algo encogido. Algo que pedía perdón mientras hacía el daño.

—Ya está —dijo, cuando terminó el último nudo, y la voz le salió como si la hubiera traído de muy lejos—. Estáis atados.

Cailean apretó la mano de Eilidh dentro del cordón.

Eilidh se la apretó de vuelta. Y por encima de todo el miedo y toda la rabia, en el centro mismo de la jaula, hubo un instante en que lo único cierto del mundo fue la mano caliente de aquel hombre bajo la suya, atada a la suya, elegida —ahora sí, por fin elegida— por más que la hubieran prometido sin preguntar.

Fue en ese instante cuando estalló la tormenta.

* * *

No vino poco a poco. Llevaba el cielo cargado todo el día, espeso, sin soltar nada, y soltó todo de golpe: un trueno seco que hizo temblar los cristales, y detrás la lluvia, cayendo de través, golpeando los postigos como si quisiera entrar.

El viento entró por las chimeneas y agachó las llamas de las velas todas a la vez.

Una de las criadas se santiguó. Lady Dunmore, en su rincón, levantó la cabeza hacia el techo y sonrió aquella sonrisa suya de calavera, como quien reconoce a un viejo conocido.

—Buena noche para atar —dijo, con su fuelle roto—. El agua siempre viene a estas cosas.

Nadie le contestó. La subieron a su cuarto poco después, y los criados se retiraron, y la casa se fue quedando a oscuras por dentro mientras por fuera la tormenta lo tomaba todo.

A Eilidh y a Cailean les deshicieron el cordón de las muñecas —Mairead lo recogió, lo volvió a envolver en su paño, lo guardó en la caja de romero con un cuidado de relicario— pero la atadura no se deshizo con la cuerda.

Eilidh la seguía sintiendo. Una vuelta invisible alrededor de la muñeca, tirando, hacia él.

* * *

El cuarto que les dieron tenía una chimenea propia y una cama de cuatro columnas, y la tormenta lo rodeaba por los cuatro costados, sacudiendo los postigos, vaciándose sobre el tejado con un rugido continuo. Dentro, el fuego. Fuera, el diluvio. Y entre las dos cosas, ellos.

Eilidh se quedó de pie junto al fuego, de espaldas a la puerta cerrada, sin saber qué hacer con las manos ahora que no las tenía atadas.

Toda la valentía del salón se le había quedado abajo.

Aquí, a solas, con la cama detrás y la lluvia golpeando, volvía a ser la mujer del sur que dibujaba flores y dormía con una silla en la puerta.

Cailean se acercó por detrás. No la tocó enseguida. Se quedó cerca, tan cerca que ella le notó el calor en la espalda, y habló junto a su pelo.

—No tenemos que hacer nada que no quieras —dijo—. Nos han atado las manos, no la noche. Si quieres, me siento en esa silla y hablamos hasta que pare la lluvia, y mañana nadie sabrá lo que pasó o dejó de pasar aquí dentro. Tú mandas en esto, Eilidh. En esto sí.

Y fue eso —que le diera la noche, después de que le hubieran quitado la elección de todo lo demás— lo que la decidió.

Se volvió hacia él. Le puso una mano en el pecho, donde el corazón le latía deprisa bajo la camisa, y notó que a él también le latía deprisa, que no era el único que tenía miedo, que aquel hombre grande y sereno estaba tan asustado como ella de lo que les estaba pasando.

—No quiero la silla —dijo.

Lo besó como lo había besado la primera vez, harta de tener miedo, pero esta vez no se separaron.

Esta vez la tormenta de fuera siguió golpeando los postigos y dentro fue al revés que en la orilla del lago: dentro no había agua, ni mujer empapada, ni cara muerta bajo ninguna superficie.

Dentro estaba él, vivo, caliente, las manos llenas de cicatrices recorriéndole la espalda, la boca en su cuello, su nombre —su nombre verdadero, el que había tardado veintitrés años en oír— dicho contra su piel como si llevara él también esperándolo toda la vida.

Y por una noche, una sola, en el ojo de todo, Eilidh dejó de pertenecer al lago y a la galería y al marco vacío con su fecha sin grabar, y se perteneció a sí misma y a él, por elección, libre dentro de la jaula, mientras afuera el cielo se vaciaba sobre el valle y el agua corría por los cristales sin poder entrar.

No pensó en la maldición. No pensó en el solsticio que contaba los días, ni en la mortaja del largo de una mujer planchada sobre una piedra. Por una vez, en aquel cuarto, no contó nada.

* * *

La tormenta amainó de madrugada.

Se fue como había venido, de golpe: cesó el rugido sobre el tejado, dejó de golpear el viento los postigos, y quedó solo el goteo de los aleros y, debajo, un silencio mojado y enorme.

Eilidh estaba despierta. Cailean dormía con un brazo cruzado sobre ella, pesado y tibio, la respiración lenta en su nuca, y ella miraba la rendija entre los postigos, donde la negrura de la noche empezaba a aguarse en un gris muy tenue.

Amanecía.

Por primera vez desde que había pisado aquel valle, Eilidh no tenía miedo.

Estaba cansada y entera y, por debajo de todo, asustadoramente feliz, y se dijo que quizá Cailean tenía razón, que quizá solo se cumplía la mitad de lo que se veía, que quizá ellos dos podían ser la mitad que no, podían quedarse lejos del agua toda la vida y envejecer juntos en aquella casa o en Corbie Hall y desmentir, los dos, doscientos años de mujeres ahogadas.

Se durmió pensándolo, con esa primera luz gris entrando por la rendija y la mano de él abierta sobre su corazón.

No vio amanecer del todo. No vio, por tanto, lo que la luz de la mañana, cuando subiera entera, iba a encontrar en la piel de aquel hombre dormido, justo bajo la mano con que ella le tapaba el pecho.