La última hija de Dunmore Capítulo 3
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Capítulo 3

La mujer que les abrió el portón no dijo su nombre.

Era ancha y baja, con un manojo de llaves a la cintura y la cara cerrada de quien lleva años sin que le pregunten qué opina.

Cogió el bolso de Mairead sin que se lo dieran, miró a Eilidh de arriba abajo una sola vez —los pies, las manos, por último la cara, y en la cara se detuvo medio segundo de más— y dio media vuelta hacia dentro.

—La señora lleva esperándolas desde mediodía —dijo—. No le queda paciencia. Casi no le queda nada.

El interior del castillo estaba más frío que la noche de fuera.

Eilidh lo notó en la nuca antes que en las manos: un frío de piedra que no había conocido fuego suficiente en mucho tiempo.

Cruzaron un zaguán de losas gastadas, una escalera de caracol con la cuerda raída por pasamanos, un corredor donde los pasos de las tres sonaban demasiado y se apagaban demasiado pronto.

Había candelabros, pero solo uno de cada tres tenía vela.

La casa entera parecía administrada para que durara más que su gente.

—¿Cómo se llama? —preguntó Eilidh al ama de llaves.

—Begg —dijo la mujer, sin volverse—. Y usted no me pregunte mucho, que yo no contesto mucho. En esta casa se vive mejor así.

Mairead, detrás, no dijo nada. Iba con la cabeza alta y la boca apretada, y a Eilidh le pareció que su tía caminaba por aquellos pasillos como quien vuelve a una habitación de la que salió jurando no volver.

La señora Begg se detuvo ante una puerta entornada por la que salía una raya de luz amarilla y un olor a alcanfor y a sebo.

—Sola —le dijo a Mairead—. Te quiere a ti fuera. A la niña sola.

Mairead abrió la boca. La cerró. Le puso a Eilidh una mano en el hombro, breve, y la quitó.

—Háblale con cuidado —dijo en voz muy baja—. Y cree solo la mitad de lo que te diga. Sabe más que nadie, y por eso miente mejor que nadie.

Eilidh empujó la puerta.

* * *

La habitación olía a cera derretida y a cuerpo encerrado. Una cama de cuatro columnas, las cortinas descorridas, y en la cama, hundida en almohadas que la doblaban en tamaño, una mujer muy vieja.

Estaba seca como un sarmiento. La piel se le había pegado a los huesos de la cara hasta dejar el dibujo del cráneo debajo, y las manos, sobre la colcha, eran dos manojos de venas.

Pero los ojos no. Los ojos eran negros y estaban enteros, y se clavaron en Eilidh desde la puerta y la recorrieron como había hecho la del portón, solo que más despacio, sin disimulo, como se tasa una res o una herencia.

—Acércate a la luz —dijo. La voz le salía con un fuelle roto, pero mandaba—. Que te vea.

Eilidh se acercó. No supo por qué obedeció; obedeció igual.

La vieja le buscó la cara con la mirada. Subió por el mentón, por los pómulos, se detuvo en algún punto entre los ojos, y algo se le movió en la boca seca que tardó Eilidh en reconocer como una sonrisa.

—Su barbilla —dijo—. Su mismísima barbilla. Y la frente. —Levantó una de las manos de venas y, antes de que Eilidh pudiera echarse atrás, se la puso en la mejilla. Estaba fría y pesaba poco, como un pájaro muerto—. Eres clavada a ella. A las dos. A todas.

—¿A quién? —dijo Eilidh.

—Tú sabes a quién. Lo sabes desde que naciste, aunque no tuvieras la palabra. —La mano cayó—. Soy tu abuela, niña. Lo que queda de ella. Tu madre era mi hija.

Eilidh se quedó muy quieta. Tu madre era mi hija. Era la primera vez en su vida que alguien le ponía a su madre un sitio en el mundo: hija de esta mujer, en esta casa. Y la vieja lo había dicho en pasado, era , sin un temblor, como quien menciona una cosecha perdida hace años.

—Murió de fiebres —dijo Eilidh, y se oyó decirlo como una pregunta, aunque quería que fuera una afirmación—. Cuando yo era un bebé. Las dos cosas a la vez, mi padre y ella.

La vieja la miró un buen rato. En sus ojos negros pasó algo —no pena, algo más viejo que la pena, una especie de cansancio sin fondo— y se lo tragó.

—Eso te ha contado Mairead —dijo—. Mi hermana siempre fue buena tapando.

No dijo más sobre eso. Cerró un momento los párpados, los volvió a abrir.

—El agua te ha estado esperando tanto como yo —dijo—.

Lo notas, ¿verdad? Llevas dos días notándolo, desde que pusiste el pie en este valle.

