La última hija de Dunmore Capítulo 2
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Capítulo 2

Eilidh. Llevaba dos días diciéndoselo por dentro y todavía no acudía cuando alguien la llamaba Clara.

Lo probaba en el traqueteo del vagón, con los ojos en la ventanilla, mientras los campos del sur se iban quedando atrás y daban paso a otros más altos y más pelados.

Eilidh. Le raspaba un poco, como un zapato heredado de otro pie.

Y a la vez —esto no se lo dijo a su tía— había en ella algo que llevaba veintitrés años esperando esa palabra justa y que, al oírla por fin en la cocina, había levantado la cabeza como un animal que reconoce su nombre.

Mairead iba a su lado, muy derecha en el asiento de madera, con el bolso de viaje en el regazo y las dos manos encima. No miraba el paisaje. Miraba el respaldo de enfrente, o nada, con esa quietud suya que no era calma.

—Cuéntame el resto —dijo Eilidh, en voz baja, para que no las oyera el matrimonio que dormitaba al otro lado del vagón.

—Cuando paremos.

—Llevas diciendo «cuando paremos» desde que salimos.

Mairead tardó. El tren cogió una curva, escupió una bocanada de humo que pasó por delante del cristal, y por un momento el mundo de fuera se borró y solo quedó el reflejo de las dos en el vidrio: la vieja y la joven, el mismo gesto en la boca.

—Dunmore —dijo Mairead al fin—. Te llamas Eilidh Dunmore. Y eso es todo lo que necesitas hoy.

El nombre de la familia. Lo recibió como se recibe una piedra puesta en la mano: pesaba, era de verdad, y no decía nada de sí misma.

Dunmore. Eilidh lo dijo por dentro y no le sonó a nada.

Y sin embargo, dos asientos más allá, el hombre dormido se removió, y Eilidh tuvo la certeza absurda y completa de que, si ese hombre hubiera oído el apellido, habría sabido de quién hablaban.

No volvió a preguntar en todo el día. Había aprendido que a Mairead se la sacaba a sorbos, no a tragos.

* * *

Durmieron en una posada de tránsito, junto a una estación de cambio, en un cuarto con una sola cama y un aguamanil desportillado.

Eilidh oyó a su tía rezar muy bajo antes de dormirse, y no eran oraciones de iglesia: era una lista de nombres de mujer, dichos uno detrás de otro como quien pasa cuentas.

No reconoció ninguno. Se durmió contándolos y perdió la cuenta en el séptimo.

Por la mañana cogieron el coche.

El tren se acababa donde se acababa la vía, y la vía no llegaba hasta donde iban.

Lo que quedaba —y quedaba mucho— se hacía por carretera, en una diligencia primero y, más arriba, en lo que hubiera.

El sur de campos labrados se había ido quedando atrás de verdad ahora.

La tierra subía. Los setos se volvían muros de piedra sin argamasa, y luego ni eso: solo ladera parda, el helecho ya rojo de octubre, la roca asomando como un hueso bajo una piel raída.

Olía a turba quemada de alguna casa escondida y a lana mojada de oveja.

Y entonces empezó lo otro.

Llevaban media mañana de subida cuando el camino se partió en dos junto a una piedra blanca, grande como un carro, y Eilidh dijo, sin pensarlo:

—Por la izquierda.

Mairead se volvió despacio.

—El cochero sabe el camino.

—Por la izquierda —repitió Eilidh, y el cochero, en efecto, tiró por la izquierda, y Eilidh se quedó con la boca seca y las manos apretadas en la falda. No sabía cómo lo sabía. Lo sabía como se sabe dónde tienes la otra mano sin mirarla.

Pasó otra vez una hora después, con un nombre. Llegaron a un cruce con un poste medio caído, y antes de leer la madera Eilidh oyó el nombre subirle a la garganta, áspero y redondo, igual que aquella palabra de la madrugada que se le había deshecho en la lengua.

