La última hija de Dunmore Capítulo 5
17%

Capítulo 5

Al tercer día en la casa, Eilidh decidió que si nadie de su sangre iba a contarle la verdad de frente, se la sacaría a quien no fuera de su sangre.

Bajó al pueblo sin pedir permiso. Mairead estaba arriba, con la vieja, que había empeorado en la noche; la señora Begg trasteaba en la cocina.

Eilidh cogió un chal y salió por el portón antes de que nadie le preguntara adónde, con el lago a la izquierda y el camino de tierra delante, hacia el humo lejano del valle.

No había andado un cuarto de milla cuando oyó pasos detrás.

—¿Tú no tienes una casa a la que volver? —dijo, sin pararse, sin necesidad de volverse para saber que era él.

—La tengo. —Cailean la alcanzó—. Pero queda al otro lado del valle, y tú vas hacia el pueblo sola, y en este valle una Dunmore yendo sola hacia el pueblo es como ir tocando una campana. —Acomodó su paso al de ella—. Te acompaño. No para vigilarte. Para que no vayas sola.

Eilidh no dijo que sí ni que no, que con él se le había vuelto su forma de decir que sí. Anduvieron juntos, y el camino, que era largo, no se le hizo largo, y eso ya era bastante aviso.

Dos días llevaba sin verlo y los dos días lo había echado de menos como se echa de menos algo que duele tener cerca.

No le había contado lo del lago. Cargaba ella sola con la imagen de él blanco bajo el agua, y la cargaba como una piedra en el bolsillo: pesando, rozando, sin enseñarla.

Caminando a su lado, vivo, con el aliento haciéndole vaho en el aire frío, costaba creer en aquella otra imagen. Costaba, pero no se iba.

—Kilfinnan —dijo él, cuando las primeras casas asomaron entre los árboles—. Es esto. No esperes gran cosa.

* * *

No era gran cosa: una hilera de casas de piedra encaladas a medias, los tejados de paja oscurecidos, un pozo, una iglesia pequeña y baja con su cementerio detrás, y por encima de todo el olor a humo de turba pegado a la ropa de la gente.

Pero la gente, eso sí, vio llegar a Eilidh, y Eilidh notó el momento exacto en que la vieron.

Una mujer que sacaba agua del pozo levantó la cabeza, la miró, miró a Cailean a su lado, y volvió a bajarla demasiado deprisa.

Dos hombres en una puerta dejaron de hablar.

Una madre, en el umbral de su casa, tiró hacia dentro de un niño que se había quedado mirando, sin brusquedad, pero sin perder un segundo, como se aparta a un crío de un perro que no se sabe si muerde.

—Saben quién soy —dijo Eilidh en voz baja.

—Aquí saben antes de que llegues. —Cailean se había puesto serio—. No es contra ti. Es que… —buscó la palabra y no la encontró bonita— les das pena. Y la pena, cuando viene con miedo, se parece mucho a la mala educación.

Eilidh apretó los dientes. No había bajado para que le tuvieran pena.

—¿Quién es aquí la que más sabe? —preguntó—. De lo viejo. De lo de mi familia. Tiene que haber alguien.

Cailean dudó. Luego señaló con la barbilla la última casa de la hilera, una más apartada, con manojos de hierbas secas colgando bajo el alero.

—Eppie —dijo—. Es la comadrona, lo ha sido sesenta años.

Trajo al mundo a medio valle. Y a la otra mitad…

—no terminó—. Sabe cosas que en la iglesia no se dicen.

Pero es áspera, y de los Dunmore no le gusta hablar.

Mi madre dice que la respetan y la temen a partes iguales, que es lo que pasa con las que saben.

* * *

Eppie estaba en la puerta de su casa pelando algo en un cuenco, y los vio venir, y no se levantó.

Era muy vieja, más que Lady Dunmore quizá, pero entera de otra manera: nudosa, dura, con las manos grandes y manchadas y unos ojos pequeños y vivos que se posaron en Eilidh y se quedaron.

No miró el chal ni las manos, como había hecho la del portón.