Tira de ti. —Una pausa con fuelle—. He aguantado todo el otoño sin morirme por verte la cara antes.

Ya te la he visto. Ahora hay que darse prisa con lo demás, que la noche larga viene, y a mí ya no me da el cuerpo para esperar a la primavera.

—¿Qué es «lo demás»?

La vieja sonrió otra vez, y fue peor que la primera.

—El chico de los Sinclair —dijo—. De Corbie Hall.

Cailean. Estás prometida a él desde que tenías un mes de vida, atada de manos como manda la costumbre, y esa atadura hay que renovarla antes del solsticio.

Lo demás es eso, para empezar. —Le brillaron los ojos—.

No pongas esa cara. En esta familia las cosas se hacen a tiempo, o no se hacen, y entonces es peor.

* * *

Eilidh salió de aquella habitación con el corazón golpeándole en sitios raros y la cara de su tía esperándola en el pasillo.

—Me ha dicho que estoy prometida —dijo, y le tembló la voz de pura rabia—.

A un hombre al que no he visto nunca. Desde que tenía un mes.

Y que hay que casarme antes de diciembre, deprisa, como quien remata una cuenta antes de que se cierre el libro.

—Avanzó hacia Mairead—. ¿Tú lo sabías? ¿Veintitrés años, y nunca, ni una vez… ?

—Lo sabía —dijo Mairead.

—¿Y por qué…?

—Aquí no. —Mairead miró hacia la puerta entornada, donde la vieja podía oír—. Aquí las paredes son de ella. Ven. Te enseño el resto de la casa, ya que estás. Mejor que lo veas tú a que te lo cuenten otros.

La llevó por el corredor, y al final del corredor se abría una galería larga, estrecha y alta, con ventanas a un lado y, al otro, una hilera de retratos.

Mairead se quedó atrás, en el umbral, y no entró. Le hizo a Eilidh un gesto con la barbilla: anda. Mira.

Eilidh entró sola.

Eran mujeres. Solo mujeres. Seis retratos al óleo en marcos oscuros, colgados a la misma altura, separados por el mismo trecho exacto, y bajo cada uno una placa de latón con un nombre y dos fechas.

Eilidh empezó por el primero y fue andando despacio por delante de ellas, y a medida que andaba algo le iba apretando el pecho, porque las seis se parecían.

No de cualquier manera: se parecían en lo concreto.

La misma barbilla un poco larga que la vieja le había buscado en la cara.

La misma distancia entre los ojos. En tres de ellas, el mismo arranque de pelo, alto, despejado.

Eran su cara repartida en seis mujeres muertas.

Leyó las placas según pasaba. Mórag. Catrìona. Ailsa. Iseabail. Floraidh. Nombres que no había oído nunca y que, sin embargo, le rozaban algo, un eco de la noche en la posada, de la lista que su tía había rezado en voz baja como quien pasa cuentas.

Y entonces llegó al sexto, y se paró.

La mujer del sexto retrato tenía su cara.

No parecida: la suya. La misma boca, el mismo modo de mirar un poco de lado, como si dudara de quien la pintaba.

Joven. Veintipocos años. Llevaba un chal sobre los hombros, oscuro, sujeto con un broche, y tenía las manos cruzadas en el regazo igual que Eilidh las cruzaba sin darse cuenta cuando estaba nerviosa.

Bajó los ojos a la placa.

Sorcha Dunmore. 1805 – 1828.

Eilidh hizo la cuenta sin querer, como había contado los días en el coche.

Mil ochocientos veintiocho. El año en que ella nació.

Su madre se había muerto el mismo año en que ella vino al mundo.

Y mil ochocientos cinco a mil ochocientos veintiocho eran veintitrés.

Su madre tenía veintitrés años. Los que ella tenía ahora, ese mismo día, en esa galería.

—Tu madre —dijo Mairead desde el umbral, muy quedo, como si lo hubiera estado esperando.

Eilidh no apartó los ojos del retrato. No de fiebres. No los dos juntos. Una mujer de veintitrés años, con su cara, muerta el año del parto, colgada en una pared con otras cinco que también eran ella.

—Sigue mirando —dijo Mairead—. Mira hasta el final de la fila.

Eilidh siguió.

Después del retrato de su madre venía un séptimo marco. Del mismo tamaño, de la misma madera oscura, colgado a la misma altura y a la misma distancia. Pero dentro no había mujer ninguna. Dentro había un lienzo en blanco, imprimado y vacío, esperando.

Y debajo, una placa de latón, ya puesta, ya grabada.

