La última hija de Dunmore Capítulo 4
14%

Capítulo 4

Dejó la puerta abierta toda la noche, y toda la noche no vino nadie.

Eilidh se despertó al amanecer en la misma postura en que se había dormido, vestida sobre la colcha, con una vela consumida hasta el platillo y la certeza tonta de haber sido plantada.

Había dejado entrar al frío y al pasillo entero por desafío, para que la mujer del agua viniera y le contestara las preguntas que le hervían desde la galería, y la mujer del agua no había venido.

Quizá solo aparecía cuando no la llamaban.

Quizá, como todo en aquella casa, solo daba sus cosas a quien dejaba de pedirlas.

Bajó con las preguntas intactas y el ánimo de pelear con alguien.

Lo encontró abajo.

—Ha venido el señorito de Corbie Hall —le dijo la señora Begg en la escalera, sin levantar la vista del cesto de la ropa—. A presentarse. Está en la sala. Su tía con él. —Una pausa, y por primera vez algo que en aquella mujer pasaba por amabilidad—: Respire antes de entrar, niña. Le conviene.

Eilidh no respiró. Entró con toda la rabia de la noche por delante, decidida a no gustarle a aquel hombre y a que no le gustara, decidida a dejarle claro desde la primera palabra que a ella nadie la había prometido, que la habían prometido como se promete un saco de grano antes de la cosecha, sin preguntarle al grano.

Y entonces él se volvió, y se le olvidó la primera palabra.

Lo conoció.

No fue como conocer a un desconocido guapo, aunque lo fuera.

Fue como lo del camino, lo de «por la izquierda», lo del nombre Kilfinnan subiéndole solo a la garganta.

El cuerpo lo supo antes que la cabeza, y lo supo entero: la línea de los hombros, el modo en que tenía una mano metida en el bolsillo del abrigo, la cara morena y angulosa con una cicatriz fina en la ceja.

Eilidh sintió que se le caía algo por dentro, hacia abajo, un peso que no encontraba suelo, y le costó un esfuerzo físico no dar un paso hacia él.

Él la miraba igual. Se había quedado a medias de un gesto, con los ojos clavados en su cara, y se había puesto pálido bajo el moreno.

—Eres tú —dijo. No como quien se presenta. Como quien termina una frase empezada hacía mucho—. Llevo soñándote desde que era crío.

—No nos conocemos —dijo Eilidh, y le salió áspero, porque agarrarse a lo áspero era lo único que tenía.

—No. —Él tragó—. Y aun así sé que tuerces la boca a la izquierda cuando vas a discutir.

Lo estás haciendo ahora. Lo he visto mil veces dormido.

—Se pasó la mano por la nuca, y el gesto fue de chico, no de señor de nada—.

De pequeño dibujé tu cara. Tendría ocho años.

Mi madre me quitó el papel y lo quemó, y me dijo que no volviera a dibujar caras que no fueran de gente de verdad. —La miró—. Resulta que eras de verdad.

A Eilidh se le erizó algo en la nuca. Un dibujo. Una cara dibujada y un familiar que la hacía desaparecer. Era su propia historia contada del revés, ella misma vista desde la otra orilla del sueño.

—Cailean Sinclair —dijo Mairead desde el rincón, en voz baja, como quien recuerda que hay que poner nombres a las cosas que están pasando demasiado deprisa.

—Eilidh Dunmore —dijo él, probándolo, y al decir su nombre algo se le ablandó en la cara—. Te han dicho ya lo del compromiso.

—Me lo han dicho como se dice una sentencia.

—Ya. —No se defendió. Eso la descolocó más que cualquier defensa—.

A mí me criaron para esto, ¿sabes? Toda mi vida.

«Cuando venga la última hija de Dunmore, te atarás a ella.

» Lo oí tantas veces de niño que dejó de querer decir nada, como una oración que se reza sin escuchar.

—Bajó la voz—. Y luego entras tú por esa puerta con la cara de mis sueños, y de pronto quiere decir todo.

—Negó con la cabeza, casi enfadado consigo mismo—.

No te estoy pidiendo nada. Solo digo que no es la primera vez que te veo, por más que lo sea para ti.

Eilidh quería seguir enfadada. La rabia le había servido toda la noche y quería que le siguiera sirviendo. Pero la rabia se le escurría entre los dedos cuando lo miraba, y odiar a un hombre cuesta mucho cuando una parte de ti, terca y muda, lleva años echándolo de menos sin saber su nombre.

—Necesito aire —dijo, que era verdad y era huida a la vez.

—Te acompaño —dijo Cailean—. Si me dejas. —Y como ella no dijo que no, salieron los dos.

* * *

Mairead no los siguió. Eilidh la vio quedarse en el umbral con las manos cruzadas, mirándolos irse hacia el portón, y otra vez aquella cara suya: no de alarma, sino de algo cumpliéndose. De ver caer, una tras otra, las piezas de una cuenta que ella ya conocía.

Fuera, la mañana era gris y quieta, sin lluvia todavía pero con la lluvia prometida en el aire.

Bajaron por el sendero que la víspera Eilidh había subido en el carro.

Cailean caminaba a un paso de ella, sin acercarse más, con las manos a la espalda, y por un rato no dijeron nada, y el silencio no pesó, lo cual era su propia clase de aviso.

—Mi casa es aquella —dijo él al fin. Señaló con la barbilla hacia el otro lado del valle, donde, sobre una loma lejana, se adivinaba el humo de unas chimeneas entre los árboles—. Corbie Hall. Cuatro millas, si bordeas el lago. Menos, si cruzas el valle, pero por el valle no va nadie.