Le miró la cara, directa, y algo le pasó por la suya, una sombra rápida, y dejó de pelar.

—Conque ya estás aquí —dijo—. La última.

—Me llamo Eilidh.

—Sé cómo te llamas, niña. Sé cómo se llaman todas.

—Dejó el cuenco a un lado—. Y sé a qué has venido a mi puerta, que no es a darme conversación.

Has venido a que una vieja te diga lo que en tu casa te cuentan a medias.

—Miró a Cailean, de arriba abajo, y torció la boca—.

Y vienes con un Sinclair. Doscientos años después, una Dunmore y un Sinclair otra vez juntos, camino del agua. No aprende nadie.

—Cuéntemelo entonces —dijo Eilidh—. Lo que en mi casa me cuentan a medias.

La vieja se quedó callada un momento. Luego suspiró, un suspiro largo de quien cede a algo que sabe que no debería, y empezó a hablar, y mientras hablaba sus manos volvieron al cuenco solas, porque eran manos que no sabían estar quietas.

—Las hijas de tu casa se ahogan —dijo—. Eso lo sabes.

Una en cada vida de mujer, joven, sin llegar a vieja.

Lo llaman maldición, y a lo mejor lo es, qué sé yo.

—Peló—. Lo que no te habrán contado es cómo se sabe cuándo le toca a una.

Lo sabe el rosal. Hay en ese jardín de arriba un rosal que no debería dar flor, encajonado donde no entra el sol, y da una flor negra cada vez que el agua se lleva a una de vosotras.

Yo lo he visto florecer cinco veces en mi vida.

Cinco. —Levantó la mano, cinco dedos manchados, y los bajó—. Y lo sabe la del vado.

—¿La del vado?

—La lavandera. —La vieja bajó la voz, no por secreto, sino por respeto, como se baja la voz junto a un enfermo—.

La que lava en el agua donde el lago se escapa hacia el valle.

Si la ves arrodillada lavando, mírale lo que escurre, niña, pero reza para no entenderlo.

Porque lava la mortaja del que va a morir, y la lava antes, mientras el muerto todavía anda y come y habla.

—Clavó los ojos en Eilidh—. La mía la habrá lavado ya, vieja como soy. La de tu madre la lavó.

A Eilidh se le cerró la garganta.

—¿Conoció a mi madre?

—La traje al mundo —dijo Eppie—. Y la amortajé.

Las dos cosas, con estas manos. —Y por un instante las manos sí se quedaron quietas sobre el cuenco, y la vieja miró a Eilidh con algo que ya no era folclore, algo más hondo y más reciente, una cosa que tenía detrás de los dientes y no soltaba—.

La amortajé yo, sí. Y vi… —Se detuvo. Tragó—.

Vi lo que vi. Pero eso no se cuenta a la puerta de casa, con un Sinclair delante y a la luz del día.

Eso, si acaso, otro día. Si vuelves sola.

Cerró la boca, y Eilidh entendió que no sacaría una palabra más por ese camino. Pero entendió otra cosa también, y se le quedó dentro como una astilla: que la vieja sabía algo de la muerte de su madre que no cuadraba con ahogarse, ni con fiebres, ni con maldición. Vi lo que vi.

—Anda, marchaos —dijo Eppie, y recogió el cuenco y se levantó por fin, despacio—. Y no os entretengáis en el vado a la vuelta.

* * *

A la salida del pueblo estaba la iglesia, y a la puerta de la iglesia, un hombre de negro.

El reverendo Sloan era flaco y pulcro, con la cara afeitada y una expresión de cansancio cortés. Conocía a Cailean —se saludaron por el nombre— y a Eilidh la miró con una incomodidad que no llegó a disimular.

—Así que es usted —dijo, y se corrigió, como quien recuerda sus modales—.

Sea bienvenida a la parroquia, señorita Dunmore.

—Pero las palabras le salieron tiesas—. Espero que no haya venido a llenarse la cabeza con lo que cuenta la vieja Eppie.

En esta parroquia hay mucho de lo viejo que aún no se ha querido enterrar.