—Kilfinnan —dijo.

El poste lo confirmaba. Mairead no miró el poste. Miró a su sobrina, y por primera vez en el viaje le cambió algo en la cara: no sorpresa, sino lo contrario. Reconocimiento. Como quien ve cumplirse, puntual, una cosa que llevaba mucho temiendo.

—Está empezando antes de tiempo —dijo, casi para sí. Y luego, más alto—: Ya va siendo hora de que sepas a qué vamos.

* * *

Lo contó por la ventanilla, mirando fuera, como si las palabras le costaran menos si no le veía la cara a la niña.

—En esta tierra hay una historia con nuestro nombre —dijo—.

La sabe todo el valle y nadie la dice en voz alta delante de un Dunmore.

Dicen que las hijas de la casa no llegan a viejas.

Que el agua se las lleva. Una en cada generación, joven, antes de que…

—se detuvo, buscó— antes de que la sangre pase.

Lo llaman maldición. La gente de aquí lo cuenta a los niños para que no se acerquen al lago de noche.

—Eso es un cuento —dijo Eilidh.

—Eso creía yo a tu edad. —Mairead seguía sin volverse—. Tenía dos hermanas. Una era tu… —otra pausa, otra puerta que cerraba a media frase—. Las enterramos a las dos. Las dos jóvenes. Las dos en el agua.

El coche dio un bote en un bache y las dos se balancearon. Fuera, la ladera caía hacia un río pequeño y rápido, oscuro entre las piedras.

—Ninguna hija de nuestra sangre —dijo Mairead— ha pasado de su vigésimo cuarto invierno. Ninguna. En doscientos años.

Eilidh no contestó enseguida. Hizo lo que el cuerpo le pedía hacer, que era contar. Tenía veintitrés años. El invierno que venía sería el vigésimo cuarto.

—¿Cuándo? —preguntó, y le salió más firme de lo que esperaba—. Si pasa, según el cuento. ¿Cuándo pasa?

Mairead cerró los ojos un momento.

—En la noche más larga del año —dijo—. En el solsticio.

Eilidh miró sus propias manos en la falda, las mismas que dibujaban rosas negras mientras dormía. El solsticio. Diciembre. Dos meses, poco más. Empezó a contar los días sin querer y se obligó a parar en cincuenta y tantos, porque contarlos era darle la razón al cuento, y se negaba.

—Entonces me llevas justo a donde dices que me espera —dijo—. A la casa, al lago, en el peor mes. Si de verdad creyeras esa historia, me tendrías escondida en el sur con la silla en la puerta, como siempre.

Por fin Mairead se volvió. Tenía los ojos secos otra vez, esa sequedad que en ella era lo más cerca que llegaba del llanto.

—Te he tenido escondida veintitrés años —dijo—.

Y mira tu cuaderno. Mira lo que pintas dormida.

Mira que has dicho «por la izquierda» y «Kilfinnan» sin haber estado nunca aquí.

El agujero ya no lo tapo. Te llama, y tú contestas en sueños, y un día de estos vas a contestar despierta y andando, y vas a echar a caminar hacia el norte tú sola, de noche, sin mí.

—Le tembló la voz una sola sílaba y la sujetó—.

Prefiero llevarte yo de la mano que sacarte del agua.

Hay cosas que solo se rompen volviendo. La señora lo sabe.

Por eso te llama, ahora que se muere: para decirte lo que yo no sé.

Era más de lo que su tía le había dicho en toda su vida, y aun así Eilidh notó los bordes de lo que callaba, todo alrededor, como se nota la forma de un cuarto a oscuras. Había algo debajo de aquel miedo. Algo que Mairead no le contaba ni siquiera ahora.

No insistió. Estaba aprendiendo que el valle no soltaba sus cosas a quien las pedía. Las soltaba a quien esperaba.