Eilidh Dunmore. 1828 –

La segunda fecha no estaba. Había un guion, y después el latón liso, pulido, dejado a propósito sin grabar.

A Eilidh se le secó la garganta. Su nombre.

El nombre que su tía había tardado veintitrés años en pronunciar, el que ella misma no había sabido suyo hasta hacía dos días, estaba allí, atornillado a una pared, en una fila de muertas, con la fecha de su nacimiento ya puesta y un hueco esperando la otra.

Habían colgado su sitio antes que a ella.

Habían dejado el lienzo en blanco como se deja un plato puesto para un invitado que aún no ha llegado pero que se sabe que viene.

Se le ocurrió, de pronto, algo más, y se volvió hacia el principio de la fila.

—La primera —dijo—. Mórag. ¿De qué año es?

Mairead no contestó. Eilidh ya estaba andando hacia atrás, leyendo las fechas al revés. La muerte de Mórag, la del primer retrato, era de mil seiscientos ochenta.

Pero en el coche, su tía había dicho doscientos años.

Que en doscientos años ninguna hija había pasado del vigésimo cuarto invierno.

Y de mil ochocientos cincuenta y uno hacia atrás, doscientos años caían en mil seiscientos cincuenta y uno.

Treinta años antes que Mórag. Treinta años, una generación entera, antes que el primer retrato de aquella pared.

—Falta la primera —dijo Eilidh, y la voz le sonó rara en la galería vacía—. Si esto empezó hace doscientos años, antes de Mórag hubo otra. La primera de todas. ¿Dónde está su retrato?

Mairead se había puesto blanca en el umbral. Tardó en hablar, y cuando habló no contestó la pregunta.

—Hay cosas que esta casa no quiso pintar —dijo—. Vámonos de aquí. Te enseño el jardín antes de que se vaya la luz.

* * *

El jardín estaba detrás de la casa, cerrado por cuatro muros de piedra más altos que un hombre, y estaba muerto.

No descuidado: muerto. Los parterres eran rectángulos de tierra gris donde no quedaba ni la memoria de una planta.

Un árbol frutal, en una esquina, levantaba las ramas peladas y negras de humedad.

Una fuente seca, con el fondo lleno de hojas podridas del otoño y de otros otoños.

Hacía un frío distinto allí dentro, encajonado, sin viento, un frío que se quedaba quieto entre los muros como agua en un pozo.

Y contra el muro del fondo, donde menos sol debía de dar en todo el año, había un rosal.

Estaba vivo. Era lo único vivo en aquel rectángulo de tierra muerta: un rosal sin una hoja, todo ramas y espinas, trepando por la piedra. Y en las ramas, abiertas, había rosas.

Negras.

Eilidh se acercó despacio. Las contó sin proponérselo, porque contar se le había vuelto una manía desde el coche, una manera de defenderse de lo que veía.

Había varias rosas abiertas y un par de capullos cerrados, las cabezas inclinadas hacia el suelo por su propio peso, los pétalos de un negro mate que se tragaba la poca luz que quedaba.

En octubre. En un jardín donde no crecía nada más.

Negras, como la que su mano había dibujado dormida sobre el papel de estraza.

—No las toques —dijo la señora Begg.

Eilidh no la había oído llegar. El ama de llaves estaba en el portillo del jardín, con los brazos cruzados sobre el delantal, mirando el rosal con una cara que no era de miedo ni de asco, sino de costumbre. La costumbre de algo terrible.

—¿Por qué florece eso ahí? —preguntó Eilidh—. ¿Por qué solo eso?

—Florece cuando le toca —dijo la mujer—. Y le toca cuando se lleva a una. —Descruzó los brazos—. Adentro. Se hace de noche, y a usted no le conviene andar fuera de noche en esta casa. Lo demás se lo enseña su tía mañana, si quiere. Yo ya he hablado más de lo que hablo en un mes.

Dio media vuelta y entró.

Eilidh se quedó un momento más, sola, frente al rosal vivo en el jardín muerto. Una rosa abierta por cada mujer de la galería, pensó, sin querer pensarlo. Seis mujeres. Y un marco vacío al final de la fila, con su nombre puesto y la fecha sin grabar, esperando a que el rosal abriera una flor más.

Volvió a la casa con el frío del jardín metido en los huesos.

Pero antes de cerrar la puerta a su espalda, se descubrió haciendo una cosa que no había decidido hacer: contar las rosas otra vez, desde lejos, para asegurarse. Y mirar, en lo alto del rosal, la rama más nueva, la que aún no tenía flor. La que esperaba.

Esa noche, en el cuarto que le dieron, Eilidh no puso la silla contra la puerta.

Quería que entrara. Tenía cosas que preguntarle.