Lavanderas en los vados, rosales con voluntad.

—Negó con la cabeza—. Su familia ha tenido desgracias, señorita, eso no lo niego.

Demasiadas mujeres jóvenes en ese cementerio.

Pero el agua se ahoga sola, sin necesidad de brujería.

—¿Y mi familia tiene mujeres jóvenes en ese cementerio? —dijo Eilidh, mirando hacia las lápidas que asomaban detrás de la iglesia—. ¿Todas?

Algo cambió en la cara del reverendo. Una sombra de la misma incomodidad de antes, pero más afilada.

—Casi todas —dijo, después de un silencio de más—. La Iglesia hace lo que puede con lo que la Iglesia puede enterrar. —Y antes de que Eilidh pudiera preguntar qué quería decir aquello, se hizo a un lado y volvió a su cortesía de plomo—: Buenas tardes tengan. Vuelvan con luz.

Eilidh se quedó con la pregunta en la boca, igual que se había quedado en la galería con la pregunta por la primera de la fila. Casi todas. En aquel valle, cada respuesta venía con un agujero a la medida exacta de lo que callaba.

* * *

Volvieron cuando la tarde ya caía. El reverendo había dicho «vuelvan con luz» y la vieja había dicho «no os entretengáis en el vado», y a Eilidh las dos advertencias le pesaban en la nuca cuando llegaron a donde el camino cruzaba el arroyo.

El vado era un paso de piedras planas sobre el agua, allí donde el lago se estrechaba en un hilo y bajaba hacia el valle entre dos orillas de hierba. El agua corría poco profunda, clara sobre los guijarros, con un rumor menudo y continuo. Un sitio sin nada de particular, de día.

Y en mitad del vado, de espaldas a ellos, arrodillada sobre la piedra más ancha, había una mujer lavando.

Cailean se paró en seco. Eilidh lo notó pararse antes de ver ella misma a la mujer; le notó el brazo ponerse rígido junto al suyo.

La mujer no se volvió. Trabajaba inclinada sobre el agua, con un paño largo entre las manos, y no lo retorcía como había contado Eppie: lo golpeaba.

Lo levantaba con las dos manos, chorreando, y lo dejaba caer contra la piedra mojada con un chasquido carnoso, sordo, y lo volvía a levantar, y lo volvía a dejar caer, y cada chasquido le subía a Eilidh por la espalda.

El paño era blanco. Era de lino fino, no de los que se gastan para fregar.

Y era largo: doblado por la mitad sobre el brazo de la mujer le colgaba hasta el agua por los dos lados, y aun así Eilidh calculó, sin querer calcularlo, que extendido mediría justo lo que mide una persona de su estatura tendida de la cabeza a los pies.

No más. No menos. Cortado a una talla. A su talla.

—¿Tú la ves? —La voz de Cailean salió ronca—. Eilidh. Dime que tú también la ves.

—La veo —susurró.

—Yo no la había visto nunca. —Estaba muy pálido—. De crío me traían y me apartaban del lago y yo me reía de ellos, porque nunca, nunca vi a nadie en este vado. —Tragó—. Y ahora estás tú aquí, y está ella.

No hizo falta que terminara. Eilidh ya lo había entendido sola, con la misma certeza muda con que había sabido el camino y el nombre del pueblo.

La lavandera no había venido por Cailean, que llevaba toda la vida cruzando aquel valle sin verla.

No había venido por ninguno de los del pueblo, que la temían de oídas.

Había venido ahora. Había venido con ella.

La mujer levantó el paño una vez más, lo escurrió por fin con un giro lento de las dos manos, y el agua le cayó al arroyo y se mezcló con la corriente, y la corriente, donde el agua del paño la tocó, se enturbió un momento y siguió.

Después tendió el lino sobre la piedra, lo alisó con la palma como se alisa una sábana sobre una cama, y se quedó mirándolo, la cabeza inclinada, contemplando su obra terminada.

Una mortaja, planchada con la mano sobre la piedra, lista, a la espera de su muerto.

Y tenía el largo de una mujer.