La última hija de Dunmore Capítulo 1
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Capítulo 1

Entre las láminas de aquella mañana había una rosa que Clara no había dibujado.

Lo supo antes de mirarla bien, por el negro.

Clara pintaba flores que existían: rosa de Damasco, escaramujo, la Rosa gallica del herbario del señor Tilford, con su rojo exacto, sus venas, la mota de óxido en un pétalo si el ejemplar la tenía.

Llevaba seis años haciéndolo y se le pagaba precisamente por eso, porque sus láminas no inventaban nada.

Y esa rosa era negra. Negra como no es ninguna flor, con los pétalos cerrados en un puño cerrado, dibujada a tinta sobre el papel de estraza que ella usaba para las pruebas.

Su mano. Reconocía su trazo. La línea fina del cáliz, el modo en que sombreaba con rayas muy juntas. La había dibujado ella, y no se acordaba de haberlo hecho.

Pasó la hoja con dos dedos, como si pudiera estar mojada, y debajo había otra.

No era una flor. Era una verja. Hierro viejo, comido de óxido, entreabierta, y a cada lado una torre derruida con la piedra negra de humedad.

Detrás, una mancha de aguada gris que podía ser niebla o podía ser agua.

Un sitio. Un sitio concreto, con su forma, con la maleza seca trepando por los barrotes, y Clara habría jurado sobre lo que le pidieran que no lo había visto en su vida.

Dejó las dos hojas sobre la mesa, una al lado de la otra, y se quedó mirándolas con las manos en el regazo para que no le temblaran.

Por la ventana entraba la luz parda del puerto y el ruido de los carros sobre el adoquín.

Olía a carbón y al barniz del taller de abajo.

Era martes. Era octubre. Tenía veintitrés años, un encargo de catorce láminas para el atlas de flora del señor Tilford y una vida tan pequeña y tan ordenada que cabía entera en aquellas dos habitaciones alquiladas.

Y de noche su mano dibujaba sitios donde no había estado.

—¿Otra vez? —dijo Mairead desde la puerta.

Clara no la había oído entrar. Su tía abuela tenía esa costumbre, la de aparecer sin que crujiera el suelo, con la cesta de la compra todavía en el brazo y el chal de lana cruzado sobre el pecho.

Era una mujer enjuta y derecha, con el pelo blanco recogido tirante y unos ojos que no se le habían apagado con la edad.

A los criados de la casa de huéspedes les imponía sin levantar la voz.

A Clara la había criado desde que tenía memoria.

—No es nada —dijo Clara, y cubrió las dos hojas con una limpia—. Me quedé dormida sobre la mesa.

—Enséñamelas.

—Es papel de pruebas. Lo iba a tirar.

Mairead dejó la cesta en el suelo. Cruzó la habitación, apartó la hoja limpia con un dedo y miró. Miró la rosa negra y miró la verja, y a Clara le pareció que algo le pasaba por la cara y se le iba enseguida, como una sombra de pájaro por una pared.

—Tíralas —dijo.

—Tía.

—Tíralas, Clara. —Volvió a tapar las hojas ella misma—. Y esta noche cierras tu puerta con la silla puesta, como te he dicho mil veces.

Era lo que decía siempre. La silla puesta, la palmatoria apagada, y no abrir.

Clara había dormido toda su infancia con una silla atrancando el picaporte y nunca había sabido contra qué.

Una vez, de niña, había preguntado, y Mairead se había quedado callada tanto rato que Clara no volvió a preguntar.

De su madre y de su padre sabía cuatro cosas, y las cuatro se las había contado Mairead. Que habían muerto de fiebres cuando ella era un bebé, los dos en el mismo invierno. Que venían del norte. Que no quedaba nadie. Que era mejor no remover.

Eran cuatro cosas, y a Clara, de mayor, le habían empezado a no encajar.

Si los dos murieron de fiebres, ¿por qué Mairead bajaba la voz al decirlo, como quien miente a medias?

Si no quedaba nadie, ¿por qué guardaba en el fondo de su arca una caja que cerraba con llave y que no abría jamás delante de ella?

Clara no había visto nunca una tumba, ni un retrato, ni una carta.

No tenía un solo apellido propio que no fuera Vane, y Vane sonaba a inglés, y ni Mairead ni ella lo eran.

Pero esas preguntas se hacen una vez y, si no hay respuesta, se aprende a no hacerlas. Clara había aprendido bien.

—La silla puesta —repitió, para que su tía se quedara tranquila.

Mairead recogió la cesta y se fue a la cocina, y al rato se oyó el agua y el roce del cuchillo en la tabla, y la casa volvió a ser la de siempre.

Clara no tiró las hojas. Las dobló y se las metió en el bolsillo del delantal.

* * *

La noche anterior la recordaba a trozos, y los trozos no se sostenían.

Se había acostado temprano, con la vela ya apagada.

Y luego —no sabía la hora— se había encontrado de pie en medio de la habitación, descalza sobre las tablas frías, sin recuerdo de haberse levantado.

Le pasaba desde niña. Despertar lejos de la cama, con barro en las plantas de los pies algunas veces, aunque las puertas siguieran cerradas por dentro.

Mairead lo llamaba los paseos . El médico al que la llevaron una vez lo había llamado sonambulismo y había recetado láudano, que Clara no tomó porque la dejaba sin sueños y los sueños, aunque la asustaran, eran lo único suyo que venía del sitio del que ella venía.

Esa noche, de pie en la oscuridad, había mirado hacia los pies de la cama.

Y había una mujer.

