Capítulo 6
Tardó tres días en decidirse a contárselo, y lo decidió una tarde en que Cailean volvió a cruzar el valle solo para verla y ella, al verlo llegar embarrado y con frío por un camino de cuatro millas, entendió que ya no podía seguir cargando ella sola con lo del lago.
Porque Cailean cruzaba el valle todos los días.
Aparecía a media mañana, con las botas sucias y las mejillas rojas, y se quedaba hasta que la luz lo echaba, y en esos días Eilidh aprendió cosas de él que no se aprenden de un desconocido al que te han vendido: que se reía con todo el cuerpo, de golpe; que con los caballos hablaba más bajo que con las personas; que tenía las manos llenas de cicatrices pequeñas de trabajar la tierra de la que no sacaban nada.
Y aprendió la peor de todas, la que no quería aprender: que cuando él estaba en la habitación, a ella se le iba el miedo.
Y que eso, en aquella casa, no podía ser bueno.
Esa tarde lo llevó al cuarto de arriba donde guardaba su cuaderno. Cerró la puerta. Y le contó todo.
Le enseñó las dos hojas dobladas: la rosa negra, la verja, dibujadas dormida en una ciudad que no conocía esto.
Le contó los paseos, despertarse descalza lejos de la cama con barro en los pies.
Le contó la mujer empapada que se le ponía a los pies del lecho, la del agua en vez de voz.
Le contó que sabía caminos que no había pisado y nombres que no había oído, y que el médico le había recetado láudano para que se le pasara, como si aquello fuera una jaqueca.
Cailean escuchó sin moverse, sentado en el borde del arca, con los codos en las rodillas. No la interrumpió. No puso la cara que ponían los demás —la del médico, la de la del portón, la de medio Kilfinnan—, esa cara de apartarse un paso sin moverse del sitio.
—Hay una cosa más —dijo Eilidh, y le costó—. La peor. Y necesito decírtela aunque te haga daño, porque estoy harta de guardármela.
—Dila.
—El lago te enseña muerto. —Lo dijo de corrido, antes de poder no decirlo—.
Cada vez que me acerco al agua contigo cerca, te veo dentro de ella.
Ahogado. Blanco. El primer día, en la orilla, cuando ibas a tocarme la cara: no me puse mala del frío.
Te vi en el fondo, con los ojos abiertos. Por eso me aparté.
La habitación se quedó callada. Eilidh esperó a verlo levantarse, esperó la cara de apartarse.
Cailean bajó la vista a sus propias manos un momento. Luego la levantó, y lo que tenía en los ojos no era miedo: era una calma rara, decidida, casi terca.
—Mi abuela tenía eso —dijo—. Lo que tú tienes.
En las Tierras Altas lo llaman an dà shealladh .
La doble visión. No es locura, Eilidh, por más que un médico del sur te dé jarabes.
Es un don. Áspero, pero un don. Mi abuela veía cosas, y la mitad de las cosas que veía se cumplían, sí.
—Se levantó, pero no para apartarse: para acercarse—.
Pero solo la mitad. ¿Me oyes? La mitad. Lo que se ve no siempre es lo que va a pasar.
A veces es lo que puede pasar, para que lo evites.
—Le cogió las manos, las dos, y las suyas estaban ásperas y calientes—.
Tú me has visto en el agua. Bien. Entonces ya sabemos una cosa: que tú y yo, del agua, lejos.
Toda la vida lejos. Eso no es una sentencia. Es un aviso. Y un aviso se usa.
A Eilidh se le rompió algo por dentro, pero por una vez no fue de miedo.
Era el primer ser humano en veintitrés años que oía lo que ella era y no daba un paso atrás.
Mairead lo había llamado «los paseos», bajando la voz.
El médico lo había llamado enfermedad. Este hombre lo llamaba un don y le sujetaba las manos.
Estaban muy cerca. No lo habían decidido, otra vez.
Eilidh sintió la respiración de él, el calor que salía de su ropa fría, y supo que si no se apartaba en ese segundo no se iba a apartar, y no se apartó.
Fue ella la que acortó lo que quedaba. Lo besó porque estaba harta de tener miedo y él era el único sitio del valle donde no lo tenía, y él la besó de vuelta con una mano en la nuca y la otra en la espalda, sin prisa y sin permiso, como quien por fin toca algo que llevaba mucho soñando.
Cuando se separaron, él apoyó la frente en la suya.
—Te he esperado toda la vida —dijo, muy bajo—. Y no es una manera de hablar.
—¿Qué quieres decir?
Cailean tardó. Cuando habló, fue con la voz de quien repite algo aprendido de niño y nunca entendido del todo, lo mismo que había hecho con lo de la tierra del valle.
—En mi casa esperábamos a la última hija de Dunmore —dijo—.
Generaciones. Mi padre me lo decía, y a él se lo había dicho el suyo.
«Habrá una última. La reconocerás. Y te atarás a ella, porque para eso estamos los Sinclair.
» —Negó con la cabeza—. Nunca supe para qué.
Para qué estamos. Por qué nos toca a nosotros esperar a una mujer de tu sangre que aún no había nacido.