* * *

Cambiaron de carruaje en una aldea de cuatro casas y un puente, y el último tramo lo hicieron en un carro de campo tirado por un poni peludo, con un mozo callado que olía a establo y que no les dirigió la palabra.

La tarde se gastaba. El cielo, encapotado desde el mediodía, se quedó sin color, y la luz se volvió esa luz de antes de la noche en que todo se ve plano, sin sombra, como pintado en gris sobre gris.

Subieron un último repecho. El poni resoplaba. El camino bordeó el hombro de un monte, dobló, y de golpe la tierra se abrió hacia abajo y allí estaba.

El lago.

Largo y negro, tendido entre dos laderas como algo dormido que ocupara todo el fondo del valle.

Estaba quieto del todo. El gris del cielo se le posaba encima sin entrar, y por eso el agua no parecía agua: parecía una falta de tierra, un sitio donde el mundo se hundía y no se sabía hasta dónde.

En la otra orilla, sobre un saliente de roca, se levantaba el castillo.

Piedra oscura, una torre entera y otra a medio caer, ventanas sin una sola luz.

Una hebra de bruma se había enganchado en los tejados y colgaba de ellos sin moverse.

Y delante, cerrando el camino que bajaba hasta la casa, una verja de hierro entre dos torreones en ruinas.

Eilidh se levantó a medias en el carro sin darse cuenta.

La conocía. El hierro comido de óxido, los barrotes retorcidos arriba en flores que ya no eran flores, la maleza seca trepando por ellos.

La hoja de la derecha, entreabierta, torcida sobre el gozne de abajo.

Lo había dibujado a tinta dos noches atrás, sobre el papel de estraza, dormida, en una ciudad a cuatro días de allí.

Cada barrote. La piedra negra de humedad de los torreones.

La mancha gris del fondo, que ahora sabía que no era niebla: era el lago.

—Esto lo dibujé —dijo, y no le salió como un descubrimiento, sino como una acusación, aunque no supiera contra quién—. Esta verja. La tengo en el bolsillo. La dibujé antes de saber que existía.

Mairead no dijo nada. Le puso una mano en el brazo, y la mano estaba fría y le apretó fuerte, y Eilidh no supo si era para sostenerla a ella o para sostenerse.

El carro bajó hacia la verja. Y al pasar la última curva, cuando el camino corrió un trecho pegado a la orilla, Eilidh miró el agua, porque algo le tiró de los ojos hacia el agua, y la vio.

Una mujer.

Estaba lejos de la orilla, demasiado lejos para hacer pie, y sin embargo estaba de pie: el agua le llegaba a la cintura y no se movía a su alrededor, ni un círculo, ni una onda, como si no fuera ella la que estaba metida en el lago sino el lago el que se hubiera cerrado en torno a ella mucho tiempo atrás.

Tenía la cara vuelta hacia el camino. Hacia el carro.

Hacia Eilidh. No le veía los rasgos a esa distancia y en esa luz, pero supo —del mismo modo que había sabido lo de la izquierda, lo de Kilfinnan— que la mujer la estaba mirando solo a ella.

Era la del cuarto. La que se le ponía a los pies de la cama goteando. La que aquella madrugada había abierto la boca y le había salido agua en vez de voz.

—Tía. —Le agarró la muñeca—. En el agua. Hay alguien en el agua.

Mairead siguió la dirección de su mirada. Miró el lago largo rato, con los ojos entornados.

—No hay nadie, niña —dijo, muy quedo—. El agua está sola.

Pero no la soltó del brazo, y no volvió a mirar el lago en lo que quedó de camino; lo evitó, como se evita una cara conocida en la calle para no tener que saludar.

La mujer del agua no se hundió ni se apartó. Se quedó donde estaba, vuelta hacia ellas, mientras el carro pasaba, mientras la verja se les venía encima con su chirrido de gozne viejo, y le sostuvo a Eilidh la mirada hasta que los torreones se interpusieron y la taparon.