Empapada. Eso fue lo primero, lo único claro: que estaba empapada de arriba abajo, el pelo pegado a la cara, el vestido oscuro chorreando sobre el suelo, y que del bajo de la falda salía agua y se extendía en una mancha que avanzaba hacia los pies descalzos de Clara sin llegar a mojarlos nunca.

No le veía bien la cara. Le veía la boca, que se movía.

Decía algo, o lo intentaba, y de la boca no le salía voz: le salía un hilo de agua.

Clara no había gritado. No se grita, descubrió, cuando el miedo es tan grande; el miedo grande deja muda.

Se había quedado mirando a la mujer del agua, y la mujer del agua la había mirado a ella, y había levantado una mano y había señalado.

No a Clara. Detrás de Clara, o más allá de la pared, al norte, a algún sitio que las dos sabían y que solo una de las dos recordaba.

Después, nada. Clara había despertado en la cama, con la primera luz, los pies helados como dos piedras y un sabor de barro y de hierro en la boca.

Y en la lengua, una palabra. Una palabra que no era de ningún idioma que ella hablara, redonda y áspera a la vez, que se le deshizo en cuanto quiso repetirla en voz alta.

Le quedó solo el principio. Un sonido. Casi un nombre.

Lo había estado buscando toda la mañana, ese nombre, mientras pintaba el escaramujo. Lo tenía en la punta de la lengua y no venía. Como cuando se reconoce una cara en la calle y no se sabe de qué.

Las dos hojas le pesaban en el bolsillo del delantal. La rosa y la verja. Sitios donde su mano había estado mientras ella dormía.

* * *

La carta llegó a media tarde.

La trajo un mozo de la posta, una carta de buen papel, gruesa, y Clara la cogió en el rellano con las manos manchadas todavía de verde de Hooker.

Iba dirigida a Mairead, con un nombre que Clara no le había visto usar nunca —no Vane; otro, escrito con una letra ancha y pasada de moda—. Y estaba cerrada con lacre rojo.

Clara miró el sello, y el rellano se le quedó muy quieto alrededor.

Era una rosa. Una rosa de espinas, prensada en la cera: la flor cerrada en un puño y, alrededor, un cerco de espinas como una corona. La misma flor que ella había dibujado a tinta sin saberlo, esa madrugada, sobre el papel que llevaba en el bolsillo.

No el mismo dibujo. El mismo escudo.

Subió las escaleras despacio, con la carta en las dos manos, y entró en la cocina sin llamar.

—Tía, ha llegado esto.

Mairead se volvió desde el fogón. Vio la carta. Vio el lacre.

Y a Clara, que había visto a su tía espantar a un casero a gritos y plantarle cara a un médico que la quería tratar como a una loca, le tocó ver entonces una cosa que no había visto en veintitrés años: a Mairead quedarse sin saber qué hacer con las manos.

Se las secó en el delantal. Se las volvió a secar. Cogió la carta, le dio la vuelta, miró el sello como se mira algo que se esperaba y se temía a partes iguales. Se sentó en la silla de la cocina sin que pareciera una decisión, más bien como si las piernas se la hubieran pedido.

—Vete a tu cuarto —dijo, en voz muy baja.

—No.

—Clara.

—¿Qué es ese escudo? —Clara sacó del bolsillo del delantal sus dos hojas dobladas y las dejó sobre la mesa, abiertas, junto a la carta.

La rosa negra. La verja entre las dos torres—.

Lo dibujé anoche. Esto. Y esa rosa es la misma que tienes ahí, en la cera.

Y esa verja existe en alguna parte, ¿verdad que existe? Yo nunca la he visto. Pero tú sí.

Mairead miró las hojas y miró a la niña que las había puesto sobre la mesa, y se le rompió algo en la cara, no de golpe, sino de cansancio, como cede una viga que ha aguantado demasiado peso demasiado tiempo.

Abrió la carta. Leyó. No era larga; Clara la vio leerla dos veces. Cuando terminó, dejó el papel en el regazo y se quedó mirando el fogón apagado, y habló sin volverse, y su voz sonó como la de otra persona más vieja.

—La señora se muere —dijo—. Lleva muriéndose todo el otoño, y ahora ya es de días. —Tragó—. Pregunta por la última hija. Mientras le quede cabeza, quiere verla.

—¿Qué señora? —dijo Clara—. ¿Qué hija?

Mairead se volvió por fin. Tenía los ojos secos, y eso era peor que si hubiera llorado.

—Te he criado lo mejor que he sabido —dijo—.

Y te he mentido todo lo que he podido, porque creí que mintiéndote te guardaba.

Hay un nombre que es el tuyo y que no es Clara, y llevo veintitrés años sin decirlo en voz alta por miedo a que el norte te oyera nombrar y viniera a buscarte.

—Alargó la mano por encima de la mesa, por encima de la rosa negra que su sobrina había dibujado dormida, y no llegó a tocarla—.

Pero ya te está buscando igual. Te busca por dentro.

Y yo ya estoy vieja para seguir tapando el agujero con la mano.

La cocina estaba en silencio. Abajo, en el taller, alguien dejó caer una plancha de cobre y el ruido subió por las tablas y se apagó.

—Tu nombre es Eilidh —dijo Mairead.

Y Clara, que no había oído esa palabra en su vida, sintió que algo dentro de ella se daba la vuelta y la reconocía: era el principio del sonido que se le había deshecho en la lengua aquella mañana, la palabra que la mujer del agua había intentado decirle con la boca llena de lago.

Era su nombre. Le había estado llamando por su nombre.