—La miró—. Solo sé que llevo soñándote desde los ocho años y que mi familia llevaba doscientos esperándote sin haberte visto.
Y que las dos cosas tienen que ser la misma, aunque no sepa cómo.
Eilidh no contestó. Otra vez el hilo tirante entre las cosas: las hijas que se ahogaban, la tierra que no daba, las dos casas amarradas, y ahora una familia entera criada de padres a hijos para esperar a una mujer y atarse a ella.
Cuatro paredes que parecían sueltas y eran el mismo muro.
Pero el muro estaba a oscuras todavía, y Eilidh solo podía tocarlo, no verlo.
* * *
La boda la fijó la casa, no ellos.
Fue Lady Dunmore, desde su cama, por boca de la señora Begg: el voto se renovaría con la luna llena, dentro de tres días, atadas las manos como mandaba la costumbre.
Antes de que cambiara el tiempo. Mucho antes del solsticio.
Eilidh recibió el recado y le hirvió, otra vez, la vieja rabia: que decidieran por ella la fecha de su propia boda como quien fija el día de una feria.
Y al mismo tiempo —y esto la avergonzaba— una parte de ella se alegró.
Una parte terca y muda quería que fuera pronto, quería atarse a él, quería las tres noches menos.
El vínculo ya tiraba de los dos, igual que tiraba el lago, solo que hacia el lado contrario, hacia la vida, y Eilidh no sabía cómo se podía estar prisionera y enamorada de la misma jaula al mismo tiempo, pero lo estaba.
Aquella noche soñó con el agua.
No fue el sueño de siempre. Soñó que el lago estaba en su habitación, que había subido por las escaleras sin ruido y le lamía los pies de la cama, negro y quieto, y que de él salía la mujer empapada, pero esta vez no se quedaba a los pies: esta vez se acercaba, despacio, dejando un rastro mojado por las tablas, hasta inclinarse sobre Eilidh, tan cerca que le goteaba el pelo en la cara.
Y le hablaba. Movía la boca, y el hilo de agua que le salía en vez de voz, esta vez, casi tenía forma de palabra.
Casi. Eilidh le veía a la mujer los labios formar algo una y otra vez, lo mismo, con paciencia, como se le enseña una palabra a un niño que no la pilla.
Y se despertó con esa forma en los oídos y no la pudo retener, igual que la primera vez, y le quedó solo la certeza de que la mujer no quería hacerle daño.
Quería que entendiera algo. Le estaba pidiendo algo, con las pocas fuerzas que le quedaban a una muerta.
Eilidh se quedó despierta hasta el alba, con los pies fríos, intentando leerle los labios al recuerdo. No lo consiguió.
* * *
Mairead la encontró a la mañana siguiente en el corredor, y la cogió del brazo, y la metió en un hueco junto a la ventana donde no llegaban los oídos de la casa.
—Te he visto —dijo, sin preámbulo—. Cómo lo miras. Cómo se te va el cuerpo hacia él cuando entra por la puerta.
—Tú me trajiste hasta él —dijo Eilidh—. Tú lo sabías desde que yo tenía un mes.
—Lo sé. —Y a Mairead le pasó por la cara algo que Eilidh no le había visto nunca: un titubeo.
Su tía, que mandaba sin levantar la voz, que plantaba cara a médicos y caseros, dudó, abrió la boca, la cerró, como quien tiene una cosa en la punta de la lengua y no se atreve a soltarla por miedo a lo que pase después—.
Quiérelo —dijo al fin, y la voz le salió rota por la mitad de la palabra—.
No te voy a decir que no lo quieras, sería como pedirte que no respiraras.
Pero no tan deprisa. No tanto. No… —se le quebró otra vez— no con todo, niña.
Guárdate un poco. Por él. Hazme caso en esto aunque no me hagas caso en nada más: cuanto más fuerte lo ates, peor para él.
Hay amores que no son seguros para el que es amado. El tuyo es de esos.
—No te entiendo —dijo Eilidh—. ¿Cómo va a ser peor para él que yo lo quiera?
Mairead la miró un rato largo, y en sus ojos secos hubo una lucha, un querer decir y un no poder, que Eilidh no supo interpretar entonces y que recordaría mucho después, cuando todo lo demás encajara y aquel titubeo dejara de ser miedo y pasara a ser otra cosa, mucho peor.
—Algún día lo entenderás —dijo Mairead—. Y ojalá me equivoque y no haya nada que entender. —Le soltó el brazo—. Voy a ver a mi hermana.
Pero no fue a ver a su hermana.
Eilidh, desde la ventana del corredor, la vio salir al patio, cruzarlo y detenerse en el borde, donde la tierra empezaba a bajar hacia el agua.
Y se quedó allí, su tía, una mujer vieja y derecha con el chal cruzado, de espaldas a la casa, mirando el lago.
No un momento. Mucho rato. Tanto que Eilidh dejó de mirarla y volvió a mirarla y seguía allí, quieta, con la cabeza un poco gacha, mirando el agua negra como quien mira una tumba que conoce bien, o como quien le pide perdón a algo, o como quien le hace, en silencio, una promesa que ya no puede romper.