—¿Por qué no?

Cailean tardó en contestar, y cuando lo hizo lo dijo como se repite algo que se ha oído siempre y nunca se ha pensado del todo.

—No lo sé, la verdad. La gente del pueblo no entra.

Dicen que la tierra no da, que se pierde el ganado.

Es de los Sinclair desde hace doscientos años, ese valle, y en doscientos años no hemos sacado de él ni un saco de avena.

—Se encogió de hombros—. Mi padre decía que lo tomamos por el linde, nada más.

Por separar bien lo nuestro de lo vuestro.

Doscientos años. La cifra le cayó a Eilidh encima por segunda vez en dos días.

Doscientos años de hijas ahogadas. Doscientos años de una tierra que los Sinclair guardaban y no usaban.

Doscientos años de un compromiso entre las dos casas, atadas «por sangre y por palabra», como había dicho la vieja.

Tres cosas con la misma edad exacta, y Eilidh no sabía aún que eran la misma cosa, pero sintió, andando junto a aquel hombre, el primer hilo tirante entre ellas, como cuando se nota en la oscuridad que dos paredes que parecían sueltas son en realidad el mismo muro.

—¿Y a ti no te ha extrañado nunca? —dijo—. Vuestras dos familias amarradas doscientos años. Una tierra que no servís. Las mujeres de mi casa muriéndose jóvenes mientras las de la tuya no.

Cailean se paró. La miró con una atención nueva, como si ella acabara de decir en voz alta algo que él había rozado muchas veces y apartado siempre.

—Sí —dijo despacio—. Me ha extrañado. Pero en mi casa, como en la tuya, hay preguntas que se hacen una vez de pequeño y, si nadie contesta, se aprende a no hacerlas.

Era casi palabra por palabra lo que Eilidh había pensado de Mairead en el coche. Se miraron, y en esa frase compartida hubo más intimidad que en cualquier roce, el reconocerse criados los dos a la sombra de un mismo silencio, cada uno en su orilla.

* * *

Llegaron, sin proponérselo, hasta donde el sendero moría en la ribera del lago.

El agua estaba tan quieta como la víspera, pero distinta con la luz de la mañana: ya no parecía un agujero en el mundo, sino un metal sucio, opaco, que devolvía el gris del cielo como lo devuelve una bandeja sin pulir.

Una franja de juncos secos crujía en la orilla.

Olía a fango y a hojas pudriéndose despacio.

Cailean recogió una piedra plana y la sopesó, como hacen los hombres con las piedras junto al agua, pero no la tiró. Se quedó con ella en la mano.

—No me gusta este lago —dijo en voz baja—. Nunca me ha gustado. De crío, cuando me traían, no me dejaban acercarme a la orilla. —La miró de reojo—. Y ahora te tengo a ti aquí parada, justo aquí, y me dan ganas de cogerte del brazo y llevarte tierra adentro.

—No soy tuya para que me lleves a ninguna parte —dijo Eilidh, pero le faltó filo, porque ella también lo sentía: el lago a sus pies tirando, como había dicho la vieja, y el cuerpo de aquel hombre al lado como lo único firme en kilómetros.

Cailean se volvió hacia ella. Estaban cerca, más cerca de lo que ninguno había decidido estar, y la mañana se quedó en silencio salvo por el crujido de los juncos.

Él levantó la mano —no para cogerla del brazo, sino más arriba, hacia la cara, hacia un mechón que el aire del agua le había soltado— y Eilidh no se apartó, y por un instante el mundo se redujo, contra toda su voluntad, a la distancia entre los dedos de él y su mejilla.

Y entonces lo vio.

No al Cailean que tenía delante, vivo, con la mano a un palmo de su cara. Al otro. El que estaba en el agua.

Fue como cuando se mira el sol y se gira la cabeza y queda la mancha pegada a los ojos, solo que la mancha tenía su cara.

Cailean, bajo la superficie del lago, a un metro de la orilla, boca arriba.

La piel blanca, blanca de cosa que lleva mucho en remojo.

Los ojos abiertos, mirando hacia arriba sin ver, y el pelo moviéndose despacio alrededor de la cabeza con el vaivén lento del agua, como algas.

Una mano flotaba con la palma hacia el cielo, abierta, vacía.

Estaba muerto. Llevaba muerto el rato suficiente para que el agua se lo hubiera bebido.

Eilidh dio un paso atrás y se le escapó un sonido de la garganta.

Parpadeó. El agua estaba lisa y vacía. No había nadie debajo. Solo el gris del cielo en la superficie sin pulir y los juncos crujiendo.

Y delante de ella, vivo, entero, con la mano todavía a medio camino de su cara y la cara descompuesta de susto por la suya, Cailean.

—¿Qué pasa? —Le agarró los hombros, y sus manos estaban calientes, vivas, secas, lo contrario de lo que ella acababa de ver—. Eilidh. Te has puesto del color de la cera. ¿Qué has visto?

No podía decírselo. Te he visto ahogado. Te he visto en el fondo de ese lago con los ojos abiertos. No a él, no en su primer día, no con la mano todavía caliente en su hombro.

—Nada —dijo, y le castañeteaban los dientes—. El frío. Es el frío del agua.

Pero le temblaban las manos cuando se las llevó a la cara, y le siguieron temblando rato después, ya lejos de la orilla, ya camino de la casa, y supo, con una certeza que le revolvía el estómago, dos cosas a la vez y contradictorias: que no podía dejar de querer estar cerca de aquel hombre, y que el lago se lo enseñaba muerto cada vez que se acercaba.